Sobre el malestar en la cultura


Todos estos lugares antiguamente extraordinarios [Bagdad, Samarkanda, Belichistán, ez, Timbuctú], son en nuestros días pequeños islotes flotando en el tempestuoso mar de la civilización. Sus nombres sugieren materias primas: caucho, estaño, pimienta, café, piedra de esmeriar, etc. Los indígenas son pobres desperdicios, explotados por el pulpo de la civilización cuyos tentáculos parten de Londres, París, Berlín, Tokio, Nueva York, Chicago, para extenderse hasta los confines helados de Islandia, hasta las extensiones salvajes de la Patagonia. Las pruebas de esto que se llama civilización se amontonan como estiércol en todos los lugares donde llegan sus largos tentáculos viscosos. Nadie se encuentra civilizado, nada se encuentra profundamente cambiado en el sentido verdadero de la palabra. La gente que antiguamente comía con los dedos, lo hace ahora con cuchillos y tenedores; algunos tienen luz eléctrica en sus chozas, en lugar de la lámpara de petróleo o la llama de la vela; otros tienen catálogos de Sears-Roebuck y la Santa Biblia en sus estantes, donde antes tenían la carabina o el mosquete; otros tienen relucientes revólveres, en vez garrotes; los hay que emplean monedas en sus transacciones, en lugar de conchas marinas; otros llevan innecesarios sombreros de paja. Pero todos están inquietos, insatisfechos, envidiosos y su corazón sufre.

Henry Miller

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