LA M0RAL SEXUAL “CULTURAL” Y LA NERVIOSIDAD MODERNA (VII)

Edward Hopper, Hotel Room. 1931

Edward Hopper, Hotel Room. 1931

Aun reconociendo estos prejuicios de la moral sexual cultural, se puede todavía responder a nuestra interrogación alegando que las conquistas culturales consiguientes a tan severa restricción sexual compensan e incluso superan tales prejuicios individuales, que, en definitiva, sólo llegan a alcanzar cierta gravedad en una limitada minoría. Por mi parte, me declaro incapaz de establecer aquí un balance de pérdidas y ganancias. Sólo podría aportar aún numerosos datos para la valoración de las pérdidas. Volviendo al tema, antes iniciado, de la abstinencia, he de afirmar que la misma trae aún consigo otros perjuicios diferentes de las neurosis, las cuales integran, además, mucha mayor importancia de la que en general se les concede.

La demora del desarrollo y de la actividad sexual, a la que aspiran nuestra educación y nuestra cultura, no trae consigo, en un principio, peligro alguno e incluso constituye una necesidad si tenemos en cuenta cuan tarde comienzan los jóvenes de nuestras clases ilustradas a valérselas por sí mismos y a ganar su vida, circunstancia en que se nos muestra además la íntima relación de todas nuestras instituciones culturales y la dificultad de modificar algunos de sus elementos sin atender a los restantes. Pero, pasados los veinte años, la abstinencia no está ya exenta de peligros para el hombre, y cuando no conduce a la nerviosidad trae consigo otros daños consigo. Suele decirse que la lucha con el poderoso instinto sexual y la necesaria acentuación en ella de todos los poderes éticos y estéticos de la vida anímica “aceran” el carácter. Esto es exacto para algunas naturalezas favorablemente organizadas. Asimismo, ha de concederse que la diferenciación de los caracteres individuales, tan acentuada hoy día, ha sido hecha posible por la restricción sexual. Pero en la inmensa mayoría de los casos la lucha contra la sexualidad agota las energías disponibles del carácter, y ello en una época en la que el joven precisa de todas sus fuerzas para conquistar su participación y su puesto en la sociedad. La relación entre la sublimación posible y la actividad sexual necesaria oscila, naturalmente, mucho según el individuo e incluso según la profesión. Un artista abstinente es algo apenas posible. Por el contrario, no son nada raros los casos de abstinencia entre los jóvenes consagrados a una disciplina científica. Estos últimos pueden extraer de la abstinencia nuevas energías para el estudio. En cambio, el artista hallará en la actividad sexual un excitante de función creadora. En general, tengo la impresión de que la abstinencia no contribuye a formar hombres de acción, enérgicos e independientes, ni pensadores originales o valerosos reformadores, sino más bien honradas medianías que se sumergen luego en la gran masa, acostumbrada a seguir con cierta resistencia los impulsos iniciados por individuos enérgicos.

En los resultados de la lucha por la abstinencia se revela también la conducta voluntariosa y rebelde del instinto sexual. La educación cultural no tendería quizá sino a su coerción temporal hasta el matrimonio, con la intención de dejarlo libre para servirse de él. Pero contra el instinto tienen más éxito las medidas extremas que las contemporizaciones. La coerción va con frecuencia demasiado lejos, dando lugar a que al llegar al momento de conceder libertad al instinto sexual, presente éste ya daños duraderos, resultado al que no se tendía ciertamente. De aquí que la completa abstinencia durante la juventud no sea para la mejor preparación al matrimonio. Así lo sospechan las mujeres, y prefieren entre sus pretendientes aquellos que han demostrado ya con otras mujeres su masculinidad. Los perjuicios de la severa abstinencia exigida a las mujeres antes del matrimonio son especialmente evidentes. La educación no debe considerar nada fácil la labor de coartar la sensualidad de la joven hasta su matrimonio, pues recurre para ello a los medios más poderosos. No sólo prohíbe el comercio sexual y ofrece elevadas primas a la conservación de la inocencia, sino que trata de evitar a las adolescentes toda tentación, manteniéndolas en la ignorancia del papel que les está reservado y no tolerándoles impulso amoroso alguno que no pueda conducir al matrimonio. El resultado es que las muchachas, cuando se ven autorizadas a enamorarse por las autoridades familiares, no llegan a poder realizar la función psíquica correspondiente y van al matrimonio sin la seguridad de sus propios sentimientos. A consecuencia de la demora artificial de la función erótica sólo desilusiones procuran al hombre que ha ahorrado para ellas todos sus deseos. Sus sentimientos anímicos permanecen aún ligados a sus padres, cuya autoridad creó en ellas la coerción sexual, y su conducta corporal adolece de frigidez, con lo cual queda el hombre privado de todo placer sexual intenso. Ignoro si el tipo de mujer anestésica existe fuera de nuestras civilizaciones, aunque lo creo muy probable; pero lo cierto es que nuestra educación se esfuerza precisamente en cultivarlo, y estas mujeres que conciben sin placer no se muestran muy dispuestas a parir frecuentemente con dolor. Resulta así que la preparación al matrimonio no consigue sino hacer fracasar los fines del mismo. Más tarde, cuando la mujer vence ya la demora artificialmente impuesta a su desarrollo sexual, llega a la sima de su existencia femenina y siente despertar en ella la plena capacidad de amar, se encuentra con que las relaciones conyugales se han enfriado hace ya tiempo, y, como premio a su docilidad anterior, le queda la elección entre el deseo insatisfecho, la infidelidad o la neurosis.

La conducta sexual de una persona constituye el “prototipo” de todas sus demás reacciones. A aquellos hombres que conquistan enérgicamente su objeto sexual les suponemos análoga energía en la persecución de otros fines. En cambio, aquellos que por atender a toda clase de consideraciones renuncian a la satisfacción de sus poderosos instintos sexuales serán, en los demás casos, más conciliadores y resignados que activos. En las mujeres puede comprobarse fácilmente un caso especial de este principio de la condición prototípica de la vida sexual con respecto al ejercicio de las demás funciones. La educación les prohíbe toda elaboración intelectual de los problemas sexuales, los cuales les inspiran siempre máxima curiosidad, y las atemoriza con la afirmación de que tal curiosidad es poco femenina y denota una disposición viciosa. Esta intimidación coarta su actividad intelectual y rebasa en su ánimo el valor de todo conocimiento, pues la prohibición de pensar se extiende más allá de la esfera sexual, en parte a consecuencia de relaciones inevitables y en parte automáticamente, proceso análogo al que provocan los dogmas en el pensamiento del hombre religioso o las ideas dinásticas en el de los monárquicos incondicionales. No creo que la antítesis biológica entre trabajo intelectual y actividad sexual explique la “debilidad mental fisiológica” de la mujer, como pretende Moebius en su discutida obra. En cambio, opino que la indudable inferioridad intelectual de tantas mujeres ha de atribuirse a la coerción mental necesaria para la coerción sexual.

Sigmund Freud

(La moral sexual “cultural” y la nerviosidad moderna  I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX)

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