“Canto a la fuerza sindical” de Germán Pardo García (V)

Giuseppe Arcimboldo, Water. 1566

Giuseppe Arcimboldo, Water. 1566

V

Estos borrascosos bosques sociales me empujan a las riberas
donde los sindicatos de fuertes pescadores
bruñidos por las aguas teñidas de yoduros,
viven su diaria intrepidez de cálidos tritones.
Ellos, los broncos hijos del mar, se hunden en sus tormentas
a festejar sus onomásticos bestiales,
el ímpetu naval de sus bodas
o el nacimiento de una estirpe,
cual mayorazgos ebrios que retaran
la cólera de un padre enloquecido.

Tienen tatuados mapas de las naciones navegadoras
en la escollera brusca de sus velludos pechos,
como las manchas que hay en el dorso de los marinos elefantes.
En esa geografía humanizada sobre códices de músculos,
se apoya su derecho natural a la existencia.
¡Qué importa si sus hombros huelen a bacalao fétido
y a putrefactas proteínas!
¡Y qué si hay en sus calcañares cicatrices de paguros!
¡Qué importa si ellos viven bajo sindicales leyes
que en sus capítulos les cantan: al mar, al mar, al mar!

Así son estos hombres oceánidas: cambiantes de color y contextura
según el mar es áspero y de cobre, o azul índigo y tranquilo.
Asociados están como los alcatraces y así pescan.
Aprendieron del mar a federarse
y caminan obedientes al corsario caudillo.
Por eso el reclamo sindical de los estibadores
tiene poder de octópodo que amarra y paraliza.
¿No habéis visto los puertos inmóviles, las barcazas inmóviles,
plegados los velámenes como atáxicas plumas,
el salmón asfixiándose en las costas
y el mosto envileciéndose en las cubas?
Son los trabajadores del mar en la inacción de sus caídos brazos
y en la quietud de sus sociales olas,
en tanto el viejo líder, cojo de eternidad y tuerto de constelaciones,
la insurrección de sus obreros urde.

Sus carnívoras hembras tejedoras de redes aguzan los arpones
como sus homicidas colmillos los escualos.
Nada es frágil en sus cuerpos de náuticos instintos.
Sus caderas rezuman sal como los poros esponjarios.
Sus verticales senos punzan como anémonas.
Y allá van tras de sus machos pescadores,
fieles a esa misma ley que agrupa a las corvinas,
mientras el tifón soplando roncas caracolas
y valvas de alectriones y crepídulas,
clama desesperadamente: ¡al mar, al mar, al mar!

Germán Pardo García
Las 2001 Noches Nº 46

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