EL DESEO DE ESTUDIAR SE CONSIGUE ESTUDIANDO

Dibujo original de Miguel Oscar Menassa

Dibujo original de Miguel Oscar Menassa

La palabra estudio y todas las que se derivan de ella (estudiante, estudiar, etc.), tienen como raíz etimológica la palabra latina studium que significa “interesante”.

Resulta sorprendente escuchar, sin embargo, que tanto los profesores como los estudiantes, consideren nuchas veces que hay asignaturas, o temas dentro de una asignatura, más o menos interesantes. Si partimos de la idea de que lo que estudiamos (o lo que enseñamos, pues enseñar es una modalidad del estudio) tiene que ser interesante, nos encontraremos con que algunos campos del saber y del conocimiento nos estarán vedados.

Cuando pensamos que algo es interesante por sí mismo, lo que realmente estamos pensando es que hay cosas que nos interesan y cosas que no nos interesan. El interés, en este sentido, no difiere de nuestros gustos. Entonces, lo que realmente estaremos diciendo será: “Esto me gusta, esto no me gusta”.

Pero si esta es nuestra manera de pensar el estudio, muy pocas cosas podremos estudiar. El gusto, como muchos otros de nuestros hábitos, es una construcción ideológica que la familia, la sociedad y el Estado llevan a cabo en cada uno de nosotros a través de la educación. Una ideología que nos acompaña y que determina en gran medida nuestra forma de vivir, pero que al tratarse de algo ideológico, sólo nos permite lo conocido y lo familiar. Esto significa que no podré conocer otras cosas que no sean ni conocidas ni familiares, por alejarse de mis gustos.

Ahora bien, pensando que hay cosas interesantes per se, atribuimos a las cosas una esencia o un espíritu capaz de capturar nuestro interés. Esta forma de pensar, es previa al pensamiento moderno, al que dio origen la Revolución Copernicana.

El psicoanálisis, la última y más importante de las revoluciones copernicanas producidas en el pensamiento humano, viene a decir que no hay nada interesante per se, que todo lo interesante lo es si previamente lo he rodeado con mi libido, es decir, con mi interés.

Esta formulación es de una gran importancia, si tenemos en cuenta que el sujeto psíquico lo hace todo con su libido. No sólo lo que estudiamos, sino todas nuestras relaciones con la realidad, con las personas y con el pensamiento, son expresión de lo que podemos hacer con nuestra libido.

El movimiento que hace la libido podría describirse como un movimiento envoltorio que parte del sujeto, enlaza al objeto y retorna al sujeto. Este movimiento es lo que hace que algo tenga o no tenga interés para mí. En este sentido, la libido no tiene objeto, sino que se desplaza constantemente sobre los objetos, construyéndolos como objetos de interés o, por el contrario, abandonándolos a la indiferencia.

Por ello, si estudiamos poco, amamos poco, trabajamos poco… significa que nuestra libido está detenida en algún lugar del circuito que habitualmente realizamos para relacionarnos con el mundo: o bien en un único objeto o bien en nosotros mismos. Si se trata de un objeto, la elección es con seguridad incestuosa. Si la libido está detenida en mí mismo, el narcisismo es su mejor descripción. El sujeto, en esta situación, no encuentra ningún tema más interesante que sus propios pensamientos.

Sea como sea, el sujeto sufre cuando se produce esta rigidez libidinal y muchas veces para salir de ella recurre a la enfermedad.

Desde esta perspectiva, el estudio no sería otra cosa que la tarea de aplicar nuestro interés, es decir, nuestra libido, a los distintos objetos de estudio. No habría, por tanto, asignaturas ni temas más interesantes que otros. Lo que habría sería el trabajo de enlazar aquello que debemos estudiar con nuestro interés libidinal.

Debido a que la libido enlaza mejor con aquellos caminos conocidos, es decir, con aquello que se hace significante, la repetición de una tarea, de un acto producirá la ligazón necesaria para llevar a cabo dicha tarea. Así por ejemplo, repitiendo el acto de leer, estudiar o investigar conseguiremos que leer, estudiar e investigar se hagan interesantes por sí mismos, independientemente del objeto al que se apliquen.

El deseo, como todo lo humano, es producto de un trabajo. Si mi deseo es estudiar, tengo que saber que dicho deseo no es previo a la tarea, sino que es un efecto de la tarea de estudiar. Es el ejercicio del estudio lo que hace que estudiar se haga interesante.

Ruy Henríquez
Psicoanalista

Publicado en Revista Extensión Universitaria Nº 128

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