
Vincent van Gogh, Mulberry Tree. 1889
LA VIDA Y LA MUERTE
¿De qué trata este tema? “La vida y la muerte en la poesía”: ¿Vamos a buscar y a leer poemas que hablen de la vida? ¿Poemas que hablen de la muerte? ¿Qué es la vida para la poesía? ¿Qué es la muerte para la poesía? Vida y muerte parece un tema inabarcable, porque todo aquello que no hable o se refiera a la muerte, es la vida; y todo aquello que no se refiera a la vida, es por fuerza la muerte. Ni más ni menos. Pero para la poesía, ante todo, ‘vida’ y ‘muerte’ son dos palabras: dos palabras que, como las demás, pueden combinarse infinitamente con otras palabras.
Ahora bien, ¿qué dice la poesía acerca de este tema? Tomemos los versos de un gran poeta, a ver qué nos dice:
ARTE POETICA
Poesía, lo sé, mientras te escribo,
dejo de vivir.
Entrego, mansamente, mis ilusiones,
mis pobres pecados proletarios,
mis vicios burgueses y, aún,
antes de penetrar tu cuerpo,
–tapiz enamorado–
abandono mi forma de vivir,
miserias,
locuras,
hondas pasiones negras,
mi manera de ser.
Vacío de mis cosas,
abanderado de la nada,
transparente de tanta soledad,
invisible y abierto,
permeable a los misterios de su voz,
intento,
rasgo sonoro sobre la piel del mundo
la piel de la muerte
la piel de todas las cosas.
Poesía, sobre tu piel, rasgos sonoros,
esquirlas apasionadas,
imborrables astillas de mi nombre.
Miguel Oscar Menassa
Parece que el poeta se refiere aquí a lo que, en la primera lección sobre la escritura, se nos dijo acerca de que para escribir, el poeta se distancia de sí mismo, se olvida de su vida y de lo que es, para ponerse, para situarse en la función de poeta, es decir, para escribir. Pero también dice algo más.
En realidad en este verso: “Poesía, lo sé, mientras te escribo, / dejo de vivir”, hay toda una teoría de la poesía y de la escritura.
El poeta dice que mientras escribe deja de vivir. Habíamos dicho que todo lo que no es la muerte, es la vida. ¿Podríamos decir, entonces, que cuando escribe el poeta, es decir, el hombre que es, muere? ¿Pero entonces qué es la muerte? Porque morir, no muere, sólo se hace a un lado, se aparta, ¿o es que muere en realidad? Vamos a intentar averiguarlo.
La escritura poética de algún modo viene a interrumpir, a pautar la vida del poeta. Hay como una suspensión de la vida que el sujeto viene viviendo. La muerte, entonces, sería ese lapso, ese tiempo en el que el sujeto que escribe deja de vivir para escribir, para que en su lugar viva otro: el poeta.
Algo en él debe morir, para que se produzca la escritura. Cuando escribe, el sujeto interrumpe sus ideas, sus sentimientos, todas las sobredeterminaciones que hacen que piense y sienta de una manera determinada y conocida.
Esta suspensión, esta interrupción de lo conocido y habitual en él, es lo que le permite alcanzar registros que no podría alcanzar de otra manera. Algo del sujeto muere en la tarea de escribir. Pero también se puede decir que el resultado de esa tarea, su producto, es la vida del poeta. El poeta mata al hombre que es, para poder vivir.
Vemos pues que, para la poesía, como para nosotros también, la muerte y la vida están firmemente entrelazadas, de modo que para entender una debemos necesariamente entender la otra, pues en su diálogo, en el diálogo que mantienen entre sí las palabras, se construye la vida de los hombres, nuestra propia vida:
CANTO A LA FUERZA SINDICAL
I
Compañeros de lucha: este canto a vuestra fuerza sindical lo principio
convocando desde lo más rojo intenso de mi sangre a la muerte,
porque jamás seréis los constructores obreros de la vida
si ignoráis cómo trabajan los profundos mecanismos de la muerte.
Así comienzo este canto a vuestra fuerza sindical: desde abajo,
cual si enterrase los oscuros cimientos de una casa,
para inducirla después con lentitud hacia la altura de hermosos cuerpos
cargados como todas las densas formas, de potencias eléctricas.
Otros hombres más universales dirían este canto
con el nombre del sol como insignia en sus bocas, del sol inagotable
que satura intensamente gusanos cosmogónicos
y enardece la rebelión de las panteras.
Mas yo, inmerso y brutal conocedor de sombras demoníacas,
afiánzome al hosco polvo con tenacidad de nervios
y lanzo este himno como ardiente flor de pólvora
que desde el piso asciende al vértigo de tempestades térmicas.
Germán Pardo García
La muerte está presente en la poesía sin necesidad siquiera de nombrarla, porque ella es todo lo que viene a puntuar, a suspender, a poner límites en la vida del hombre. No sólo en la vida del poeta, también en la vida del hombre.
Cuando aprendemos a interrumpir, cuando aprendemos a separarnos de lo que tanto amamos y nos da goce, cuando aprendemos a decir “ahora no, más tarde”, estamos aprendiendo sin saberlo, las claves de la muerte, las claves de aquello, que sin saber cómo, nos permitirá vivir.
Este saber está presente en todo momento en la poesía. Porque ella, la poesía, sabe que el hombre, por principio, no puede acceder a las cosas directamente, no puede acceder a su deseo sino es a través de un rodeo, de una postergación, de un trabajo.
Pero la poesía tiene una cualidad. Esta cualidad nos permite a todos gozar de aquello que cotidianamente, es decir, en nuestra vida corriente, no podemos gozar en libertad. Walt Whitman lo expresa claramente cuando dice: “Me celebro y me canto, / Y aquello de lo que yo me apropio habrás de apropiarte, / Porque todos los átomos que me pertenecen también te pertenecen.” (Canto de mí mismo)
El poeta alcanza cotas de libertad, en el ejercicio de la escritura, inalcanzables para el hombre corriente. Esta libertad que el poeta alcanza es una conquista para la humanidad, permitiendo gozar al hombre, en adelante, con aquello con lo que no podía gozar.
La poesía lleva a cabo esta conquista por su particular uso del lenguaje, por su manera precisa de crearlo. Ella combina las palabras de una manera no permitida para el hombre, en su vida cotidiana. Este ejercicio de libertad que la escritura le permite, rompe las cadenas a las que el sujeto se halla sometido.
¿Esto qué significa? Significa que hay cosas, situaciones, palabras o frases que no podemos decir o expresar, que no podemos alcanzar, por nosotros mismos, de manera inmediata o directa. El hombre tiene una dificultad esencial, una dificultad que, podríamos decir, lo hace hombre. Esa dificultad consiste en que no puede decir nunca realmente lo que piensa.
Lo veíamos también en la clase anterior, cuando hablábamos de la seducción y del erotismo. Se dijo que el erotismo transformaba la sexualidad del hombre, que lo desviaba del propósito unidireccional de la procreación, convirtiendo su destino animal en sexualidad humana. Vimos que no hay forma de que el sujeto tenga una relación armónica con su pareja. Pues bien, lo mismo sucede cuando intenta recordar algo o describir una situación vivida. Nada de lo que diga corresponderá exactamente con lo que realmente vivió. Así como no tiene una relación armónica con su pareja, tampoco tiene una relación exacta y armoniosa con la realidad.
En este mismo sentido, podríamos decir que cuando alguien dice crudamente lo que piensa o lo que fantasea, en relación con aquello que social o moralmente no le está permitido, o simplemente con respecto a lo que le pasa en su vida, normalmente despierta rechazo o desagrado, o bien es recibido con indiferencia y frialdad.
En cambio, cuando el poeta habla de sus más íntimos deseos, jamás habla de modo directo, sino que lo hace dando un rodeo. Un rodeo que podríamos llamar estético y que, gracias a su técnica artística, convierte en algo placentero aquello que dice, para quien lo escucha. El poeta en lugar de decir “mi mujer me abandonó y estoy triste porque me puso los cuernos”, dice: “El cielo llora sobre la ciudad.”
Cuando el poeta habla de esas cosas íntimas suyas, de su vida, jamás lo hace de modo directo, sino utilizando la poesía para expresarlo. Seduciéndonos con su arte, poco a poco nos acerca a aquello que, en otros contextos, nos podría resultar chocante o censurable. Por eso es que se dice que la poesía nos permite, en adelante, gozar con aquello con lo que normalmente no podemos gozar.
La poesía, ya lo habéis oído, no son versitos, lírica floral y superflua, bonitas palabras, sino un instrumento de conocimiento, sutil y complejo que, si nos entregamos a él, si aceptamos la libertad que nos ofrece, nos habrá de permitir otra manera de vivir. Recuerden que el título de este curso, de introducción a una lectura poética, es el de “Poesía: una manera de vivir”.
Por todos estos mismos motivos, se puede añadir también que la poesía des-realiza la realidad de los sujetos, es decir, le quita realidad a esas ideas, a esas fantasías que nosotros creemos, a veces, que es nuestra propia vida. La poesía des-realiza aquello que pensamos, rompiendo, fragmentando, haciendo grietas en nuestra realidad, creando nuevas formas de concebir la realidad.
La poesía transforma nuestras concepciones del amor, de la mujer, del trabajo, de la vida, esto es, cambia nuestra forma de pensar, incluso si no nos enteramos. Hay formas del amor y de la vida del hombre que ya han muerto en los libros, y que nosotros sin saberlo, a veces, seguimos cultivando.
Ahora bien, ¿Qué es la muerte sino la suma de todas las transformaciones de la vida de un hombre? Así lo expresa bellamente García Lorca:
MUERTE
¡Qué esfuerzo!
¡Qué esfuerzo del caballo por ser perro!
¡Qué esfuerzo del perro por ser golondrina!
¡Qué esfuerzo de la golondrina por ser abeja!
¡Qué esfuerzo de la abeja por ser caballo!
Y el caballo
¡qué flecha aguda exprime de la rosa!,
¡qué rosa gris levanta de su belfo!
Y la rosa,
¡qué rebaño de luces y alaridos
ata en el vivo azúcar de su tronco!
Y el azúcar
¡qué puñalitos sueña en su vigilia!
Y los puñales diminutos,
¡qué luna sin establos, qué desnudos,
piel eterna y rubor, andan buscando!
Y yo, por los aleros
¡qué serafín de llamas busco y soy!
Pero el arco de yeso,
¡qué grande, qué invisible, qué diminuto!
sin esfuerzo.
Federico García Lorca
Con todo, es imposible tener una representación de la muerte, porque es algo de lo que no tenemos experiencia. Nadie vuelve de ella, nadie regresa para contarlo. La labor estética, la sublimación, va unida a la imposibilidad de representarnos la muerte.
La muerte en sí misma no tiene representación o, más bien, tiene infinitas representaciones. La muerte en la poesía tiene mil rostros, como dice el poeta. Quizá, por esta razón, hay algo en ella que nos resulta familiar, y al mismo tiempo extraño. Siniestra como la novedad que trae siempre bajo el brazo, la poesía nos toca siempre con las alas de la muerte, mostrando en nuestro propio rostro un perfil desconocido.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos –
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra vana,
un brillo acallado, un silencio.
Así lo ves cada mañana
cuando te inclinas sola ante el espejo.
¡Oh querida esperanza,
también nosotros aquel día
sabremos que eres la vida y la nada!
La muerte tiene una mirada para todos.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como ver que emerge de nuevo
un rostro muerto en el espejo,
como escuchar un labio cerrado.
Descenderemos al remolino, mudos.
Cesare Pavese
Parece una experiencia tremenda la de la muerte, sin embargo, ella está sólidamente tramada con la belleza, con la estética, con todo aquello que consideramos hermoso. La vida y lo bello es más valioso cuando tenemos en cuenta su breve duración, el tiempo limitado en el que transcurre su belleza.
Esto nos lleva, sin embargo, a renunciar, en ocasiones, a disfrutar, a gozar con la belleza. Con tal de no sentir el displacer que supone su brevedad, su fugacidad, nos negamos a gozar con la poesía, porque ella nos recuerda siempre que algo hemos perdido o, también, que deberíamos renunciar a alguna ilusión.
ARTE POÉTICA
Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.
Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.
Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,
ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.
A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.
Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Ítaca
verde y humilde. El arte es esa Ítaca
de verde eternidad, no de prodigios.
También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.
Jorge Luis Borges
Todo aprendizaje, todo cambio, nos devuelve necesariamente a la experiencia indescriptible de la muerte. Lo nuevo, lo desconocido nos deja temblando y desnudos, perplejos antes las combinaciones inesperadas del lenguaje. Esta experiencia que tan terrible parece, no es más que la experiencia que la vida nos ofrece a diario y que sólo la poesía consigue expresar.
Si la muerte es el punto final, el cierre de la escritura; la vida, el poema es el rodeo que damos antes de encontrarlo.
HALLAZGO DE LA VIDA
¡Señores! Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento, para saborear esta emoción, formidable, espontánea y reciente de la vida, que hoy, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas.
Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi exultación viene de que antes no sentí la presencia de la vida. No la he sentido nunca. Miente quien diga que la he sentido. Miente y su mentira me hiere a tal punto que me haría desgraciado. Mi gozo viene de mi fe en este hallazgo personal de la vida, y nadie puede ir contra esta fe. Al que fuera, se le caería la lengua, se le caerían los huesos y correría el peligro de recoger otros, ajenos, para mantenerse de pie ante mis ojos.
Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y horizonte. Si viniese ahora mi amigo Peyriet, le diría que yo no le conozco y que debemos empezar de nuevo. ¿Cuándo, en efecto, le he conocido a mi amigo Peyriet? Hoy sería la primera vez que nos conocemos. Le diría que se vaya y regrese y entre a verme, como si no me conociera, es decir, por la primera vez.
Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país extraño, en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de epifanía inmarcesible. No, señor. No hable usted a ese caballero. Usted no lo conoce y le sorprendería tan inopinada parla. No ponga usted el pie sobre esa piedrecilla; quién sabe no es piedra y vaya usted a dar en el vacío. Sea usted precavido, puesto que estamos en un mundo absolutamente inconocido.
¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan reciente, que no hay unidad de medida para contar mi edad. ¡Si acabo de nacer! ¡Si aún no he vivido todavía! Señores: soy tan pequeñito, que el día apenas cabe en mí.
Nunca, sino ahora, oí el estruendo de los carros, que cargan piedras para una gran construcción del boulevard Haussmann. Nunca, sino ahora, avancé paralelamente a la primavera, diciéndole: «Si la muerte hubiera sido otra…» Nunca, sino ahora, vi la luz áurea del sol sobre las cúpulas del Sacré-Coeur. Nunca, sino ahora, se me acercó un niño y me miró hondamente con su boca. Nunca, sino ahora, supe que existía una puerta, otra puerta y el canto cordial de las distancias.
¡Dejadme! La vida me ha dado ahora en toda mi muerte.
Cesar Vallejo
Ruy Henríquez
12 de mayo de 2009