LA MUJER DE TROYA

Sandro Botticelli, Allegorical Portrait of Simonetta Vespucci, c. 1480-5

Sandro Botticelli, Allegorical Portrait of Simonetta Vespucci, c. 1480-5

A la manera de C. Pavese

 

Que los griegos fueron los triunfadores de aquella guerra, es cosa cierta. Pero pocas veces se atrevieron a contar los pormenores. Para eso se inventaron la famosa historia del caballo.

 

(Hablan Odiseo y su hijo Telémaco)

Odiseo: Un caballo es un símbolo, Telémaco, como una mujer. La historia recuerda y altera la realidad a la medida de los hombres. Tendrás que aprender a leer el sentido entre las letras, no en las letras. Hay tantos poetas… mas sólo la poesía dice la verdad. Tienes que aprender a leerla.

Telémaco: ¿Pero por qué no hablar de la mujer que llegó a Troya? También ella fue admirable, aunque sólo por su belleza. Apenas se habla de otra cosa y del tesoro que llevó con ella.

Odiseo: Hablar de un caballo era más fácil de aceptar para la gente sencilla y para los soldados que regresaban a casa. La historia del caballo era preferible que admitir nuestra derrota. Pocos habrían reconocido a la mujer su inteligencia. Helena no sólo fue bella, también era una reina en sus palabras.

Telémaco: ¿Acaso no era también griega?

Odiseo: Los griegos sólo prestaban oídos a los hombres. Ni las mujeres ni los niños tuvieron esa libertad. Quien escribe, sin embargo, ha de ser siempre una mujer. Nosotros sólo creíamos en la virtud del caballo y de la espada. A eso se refiere la historia. Lo demás es un engaño.

Telémaco: ¿Pero acaso también tú mentiste, como la historia? ¿Cuál fue realmente tu astucia?

Odiseo: Eran tiempos difíciles y oscuros, hijo mío. Apolo lanzaba sus dardos desde las murallas de Ilión. Jamás habríamos vencido por la fuerza. Los largos años pasados fuera de nuestras tierras, minaron nuestros ejércitos y nublaron nuestra inteligencia. Al cabo del tiempo ignorábamos contra quién luchábamos y a veces volvimos la espada contra nosotros mismos. Aquiles, como todos los que hasta allí llegamos, ignoraba el poder del dios.

¿Quién lo podría saber? Todavía los titanes y los monstruos se paseaban entre nosotros. La sangre y le furia era la forma habitual de legislar a los hombres y a las bestias. Pero el dios tenía una nueva ley, una manera diferente de entender las cosas.

De nada sirvió el asedio y que matáramos a sus mejores hombres. Nosotros teníamos la fuerza de un gran ejército, con las espadas bañadas en sangre, pero no el poder de derribar aquellas murallas. La rabia ciega resultó inútil. Por primera vez, nuestra manera de luchar nos hizo pensar en que no éramos diferentes a un animal que se rompe las uñas y los dientes contra algo que permanece ajeno al furor de lo salvaje.

Pensar en titanes y en monstruos no es muy diferente a dejarse llevar por las pasiones. El pensamiento de un hombre corriente, su forma de amar y de conseguir satisfacción, no es muy diferente a lo que narran los antiguos mitos y leyendas. Oscuras fuerzas dominan a quien se deja aconsejar por su amor a la incontinencia y a la sangre.

Telémaco: No entiendo, padre. No logro ver a la mujer por la que luchabais, en lo que dices. Ella había decidido ¿A que luchar hasta la muerte?

Odiseo: Tampoco nosotros lo supimos fácilmente. Sólo lo comprendimos cuando supimos que ella era la mejor de nuestras armas. No hacía falta derribar las murallas cuando ya estábamos dentro y reinábamos en su casa.

Telémaco: Tus palabras son oscuras, padre. Todavía deliras por la fiebre y la sed, largamente soportada en tu viaje.

Odiseo: No es eso, Telémaco. Tú sigues pensando, como yo antes de partir, que la mujer es una fiera.

Telémaco: ¿Quieres decir que el dios cambió tu manera de ver las cosas?

Odiseo: El caballo está más cerca de nuestros antepasados, por eso lo elegimos. En cambio una mujer es algo más difícil de aceptar. Para el que la desea, la mujer también es furor y sangre, una fruta abierta por su costado más dulce. Pero una mujer como aquella, que siempre antepuso su deseo al oro y la familia, que dejó de escuchar la voz de sus ancestros para cabalgar sobre un mar desconocido, no era una mujer que hubiéramos conocido antes.

Telémaco: ¿Así que la abandonasteis allí, con vuestro honor?

Odiseo: Lo que tu crees una deshonra, realmente fue un triunfo de los griegos. Nosotros queríamos arrancarles el corazón, pero a cambio les entregamos el corazón de Grecia. Ella, por sí sola, lograría lo que miles de hombres, durante interminables años de fuego no habían podido alcanzar por la fuerza: derribar aquellas murallas inexpugnables. Cuando una mujer habla, las piedras tiemblan.

Telémaco: Padre ¿Cómo pudiste convencerlos?

Odiseo: No todo el mérito fue mío. Pandora me habló en un sueño.

Ruy Henríquez

02/09/14

 

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