LA LEYENDA DEL REY EDIPO Y LOS SUEÑOS DE PERSONAS QUERIDAS

"Edipo y la Esfinge" de Jean Auguste Dominique Ingres

“Edipo y la Esfinge” de Jean Auguste Dominique Ingres

Edipo, hijo de Layo, rey de Tebas, y de Yocasta, fue abandonado al nacer sobre el monte Citerón, pues un oráculo había predicho a su padre que el hijo que Yocasta llevaba en su seno sería un asesino. Recogido por unos pastores, fue llevado Edipo al rey de Corinto, que lo educó como un príncipe. Deseoso de conocer su verdadero origen, consultó un oráculo, que le aconsejó no volviese nunca a su patria, porque estaba destinado a dar muerte a su padre y a casarse con su madre. No creyendo tener más patria que Corinto, se alejó de aquella ciudad, pero en su camino encontró al rey Layo y lo mató en una disputa. Llegado a las inmediaciones de Tebas adivinó el enigma de la Esfinge que cerraba el camino hasta la ciudad, y los tebanos, en agradecimiento, le coronaron rey, concediéndole la mano de Yocasta. Durante largo tiempo reinó digna y pacíficamente, engendrando con su madre y esposa dos hijos y dos hijas, hasta que asolada Tebas por la peste, decidieron los tebanos consultar al oráculo en demanda del remedio. En este momento comienza la tragedia de Sófocles. Los mensajeros traen la respuesta en que el oráculo declara que la peste cesará en el momento en que sea expulsado del territorio nacional el matador de Layo. Mas ¿dónde hallarlo?

Pero él ¿dónde esta él?

¿Dónde hallar

la oscura huella de la antigua culpa?

La acción de la tragedia se halla constituida exclusivamente por el descubrimiento paulatino y retardado con supremo arte -proceso comparable al de un psicoanálisis- de que Edipo es el asesino de Layo y al mismo tiempo su hijo y el de Yocasta. Horrorizado ante los crímenes que sin saberlo ha cometido, Edipo se arranca los ojos y huye de su patria. La predicción del oráculo se ha cumplido.

Edipo rey es una tragedia en la que el factor principal es el Destino. Su efecto trágico reposa en la oposición entre la poderosa voluntad de los dioses y la vana resistencia del hombre amenazado por la desgracia. Las enseñanzas que el espectador, hondamente conmovido, ha de extraer de la obra son la resignación ante los dictados de la divinidad y el reconocimiento de la propia impotencia. Fiados en la impresión que jamás deja de producir la tragedia griega, han intentado otros poetas de la época moderna lograr un análogo efecto dramático, entretejiendo igual oposición en una fábula distinta. Pero los espectadores han presenciado indiferentes cómo, a pesar de todos los esfuerzos de un protagonista inocente, se cumplían en él una maldición o un oráculo. Todas las tragedias posteriores, basadas en la fatalidad, han carecido de efecto sobre el público.

En cambio, el Edipo rey continúa conmoviendo al hombre moderno tan profunda e intensamente como a los griegos contemporáneos de Sófocles, hecho singular cuya única explicación es quizá la de que el efecto trágico de la obra griega no reside en la oposición misma entre el destino y la voluntad humana, sino en el peculiar carácter de la fábula en que tal oposición queda objetivizada. Hay, sin duda, una voz interior que nos impulsa a reconocer el poder coactivo del destino en Edipo, mientras que otras tragedias construidas sobre la misma base nos parecen inaceptablemente arbitrarias. Y es que la leyenda del rey tebano entraña algo que hiere en todo hombre una íntima esencia natural. Si el destino de Edipo nos conmueve es porque habría podido ser el nuestro y porque el oráculo ha suspendido igual maldición sobre nuestras cabezas antes que naciéramos. Quizá nos estaba reservado a todos dirigir hacia nuestra madre nuestro primer impulso sexual y hacia nuestro padre el primer sentimiento de odio y el primer deseo destructor. Nuestros sueños testimonian de ello. El rey Edipo, que ha matado a su padre y tomado a su madre en matrimonio, no es sino la realización de nuestros deseos infantiles. Pero, más dichosos que él, nos ha sido posible, en épocas posteriores a la infancia, y en tanto en cuanto no hemos contraído una psiconeurosis, desviar de nuestra madre nuestros impulsos sexuales y olvidar los celos que el padre nos inspiró. Ante aquellas personas que han llegado a una realización de tales deseos infantiles, retrocedemos horrorizados con toda la energía del elevado montante de represión que sobre los mismos se ha acumulado en nosotros desde nuestra infancia. Mientras que el poeta extrae a la luz, en el proceso de investigación que constituye el desarrollo de su obra, la culpa de Edipo, nos obliga a una introspección en la que descubrimos que aquellos impulsos infantiles existen todavía en nosotros, aunque reprimidos. Y las palabras con que el coro pone fin a la obra: «…miradle; es Edipo; el que resolvió los intrincados enigmas y ejerció el más alto poder; aquel cuya felicidad ensalzaban y envidiaban todos los ciudadanos. ¡Vedle sumirse en las crueles olas del destino fatal!», estas palabras hieren nuestro orgullo de adultos, que nos hace creernos lejos ya de nuestra niñez y muy avanzados por los caminos de la sabiduría y del dominio espiritual. Como Edipo, vivimos en la ignorancia de aquellos deseos inmorales que la Naturaleza nos ha impuesto, y al descubrirlos quisiéramos apartar la vista de las escenas de nuestra infancia.

En el texto mismo de la tragedia de Sófocles hallamos una inequívoca indicación de que la leyenda de Edipo procede de un antiquísimo tema onírico, en cuyo contenido se refleja esta dolorosa perturbación, a que nos venimos refiriendo, de las relaciones filiales por los primeros impulsos de la sexualidad. Para consolar a Edipo, ignorante aún de la verdad, pero preocupado por el recuerdo de la predicción del oráculo, le observa Yocasta que el sueño del incesto es soñado por muchos hombres y carece, a su juicio, de toda significación: «Son muchos los hombres que se han visto en sueños cohabitando con su madre. Pero aquel que no ve en ellos sino vanas fantasías soporta sin pesadumbre la carga de la vida».

Este sueño es soñado aún, como entonces, por muchos hombres, que al despertar lo relatan llenos de asombro e indignación. En él habremos, pues, de ver la clave de la tragedia y el complemento al de la muerte del padre. La fábula de Edipo es la reacción de la fantasía a estos dos sueños típicos, y así como ellos despiertan en el adulto sentimiento de repulsa, tiene la leyenda que acoger en su contenido el horror al delito y el castigo del delincuente, que éste se impone por su propia mano. La ulterior conformación de dicho contenido procede nuevamente de una equivocada elaboración secundaria, que intenta ponerlo al servicio de un propósito teologizante (cf. el tema onírico de la exhibición, expuesto en páginas anteriores). Pero la tentativa de armonizar la omnipotencia divina con la responsabilidad humana tiene que fracasar aquí, como en cualquier otro material que quiera llevarse a cabo.

Sigmund Freud

La interpretación de los sueños

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EN UNA SOCIEDAD JUSTA EL TRABAJO ES UN DON

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Thomas Hart Benton

TRABAJAR ES UN PLACER

 

Yo viví siempre en el campo durante el buen tiempo, de junio a octubre, y venía a él como a una fiesta. Era un muchacho, y los campesinos me llevaban con ellos a la cosecha, a las tareas más ligeras, amontonar heno, coger mazorcas, vendimiar. No a segar trigo, por culpa del sol demasiado fuerte; y mirar la aradura de octubre me aburría porque, como todos los chicos, prefería, también en el juego y la fiesta, las cosas que rinden, las cosechas, las cestas llenas, y solamente un campesino ve en los surcos recién abiertos el trigo del año que viene. Los días que no había cosecha, me los pasaba deambulando por la casa o por las tierras, completamente solo, y buscaba fruta o jugaba con otros muchachos a pescar en el Belbo; se sacaba un provecho de ello y me parecía una gran cosa regresar a casa con aquella miseria, un pececito que luego se comía el gato. En todo lo que hacía me daba importancia, y pagaba así mi parte de trabajo al prójimo, a la casa, y a mí mismo.

Porque creía saber qué era el trabajo. Veía trabajar por todas partes, de aquel modo tranquilo e intermitente que me agradaba –algunos días, de la madrugada a la noche sin ir a comer siquiera, y sudados, descamisados, contentos–, otras veces, los mismos se iban de paseo al pueblo con el sombrero, o se sentaban en la viga a charlar, y comíamos, reíamos y bebíamos. Por las carreteras encontraba a un capataz que iba bajo el sol a una feria, a ver y hablar, y disfrutaba pensando que también eso era trabajo, que aquella vida era mucho mejor que la prisión ciudadana donde, cuando yo dormía aún, una sirena recogía a empleados y obreros, todos los días, todos, y no los soltaba hasta la noche.

En aquel tiempo estaba convencido de que era diferente salir de mañana antes de que fuera de día a un campo delante de las colinas pisando hierba mojada, y cruzar a la carrera aceras gastadas, sin siquiera tiempo para echarle un vistazo a la franja de cielo que asoma sobre las casas. Era un crío, y puede ser también que no entendiese la ciudad, donde cosechas y cestas llenas no se hacen; y, desde luego, si me hubieran preguntado, habría respondido que era mejor, y más útil, irse a pescar o a recoger moras que fundir el hierro en hornos o escribir a máquina cartas y cuentas.

Pero en casa oía a los míos hablar y enfurecerse, e insultar precisamente a aquellos obreros de la ciudad como trabajadores, como gente que con el pretexto de que trabajaba no acababa nunca de pedir y de incordiar y de causar desórdenes. Cuando un día se supo que en la ciudad también los empleados habían pedido algo e incordiado, hubo un gran alboroto. Nadie en casa entendía qué tenían que compartir o ganar los empleados –¡los empleados! – al juntarse con los trabajadores. “¿Es posible? ¿Contra quienes les dan de comer?” “¡Rebajarse así! “Están locos o vendidos.” “Ignorantes.”

El muchacho escuchaba y callaba. Trabajo para él quería decir el alba estival y el solazo, el canasto al cuello, el sudor que corre, la azada que rompe. Comprendía que en la ciudad se quejaran y no quisieran saber nada –había visto aquellas fábricas tremendas y aquellas oficinas sofocantes– de estar allí dentro de la mañana a la noche. No comprendía que eso fuese un trabajo. Trabajar es un placer, decía para sí.

–Trabajar es un placer– dije un día al capataz, que me llenaba el cesto de uvas para llevárselas a mamá.

–Ojalá fuese cierto –contestó–, pero hay quien no tiene ganas.

Aquel capataz era un tipo serio, que la mayoría del tiempo se estaba callado y sabía todos los trucos de la vida del campo. Mandaba también en mí a veces, pero en broma. Tenía tierras propias, una alquería pasado el Belbo, y tenía quinteros.

Esos quinteros venían el domingo a traer verdura o a echar una mano si el trabajo apretaba. Él estaba siempre en todas partes y trabajaba en nuestra casa, trabajaba en lo suyo, recorría las ferias. Cuando venían los quinteros y él no estaba, se quedaban charlando con nosotros. Eran dos, el viejo y el joven, y reían.

–Trabajar es un placer –le dije también a ellos, aquel año que los míos se enfurecían porque en la ciudad había desórdenes.

–¿Quién lo dice? –respondieron–. Quien no hace nada, como tú.

–Lo dice el capataz.

Entonces rieron más fuerte.

–Se comprende –me dijeron–, ¿has oído alguna vez al párroco decir que esté mal ir a la iglesia?

Comprendí que la conversación se volvía de las que se tenían en casa aquel año.

–Puede que no os guste trabajar –dije–, pero sí recoger los frutos.

El joven dejó de reír.

–Están los amos –dijo despacio–, que comparten los frutos sin haber trabajado.

Lo miré, con la cara roja.

–Haced una huelga –dije– si no estáis contentos. En Turín la hacen.

Entonces el joven miró a su padre, me guiñaron el ojo y volvieron a reír.

–Primero tenemos que vendimiar –contestó el viejo–, luego veremos.

Pero el joven negó con la cabeza y reía.

–Papá nunca hará nada –dijo bajito.

En efecto, no hicieron nada, y en mi casa se siguió armando follón sobre los desórdenes de empleados y obreros a quienes había estropeado la vida fácil de los años de guerra. Yo escuchaba y callaba, y pensaba en las huelgas como en una fiesta que permitía a los obreros ir de paseo. Pero una idea –al principio no fue sino una sospecha– se me había metido en la sangre: trabajar no era un placer ni siquiera en el campo y esta vez sabía que la necesidad de ver la cosecha y llevársela a casa era lo que impedía a los labriegos hacer algo.

Césare Pavese

1946

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CHEJOV Y EL OLVIDO DE LOS NOMBRES PROPIOS

Honoré Daumier, "Horsemeat is a Healthy and Easily Digestible Food," 1856

Honoré Daumier, “Horsemeat is a Healthy and Easily Digestible Food,” 1856

APELLIDO DE CABALLO

El general retirado Buldeiev tenía dolor de muelas. Probó enjuagarse la boca con vodka y con coñac; aplicó a la muela enferma ceniza de tabaco, opio, trementina y queroseno; untó la mejilla con yodo; en los oídos tenía algodón impregnado de alcohol; pero todo ello no surtía efecto y hasta le provocaba náuseas. Recibió la visita de un médico. Éste hurgó en la muela y recetó quinina, lo que tampoco trajo alivio. A la proposición de arrancar la dolorida muela el general respondió con una negativa. Los de la casa —la esposa, los niños, las criadas y hasta el pinche de cocina Petka— proponían cada uno su remedio. El mayordomo Iván Evseich vino también y aconsejó intentar la cura con el conjuro.

—Aquí, en nuestro distrito, excelencia —dijo—, hace unos diez años vivía un empleado de Hacienda, Iakov Vasilich. Conjuraba el dolor de muelas en un santiamén. Se vuelve hacia la ventana, susurra algo, escupe ¡y ya está! Tiene un poder especial…

—¿Y dónde está ahora este hombre?

—Pues, después de ser despedido de Hacienda, se alojó en casa de su suegra, en Saratov. Ahora no se ocupa más que de muelas. Cualquiera que empiece a sentir un dolor de muelas va a verlo, porque, en efecto, ayuda… A los enfermos de Saratov los atiende personalmente en su casa, pero si alguien es de otra ciudad, entonces lo hace por telégrafo. Mándele, excelencia, un telegrama, explicándole que la cosa es así y así…, que al esclavo de Dios Alexy le duelen las muelas y que le pide una atención. Y mándele dinero por correo, por el tratamiento.

—¡Tonterías! ¡Es un charlatán!

—Haga usted una tentativa, excelencia. Cierto, es un gran aficionado a la vodka y vive con una alemana en lugar de con su mujer; además es muy blasfemo, pero no se puede negar tampoco que es un señor milagroso.

¡Mándale el telegrama, Aliosha! —imploró la generala —. Tú no crees en los conjuros, pero yo los experimenté sobre mí misma. Y aunque no creas en estas cosas ¿por qué no intentarlo? No se te van a atrofiar las manos por eso.

—Está bien —consintió Buldeiev—. Tal como estoy, soy capaz de mandarle un telegrama no sólo a un empleado de Hacienda sino al mismo demonio… ¡Oh, no aguanto más! Bueno, ¿dónde vive ese hombre? ¿Cómo hay que escribirle?

El general se sentó a la mesa y tomó la pluma.

—En Saratov lo conocen hasta los perros —dijo el mayordomo—. Sírvase escribir, excelencia, a la ciudad de Saratov… A su señoría Iakov Vasilich… Vasilich…

—¿Y bien?

—Vasilich… Iakov Vasilich… y el apellido es… ¡Me olvidé el apellido! ¡Vasilich!… ¡Diablos! ¿Cómo es su apellido? Cuando venía para acá, recordaba… Espere…

Iván Evseich levantó los ojos hacia el cielo raso y se puso a mover los labios. Buldeiev y la generala esperaban con impaciencia.

—¿Entonces? ¡Piénsalo pronto!

—Un momento… Vasilich… Iakov Vasilich… ¡Me olvidé! Es un apellido simple… como de caballo… ¿Caballero? No, Caballero no es… Espere… ¿Será Alazano? Tampoco. Recuerdo que es algo de caballo, pero cómo es, se me fue de la cabeza…

—¿Tordillo?

—No, no. Espere… Jaco… Jamelgo… Sabueso… —Este es un apellido de perro y no de caballo. ¿No será Crin?

—No, Crin no es. Caballo… Cavallo… Cavalo… Nada de eso…

—¿Y cómo entonces le voy a escribir? ¡Piénsalo bien! —Ahora… Casco… Potro… Bayo… —¿Leoncavallo? —preguntó la generala. —No, señora. Carreras… Tampoco. ¡Me olvidé! —¿Para qué diablos te metes entonces con tus consejos, si no te acuerdas de nada? —se enojó el general—. ¡Vete de aquí!

Iván Evseich salió lentamente, mientras el general se agarraba la mejilla y se ponía a andar por las habitaciones.

—¡Ay, señor! —gemía—. ¡Ay, madre mía! ¡Esto es peor que el infierno!

El mayordomo salió al jardín, levantó los ojos hacia el cielo y trató de recordar el apellido del oficinista:

—Corcel… Cuadrúpedo… Rocín… No, no es. Yugo… Cincha… Rienda…

Poco tiempo después lo llamaron. —¿Recordaste? —le preguntó el general. —Todavía no, excelencia. —¿Quizás, Tropero? ¿Anca? ¿No?

Y todos en la casa, a cual más y mejor, se dedicaron a inventar apellidos.

Recordaron todas las edades, géneros y razas de los caballos; examinaron la crin, las pezuñas y los arneses… En la casa, en el jardín, en las dependencias de servicio y en la cocina la gente andaba de un rincón a otro y, rascándose la frente, buscaban el apellido…

A cada momento, llamaban al mayordomo desde la casa.

—¿Tropilla? —le iban preguntando—. ¿Galope? ¿Pezuña?

—No, no es —respondía Iván Evseich y, levantando los ojos, continuaba pensando en voz alta—: Overo… Pío… Zaino…

—¡Papá! —llegaban los gritos desde el cuarto de los niños—. ¡Troikin! ¡Cuadriga!

Toda la heredad se vio alborotada. El agotado e impaciente general prometió compensar con cinco rublos a quien diese con el necesario apellido, y una multitud asediaba al mayordomo.

—¡Trotín! —le decían—. ¡Montura!

Llegó la noche, pero el apellido no fue encontrado todavía y la gente de la casa se fue a dormir sin haber enviado el telegrama.

El general no pegó los ojos en toda la noche; andaba de un rincón a otro, gimiendo… A las tres de la madrugada, salió de la casa y golpeó en la ventana del mayordomo.

—¿No será Pegaso? —preguntó con voz llorosa.

—No, excelencia, Pegaso no es — contestó Iván Evseich con un suspiro culpable.

¡Puede ser que no sea un apellido de caballo sino de alguna otra cosa!

—Mi palabra, excelencia, que es de caballo… Esto lo recuerdo muy bien.

—¡Qué desmemoriado que eres, amigo! Para mí este apellido es ahora lo más importante del mundo. ¡El dolor me tiene loco!

Por la mañana el general mandó llamar al médico. —¡Que me la saquen! —decidió—. No aguanto más… Llegó el doctor y le extrajo la muela enferma. El dolor disminuyó rápidamente y el general se sintió más tranquilo. Cumplida su tarea y cobrados los honorarios, el médico subió a la carreta y partió para su casa. En el campo se encontró con el mayordomo… Éste estaba de pie, a la vera del camino y, concentrado en sus pensamientos, miraba distraídamente sus zapatos. A juzgar por las arrugas que surcaban su frente y por la expresión de sus ojos, aquellos pensamientos eran tensos, mortificantes.

—Remo… Silla… —farfullaba—. Arnés… Recado…

—¡Iván Evseich! —lo llamó el médico—. ¿No puedes venderme, querido, unas cinco cuartillas de avena? Nuestros mujiks suelen venderme avena, pero es muy mala…

El mayordomo miró tontamente al doctor, esbozó una media sonrisa salvaje y, sin responder una sola palabra, alzó los brazos y a continuación echó a correr hacia la casa con tal rapidez como si lo persiguiera el diablo.

—¡Ya lo tengo, excelencia! —gritó con la voz alterada por la alegría, al entrar volando en el despacho del general —. ¡Ya lo tengo, que Dios dé mucha salud al doctor! ¡Avena! ¡Avena es el apellido del empleado! ¡Avena, excelencia!… ¡Mande el telegrama al señor Avena!

—¡Toma! —dijo el general con desprecio e hizo dos gestos obscenos ante la cara del mayordomo—. No necesito ahora tu apellido de caballo. ¡Toma!

Antón Chéjov

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