LA MUJER, DE LA POSICIÓN DE OBJETO A LA POSICIÓN DE SUJETO

Knife and Tomato, Richard Diebenkorn

Knife and Tomato, Richard Diebenkorn
“Desde el psicoanálisis sabemos que es más fácil abandonar a los padres que abandonar los modelos ideológicos por ellos impartidos, y también sabemos que estamos más cerca de lo inanimado que de lo animal, que somos más mortales que ancestrales.”

SER VIEJO COMO SER RICO, LE DIJE

 

Ser viejo como ser rico, le dije,
es una propuesta de la mente.
Y ella contenta me preguntó:
¿Acaso no habremos de morir
si escribimos y hablamos?

También ha de morir el hombre
que al escribir rompe los bordes del abismo
y algo habrá de enfermar el hombre que, al hablar,
pretenda entregarse a las palabras, ser de la voz
pero enfermar y morir para ese hombre
serán, también, sólo palabras.

Después estaba todo el día con hombres y mujeres
pero no eran amantes, eran misterios,
dramas insondables dominados por el odio,
la envidia, el menosprecio o, bien, el desamor.
Están cerca de mí pero dar el próximo paso
los sume en el delirio del amor, los agota.

Y después están los hombres las mujeres
que no necesitan de mí ni el pan ni la caricia
están ahí sólo para entorpecer los caminos
del poema, del pensamiento, la distancia
y en esas cosas del amor prefieren no saber
que el polvo aquél no era un regalo a nadie,
el polvo al que se vio obligado era su deseo.

¿Y tú qué opinas? le dije por decir, y
ella me dijo toda la verdad:
Cuando estoy supuestamente enamorada,
él piensa enseguida que le pertenezco
y cuando estoy como cansada por la vida,
por el mundo absurdo que nos hacen vivir
él enseguida piensa que yo no le amo.
Y, después, es todavía más ridículo:
cuando yo le sonrío, olvidada del mundo,
él enseguida cree que me ha ganado en algo.

No es que sea fanfarrón, es un ignorante,
nada sabe de mí, ni del tiempo, ni de la mujer.
Cuando lo abandone llorará como un niño,
pedirá perdón, querrá lavar los platos
pero ya será tarde, el mundo no perdona.
Entonces, pobre hombre, será mujer y niño
al mismo tiempo que hombre y nadie lo amará.
Como hombre nadie lo amará
porque su hombre ha renunciado a serlo.
Y tal cual una mujer nadie la amará
por no diferenciar lo grande de lo bueno
y como niño, el pobre, hará cosas de niño
pero será un hombre que sufrirá por serlo.
Inadecuado el canto. Débil la voz.

Lo que amamos es sólo una oscuridad.
HÖLDERLIN

Anímate al dolor que significa ponerle a la carne unas palabras.
Palabras como aceros, palabras como brasas,
altos hornos comiéndose la vida.
Palabras verdaderas, para la carne, palabras como carne.
M.O.MENASSA

La vejez, la libertad, la felicidad, el futuro, no están esperándonos en ningún lugar, sino que hay que hacerlos; no son del orden del ser o del tener sino que son del orden de la producción, de producir su lugar, su función de escrito.

La libertad no se tiene o se deja de tener sino que sólo se es ser humano en libertad.

Nacemos esclavos, sin discurso, sin posición, y tendremos que pagar un rescate para poder vivir en libertad, nacemos deudores de una deuda impagable, de una deuda simbólica que nos constituye como humanos.

Tenemos que pagar por nuestra libertad y paradójicamente tenemos que arreglárnoslas con nuestra condición de deudores.

Somos y estamos estructurados como lenguaje y todo lo hacemos con la estructura del lenguaje, por eso que somos función de escrito y en función de la palabra.

En este poema como en cada uno de los 47 que articulan este libro se muestra la problemática humana pasada por los significantes del psicoanálisis.

Poema que termina en un verso que dice: “Inadecuado el canto. Débil la voz”, donde el canto es del lenguaje y la voz del sujeto, donde se muestra que la posición en el lenguaje marca al sujeto, se trate de la posición en el campo de las ciencias, de las artes, o bien en la historia del amor.

Su voz va a depender de cómo se hace sujeto del lenguaje, y así este poema comienza con una interpretación: “Ser viejo como ser rico, le dije/ es una propuesta de la mente”, va a depender de su posición psíquica. El lenguaje es la condición del inconsciente, por eso decimos que el inconsciente se produce, va a depender de las relaciones, de los compromisos, donde hasta la creación comienza en un compromiso.

Pero para ella, poesía o mujer, no es suficiente, ella quiere romper la insoportable belleza de lo humano, esa belleza que surge por su condición de perecedero, de futuro cadáver.

“Y ella contenta me preguntó:/¿Acaso no habremos de morir/ si escribimos y hablamos?”

Él, el psicoanálisis dice que somos tiempo y tenemos que ser equivalentes, es decir semejantes y diferentes y, ella, la poesía, la escritura, dice que el ser humano es tiempo y tiempo es una escritura y por ella somos hablantes.

Cuando él le habla de ser viejo y rico, ella habla de no morir y también dice de escribir y hablar, como si la escritura fuera lo viejo y el habla fuera la riqueza.

Podríamos decir que él y ella son como un hombre y una mujer, pues sabemos que somos hablantes porque somos habitantes del lenguaje y también sabemos que el lenguaje sólo se encuentra en soportes humanos, sólo en aquellos que cuando nacen en el lenguaje se transforman en seres pulsionales, en cuerpos gozantes, porque la pulsión es un saber que no comporta conocimiento.

Y escribir es romper los bordes del abismo, es ampliar el propio campo del lenguaje, puesto que aunque el lenguaje y el ser que habla son distinguibles, los seres que hablan son los trabajadores del campo del lenguaje, y como Lautreamont escribe “la poesía se hace entre todos”, podemos decir que la escritura se hace entre todos. Cuando el hablante escribiendo y con su pulsión hace nacer una nueva función significante, el lenguaje adquiere una nueva función haciendo que el ser que habla quede transformado en otro.

“También ha de morir el hombre/ que al escribir rompe los bordes del abismo/ y algo ha de enfermar el hombre, que al hablar,/ pretende entregarse a las palabras, ser de la voz,/”

Es entregándose a las palabras que se es de la voz.

La palabra es su riqueza y su enfermedad, y es también por medio de ella que enferma y cura sus enfermedades. Función de la palabra que es función del lenguaje y voz que es función de la pulsión del sujeto viviente.

“pero enfermar y morir para ese hombre/ serán, también, sólo palabras.”

Las cosas son consecuencia de las palabras y muerte y enfermedad tuvieron que ser palabras para poder alcanzar al hombre, pues como habitante del lenguaje sólo por el lenguaje le llega el mundo y llega al mundo.

En estos primeros versos del poema se plantea esta cuestión estructural, después se abre la dimensión del sujeto dividido por hablante y dividido por lo real imposible que causa su deseo, un ser doblemente dividido por la pulsión y por el deseo, condenado a no saber que sabe y a no saber que eso comanda su desear.

Por eso que el poema dice: “Después estaba todo el día con hombres y mujeres/ pero no eran amantes, eran misterios,/ dramas insondables dominados por el odio,/ la envidia , el menosprecio o, bien, el desamor.”

Los seres hablantes, los hombres y las mujeres, no son amantes, no son sólo narcisistas o tendentes a agruparse, son misterios, plenos de contradicciones y en constante paradoja, no se pueden encerrar entre opiniones, no soportan la inalterabilidad de las definiciones.

“Están cerca de mí pero dar el próximo paso / los sume en el delirio del amor, los agota”

Podríamos decir que se habla de la transmisión, de tener mayores, y su consecuencia: tener menores, de producir una anterioridad lógica y también de la manera de no llegar a tomar posición.

“Y después están los hombres y mujeres
que no necesitan de mí ni el pan ni la caricia
están ahí sólo para entorpecer los caminos
del poema, del pensamiento, la distancia
y en esas cosas del amor prefieren no saber
que el polvo aquél no era un regalo a nadie,
el polvo al que se vio obligado era su deseo.”

No es que la realidad sea un regalo sino que la relación con la realidad es un complejo proceso: todo lo que me da lo he puesto previamente y lo que no me da lo he rechazado previamente.

Desde el psicoanálisis sabemos que es más fácil abandonar a los padres que abandonar los modelos ideológicos por ellos impartidos, y también sabemos que estamos más cerca de lo inanimado que de lo animal, que somos más mortales que ancestrales.

Reconocer nuestro deseo como inconsciente es reconocernos como mortales.

Podríamos decir que en este texto se plantea la cuestión de la transmisión y la transmisión es del deseo, por eso que si sólo deseamos deseos es necesario que haya previamente alguien que desee.

Perder la inmortalidad que nunca tuvimos, los delirios del amor y la construcción de la deuda simbólica son lugares inevitables en la formación y también pueden ser lugares de detención.

LA MUJER Y YO, un texto que nos implica y nos hace unas veces testigo, otras cómplice y siempre protagonistas, porque nos habla a nosotros y de nosotros mismos. Podríamos decir que es la historia del psicoanálisis de la mujer y por eso también psicoanálisis del hombre, donde toda cuestión humana es pasada por la escritura y el psicoanálisis, un ser humano siempre impelido a transformarse después de la próxima palabra.

Una mujer compleja, donde masculinidad y feminidad son dos construcciones teóricas de contenido incierto, una complejidad humana donde cada problemática se pliega y se despliega con un sujeto en su centro. Puesto que nada hay sin lenguaje y no hay lenguaje sin sujeto.

Decir que ser viejo como ser rico, es una propuesta de la mente, quiere decir que es algo inevitable, que sólo lo puede evitar una problemática psíquica, una problemática de la complejidad del psiquismo humano.

Ella, que es la mujer, la madre, la muerte, la poesía, dice sobre esta cuestión:

“Cuando estoy supuestamente enamorada
él piensa enseguida que le pertenezco
y cuando estoy como cansada por la vida,
por el mundo absurdo que nos hacen vivir
él enseguida piensa que yo no le amo.
Y, después, es todavía más ridículo:
cuando yo le sonrío, olvidada del mundo,
él enseguida cree que me ha ganado en algo.”

Enunciados que denuncian una concepción de las relaciones, basada en una manera de amar que se produce en un momento de la historia del amor, cuando se produce la creación del objeto femenino, pasando dice Freud de la exaltación de la tendencia a la exaltación del objeto que produjo la sublimación del objeto femenino, la Dama. En la sublimación del objeto femenino, la teoría del amor cortés fue decisiva.

Los poetas inventaron el objeto femenino, un objeto modelado por el ser hablante.

Y con la sobrevalorización del objeto llegó su degradación y también la degradación de la vida amorosa, donde la impotencia psíquica impone una separación del amor y el deseo, y a quien se desea no se ama y a quien se ama no se desea.

Un objeto femenino que nace como objeto deseable, por eso que la mujer que Menassa produce en este libro es una mujer que además de objeto deseable también es sujeto deseante, pasando de objeto inhumano a sujeto evanescente y mortal.

La realidad de la constitución del sujeto sólo es transformable cuando se transforma alguno de los significantes primordiales que le constituyen como tal.

Y este libro es la materialidad de esa transformación y es porque hace que el significante mujer sea efecto del discurso analítico, algo que no se conforma con la leve transformación de la rutina del significado, sino que produce un nuevo lugar para la mujer, la de ser un habitante del lenguaje y siempre entre otros.

Acorralada por los significantes que nos humanizan y por eso libre, pues como Lacan escribe: “el ser del humano no sólo no puede comprenderse sin la locura, sino que no sería el ser del humano si no llevara en sí el límite de su libertad” .

Las relaciones de pareja, después de este libro serán otras, no será necesario hacer del amor, siempre contingente, algo del orden de lo necesario, porque la escritura es la base material para dar un paso en el pensamiento, siendo en la poesía donde podemos encontrar las transformaciones significantes, donde podemos encontrar la verdadera historia.

Nadie como un psicoanalista para hablar de los efectos del psicoanálisis sobre hombre y mujer: el amor. Entre el hombre y la mujer está el amor y esta vez el amor no será eterno, aunque permanezca, y no será meta sino que entre cada uno y el amor hay el mundo.

Más allá de la relación de objeto como idealización también está el sujeto dividido por el objeto que causa su deseo, donde ya no hay relación sexual sino encuentro de dos complejas maneras de gozar, de desear.

Ella además de posicionarse como objeto a, podrá posicionarse como sujeto deseante.

Una verdad tras otra verdad, algo que desencadena la cadena, una cadena rota antes de fortalecerse como cadena, palabra rota, nota fuera del alcance de la imagen, porque sólo si avanzamos en la concepción de la mujer, de la sexualidad después del complejo de castración, sólo ahí, en ese vacío de vacíos se abre una puerta, una nueva cadena significante.

El Psicoanálisis es la ciencia del lenguaje habitado por el sujeto, y el lenguaje sólo se transforma por medio de la escritura, luego sólo si se transforma en la escritura esa transformación será posible para los seres hablantes. Si es posible la escritura es posible transformar un modelo ideológico, y como dice Einstein es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Y prejuicio es todo juicio previo al acto, y del acto sólo sabremos después, sólo sabremos por sus consecuencias.

La revolución de la mujer quiere decir que sólo si cambiamos nuestra concepción de mujer habrá un cambio en la manera de concebir la humanidad. Sólo cuando hayamos cambiado nuestros enunciados habremos cambiado como sujetos de la enunciación.

Un libro que suma a ese objeto inhumano que es la Dama, un sujeto deseante, una mujer gozante, en tanto es porque gozamos que sabemos que somos mortales, situando a la mujer más cerca de lo inanimado, de lo mortal, que de lo animal.

La mujer y el poeta, la mujer y la escritura, como posibilidad de producir transformaciones en la realidad humana.

Psicoanálisis y escritura, como las herramientas necesarias para dar las coordenadas topológicas para comenzar a dar en el pensamiento, nuestros primeros pasos.

A partir de “La mujer y yo” se vislumbra una nueva forma de amor, donde escribir, amar y trabajar, son las condiciones para comenzar a construir una libertad.

Que sea en un poema donde pasa el pensamiento es un mandato social y este poema habla de una mujer y un hombre que nunca alcanzaremos y sin embargo permite que nazca una nueva función significante para el significante mujer que determinará una transformación en las relaciones entre los sujetos.

Ha pasado la interpretación y para Menassa interpretar no es un verso, ni siquiera un acto, es toda una concepción diferente de la humanidad.

Después del poema todo será diferente y eso quiere decir que ha habido función poética.

Saber encarnado, saber escrito y no conocimiento espúreo. El saber es siempre inolvidable, lo que se hizo carne en nosotros nos habita, somos por Ello habitantes del lenguaje.

Es por la poesía, por la función poética, que entramos al reino del lenguaje, por la más inocente de las tareas se entra al más peligroso de los bienes.

Poema que termina con una interpretación para cada uno:

“No es que sea un fanfarrón, es un ignorante, nada sabe de mí, ni del tiempo, ni de la mujer”

Podríamos decir que ella ha sido interpretada, que ella y la mujer no son lo mismo, que el significante mujer es uno de los significantes de la articulación significante constitutiva, y le dice a él que tendrá que pasar por los significantes del psicoanálisis o no habrá verdadera voz para él:

“Cuando lo abandone llorará como un niño,
pedirá perdón, querrá lavar los platos
pero ya será tarde, el mundo no perdona.
Entonces pobre hombre, será mujer y niño
al mismo tiempo que hombre y nadie lo amará.
Como hombre nadie lo amará
por no diferenciar lo grande de lo bueno
y como niño, el pobre, hará cosas de niño
pero será un hombre que sufrirá por serlo.
Inadecuado el canto. Débil la voz.”

Un libro que nos permite ser de la voz.

Un libro que trabaja con la escritura y el tiempo recursivo, con aprés-coup, con retroacción significante, una nueva manera, con la función poética, de pensar el concepto de historia.

Desde que Giambatista Vito siguiendo a Giordano Bruno produjo la teoría cíclica de la historia, la historia como un proceso cíclico que repite eternamente situaciones típicas, con analogía entre los ciclos, repetición de personajes con nombres diferentes, cada ciclo con su dios, dios que comete una vez más el mismo pecado original sobre el que descansa la creación, renaciendo de las cenizas como el ave Fénix, hasta la idea de ruptura como punto de no retorno, punto de transformación desde donde se lee la historia quedando transformada prospectiva y retrospectivamente, quedando transformado el pasado y el futuro porque después de la producción de una función significante nada queda como estaba, es decir que transformará toda la historia: otra será la historia.

Podemos decir que los libros hablan para todos aunque no todos los lean. Leer es poner a hablar al libro y este libro dice del psicoanálisis de la mujer que hay en cada ser humano, por eso que después de este libro seremos otros.

 

Amelia Díez Cuesta. Psicoanalista

Revista de Psicoanálisis Extensión Universitaria Nº 81

“La mujer y yo” de Miguel Oscar Menassa

Editorial Grupo Cero

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SOBRE UNA DEGRADACIÓN GENERAL DE LA VIDA ERÓTICA – 1912

New York Movie, 1939 by Edward Hopper

New York Movie, 1939 by Edward Hopper

1. Si preguntamos a un psicoanalista cuál es la enfermedad para cuyo remedio se acude a él más frecuentemente, nos indicará -previa excepción de las múltiples formas de la angustia- la impotencia psíquica. Esta singular perturbación ataca a individuos de naturaleza intensamente libidinosa y se manifiesta en que los órganos ejecutivos de la sexualidad rehúsan su colaboración al acto sexual, no obstante aparecer antes y después perfectamente intactos y a pesar de existir en el sujeto una intensa inclinación psíquica a realizar dicho acto. El primer dato para la comprensión de su estado lo obtiene el paciente al observar que el fallo no se produce sino con una persona determinada y nunca con otras. Descubre así que la inhibición de su potencia viril depende de alguna cualidad del objeto sexual, y a veces indica haber advertido en su interior un obstáculo, una especie de voluntad contraria, que se oponía con éxito a su intención consciente. Pero no le es posible adivinar en qué consiste tal obstáculo interno ni qué cualidad del objeto sexual es la que lo provoca.

En esta perplejidad acaba por atribuir el primer fallo a una impresión «casual» y deduce erróneamente que su repetición se debe a la acción inhibitoria del recuerdo de dicho primer fallo, constituido en representación angustiosa. Sobre este tema de la impotencia psíquica existen ya varios estudios psicoanalíticos de diversos autores. Todo analista puede confirmar por propia experiencia médica las explicaciones en ellos ofrecidas. Se trata realmente de la acción inhibitoria de ciertos complejos psíquicos que se sustraen al conocimiento del individuo, material patógeno cuyo contenido más frecuente es la fijación incestuosa, no dominada, en la madre o la hermana. Fuera de estos complejos habrá de concederse atención a la influencia de las impresiones penosas accidentales experimentadas por el sujeto en conexión con su actividad sexual infantil y con todos aquellos factores susceptibles de disminuir la libido, que ha de ser orientada hacia el objeto sexual femenino. Al someter un caso de franca impotencia psíquica a un penetrante estudio psicoanalítico obtenemos sobre los procesos psicosexuales que en él se desarrollan los siguientes datos: el fundamento de la enfermedad es de nuevo, como muy probablemente en todas las perturbaciones neuróticas, una inhibición del proceso evolutivo que conduce a la libido hasta su estructura definitiva y normal. En el caso que nos ocupa no han llegado a fundirse las dos corrientes cuya influencia asegura una conducta erótica plenamente normal: la corriente «cariñosa» y la corriente «sensual».

De estas dos corrientes es la cariñosa la más antigua. Procede de los más tempranos años infantiles, se ha constituido tomando como base los intereses del instinto de conservación y se orienta hacia los familiares y los guardadores del niño. Integra desde un principio ciertas aportaciones de los instintos sexuales, determinados componentes eróticos más o menos visibles durante la infancia misma y comprobables siempre por medio del psicoanálisis en los individuos ulteriormente neuróticos. Corresponde a la elección de objeto primario infantil. Vemos por ella que los instintos sexuales encuentran sus primeros objetos guiándose por las valoraciones de los instintos del yo, del mismo modo que las primeras satisfacciones sexuales son experimentadas por el individuo en el ejercicio de las funciones somáticas necesarias para la conservación de la vida. El «cariño» de los padres y guardadores, que raras veces oculta por completo su carácter erótico («el niño, juguete erótico»), contribuye a acrecentar en el niño las aportaciones a las cargas psíquicas de los instintos del yo, intensificándolas en una medida susceptible de influir el curso ulterior de la evolución, sobre todo cuando concurren otras determinadas circunstancias.

Estas fijaciones cariñosas del niño perduran a través de toda la infancia y continúan incorporándose considerables magnitudes de erotismo, el cual queda desviado así de sus fines sexuales. Con la pubertad sobreviene luego la poderosa corriente «sensual», que no ignora ya sus fines. Al parecer, no deja nunca de recorrer los caminos anteriores, acumulando sobre los objetos de la elección primaria infantil magnitudes de libido mucho más amplias. Pero al tropezar aquí con el obstáculo que supone la barrera moral contra el incesto, erigida en el intervalo, tenderá a transferirse lo antes posible de dichos objetos primarios a otros, ajenos al círculo familiar del sujeto, con los cuales sea posible una vida sexual real. Estos nuevos objetos son elegidos, sin embargo, conforme al prototipo (la imagen) de los infantiles, pero con el tiempo atraen a sí todo el cariño ligado a los primitivos. El hombre abandonará a su padre y a su madre -según el precepto bíblico- para seguir a su esposa, fundiéndose entonces el cariño y la sensualidad. El máximo grado de enamoramiento sensual traerá consigo la máxima valoración psíquica. (La supervaloración normal del objeto sexual por parte del hombre.) Dos distintos factores pueden provocar el fracaso de esta evolución progresiva de la libido. En primer lugar, el grado de interdicción real que se oponga a la nueva elección de objeto, apartando de ella al individuo. No tendrá, en efecto, sentido alguno decidirse a una elección de objeto cuando no es posible elegir o no cabe elegir nada satisfactorio.

En segundo, el grado de atracción ejercido por los objetos infantiles que de abandonar se trata, grado directamente proporcional a la carga erótica de que fueron investidos en la infancia. Cuando estos factores muestran energía suficiente entra en acción el mecanismo general de la producción de las neurosis. La libido se aparta de la realidad, es acogida por la fantasía (introversión), intensifica las imágenes de los primeros objetos sexuales y se fija en ellos. Pero el obstáculo opuesto al incesto obliga a la libido orientada hacia tales objetos a permanecer en lo inconsciente. El onanismo, en el que se exterioriza la actividad de la corriente sensual, inconsciente ahora, contribuye a intensificar las indicadas fijaciones. El hecho de que el progreso evolutivo de la libido, fracasado en la realidad, quede instaurado en la fantasía mediante la sustitución de los objetos sexuales primitivos por otros ajenos al sujeto en las situaciones imaginativas conducentes a la satisfacción onanista, no modifica en nada el estado de cosas. La sustitución permite el acceso de tales fantasías a la conciencia, pero no trae consigo proceso alguno en los destinos de la libido.

Puede suceder así que toda la sensualidad de un joven quede ligada en lo inconsciente a objetos incestuosos o, dicho en otros términos, fijada en fantasías incestuosas inconscientes. El resultado es entonces una impotencia absoluta, que en ocasiones puede quedar reforzada por una debilitación real, simultáneamente adquirida, de los órganos genitales. La impotencia psíquica propiamente dicha exige premisas menos marcadas. La corriente sensual no ha de verse obligada a ocultarse en su totalidad detrás de la cariñosa, sino que ha de conservar energía y libertad suficientes para conquistar en parte el acceso a la realidad. Pero la actividad sexual de tales personas presenta claros signos de no hallarse sustentada por toda su plena energía instintiva psíquica, mostrándose caprichosa, fácil de perturbar, incorrecta, muchas veces, en la ejecución y poco placentera. Pero, sobre todo, se ve obligada a eludir toda aproximación a la corriente cariñosa, lo que supone una considerable limitación de la elección de objeto. La corriente sensual, permanecida activa, buscará tan sólo objetos que no despierten el recuerdo de los incestuosos prohibidos, y la impresión producida al sujeto por aquellas mujeres cuyas cualidades podrían inspirarle una valoración psíquica elevada no se resuelve en él en excitación sensual, sino en cariño eróticamente ineficaz. La vida erótica de estos individuos permanece disociada en dos direcciones, personificadas por el arte en el amor divino y el amor terreno (o animal). Si aman a una mujer, no la desean, y si la desean, no pueden amarla. Buscan objetos a los que no necesitan amar para mantener alejada su sensualidad de los objetos amados, y conforme a las leyes de la «sensibilidad del complejo» y del «retorno de lo reprimido», son víctimas del fallo singular de la impotencia psíquica en cuanto que el objeto elegido para eludir el incesto les recuerde en algún rasgo, a veces insignificante, el objeto que de eludir se trata.

Contra esta perturbación los individuos que padecen la disociación erótica descrita se acogen principalmente a la degradación psíquica del objeto sexual, reservando para el objeto incestuoso y sus subrogados la supervaloración que normalmente corresponde al objeto sexual. Dada tal degradación del objeto, su sexualidad puede ya exteriorizarse libremente, desarrollar un importante rendimiento y alcanzar intenso placer. A este resultado contribuye aún otra circunstancia. Aquellas personas en quienes las corrientes cariñosa y sensual no han confluido debidamente viven, por lo general, una vida sexual poco refinada. Perduran en ellas fines sexuales perversos, cuyo incumplimiento es percibido como una sensible disminución de placer, pero que sólo parece posible alcanzar con un objeto sexual rebajado e inestimado. Descubrimos ya los motivos de las fantasías descritas en un apartado anterior, en las cuales el adolescente rebaja a su madre al nivel de la prostituta. Tales fantasías tienden a construir, por lo menos en la imaginación, un puente sobre el abismo que separa las dos corrientes eróticas, y degradando a la madre, ganarla para objeto de la sensualidad.

2. Hemos desarrollado hasta aquí una investigación medicopsicológica de la impotencia psíquica, ajena en apariencia al título del presente estudio. Pronto se verá, sin embargo, que tal introducción nos era necesaria para llegar a nuestro verdadero tema. Hemos reducido la impotencia psíquica a la no confluencia de las corrientes cariñosa y sensual en la vida erótica y hemos atribuido esta perturbación de la evolución normal de la libido al influjo de intensas fijaciones infantiles y al obstáculo opuesto luego, en realidad, a la corriente sensual por la barrera erigida contra el incesto en el período intermedio. Contra esta teoría cabe una importante objeción: nos da demasiado; nos explica por qué ciertas personas padecen impotencia psíquica, pero nos lleva a extrañar que alguien pueda escapar a tal dolencia. En efecto, puesto que los factores señalados -la intensa fijación infantil, la barrera erigida contra el incesto y la prohibición opuesta al instinto sexual en los años inmediatos a la pubertad- son comunes a todos los hombres pertenecientes a cierto nivel cultural, sería de esperar que la impotencia psíquica fuese una enfermedad general de nuestra sociedad civilizada y no se limitase a casos individuales.

Podríamos inclinarnos a eludir tal conclusión acogiéndonos al factor cuantitativo de la causación de la enfermedad, o sea a aquella mayor o menor magnitud de las aportaciones de los distintos factores etiológicos, de la cual depende que se constituya o no un estado patológico manifiesto. Mas, aunque nada nos parece oponerse a esta conducta, no habremos de seguirla para rechazar la conclusión indicada. Por el contrario, queremos sentar la afirmación de que la impotencia psíquica se halla mucho más difundida de lo que se supone, apareciendo caracterizada por una cierta medida de esta perturbación la vida erótica del hombre civilizado. Si damos al concepto de la impotencia psíquica un sentido más amplio, no limitándolo a la imposibilidad de llevar a cabo el acto sexual, no obstante la perfecta normalidad de los órganos genitales y la intención consciente de complacerse en él, habremos de incluir también entre los individuos aquejados de tal enfermedad a aquellos sujetos a los que designados con el nombre de psicoanestésicos, los cuales pueden realizar el coito sin dificultad alguna, pero no hallan en él especial placer, hecho bastante más frecuente de lo que pudiera creerse. La investigación psicoanalítica de estos casos tropieza con los mismos factores etiológicos descubiertos en la impotencia psíquica estrictamente considerada, pero no nos procura en un principio explicación alguna de las diferencias sintomáticas. Una analogía fácilmente justificable enlaza estos casos de anestesia masculina a los de frigidez femenina, infinitamente frecuentes, siendo el mejor camino para describir y explicar la conducta erótica de tales mujeres su comparación con la impotencia psíquica del hombre, mucho más ruidosa .

Prescindiendo de tal extensión del concepto de la impotencia psíquica, y atendiendo tan sólo a las gradaciones de su sintomatología, no podemos eludir la impresión de que la conducta erótica del hombre civilizado presenta generalmente, hoy en día, el sello de la impotencia psíquica. Sólo en una limitada minoría aparecen debidamente confundidas las corrientes cariñosa y sexual. El hombre siente coartada casi siempre su actividad sexual por el respeto a la mujer, y sólo desarrolla su plena potencia con objetos sexuales degradados, circunstancia a la que coadyuva el hecho de integrar en sus fines sexuales componentes perversos, que no se atreve a satisfacer en la mujer estimada. Sólo experimenta, pues, un pleno goce sexual cuando puede entregarse sin escrúpulo a la satisfacción, cosa que no se permitirá, por ejemplo, con la mujer propia. De aquí su necesidad de un objeto sexual rebajado, de una mujer éticamente inferior, en la que no pueda suponer repugnancias estéticas y que ni conozca las demás circunstancias de su vida, ni pueda juzgarle. A tal mujer dedicará entonces sus energías sexuales, aunque su cariño pertenezca a otra de tipo más elevado. Esta necesidad de un objeto sexual degradado, al cual se enlace fisiológicamente la posibilidad de una completa satisfacción, explica la frecuencia con que los individuos pertenecientes a las más altas clases sociales buscan sus amantes, y a veces sus esposas, en clases inferiores.

No creo aventurado hacer también responsable de esta conducta erótica, tan frecuente entre los hombres de nuestras sociedades civilizadas, a los dos factores etiológicos de la impotencia psíquica propiamente dicha: la intensa fijación incestuosa infantil y la prohibición real opuesta al instinto sexual en la adolescencia. Aunque parezca desagradable y, además, paradójico, ha de afirmarse que para poder ser verdaderamente libre, y con ello verdaderamente feliz en la vida erótica, es preciso haber vencido el respeto a la mujer y el horror a la idea del incesto con la madre o la hermana. Aquellos que ante esta exigencia procedan a una seria introspección descubrirán que, en el fondo, consideran el acto sexual como algo degradante, cuya acción impurificadora no se limita al cuerpo. El origen de esta valoración, que sólo a disgusto reconocerán, habrán de buscarlo en aquella época de su juventud en la que su corriente sensual, intensamente desarrollada ya, encontraba prohibida toda satisfacción, tanto en los objetos incestuosos como en los extraños. También las mujeres aparecen sometidas en nuestro mundo civilizado a consecuencias análogas, emanadas de su educación y, además, a las resultantes de la conducta del hombre.

Para ellas es, naturalmente, tan desfavorable que el hombre no desarrolle a su lado toda su potencia como que la supervaloración inicial del enamoramiento quede sustituida por el desprecio después de la posesión. Lo que no parece existir en la mujer es la necesidad de rebajar el objeto sexual, circunstancia enlazada, seguramente, al hecho de no darse tampoco en ella nada semejante a la supervaloración masculina. Pero su largo apartamiento de la sexualidad y el confinamiento de la sensualidad en la fantasía tienen para ella otra importante consecuencia. En muchos casos no les es ya posible disociar las ideas de actividad sensual y prohibición, resultando así psíquicamente impotente, o sea frígida, cuando por fin le es permitida tal actividad. De aquí la tendencia de muchas mujeres a mantener secretas durante algún tiempo relaciones perfectamente lícitas, y para otras la posibilidad de sentir normalmente en cuanto la prohibición vuelve a quedar establecida, por ejemplo, en unas relaciones ilícitas. Infieles al marido, pueden consagrar al amante una fidelidad de segundo orden.

A mi juicio, este requisito de la prohibición, que aparece en la vida erótica femenina, puede equipararse a la necesidad de un objeto sexual degradado en el hombre. Ambos factores son consecuencia del largo intervalo exigido por la educación, con fines culturales, entre la maduración y la actividad sexual, y tienden igualmente a desvanecer la impotencia psíquica resultante de la no confluencia de las corrientes cariñosa y sensorial. El hecho de que las mismas causas produzcan en el hombre y en la mujer efectos tan distintos depende quizá de otra divergencia comprobable en su conducta sexual. La mujer no suele infringir la prohibición opuesta a la actividad sexual durante el período de espera, quedando así establecido en ella el íntimo enlace entre las ideas de prohibición y sexualidad. En cambio, el hombre infringe generalmente tal precepto, a condición de rebajar el valor del objeto, y acoge, en consecuencia, esta condición en su vida sexual ulterior. Ante la intensa corriente de opinión que propugna actualmente la necesidad de una reforma de la vida sexual, no será quizá inútil recordar que la investigación psicoanalítica no sigue tendencia alguna. Su único fin es descubrir los factores que se ocultan detrás de los fenómenos manifiestos. Verá con agrado que las reformas que se intenten utilicen sus descubrimientos para sustituir lo perjudicial por lo provechoso. Pero no puede asegurar que tales reformas no hayan de imponer a otras instituciones sacrificios distintos y quizá más graves.

3. El hecho de que el refrenamiento cultural de la vida erótica traiga consigo una degradación general de los objetos sexuales nos mueve a transferir nuestra atención, desde tales objetos, a los instintos mismos. El daño de la prohibición inicial del goce sexual se manifiesta en que su ulterior permisión en el matrimonio no proporciona ya plena satisfacción. Pero tampoco una libertad sexual ilimitada desde un principio procura mejores resultados. No es difícil comprobar que la necesidad erótica pierde considerable valor psíquico en cuanto se le hace fácil y cómoda la satisfacción. Para que la libido alcance un alto grado es necesario oponerle un obstáculo, y siempre que las resistencias naturales opuestas a la satisfacción han resultado insuficientes, han creado los hombres otras, convencionales, para que el amor constituyera verdaderamente un goce. Esto puede decirse tanto de los individuos como de los pueblos. En épocas en las que la satisfacción erótica no tropezaba con dificultades (por ejemplo, durante la decadencia de la civilización antigua), el amor perdió todo su valor, la vida quedó vacía y se hicieron necesarias enérgicas reacciones para restablecer los valores afectivos indispensables. En este sentido puede afirmarse que la corriente ascética del cristianismo creó para el amor valoraciones psíquicas que la antigüedad pagana no había podido ofrendarle jamás. Esta valoración alcanzó su máximo nivel en los monjes ascéticos, cuya vida no era sino una continua lucha contra la tentación libidinosa.

En un principio nos inclinamos, desde luego, a atribuir las dificultades aquí emergentes a cualidades generales de nuestros instintos orgánicos. Es también exacto, en general, que la importancia psíquica de un instinto crece con su prohibición. Si sometemos, por ejemplo, al tormento del hambre a cierto número de individuos muy diferentes entre sí, veremos que las diferencias individuales irán borrándose con el incremento de la imperiosa necesidad, siendo sustituidas por las manifestaciones uniformes del instinto insatisfecho. Ahora bien: ¿puede igualmente afirmarse que la satisfacción de un instinto disminuya siempre tan considerablemente su valor psíquico? Pensemos, por ejemplo, en la relación entre el bebedor y el vino. El vino procura siempre al bebedor la misma satisfacción tóxica, tantas veces comparada por los poetas a la satisfacción erótica y comparable realmente a ella, aun desde el punto de vista científico. Nunca se ha dicho que el bebedor se vea precisado a cambiar constantemente de bebida, porque cada una de ellas pierde, una vez gustada, su atractivo. Por el contrario, el hábito estrecha cada vez más apretadamente el lazo que une al bebedor con la clase de vino preferida. Tampoco sabemos que el bebedor sienta la necesidad de emigrar a un país en que el vino sea más caro o esté prohibido su consumo, para reanimar con tales incitantes el valor de su gastada satisfacción. Nada de esto sucede.

Las confesiones de nuestros grandes alcohólicos, de Boecklin, por ejemplo, sobre su relación con el vino, delatan una perfecta armonía, que podría servir de modelo a muchos matrimonios. ¿Por qué ha de ser entonces tan distinta la relación entre el amante y su objeto sexual? A mi juicio, y por extraño que parezca, habremos de sospechar que en la naturaleza misma del instinto sexual existe algo desfavorable a la emergencia de una plena satisfacción. En la evolución de este instinto, larga y complicada, destacan dos factores a los que pudiera hacerse responsables de tal dificultad. En primer lugar, a consecuencia del desdoblamiento de la elección de objeto y de la creación intermedia de la barrera contra el incesto, el objeto definitivo del instinto sexual no es nunca el primitivo, sino tan sólo un subrogado suyo. Pero el psicoanálisis nos ha demostrado que cuando el objeto primitivo de un impulso optativo sucumbe a la represión es reemplazado, en muchos casos, por una serie interminable de objetos sustitutivos, ninguno de los cuales satisface por completo. Esto nos explicaría la inconstancia en la elección de objeto, el «hambre de estímulos», tan frecuente en la vida erótica de los adultos.

En segundo lugar, sabemos que el instinto sexual se descompone al principio en una amplia serie de elementos -o, mejor dicho, nace de ella-, y que algunos de estos componentes no pueden ser luego acogidos en su estructura ulterior, debiendo ser reprimidos o destinados a fines diferentes. Trátase, sobre todo, de los componentes instintivos coprófilos, incompatibles con nuestra cultura estética desde el punto y hora, probablemente, en que la actitud vertical alejó del suelo nuestros órganos olfatorios, y, además, de gran parte de los impulsos sádicos adscritos a la vida erótica. Pero todos estos procesos evolutivos no van más allá de los estratos superiores de la complicada estructura. Los procesos fundamentales que dan origen a la excitación erótica permanecen invariados. Lo excremental se halla ligado íntima e inseparablemente a lo sexual, y la situación de los genitales -inter urinas et faeces- continúa siendo el factor determinante invariable. Modificando una conocida frase de Napoleón el Grande, pudiera decirse que «la anatomía es el destino». Los genitales mismos no han seguido tampoco la evolución general de las formas humanas hacia la belleza. Conservan su animalidad primitiva, y en el fondo tampoco el amor ha perdido nunca tal carácter. Los instintos eróticos son difícilmente educados, y las tentativas de este orden dan tan pronto resultados exiguos como excesivos. No parece posible que la cultura llegue a conseguir aquí sus propósitos sin provocar una sensible pérdida de placer, pues la pervivencia de los impulsos no utilizados se manifiesta en una disminución de la satisfacción buscada en la actividad sexual.

Deberemos, pues, familiarizarnos con la idea de que no es posible armonizar las exigencias del instinto sexual con las de la cultura, ni tampoco excluir de estas últimas el renunciamiento y el dolor, y muy en último término el peligro de la extinción de la especie humana, víctima de su desarrollo cultural. De todos modos, este tenebroso pronóstico no se funda sino en la sola sospecha de que la insatisfacción característica de nuestras sociedades civilizadas es la consecuencia necesaria de ciertas particularidades impuestas al instinto sexual por las exigencias de la cultura. Ahora bien: esta misma incapacidad de proporcionar una plena satisfacción que el instinto sexual adquiere en cuanto es sometido a las primeras normas de la civilización es, por otro lado, fuente de máximos rendimientos culturales, conseguidos mediante una sublimación progresiva de sus componentes instintivos. Pues ¿qué motivo tendrían los hombres para dar empleo distinto a sus energías instintivas sexuales si tales energías, cualquiera que fuese su distribución, proporcionasen una plena satisfacción placiente? No podrían ya libertarse de tal placer, y no realizarían progreso alguno. Parece así que la inextinguible diferencia entre las exigencias de los dos instintos -el sexual y el egoísta- los capacita para rendimientos cada vez más altos, si bien bajo un constante peligro, cuya forma actual es la neurosis, a la cual sucumben los más débiles. La ciencia no se propone atemorizar, ni consolar tampoco. Mas, por mi parte, estoy pronto a reconocer que las conclusiones apuntadas, tan extremas, deberían reposar sobre bases más amplias, y que quizá otras orientaciones evolutivas de la Humanidad lograran corregir los resultados de las que aquí hemos expuesto aisladamente.

 Sigmund Freud

Obras completas. Traducción de L. López Ballesteros

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DE UNA NUEVA LITERATURA

Alice Neel: The Soyer Brothers, 1973

Alice Neel: The Soyer Brothers, 1973

Característico de tiempos como el nuestro es el derroche de energías. Se es siempre demasiado joven, lo que quiere decir, demasiado tontamente complicado e incómodo frente a la inverosímil posibilidad de realizar las cosas hasta ayer prohibidas. Es propio de los jóvenes acercarse a la vida, por ejemplo a una mujer, con un complejo bagaje de ideas preconcebidas y abstractas, de exigencias, de celosas susceptibilidades, que deterioran y destrozan los nervios. A demasiada gente, hoy -jóvenes y viejos- le falta el arte de dejar hablar a las cosas, de aceptar el propio destino, de ponerse de acuerdo consigo mismo. Todos nos debatimos inútilmente; así como nadie, hoy, sabe elegir una ciudad, una casa, donde detenerse y trabajar. Tal vez sea el efecto, que aún perdura, de la vida y de la lucha clandestinas; tal vez sea algo peor.

La más grande de las cosas hasta ayer prohibidas era, sin duda, la capacidad de trabajar libremente y de hablar para los otros, para el prójimo, para el compañero hombre. Y hasta donde llega el análisis objetivo, la formulación y la consecuente puesta en práctica de un método político en una determinada situación, mucho se ha hecho y se hará entre nosotros, y las capacidades están y los compañeros lo saben. Aquí no se derrochan energías. La dura lucha y la gravedad de lo puesto en juego tienden a eliminar de por sí a quien ponga en su trabajo superestructuras y orgasmo. No es posible mentir por largo tiempo en este terreno. Sobre todo, no es posible mentirse a sí mismo. Nos movemos entre realidades sangrientas, y a quien tiene buena voluntad la conciencia sabe por lo menos sugerirle que acepte ciertas órdenes. Colaborar con los otros, con el prójimo, puede ser fatigoso, desesperado, nunca imposible. La presencia, la parte de los otros, nos enseña el camino.

Hay, en cambio, un campo de trabajo -donde se habla para los otros, o más bien se escribe- que parece llevar fatalmente consigo una separación, un aislamiento, y ciertamente, por lo menos en su fase conclusiva, excluye toda colaboración y contacto. Es el trabajo de la fantasía inteligente, dirigido a sondear y expresar la realidad: poesía, narración, ensayo, y demás. Para atender a este trabajo es necesario aislarse, y no sólo materialmente: el esfuerzo de auscultación que ejercemos sobre nosotros mismos tiende a despedazar muchos puentes con el exterior y a hacernos perder el gusto del intercambio, de la convivencia, de la cordial humanidad. Tiende a contraponernos a las cosas, a hacernos descuidar, ignorar. Se había salido para comprender, para poseer más a fondo la realidad, y el resultado es que uno se encierra en un mundo ficticio que se opone a la realidad. Entonces, naturalmente, se sufre.

En este estado de desequilibrio, de inquieta conciencia, viene el derroche. Uno se mantiene o vuelve a ser adolescente. Se debate en esa adolescencia. Se inventan teorías, justificaciones, problemas. Se olvida -o nunca se lo supo bien- que el deber, el trabajo, es otro: precisamente, el de sondear y expresar la realidad a través de la fantasía inteligente. Interrogar a las cosas y escucharlas, interrogar a los otros y aceptar el destino, parece ahora demasiado simple, y se llega hasta a crearse deberes, complicados y erróneos como todas las veleidades. El mundo de ayer toleraba una equívoca figura de intelectual que, sin reconocer deberes, vivía sustancialmente de teorías, justificaciones y problemas. Cuando quería “crear”, se ponía delante de la “realidad” e intentaba expresarla, sucediendo a menudo que erraba de realidad y expresaba, cuando mucho, justificaciones y problemas. Y no se equivocaba: sólo admitía su realidad, y en ese mundo ficticio del yo sin deberes era, a su modo, honesto. Entre las tantas teorías había escogido la del necesario aislamiento y de la ascética renuncia a las durezas de la vida activa y de la realidad. Vivía mimetizado bajo el tejido del estilo y hacía consistir toda su dignidad en ser ese tejido, ese estilo, esa máscara. Era, en fin, fiel a principios, y les tributaba su persona.

Hoy va tomando difusión la teoría contraria, naturalmente justa, de que el intelectual, y especialmente el narrador, debe romper el aislamiento, tomar parte en la vida activa, tratar la realidad. Pero esto es, precisamente, una teoría. Es un deber que se nos impone “por necesidad histórica”. Y nadie ama por teoría o por deber. El narrador que, en otro tiempo, en lugar de narrar, daba vueltas por los meandros de su yo descontento, en perpetua rebelión contra los bajos deberes de este mundo del contenido, ahora se arruina los nervios y pierde el tiempo preguntándose si el contenido le interesa cuanto debería, si su estilo y su gusto son suficientemente proletarios, si el problema o los problemas de este tiempo lo agitan todo lo que es de desear. Y hasta aquí no hay nada que decir. Para nadie es una broma la empresa de vivir, y vivir significa ser jóvenes y luego hombres, y tambien debatirse, darse deberes, proponerse una conducta. Lo malo comienza cuando esta obsesión de la fuga del yo deviene ella misma argumento del relato, y el mensaje que el narrador debe comunicar a los otros, al prójimo, al compañero hombre, se reduce a esta pobre auscultación de las propias perplejidades y veleidades. Tocar el corazón de las cosas por teoría o por deber es imposible. Nos debatimos y nos consumimos, eso sí. Aceptarse a sí mismo es difícil.

Y sin embargo, el narrador, el poeta, el obrero de la fantasía inteligente, debe, ante todo, aceptar el destino, estar de acuerdo consigo mismo. Quien es incapaz de interrogar a las cosas y a los otros resígnese y admítalo. El mundo es grande y hay un sitio también para él. Lo que no anda es esforzarse para arrancar un rugido que luego semeja un maullido. La equívoca pasta del intelectual de ayer no cambia. En este mundo de individuos nada cambia, y las palabras no bastan. Quien está obsesionado por el dilema “¿Soy o no escritor social?”, y a quien toda la variedad infinita de las cosas, de los hechos, de las almas, le resulte, bajo su pluma, auscultación de sí mismo, como en los gloriosos tiempos del fragmentismo, sea heroico hasta el final: impóngase el silencio.

Aquí está el deber y la justificación. O, si estimula su buena fe hasta comprender que los nuevos deberes son, ante todo, de humildad, humíllese desinteresadamente ante los otros, ante los compañeros, ante las cosas: puede ser que esté al alcance de sus fuerzas llegar realmente a hablar para ellos, y que hasta ahora no lo haya logrado por defecto de crecimiento o por culpa de superestructuras. Porque el arte de aceptarse, de estar de acuerdo consigo mismo, tiene de bueno que ilumina hasta la mínima chispa de valor que se tiene en el cuerpo.

Todos estamos convencidos de que solamente el mundo y la vida contienen los apuntes, las condiciones de cualquier página verdadera que se haya escrito o escribirá. Es más, sabemos que hay tiempos, como el nuestro, en los que acontece una mutación, una afirmación de valores, en los que la materia humana y social fermenta como en un crisol, esperando ser decantada en nuevas formas. Pero no estamos convencidos de que estas formas nacerán de la presunción orgullosa de quien, despechado por no haberlas hallado aún, se hace a sí mismo argumento de sus escritos. Esto es romanticismo adolescente. Más que nunca vale aquí la expresión “A quien tiene le será dado” y la otra, “Sólo lo que no se busca se obtiene”. Quien busca la felicidad no será nunca feliz; quien quiera hacer el arte de su tiempo “por necesidad histórica”, hará, cuando mucho, una poética, un manifiesto. Estas cosas, o bien se las tiene en el cuerpo, y nacerán, y no sirve discutirlas, o no son más que palabras. Escuchar y aceptarse a sí mismo, no quiere decir debatirse en charlas, sino atender a su propio oficio, sabiéndolo un oficio, humillándose en ello, produciendo valores. El zapatero hace zapatos y el albañil casas, y cuanto menos hablan del modo de hacerlo mejor trabajan: ¿es posible que el narrador deba, en cambio, charlar impunemente sólo de sí mismo?

Cesare Pavese


De “Una nueva literatura”

* De una nueva literatura, publicado en “Rinascita”, mayo-junio de 1946. (El original lleva esta fecha: 26 de enero de 1946).

Publicado en Las 2001 Noches nº 134

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LO PERECEDERO – 1915 [1916]

On the Terrace

On the Terrace
1881 (220 Kb); Oil on canvas, 100.5 x 81 cm (39 1/2 x 31 7/8″); The Art Institute of Chicago, Mr. and Mrs. Lewis Larned Collection

Hace algún tiempo me paseaba yo por una florida campiña estival, en compañía de un amigo taciturno y de un joven pero ya célebre poeta que admiraba la belleza de la naturaleza circundante, mas sin poder solazarse con ella, pues le preocupaba la idea de que todo ese esplendor estaba condenado a perecer, de que ya en el invierno venidero habría desaparecido, como toda belleza humana y como todo lo bello y noble que el hombre haya creado y pudiera crear. Cuanto habría amado y admirado, de no mediar esta circunstancia, parecíale carente de valor por el destino de perecer a que estaba condenado.

Sabemos que esta preocupación por el carácter perecedero de lo bello y perfecto puede originar dos tendencias psíquicas distintas. Una conduce al amargado hastío del mundo que sentía el joven poeta; la otra, a la rebeldía contra esa pretendida fatalidad. ¡No! ¡Es imposible que todo ese esplendor de la Naturaleza y del arte, de nuestro mundo sentimental y del mundo exterior, realmente esté condenado a desaparecer en la nada! Creerlo sería demasiado insensato y sacrílego. Todo eso ha de poder subsistir en alguna forma, sustraído a cuanto influjo amenace aniquilarlo. Mas esta pretensión de eternidad traiciona demasiado claramente su filiación de nuestros deseos como para que pueda pretender se le conceda valía de realidad. También lo que resulta doloroso puede ser cierto; por eso no pude decidirme a refutar la generalidad de lo perecedero ni a imponer una excepción para lo bello y lo perfecto. En cambio, le negué al poeta pesimista que el carácter perecedero de lo bello involucrase su desvalorización.

Por el contrario, ¡es un incremento de su valor! La cualidad de perecedero comporta un valor de rareza en el tiempo. Las limitadas posibilidades de gozarlo lo tornan tanto más precioso. Manifesté, pues, mi incomprensión de que la caducidad de la belleza hubiera de enturbiar el goce que nos proporciona. En cuanto a lo bello de la Naturaleza, renace luego de cada destrucción invernal, y este renacimiento bien puede considerarse eterno en comparación con el plazo de nuestra propia vida. En el curso de nuestra existencia vemos agotarse para siempre la belleza del humano rostro y cuerpo, mas esta fugacidad agrega a sus encantos uno nuevo. Una flor no nos parece menos espléndida porque sus pétalos sólo estén lozanos durante una noche. Tampoco logré comprender por qué la limitación en el tiempo habría de menoscabar la perfección y belleza de la obra artística o de la producción intelectual. Llegue una época en la cual queden reducidos a polvo los cuadros y las estatuas que hoy admiramos: sucédanos una generación de seres que ya no comprendan las obras de nuestros poetas y pensadores; ocurra aun una era geológica que vea enmudecida toda vida en la tierra…, no importa; el valor de cuanto bello y perfecto existe sólo reside en su importancia para nuestra percepción; no es menester que la sobreviva y, en consecuencia, es independiente de su perduración en el tiempo.

Aunque estos argumentos me parecían inobjetables, pude advertir que no hacían mella en el poeta ni en mi amigo. Semejante fracaso me llevó a presumir que éstos debían estar embargados por un poderoso factor afectivo que enturbiaba la claridad de su juicio, factor que más tarde creí haber hallado. Sin duda, la rebelión psíquica contra la aflicción, contra el duelo por algo perdido, debe haberles malogrado el goce de lo bello. La idea de que toda esta belleza sería perecedera produjo a ambos, tan sensibles, una sensación anticipada de la aflicción que les habría de ocasionar su aniquilamiento, y ya que el alma se aparta instintivamente de todo lo doloroso, estas personas sintieron inhibido su goce de lo bello por la idea de su índole perecedera. Al profano le parece tan natural el duelo por la pérdida de algo amado o admirado, que no vacila en calificarlo de obvio y evidente. Para el psicólogo, en cambio, esta aflicción representa un gran problema, uno de aquellos fenómenos que, si bien incógnitos ellos mismos, sirven para reducir a ellos otras incertidumbres. Así, imaginamos poseer cierta cuantía de capacidad amorosa -llamada «libido»- que al comienzo de la evolución se orientó hacia el propio yo, para más tarde -aunque en realidad muy precozmente- dirigirse a los objetos, que de tal suerte quedan en cierto modo incluidos en nuestro yo. Si los objetos son destruidos o si los perdemos, nuestra capacidad amorosa (libido) vuelve a quedar en libertad, y puede tomar otros objetos como sustitutos, o bien retornar transitoriamente al yo. Sin embargo, no logramos explicarnos -ni podemos deducir todavía ninguna hipótesis al respecto- por qué este desprendimiento de la libido de sus objetos debe ser, necesariamente, un proceso tan doloroso. Sólo comprobamos que la libido se aferra a sus objetos y que ni siquiera cuando ya dispone de nuevos sucedáneos se resigna a desprenderse de los objetos que ha perdido. He aquí, pues, el duelo.

La plática con el poeta tuvo lugar durante el verano que precedió a la guerra. Un año después se desencadenó ésta y robó al mundo todas sus bellezas. No sólo aniquiló el primor de los paisajes que recorrió y las obras de arte que rozó en su camino, sino que también quebró nuestro orgullo por los progresos logrados en la cultura, nuestro respeto ante tantos pensadores y artistas, las esperanzas que habíamos puesto en una superación definitiva de las diferencias que separan a pueblos y razas entre sí. La guerra enlodó nuestra excelsa ecuanimidad científica, mostró en cruda desnudez nuestra vida instintiva, desencadenó los espíritus malignos que moran en nosotros y que suponíamos domeñados definitivamente por nuestros impulsos más nobles, gracias a una educación multisecular. Cerró de nuevo el ámbito de nuestra patria y volvió a tornar lejano y vasto el mundo restante. Nos quitó tanto de lo que amábamos y nos mostró la caducidad de mucho que creíamos estable. No es de extrañar que nuestra libido, tan empobrecida de objetos, haya ido a ocupar con intensidad tanto mayor aquellos que nos quedaron; no es curioso que de pronto haya aumentado nuestro amor por la patria, el cariño por los nuestros y el orgullo que nos inspira lo que poseemos en común.

Pero esos otros bienes, ahora perdidos, ¿acaso quedaron realmente desvalorizados ante nuestros ojos sólo porque demostraran ser tan perecederos y frágiles? Muchos de nosotros lo creemos así; pero injustamente, según pienso una vez más. Me parece que quienes opinan de tal manera y parecen estar dispuestos a renunciar de una vez por todas a lo apreciable, simplemente porque no resultó ser estable, sólo se encuentran agobiados por el duelo que les causó su pérdida. Sabemos que el duelo, por más doloroso que sea, se consume espontáneamente. Una vez que haya renunciado a todo lo perdido se habrá agotado por sí mismo y nuestra libido quedará nuevamente en libertad de sustituir los objetos perdidos por otros nuevos, posiblemente tanto o más valiosos que aquéllos, siempre que aún seamos lo suficientemente jóvenes y que conservemos nuestra vitalidad. Cabe esperar que sucederá otro tanto con las pérdidas de esta guerra. Una vez superado el duelo, se advertirá que nuestra elevada estima de los bienes culturales no ha sufrido menoscabo por la experiencia de su fragilidad. Volveremos a construir todo lo que la guerra ha destruido, quizá en terreno más firme y con mayor perennidad.

Sigmund Freud

Obras completas, Trad. L. L. Ballesteros

 

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