“El dolor, el humor y el sentimiento de inferioridad” por Amelia Díez Cuesta

Se dice que los celos buscan con celo lo que dolor produce.

 

Nos reímos cuando en la misma situación habríamos reaccionado de la misma manera. Nos reímos cuando alguien está haciendo algo muy importante y un dolor o una necesidad excrementicia relega lo importante, y no por considerarle inferior respecto a nosotros sino respecto a su posición anterior, sabiendo que el que ríe haría exactamente lo mismo. Es la ausencia del dolor propio lo que nos permite encontrar placer en esa comparación entre el antes y el después.

 

El placer cómico no refiere a un placer recordado sino debido a una comparación, así nos reímos de Charlot cuando pisa todos los charcos y deja uno sin pisar. No se trata de una comparación entre el prójimo y yo, sino una comparación dentro del prójimo, o bien una comparación dentro del yo.

 

Freud distingue entre el chiste, lo cómico y el humor, marcando su diferencia nos dice: el chiste es el ahorro del gasto psíquico de una represión, se hace un chiste en lugar de que un pensamiento sea reprimido, mientras que lo cómico es el ahorro del gasto psíquico de una representación, en tanto la imagen se va a pasear sola, es decir alguien en nuestro lugar hace una representación con la cual nos reímos de nosotros mismos. En cuanto al humor, como por humanos somos muy sentimentales, es el ahorro del gasto psíquico de un sentimiento.

 

El humor es el ahorro de un gasto de afecto, que puede ser un dolor. Humor en lugar de dolor. ¿Qué día es hoy? Pregunta un condenado a muerte cuando va conducido a la horca. Lunes, le responden.

 

¡Vaya, bonita manera de comenzar la semana!

 

El humor comprende tantas especies como sentimientos emotivos que son ahorrados: compasión, disgusto, dolor, enternecimiento… etc.

 

Así los dibujantes han llevado hasta un punto insospechado el arte de extraer humor de lo horrible, cruel o repugnante.

 

Aquel que halla placer en producir dolor también está capacitado para gozar del dolor. El pudor, la repugnancia, el espanto y el dolor son límites, márgenes, bordes en los cuales también hay satisfacción.

 

Si en el placer de contemplación la zona erógena es la mirada, en el placer del dolor la zona erógena es la voz que eriza la piel.

 

También las sensaciones sumamente dolorosas poseen efecto erógeno. Así como una bofetada puede ser considerada una caricia a alta velocidad, también el dolor puede ser considerado una excitación de alta intensidad.

 

Cuando pensamos en el dolor que nos causaría la muerte de una persona nos inspira un intenso cariño, por eso que el intenso cariño siempre es sospechoso de estar causado por un pensamiento de muerte.

 

A veces tolerar el dolor que nos causa una verdad evita que nos dolamos continuamente por reprimir esa verdad.

 

El dolor por la muerte de un ser querido va acompañado por la alegría de no ser el muerto, y conlleva la hostilidad hacia los muertos que tiene carácter de legítima defensa. Determinados tabúes se explican por temor a la tentación y la indefensión ante el muerto, siendo los sentimientos de doble carácter los que se manifiestan bajo la forma de dolor y satisfacción. Los sentimientos hostiles hacia los seres queridos cuando mueren toma carácter de dolor y se transforma en miedo a ser castigado por el demonio del finado, algo que con el tiempo se va disipando tanto el dolor como el miedo al castigo, y transformándose así nuestros muertos de demonios en venerados antepasados.

 

Todos sabemos que alguien aquejado de un dolor deja de interesarse por el mundo exterior, en cuanto no tiene que ver con su dolencia, incluso retira de sus objetos amorosos su interés libidinoso, cesando así de amar mientras sufre. O si se trata de lesiones deportivas, cesando de interesarse en jugar mientras sufre.

 

La vulgaridad de este hecho también tiene una explicación en términos de la teoría de la libido. Diremos que el enfermo retrotrae su libido al propio yo concentrándose en la curación, “concentrándose está su alma, dice el poeta con dolor de muelas, en el estrecho hoyo de su molar”. La libido y el interés del yo, no se diferencian. Esta desaparición de todo interés amoroso ante el dolor físico no nos llama la atención porque es algo que ocurre a cada uno, por eso también ha sido fuente de comicidad. El sueño también es otro estado donde se retrotraen todas las cargas de la libido hacia un único interés: el reposo, el deseo de dormir.

 

En ambas situaciones, dormir y dolor, aparecen modificaciones de la distribución de la libido consecutivas a una modificación del yo.

 

Es conocido que perturbaciones tan graves de la distribución de la libido como la de una depresión melancólica son interrumpidas temporalmente por una enfermedad orgánica intercurrente, y que hasta una “demencia precoz” puede experimentar en tales casos una pasajera mejoría.

 

Cuando la hipocondría se manifiesta, como la enfermedad orgánica, en sensaciones somáticas dolorosas, coincide también en cuanto a la distribución de la libido, en tanto retrotrae su interés del mundo exterior y lo concentra en el órgano que le preocupa.

 

Con la histeria hemos aprendido que ciertas partes del cuerpo se  pueden comportar como zonas erógenas, y por eso denominamos zonas histerógenas, lo mismo podemos decir de los órganos de las preocupaciones del hipocondríaco. Algo que diferencia a los órganos implicados en las enfermedades denominadas psicosomáticas, las inervadas por el sistema neurovegetativo, que podríamos decir que son órganos desexualizados, órganos que dejan de estar libidinizados o que en el tiempo del fantasma del cuerpo fragmentado fueron fragmentos que no ocuparon su lugar en la estructuración del fantasma, quedando fuera de la distribución de la libido.

 

Cuando se goza con el dolor, no es con el dolor mismo que se goza sino con la excitación sexual concomitante.

 

La naturaleza económica del dolor físico es análoga a la del dolor psíquico, por eso el dolor del melancólico es como el dolor de una herida en su yo, lo mismo que el dolor de la muerte de un ser querido, en tanto nos amamos en el ser querido. Los seres queridos, desde la libido, forman parte de nosotros mismos, y cuando muere cada uno de nuestros seres amados es como si muriera un trozo de nuestro propio y amado yo.

 

Aunque también conlleva una alegría por perder algo que le era extraño y ajeno al yo, por eso la ley de la ambivalencia dominó, domina y dominará las relaciones humanas.

 

El ser humano no puede alejar de sí la muerte puesto que la experimenta en el dolor por sus muertos.

 

Sin embargo también ocurre que no puede reconocer su muerte ya que no puede imaginar su propia muerte, por eso que desde el principio de los tiempos de la Humanidad lo primero que los seres humanos inventamos fueron “los espíritus”, que por el sentimiento de culpabilidad por la satisfacción que se mezclaba con el duelo eran de carácter demoníaco, a los cuales había que temer. Entre los seres humanos persiste la idea de que el muerto desea nuestra muerte, que nos llama a su lado.

 

Sabemos que el placer va en relación a la disminución de excitación del aparato psíquico, mientras que el dolor va en paralelo al aumento de excitación. Por eso que una de las misiones del aparato psíquico es desviar el dolor con la misma urgencia que se impone la adquisición de placer, y para ello sabe que tiene que renunciar a la satisfacción inmediata, soportar determinados dolores y renunciar, en general, a ciertas fuentes de placer, de esa manera no se deja dominar por el principio de placer y pasa a dejarse regir por el principio de realidad cuya consecución también es el placer. El paso del principio del placer al principio de realidad incluye el goce mortal, el goce infinito, pues sabemos que el goce infinito es muy doloroso.

 

Lo que en épocas tempranas fue satisfacción después de la represión se transforma en repugnancia. El niño que amaba tomar leche materna después toma aversión a la leche.

 

Hay quien se siente identificado, por ejemplo a su madre, a través del dolor de cabeza, o a través de un dolor que esa persona padecía.

 

Lo mismo que las tensiones provocadas por la necesidad, puede también permanecer inconsciente el dolor.

 

El dolor puede ser también una forma de adquirir conocimiento acerca de nuestros órganos cuando padecemos una dolorosa enfermedad, que suele ser el prototipo de aquella en la que llegamos a la representación de nuestro propio cuerpo.

 

El dolor y el displacer pueden dejar de ser una señal de alarma y constituir un fin, con lo cual paralizan el principio del placer que es el guardián de la vida.

 

Una neurosis, contra todos los principios terapéuticos, puede desaparecer cuando el sujeto contrae un matrimonio desgraciado, pierde su fortuna o contrae una grave enfermedad orgánica, cuando un padecimiento queda sustituido por otro, pues de lo que se trataba era tan sólo de poder conservar cierta cuota de dolor.

 

Una “necesidad de castigo” está en juego, una necesidad satisfecha por el castigo y el dolor. Hay veces que el sentimiento de culpabilidad toma otras formas: sentimiento de inferioridad, enfermedad o castigo, que estructuralmente son equivalentes.

 

Amelia Díez Cuesta. Psicoanalista

En Extensión Universitaria. Revista de Psicoanálisis Nº 59

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