SOBRE LA SUPERSTICIÓN COMO SÍNTOMA

"Autumn landscape, orange sky". Maurice de Vlaminck (1876-1958)  Oil on canvas, 55 x 65 cm

“Autumn landscape, orange sky”. Maurice de Vlaminck (1876-1958) Oil on canvas, 55 x 65 cm

Dice Freud que en ocasiones una fe extinta sobrevive como superstición y como opinión popular una teoría abandonada por la ciencia. Precisamente es nuestra moderna concepción científica, nunca del todo bien establecida, la que nos hace considerar las expresiones supersticiosas como fuera de lugar. Olvidamos, sin embargo, que en tiempos pasados creencias y costumbres, que hoy pensamos supersticiosas, estuvieron plenamente justificadas y estaban cargadas de razón. Con ello el romano que postergaba una empresa después de tropezar al salir de su casa, se mostraba mejor psicólogo que nosotros, pues tenía en cuenta que en su espíritu había una contradicción, que entorpecería el desarrollo de sus propósitos.

Sucede que con el término “superstición” descartamos demasiado rápido lo que en realidad es una compleja articulación significante. Nos apresuramos a denominar como fruto de la ignorancia o de la superstición, expresiones y hábitos que requieren una mayor sutileza analítica para estimarlas en su justo valor. La idea de superstición es una construcción provisional, una pantalla entre los hechos y el conocimiento (como la angustia, el sueño o el demonio), que cae por tierra ante la investigación psicoanalítica.

La definición que ofrece el diccionario del término “superstición”, como creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón, sugiere que el supersticioso se encuentra en un estado previo, no sólo al pensamiento lógico, sino también al pensamiento religioso. Este estado primitivo, mágico-animista, se caracterizaría principalmente por una arraigada convicción en la omnipotencia del pensamiento.

Pero el supersticioso no siempre desconoce ni ignora las leyes que la religión o la ciencia establecen. En determinadas ocasiones, como sucede en la neurosis obsesiva, la superstición se impone al sujeto en contra de sus propias convicciones, sean estas religiosas o científicas.

La superstición se presenta, entonces, como resultado de la defensa ante una representación procedente del inconsciente, que el sujeto se ve compelido a reprimir por resultarle intolerable. Los rituales supersticiosos que lleva a cabo no tienen otro propósito que defenderse de la tentación que acompaña a tales representaciones.

Los actos supersticiosos son, en tales casos, el producto de una transacción entre lo reprimido y lo que reprime. Al igual que las fobias, la minuciosidad y los escrúpulos, la superstición es una medida preventiva que se transforma en obsesiva.

Como los antiguos titanes de la leyenda, cuando lo reprimido es rozado por algún suceso actual, las supersticiones se reaniman y vuelven a remover el suelo bajo los pies de quien las padece. Las antiguas convicciones, la fe que parecía extinta en la omnipotencia del pensamiento, todo aquello que denominamos carácter supersticioso, vuelve a surgir con todas sus fuerzas, amenazando al sujeto neurótico.

La superstición se muestra, de este modo, como una obsesión contra la que el propio sujeto es incapaz de luchar, rectificando con el razonamiento lógico, la incongruencia manifiesta con el resto de sus convicciones racionales.

Sólo el psicoanálisis puede llevar a cabo una interpretación y tratamiento de tales síntomas, como producto de procesos inconscientes.

Ruy Henríquez
psicoanalista

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DUELO Y MELANCOLÍA

Paul Wonner, Figure with Flowers, 1961

Paul Wonner, Figure with Flowers, 1961

Las múltiples analogías del cuadro general de la melancolía con el del duelo, justifican un estudio paralelo de ambos estados. En aquellos casos en los que nos es posible llegar al descubrimiento de las causas por influencias ambientales que los han motivado, las hallamos también coincidentes. El duelo es, por lo general, la reacción a la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente: la patria, la libertad, el ideal, etc. Bajo estas mismas influencias surge en algunas personas, a las que por lo mismo atribuimos una predisposición morbosa, la melancolía en lugar del duelo. Es también muy notable que jamás se nos ocurra considerar el duelo como un estado patológico y someter al sujeto a un tratamiento médico, aunque se trata de un estado que le impone considerables desviaciones de su conducta normal. Confiamos, efectivamente, en que al cabo de algún tiempo desaparecerá por sí solo y juzgaremos inadecuado e incluso perjudicial perturbarlo. La melancolía se caracteriza psíquicamente por un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las funciones y la disminución de amor propio. Esta última se traduce en reproches y acusaciones, de que el paciente se hace objeto a sí mismo, y puede llegar incluso a una delirante espera de castigo. Este cuadro se nos hace más inteligible cuando reflexionamos que el duelo muestra también estos caracteres, a excepción de uno solo; la perturbación del amor propio. El duelo intenso, reacción a la pérdida de un ser amado, integra el mismo doloroso estado de ánimo, la cesación del interés por el mundo exterior -en cuanto nos recuerda a la persona fallecida-, la pérdida de la capacidad de elegir un nuevo objeto amoroso -lo que equivaldría a sustituir al desaparecido- y al apartamiento de toda actividad no conectada con la memoria del ser querido. Comprendemos que esta inhibición y restricción del yo es la expresión de su entrega total al duelo que no deja nada para otros propósitos e intereses. En realidad, si este estado no nos parece patológico es tan sólo porque nos lo explicamos perfectamente.

Aceptamos también el paralelo, a consecuencia del cual calificamos de «doloroso» el estado de ánimo del duelo. Su justificación se nos evidenciará cuando lleguemos a caracterizar económicamente el dolor. Mas, ¿en qué consiste la labor que el duelo lleva a cabo? A mi juicio, podemos describirla en la forma siguiente: el examen de la realidad ha mostrado que el objeto amado no existe ya y demanda que la libido abandone todas sus ligaduras con el mismo. Contra esta demanda surge una oposición naturalísima, pues sabemos que el hombre no abandona gustoso ninguna de las posiciones de su libido, aun cuando les haya encontrado ya una sustitución. Esta oposición puede ser tan intensa que surjan el apartamiento de la realidad y la conservación del objeto por medio de una psicosis desiderativa alucinatoria… Lo normal es que el respeto a la realidad obtenga la victoria. Pero su mandato no puede ser llevado a cabo inmediatamente, y sólo es realizado de un modo paulatino, con gran gasto de tiempo y de energía de carga, continuando mientras tanto la existencia psíquica del objeto perdido. Cada uno de los recuerdos y esperanzas que constituyen un punto de enlace de la libido con el objeto es sucesivamente despertado y sobrecargado, realizándose en él la sustracción de la libido. No nos es fácil indicar en términos de la economía por qué la transacción que supone esta lenta y paulatina realización del mandato de la realidad ha de ser tan dolorosa. Tampoco deja de ser singular que el doloroso displacer que trae consigo nos parezca natural y lógico. Al final de la labor del duelo vuelve a quedar el yo libre y exento de toda inhibición.

Apliquemos ahora a la melancolía lo que del duelo hemos averiguado. En una serie de casos constituye también evidentemente una reacción a la pérdida de un objeto amado. Otras veces, cuando las causas estimulantes son diferentes, observamos que la pérdida es de naturaleza más ideal. El sujeto no ha muerto, pero ha quedado perdido como objeto erótico (el caso de la novia abandonada). Por último, en otras ocasiones creemos deber mantener la hipótesis de tal pérdida; pero no conseguimos distinguir claramente qué es lo que el sujeto ha perdido, y hemos de admitir que tampoco a éste le es posible percibirlo conscientemente. A este caso podría reducir también aquel en el que la pérdida, causa de la melancolía, es conocida al enfermo, el cual sabe a quién ha perdido, pero no lo que con él ha perdido. De este modo nos veríamos impulsados a relacionar la melancolía con una pérdida de objeto sustraída a la conciencia, diferenciándose así del duelo, en el cual nada de lo que respecta a la pérdida es inconsciente.

Sigmund Freud
Duelo y melancolía, 1915

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SOBRE LA REGLA FUNDAMENTAL DE LA ASOCIACIÓN LIBRE

William Orpen, The Mirror. 1900

William Orpen, The Mirror. 1900

Sobre la observación de esta regla fundamental habría mucho que decir. A veces encontramos personas que se conducen como si ellas mismas la hubieran dictado. Otras pecan contra ella desde un principio. Su comunicación al sujeto, antes de iniciar el análisis, es tan indispensable como útil. Más tarde, bajo el dominio de las resistencias, deja de ser observada, y para todo sujeto llega alguna vez el momento de infringirla. Por nuestro autoanálisis sabemos cuán irresistiblemente surge la tentación de ceder a los pretextos críticos que nos inducen a rechazar las ocurrencias. De la escasa eficacia del pacto que convinimos con el paciente al exponerle la regla fundamental del análisis tenemos ocasión de convencernos en cuanto se trata por primera vez de la comunicación de algo referente a una tercera persona. El paciente sabe que debe decirlo todo; pero aprovecha los preceptos de la discreción para crearse un obstáculo: “¿Debo realmente decirlo todo? Creía que la regla sólo se refería a mis cosas propias y no a las que tuvieran relación con otras personas.”

Naturalmente no hay medio de llevar a cabo un tratamiento analítico excluyendo de la comunicación las relaciones del paciente con otras personas y sus pensamientos sobre ellas. Pour faire une omelette il faut casser des oeufs. Un hombre correcto olvida fácilmente las intimidades de los demás cuando las mismas no entrañan algo de interés personal para él. Tampoco podemos renunciar a la comunicación de nombres propios, pues, de hacerlo así, el relato del enfermo adolecerá de una vaguedad como las escenas de la obra de Goethe Die natürliche Tochter, que lo hará inaprehensible para la memoria del médico, y, además, los nombres retenidos obstruyen el acceso a toda una serie de relaciones interesantes. Lo más que puede hacerse es permitir al sujeto que reserve los nombres hasta encontrarse más familiarizado con el médico y con el procedimiento. Es harto singular cómo se hace insoluble la labor entera en cuanto consentimos la reserva en un único punto. Señálese un lugar con derecho de asilo en una ciudad, y veremos lo que tarda en reunirse en él toda la gente maleante por ella dispersa. En una ocasión tuve en tratamiento a un alto funcionario, obligado por juramento a no comunicar determinadas cosas, consideradas como secretos de Estado, y esta limitación bastó para hacer fracasar el análisis. El tratamiento psicoanalítico tiene que sobreponerse a toda clase de consideraciones, pues la neurosis y sus resistencias no respetan tampoco ninguna.

Sigmund Freud
La iniciación del tratamiento

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LA IMPORTANCIA DEL TERCERO

Petrus Christus, "A Goldsmith in His Shop". 1449

Petrus Christus, “A Goldsmith in His Shop”. 1449

Nada hay más influyente en una situación que la intervención de una tercera persona. He visto amigos, hermanos, amantes y esposos cuyas relaciones cambiaron por completo con la llegada casual o buscada de una tercera persona, y su situación se modificó sustancialmente.

-Eso puede ocurrir -dijo Eduard- entre personas que se conforman con ir tirando de la vida sin más; no entre quienes son sabedores y conscientes de sí mismos a través de la experiencia.

-El ser consciente, querido -replicó Charlotte-, no es arma que baste; más aún, incluso a veces es peligrosa para quien la utiliza.

 

Johann Wolfgang Von Goethe
Las afinidades electivas

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ENCUENTRO CON MIS PADRES

Balthus, The Sleeping Girl. 1943

Balthus, The Sleeping Girl. 1943

 

ENCUENTRO CON MIS PADRES

30 de septiembre

Por no extraviarme en el reducto inmenso
até a su entrada misteriosa un hilo,
y empecé a penetrar con el sigilo
del que algo siente sobre sí suspenso.

Anduve largo y se volvía denso
cada vez más el cavernoso asilo.
Vi al Can horrible y lo esquivé tranquilo,
sin enfrentarme a su rencor intenso.

Y vi a mis padres y temblé de espanto.
¡Ay, cómo hedían y exudaban llanto!
¡Qué vómito y estiércol su recinto!

Y con la cuerda umbilical atada,
como Alighieri de la fosa helada
salí del asqueroso laberinto.

 

Germán Pardo García
Himnos de Orfeo

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