RETORNO AL HOMBRE / C. Pavese

The Taking of Christ, Michelangelo Merisi da Caravaggio

The Taking of Christ, Michelangelo Merisi da Caravaggio. National Gallery of Ireland, Dublin

Desde hace años estamos alertas a las palabras nuevas. Desde hace años percibimos los estremecimientos y balbuceos de nuevas criaturas, y sentimos en nosotros mismos y en las voces sofocadas de este país nuestro, como un tibio aliento de nacimientos. Pero pocos libros italianos logramos leer en las ruidosas jornadas de la era fascista, en aquella absurda vida desocupada y restringida que tuvimos que llevar entonces, y más que libros conocimos hombres, conocimos la carne y la sangre de las cuales nacen los libros. En nuestros esfuerzos por comprender y por vivir, nos sostuvieron voces extranjeras: cada uno de nosotros frecuentó y amó la literatura de un pueblo, de una sociedad lejana, y habló de ella, la tradujo, se hizo una patria ideal. Todo esto, en lenguaje fascista se llamaba xenofilia. Los más tibios nos acusaban de vanidad exhibicionista y de fatuo exotismo, y los más austeros decían que buscábamos en los gustos y modelos de más allá del océano y más allá de los Alpes, un desahogo a nuestra indisciplina sexual y social. Naturalmente, no podían admitir que buscáramos en América, en Rusia, en China, o quien sabe dónde, un calor humano que la Italia oficial no nos daba. Menos aún, que nos buscásemos simplemente a nosotros mismos.

Sin embargo, fue justamente así. Allá nos buscamos y encontramos a nosotros mismos. De las páginas duras y extrañas de esas novelas, de las imágenes de esos films, nos llegó la certeza de que el desorden, el estado de violencia, la inquietud de nuestra adolescencia y de toda la sociedad que nos rodeaba, podían resolverse y aplacarse en un estilo, en un orden nuevo, podían y tenían que transfigurarse en una nueva leyenda del hombre. Esta leyenda, esta “clasicidad”, la presentimos bajo la dura corteza de una costumbre y de un lenguaje no fáciles, no siempre accesibles, pero poco a poco aprendimos a buscarla, a suponerla, a adivinarla en cada uno de nuestros encuentros humanos.

Sabemos ahora en qué sentido nos toca trabajar. Las señales dispersas que en los años oscuros recogíamos de la voz de un amigo, de una lectura, de alguna alegría o de mucho dolor, ahora componen un razonamiento claro y una cierta promesa. Y el razonamiento es éste: nosotros no iremos hacia el pueblo. Porque ya somos pueblo, y todo el resto es inexistente. Iremos, cuando mucho, hacia el hombre. Porque el obstáculo, la corteza que hay que romper, es ésta: la soledad del hombre, la nuestra y la de los otros. En ello reside todo el nuevo estilo, la nueva leyenda. Y, con esto, nuestra felicidad.

Proponerse ir hacia el pueblo es, en definitiva, confesar una mala conciencia. Ahora bien, nosotros tenemos muchos remordimientos, pero no el de haber olvidado jamás de qué carne estamos hechos. Sabemos que en este estrato social que suele llamarse pueblo la risa es más pura, el sufrimiento más vivo, la palabra más sincera. Y todo eso lo tenemos en cuenta. Pero qué otra cosa significa esto, sino que en el pueblo la soledad ya está vencida, o en camino de serlo. Igualmente, en las novelas, en los poemas y en los films que nos revelaron a nosotros mismos en un pasado reciente, el hombre era más puro, más vivo y más sincero que en todo lo que se hacía en nuestro país. Mas no por eso nos confesamos inferiores o distintos de los hombres que hacen esas novelas o esos films. Como para ellos, para nosotros el fin es descubrir, celebrar al hombre más allá de su soledad, más allá de todas las soledades del orgullo y del sentido.

Estos años de angustia y de sangre nos han enseñado que la angustia y la sangre no son el final de todo. Una cosa se salva del horror, y es la disposición del hombre hacia el hombre. De esto estamos bien seguros, pues el hombre nunca estuvo menos solo que en estos tiempos de soledad terrible.

Hubo días en que bastó la mirada, el guiño de un desconocido, para conmovernos y detenernos en la caída. Sabíamos y sabemos que en todas partes, en los ojos más ignorantes o más torvos, anida una caridad, una inocencia que está en nosotros compartir. Muchas barreras, muchas estúpidas murallas cayeron en estos días. También para nosotros, que desde hace tiempo obedecíamos a la súplica de cada presencia humana, fue un estupor sentirnos investidos, sumergidos en tanta riqueza. Verdaderamente, el hombre, en lo que tiene de más vivo, se ha revelado, y ahora espera que nosotros sepamos comprender y hablar.

Hablar. Las palabras son nuestro oficio. Lo decimos sin sombra de timidez o de ironía. Las palabras son tiernas cosas, intratables y vivas, pero hechas para el hombre y no el hombre para ellas. Todos sentimos que vivimos en un tiempo en que se hace necesario volver a llevar las palabras a la sólida y desnuda limpieza de cuando el hombre las creaba para servirse de ellas. Y nos sucede que, precisamente por ello, porque sirven al hombre, las nuevas palabras nos conmueven y aferran como ninguna de las voces más pomposas del mundo que muere, nos conmueve como una plegaria o un boletín de guerra.

Nuestro fin es difícil, pero vivo. Es también el único que tiene un sentido y una esperanza. Son hombres los que esperan nuestras palabras, pobres hombres como nosotros cuando olvidamos que la vida es comunión. Nos escucharán con dureza y con fe, prontos a encarnar las palabras que diremos. Desilusionarnos sería traicionarlos, sería traicionar también nuestro pasado.

Cesare Pavese

Retorno al hombre, artículo publicado en L’Unità, Turín, el 20 de mayo de 1945

 

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