MAR EN LA TIERRA

Richard Diebenkorn, "Woman on porch" 1958, oil on canvas 72x72

Richard Diebenkorn, “Woman on porch” 1958, oil on canvas 72×72

No, no clames por esa dicha presurosa
que está latente cuando la oscura música no modula,
cuando el oscuro chorro pasa indescifrable
como un río que desprecia el paisaje.

La felicidad no consiste en estrujar unas manos
mientras el mundo sobre sus ejes vacila,
mientras la luna convertida en papel
siente que un viento la riza sonriendo.

Quizá el clamoroso mar que en un zapato intentara una noche acomodarse,
el infinito mar que quiso ser rocío,
que pretendió descansar sobre una flor durmiente,
que quiso amanecer como la fresca lágrima.

El resonante mar convertido en una lanza
yace en lo seco como un pez que se ahoga,
clama por ese agua que puede ser el beso,
que puede ser un pecho que se rasgue y anegue.

Pero la seca luna no responde al reflejo de las escamas pálidas.
La muerte es una contracción de una pupila vidriada,
es esa imposibilidad de agitar unos brazos,
de alzar un grito hasta un cielo al que herir.

La muerte es el silencio entre el polvo, entre la memoria,
es agitar torvamente una lengua no de hombre,
es sentir que la sal se cuaja en las venas
fríamente como un árbol blanquísimo en un pez.

Entonces la dicha, la oscura dicha de morir,
de comprender que el mundo es un grano que se deshará,
el que nació para un agua divina,
para ese mar inmenso que yace sobre el polvo.

La dicha consistirá en deshacerse como lo minúsculo,
en transformarse en la severa espina,
resto de un océano que como la luz se marchó,
gota de arena que fue un pecho gigante
y que salida por la garganta como un sollozo aquí yace.

Vicente Aleixandre

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LOS SUEÑOS SON UNA REALIZACIÓN DE DESEOS. CHARLA-COLOQUIO. 3 DE OCTUBRE 2015, 11:00hs.

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LA REVOLUCIÓN COPERNICANA DE FREUD

Francis Bacon: self-portrait, 1971

Francis Bacon: self-portrait, 1971

Para calificar el descubrimiento de Freud hemos usado el término revolución copernicana. Esto no implica que lo que no es copernicano sea absolutamente unívoco. Los hombres no siempre creyeron que la Tierra era una especie de planicie infinita, también le atribuyeron límites, formas diversas, a veces la de un sombrero de mujer. Pero, en fin, pensaban que había cosas que estaban debajo, digamos en el centro, y que el resto del mundo se edificaba encima. Pues bien, si no sabemos exactamente lo que un contemporáneo de Sócrates podía pensar acerca de su yo, así y todo había algo que tenía que estar en el centro, y no parece que Sócrates lo ponga en duda. Probablemente no se trataba de algo hecho como el yo, que comienza en una época que podemos situar hacia mediados del siglos dieciséis, comienzos del diecisiete. Pero estaba en el centro, en la base. En relación con esta concepción, el descubrimiento freudiano tiene exactamente el mismo sentido de descentramiento que aporta el descubrimiento de Copérnico. Lo expresa muy bien la fulgurante fórmula de Rimbaud –los poetas, que no saben lo que dicen, sin embargo siempre dicen, como es sabido, las cosas antes que los demás– : Je est un autre.

Jacques Lacan
El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica

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