Revista de Poesía “Artistas del Vértigo”
Sábado 7 de noviembre de 2009
Taller de Poesía Escuela de Psicoanálisis Grupo Cero
Coordinado por Carmen Salamanca
Revista “Artistas del Vértigo”
Noviembre 9, 2009Revista “Artistas del Vértigo”
Octubre 25, 2009
REVISTA DE POESÍA
ARTISTAS DEL VÉRTIGO
Sábados, 24 de octubre de 2009.
REVISTA DE POESÍA DE LOS TALLERES
GRUPO CERO
COORDINADOS POR CARMEN SALAMANCA
TODOS LOS CUADROS SON DEL PINTOR MOM
(Miguel Oscar Menassa)
34 Años del Segundo Manifiesto Grupo Cero
Octubre 21, 2009
15 de octubre de 1975, Buenos Aires
SEGUNDO MANIFIESTO DEL GRUPO CERO
Escribo, escribo todo el día para saciar mi sed. Debo de pertenecer a esa clase de bebedores insaciables. Los de mi estirpe deben ser considerados seguramente como hombres que viven fuera de la ley. No somos lo que se dice apasionados, somos los que calculamos el destino, tenemos planes acerca del mal que nos corroe, queremos que él sea nuestra manera de vivir.
No queremos abolir la justicia, queremos agregarle a la justicia la capacidad de detectar las diferencias.
El hombre siempre es una encrucijada que se resuelve con un asesinato; la justicia debe saberlo.
La precisión de un acto (aunque en sí mismo sea un acto salvaje) debe tener siempre el perdón de la justicia, si es un acto perfecto no volverá a repetirse.
Las imprevisiones habrá que castigarlas severamente; ellas anuncian la repetición inútil y ciega de una realidad infantil sin sentido social.
¿O mi ser no es acaso esa diabólica combinación de nuestros destinos?
Y el que no cree por que no sabe o por que nunca le tocará creer, que haga pruebas, que se desgaste hasta el final, que se vaya, que cierre de un golpe la puerta de nuestra casa, que vuelva malherido, que muera de espanto en un callejón sin salida, que comunique sin ningún cuidado las claves secretas de nuestro poder, que comente entre putas y rancios olores de semen fermentado, nuestros combates como si fueran frescas historias de amor.
Nosotros sabemos que volverá. Nadie olvida lo que no se puede olvidar. Somos especialistas en altas cumbres, nuestro oficio es mostrar lo innombrable.
En el principio éramos costureras del alma, remendones del piso de la vida, reanimábamos, dábamos calor y esperanzas. A cuanta inmundicia encontrábamos en el camino ofrecíamos nuestra comida y nuestra casa, teníamos para cada uno las palabras de sus mediodías y las palabras de su noche. Nuestro oficio, en definitiva, era lavarle los oídos a los sordos. La cantidad exagerada de fieles probaba que nosotros éramos unos imbéciles. La cantidad exagerada de enemigos probaba que las pasiones no sirven para nada.
Pero ya era tarde, la carne habría de estallar cuando ya nadie esperaba su estallido. La sorpresa hizo imposible toda defensa. Y conocimos el chiquero y nos dimos cuenta que entre nosotros vivían los miserables.
Los que se comen siempre el pan que no les corresponde.
Los que nunca están dispuestos a hornear el pan que comemos. Los que se aburren por las cosas chicas y por las cosas grandes, digo: los que se aburren en general son los traidores.
Nosotros sabíamos desde el principio que la carne hablaría. Y la carne habló. En voz baja; solo unos pocos escuchamos, y dijo de la muerte y habló de que la piel se resquebraja con el tiempo, que nuestro sistema muscular estimulado constantemente (y no sujeto el estímulo a ninguna LEY) termina por agotarse. Su sentido se pierde en su fatiga.
Ella dijo que todo podía ser gozo, pero que la violencia acercaba a la muerte.
Cuando dijo de la muerte de nuestros padres, dijo la verdad.
Amo mi carne por que en ella se encuentran los secretos de los secretos.
Porque aprendí a amar mi carne en medio del chiquero, digo que desde hoy el misterio de la cifra exacta de mi ser, sólo será para quien comprenda su verdadera dimensión.
A los deportistas les aconsejo apartarse de mi camino, soy para ellos una luz mala.
Impiedad para quienes festejan todas las ocurrencias.
Impiedad para los que repiten el gesto amado en lugar de amarlo.
Impiedad para el que siempre diga que no; es un extranjero.
Impiedad, pura impiedad, para quien confunda nuestra carne con los ensangrentados bofes, que resucitarán, se cree, con la fornicación.
Impiedad, perfecta impiedad, para quien huyendo de nosotros tropieza con nosotros.
Y su voz se perdía entre el chapoteo de nuestros excrementos.
Y la carne dijo antes de morir:
El goce será el encuentro con lo que no soy ni me pertenece; el goce será: el goce de las diferencias.
Si nada altera mi razón, si todo es igual, si ningún latido es diferente, si mi pulso es perfecto, si mis genitales mueren a causa de la quietud, no caben dudas, estamos en presencia de un idiota. Lo aconsejable, armar las maletas y partir. Siempre es mejor partir en la búsqueda de nuevos dioses, que morir entre las ruinas de los templos de un dios que se desploma. Huir no siempre es la orden, sabemos que en medio de las catástrofes se encuentran las almas más puras, nuestras almas fueron encontradas en medio de las catástrofes.
La Noche en Blanco. Maratón Las 2001 Noches: Poesía y Psicoanalisis
Septiembre 2, 2009“La escritura del dios” de J. L. Borges (Final)
Agosto 11, 2009
Salvador Dalí, Dream Caused by the Flight of a Bee. 1944
Un día o una noche -entre mis días y mis noches, ¿qué diferencia cabe?- soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir, indiferente; soñé que despertaba y que había dos granos de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárcel y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando; con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil; la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable y morirás antes de haber despertado realmente.
Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: Ni una arena soñada puede matarme ni hay sueños que estén dentro de sueños. Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los cántaros.
Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije la humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra.
Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos; hay quien a visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de la trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre.
Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales) y me bastaría decirlas en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán.
Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.
Jorge Luis Borges
El Aleph, 1949
“La escritura del dios” de J. L. Borges (II)
Agosto 7, 2009Esta reflexión me animó y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, algo más invulnerable. Pensé en las generaciones de cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera escrita la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé el jaguar era uno de los atributos del dios.
Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.
Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos.
No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel texto. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra anunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecíome pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.
(Continuará…)
Jorge Luis Borges
El Aleph, 1949
“La isla” de Cesare Pavese en Las 2001 Noches (Final)
Agosto 5, 2009
August Macke, Vegetable Fields. 1911
LA ISLA
(continuación)
Odiseo: Lo haría si creyera que estás resignada. Pero también tú, que fuiste señora de todas las cosas, me necesitas a mí, un simple mortal, para que te ayude a soportar.
Calipso: Es un bien recíproco, Odiseo. No hay verdadero silencio si no es compartido.
Odiseo: ¿No te basta que esté hoy contigo?
Calipso: No estás conmigo, Odiseo. No aceptas el horizonte de esta isla. Y no te sustraes a la añoranza.
Odiseo: Lo que añoro es una parte viva de mí mismo, como lo es para ti tu silencio. ¿Qué ha cambiado para ti desde los días en que la tierra y el mar te obedecían? Sentiste que estabas sola y que estabas cansada, y olvidaste tus nombres. Nada te ha sido quitado. Eres lo que quisiste ser.
Calipso: Lo que soy es casi nada, querido. Casi mortal, casi una sombra como tú. Es un largo sueño comenzado quién sabe cuándo, y tú has entrado en este sueño como un ensueño. Temo el alba, el despertar; si te vas, es el despertar.
Odiseo: ¿Eres tú, la señora, quien habla?
Calipso: Temo el despertar como tú temes la muerte. Mira: antes estaba muerta; ahora lo sé. No quedaba de mí sobre esta isla sino la voz del mar y del viento. Oh, no era padecer. Dormía. Pero, desde que has llegado, has traído otra isla dentro de ti.
Odiseo: La busco desde hace demasiado tiempo. Tú no sabes lo que es entornar los ojos para ilusionarse cada vez que se divisa una tierra. Yo no puedo aceptar y callar.
Calipso: Sin embargo, Odiseo, vosotros, los hombres, decís que recuperar lo perdido es siempre una desgracia. El pasado no vuelve. Nada resiste el paso del tiempo. Tú que has visto el Océano, los monstruos y el Elíseo, ¿podrás reconocer todavía las casas, tus casas?
Odiseo: Tú misma dijiste que llevo la isla conmigo.
Calipso: Oh, pero cambiada, perdida, un silencio. El eco del mar entre los escollos o un poco de humo. Nadie podrá compartirla contigo. Las casas serán como el rostro de un viejo. Tus palabras tendrán un sentido diferente de las suyas. Estarás más solo que en el mar.
Odiseo: Pero sabré al menos que debo detenerme.
Calipso: No vale la pena, Odiseo. El que no se detiene ahora, ya mismo, no se detiene jamás. Lo que haces, seguirás haciéndolo siempre. Debes quebrar de una vez el destino, debes cambiar de calle y dejarte hundir en el tiempo…
Odiseo: No soy inmortal.
Calipso: Lo serás, si me escuchas. ¿que es la vida eterna sino este aceptar el instante que viene y el instante que se va? El éxtasis, el placer, la muerte, no tienen otra finalidad. ¿Qué ha sido hasta ahora tu vagar inquieto?
Odiseo: Si lo supiera, ya me hubiese detenido. Pero olvidas algo.
Calipso: Dime.
Odiseo: Aquello que busco lo tengo en el corazón, como tú.
Cesare Pavese
Las 2001 Noches Nº 106
“La escritura del dios” de J. L. Borges (I)
Agosto 4, 2009La cárcel es profunda y de piedra; su forma la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que grava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra [el mediodía], se abre una trampa en lo alto y un carcelero que han ido ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja, en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar.
He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo.
La víspera del incendio de la Pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar del tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios, pero éste no me abandonó y me mantuve silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.
Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui debelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después, empecé a avistar el recuerdo; era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió ni con qué caracteres, pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla.
[Continuará...]
Jorge Luis Borges
El Aleph, 1949
“Canto a la fuerza sindical” (VII – final) de Germán Pardo García
Julio 28, 2009VII
COMPAÑEROS de lucha: este canto a vuestra fuerza sindical lo concluyo
convocando desde los más sombríos sótanos mineros a la muerte,
porque jamás seréis los constructores obreros de la vida
si ignoráis cómo trabajan los profundos mecanismos de la muerte.
En esas trincheras hondas con deformes figuras talladas en las rocas
por el desgaste persistente de los siglos
hasta esculpir cabezas que de pronto
suplican: “Dadnos rostros humanos, concluidos”.
En esas naves lóbregas donde las invocaciones así comienzan:
“En el nombre del Trabajo partimos estas rocas
y por él nuestra sangre y nuestro espíritu entregamos”,
allá quisiera humildemente prosternarme
con la veracidad de aquellos seres
que pasaron por la tierra desnudos o cubiertos con pieles de leones,
a ofrecer mis tributos integrales
a esta grandeza sindical que canto
no sólo en su evidencia entre los árboles,
los talleres, océanos y minas,
sino en mí porque mi cuerpo de trabajador nocturno
envuelto en una túnica de llamas
y signando con espinas de luceros el papel para escribirle
su sangre de cristal a la Hermosura,
ese cuerpo también está nutriéndose
de vetas, yacimientos y de minas;
de peces que emocionan con sus branquias
los morados silencios de que vivo;
de hormigas que me traen los acentos
sonámbulos caídos en la arena;
de cóndores idólatras que atizan
en mis sienes la claridad que necesito;
de caballos dementes que me dan el creador estrépito;
de confederaciones celulares, cual vosotros,
y alianzas con los óxidos de la sal, y servidumbres
de mi alma escorando hacia el olvido.
Germán Pardo García
Las 2001 Noches nº 46
“La Isla” de Cesare Pavese en Las 2001 Noches
Julio 24, 2009LA ISLA
Todos saben que el naúfrago Odiseo, durante su viaje de regreso, permaneció nueve años en la isla Ogigia, donde sólo vivía Calipso, antigua diosa.
(Hablan Calipso y Odiseo.)
Calipso: Odiseo, no existe nada muy diferente. También tú, igual que yo, quieres detenerte en una isla. Has visto y has padecido todas las cosas. Quizás un día te diré lo que yo he padecido. Ambos estamos cansados de un gran destino. ¿Para qué continuar? ¿Qué te importa que la isla no sea la que buscabas? Aquí ya nada acontece. Hay un poco de tierra y un horizonte. Aquí puedes vivir para siempre.
Odiseo: Una vida inmortal.
Calipso: Inmortal es quien acepta el instante. Quien no conoce ya un mañana. Pero si te gusta la palabra, dila. ¿Llegaste en verdad a ese extremo?
Odiseo: Yo consideraba inmortal al que no teme a la muerte.
Calipso: El que no espera vivir. En verdad, casi lo eres. También tú has padecido mucho. Pero ¿por qué esta obsesión de volver a tu casa? Todavía estás inquieto. ¿Por qué vas diciendo discursos, solo, entre los acantilados?
Odiseo: Si mañana partiera, ¿serías tú infeliz?
Calipso: Quieres saber demasiado, querido. Digamos que soy inmortal. Pero si no renuncias a tus recuerdos y a tus sueños, si no depones tu obsesion y no aceptas el horizonte, no podrás escapar de ese destino que conoces.
Odiseo. Se trata siempre de aceptar un horizonte. ¿Para obtener qué?
Calipso. Para reposar la cabeza y callar, Odiseo. ¿Te has preguntado por qué también nosotros buscamos el sueño? ¿Te has preguntado adónde van los viejos dioses ignorados por el mundo? ¿Por qué se hunden en el tiempo, como la piedra en la tierra, ellos, que sin embargo son eternos? Y yo, ¿quién soy, quién es Calipso?
Odiseo. Te pregunté si eres feliz.
Calipso. No es eso, Odiseo. El aire, también el aire de esta isla desierta, que ahora sólo vibra por el estruendo del mar y por los chillidos de los pájaros, está demasiado vacío. Nada hay que añorar en este vacío, recuérdalo. ¿Pero no sientes también ciertos días un silencio, una pausa que es como la huella de una antigua tensión y de una presencia desaparecidas?
Odiseo. ¿Entonces tú también le hablas a los acantilados?
Calipso. Es un silencio, te digo. Una cosa remota y casi muerta. Lo que ha sido y ya no volverá a ser. En el viejo mundo de los dioses, cuando un gesto mío era destino. Tuve nombres vaporosos, Odiseo. La tierra y el mar me obedecían. Luego me cansé; pasó cierto tiempo, no quise moverme más. Alguna de nosotras resistió a los dioses nuevos; yo dejé que los nombres se hundieran en el tiempo; todo cambió y permaneció igual; no valía la pena disputarle a los nuevos el destino. Ya sabía mi ho-rizonte y sabía también por qué los viejos no quisieron disputar con nosotros.
Odiseo: ¿Pero no eras inmortal?
Calipso: Y lo soy, Odiseo. No espero morir. Y no espero vivir. Acepto el instante. A vosotros, los mortales, os espera algo parecido, la vejez y la añoranza. ¿Por qué no quieres, como yo, reclinar la cabeza en esta isla?
Cesare Pavese
Diálogos con Leucó
Las 2001 Noches Nº 106
(Continuará…)
Escrito por Ruy Henriquez
Escrito por Ruy Henriquez
Escrito por Ruy Henriquez 


