SOBRE CIENCIA Y RELIGIÓN

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László Moholy-Nagy: Celos, 1927

¿Por qué al hablar de ciencia, algunas veces, parece que estamos hablando de religión? En ciencia no son válidos los argumentos de autoridad (“te lo aseguro”, “yo te lo digo”, “es muy interesante”).

Hablar de ciencia es como contar un chiste. No puedes hacer reír a nadie diciéndole simplemente que algo es muy chistoso. ¡Tienes que hacerlo reír!

Esto es algo que sucede también en el arte o en la poesía. No puedo decir solamente ¡Es bello! ¡Es poético! y esperar que mi interlocutor esté de acuerdo conmigo. Tengo que hacer que la belleza o la poesía resplandezcan.

Con la ciencia ocurre igual. No puedo decir: “la ciencia es genial y muy interesante”. Tienes que hacerla brillar ante los ojos de quien te está escuchando, con las propias leyes de la ciencia. Y el mejor escenario para hacerlo eres tú mismo.

Ruy J. Henríquez Garrido
Psicoanalista

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DEL RIGOR DE LA CIENCIA

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Richard Diebenkorn, Cityscape I, 1963

… En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.

Suárez Miranda: Viajes de varones prudentes, Libro cuarto, vap. XLV, Lérida, 1658.

Jorge Luis Borges (1960), El hacedor, en Obras completas, Vol. II, Barcelona, Emecé Editores, p. 225.

 

Consulta de Psicoanálisis

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LA MUERTE Y EL ENVEJECIMIENTO NO TIENEN POR QUÉ SER LA MISMA COSA

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21 de febrero de 1977
Hoy cumple años Olga

 

La ideología es el tiempo donde se desarrollan los hechos de la vida. Tiempo de señalar, indicar, definir, utilizar. Tiempo de limitar la cambiante realidad humana con la que se encuentra en su desarrollo, para no sorprenderse con la existencia de otros caminos que los suyos, enceguece y se transforma en una visión particular del mundo. Es en el tiempo de la ideología (de las creencias) donde los descubrimientos científicos se transforman en instrumentos de la muerte.

En el paroxismo de esa poquedad el hombre llegó a decir: si pienso, existo. Si siento, soy humano. Si veo, existe el mundo, si no veo, no existe. Es con este drama cotidiano a nuestras espaldas como nos enfrentamos al saber, como queda claro, lleno de prejuicios.

El tiempo de la ciencia es el tiempo donde las cosas ya no son lo que son.

La certeza sensible, es decir, lo que toco, lo que veo, lo que puedo oler y pensar, no existe sino como producto efecto de lo que determina y otorga a la certeza sensible el rango de ilusoria. A partir de ahora habrá siempre dos mundos. Uno, aparente (el mundo de los sentidos, de la razón, de la ideología). Otro, el mundo real, latente, que es el que determina esa apariencia y que sólo hallaré mediante un trabajo de reconstrucción que, en todos los casos, hasta hoy es un trabajo teórico.

Y es precisamente donde el inconsciente no juzga ni calcula y sólo transcurre, donde se ilumina como concepto, ya que de ninguna otra cosa puede alardear un concepto, sino precisamente de no juzgar ni calcular, sino tan sólo de transcurrir.

Si la realidad es la metáfora de todo lo posible y la ideología conlleva en todos los casos una visión del mundo totalizadora, podemos decir que la ideología tiende a ser esa metáfora, es decir, tiende a confundirse con la realidad.

La ciencia es en todos los casos menos ambiciosa. Nace a la vida mutilada. Para nacer tiene que decidir a qué parte de la realidad dará nombre. No nace hasta no haber formulado su objeto de conocimiento. Y haber nombrado su objeto de conocimiento le da derechos sobre eso y sobre ninguna otra cosa más.

Es por eso que en el tiempo de las ciencias ha muerto EL TODO, DIOS, LA CIENCIA, LA FILOSOFÍA, EL HOMBRE, dando lugar a lo RELATIVO, LOS DIOSES, LAS CIENCIAS, LAS FILOSOFÍAS, LAS IDEOLOGÍAS, LOS HOMBRES.

Ha concluido el circo, TODO no existe. La realidad será aquella que pueda ser determinada. Los hechos no existirán como tales (es decir no serán históricos) hasta después de ser interpretados.

El hombre en general ha dado un salto al vacío.

Sabe que con la ideología no puede terminar, porque terminaría con su propia vida de hombre, y lo que ocurre con las ciencias es que a veces son inalcanzables.

Hoy también le dije a ella en el día de su cumpleaños:

−Envejecer no es ni bueno ni malo, es también una jugada a realizar que conviene realizar cuanto antes.

La muerte y el envejecimiento no tienen por qué ser la misma cosa.

Miguel Oscar Menassa
Secretos de un psicoanalista
Editorial Grupo Cero

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Teoría de la noche americana

Henri Rousseau, El sueño, 1910

Henri Rousseau, El sueño, 1910


TEORÍA DE LA NOCHE AMERICANA

Antes que la gran tarde continental se llene de sombras,
cual una patria aérea invadida por oscuras águilas,
concentraré mi cuerpo cerca de estos valles
que dibujan sobre los meridianos de la tierra
la historia remotísima de la sangre aborigen
y los relatos del hombre habitador de hidrópicos mundos.

Haré que las hondas selvas próximas a escuchar pregones lejanos
de quenas, cornamusas y roncos teponaztlis,
me entreguen su conmoción ante el silencio
que baja de los Andes como jaguar a las cuevas
donde arañas deformes trabajan para la muerte,
como trabajan también hormiga y chucua para la muerte,
mientras la constructora mecánica del suelo
fermenta el hervor caótica de gérmenes que viven
mezclándose con la pudrición debajo de las ciénagas.

Como un emperador indio
envuelto en su soberbia casta legítima;
de pie sobre las rocas sagradas y los ojos
fijos en los holocaustos del sol en su poniente,
así en rojo tezontle cimentaré mi sueño;
en lo más mexicano de un peñón borrascoso,
donde mis sienes puedan sentir los tránsitos del aire
y comprender mi espíritu la fuerza de unos pueblos
que amaron como yo estas mismas cordilleras de América;

aquí se arrodillaron,
aquí se engrandecieron
y aquí como profetas agrícolas hablaron
de las cosas nutricias; de los bosques sedientos;
del alcance horizontal de las raíces
y la fidelidad del hombre a las montañas.
Me tenderé a la orilla de un lago migratorio
para que así, muy junto de su fluvial deslave,
pueda tocar con más justicia el polvo de las vértebras;
la virtud labrantía de los dedos
y el estrago ya disperso de las rótulas,
caídas en la arena y calcinadas
por furias que chocaron contra el moreno Continente,
hasta desquiciar columnas monolíticas
y fundir aquellas láminas de oro.
que brillaron en los dinteles de las casas
llamándolas de las más humildes músicas
cuando el viento les hería sus biseles,
como si fueran de carrizo silbador
o de atributos del maíz.

Me tenderé a la orilla de un lago porque América,
desde el Yukón a la Patagonia,
salió del agua en el principio de los tiempos
como una balsa llena
de plátanos y piñas;
balsámicas maderas;
azules mariposas;
venenos y volcanes;
defensa pectoral hecha de pieles
de caimán aletargado en la manigua,
y plumas de quetzal
escondido cual una móvil esmeralda
bajo las selvas del Petén.

Así América lacustre, bestial y cataclísmica;
recuérdalo figuras de batracios que los indios
esculpieron suplicantes en las rocas,
para pedir que se alejaran
los líquidos poderes invasores.
El agua retirándose dejó sus venas repartidas
en las vertientes amazónicas;
sus ojos en los lagos de la dulce Guatemala
y su cabellera al pie del Iguazú.

El agua fue para América origen tempestuoso de su vida.
Por eso cuando pronuncio estas palabras
con algo de su espíritu y su sangre,
idólatra y pagano confieso
la primitiva pasión que me subyuga,
y digo una plegaria que comienza
signándome la carne con luceros arborescentes,
en el nombre de la Tierra y del Espacio;
de la caoba que contiene vigas y sepulcros;
de los vestigios caminantes de la raza
y del sol que todavía nos gobierna en las alturas.
Una plegaria que principia proclamando
mi culto a las tinieblas de la noche,
y concluye con actos de fe sin esperanza
en la amargura original de América.
y ante las sordas cumbres del Chimborazo clama.
Así creo en mi país meciéndose con ruidos de selva irremediable
desde el Darién al Putumayo.
Así mi nación de ríos que ningún mar resume.
Así Colombia acuática y agobiadoramente vegetal.

Me tenderé cerca de silencioso río a esperar la noche
que invade con su espuma de inorgánicos ébanos,
las subterráneas formaciones de carbón.
Me tenderé a esperar la noche
Como antes al regresar de sus asaltos
a los cobrizos peces y las leonadas fieras,
los rápidos arqueros cazadores.
Me tenderé a esperar la sombra cerca del silencioso río,
porque agua, oscuridad y hermetismo selvático
son la terrible clave hereditaria
del hombre de América.
Tres buitres anclados en escuetos farallones.
Tres Orinocos desaguando siempre en nuestra sangre.
Tres murallas mortuorias oprimiendo
los pantanos donde suplica el «diostedé».

Únicamente los que nacimos en América
comprendemos la enormidad del telúrico luto.
Decid a un americano auténtico la palabra «penumbra»,
y agitará los brazos
como un ofidio constrictor.
Es su nocturno instinto, su inclinación de selva
buscando sus orígenes.

Decidle “agua” y entonces descubriréis lagunas
en sus ojos manchados de crepúsculos.

Sin embargo decidle “silencio” y en sus manos
florecerán manojos de catleyas.
La flor americana del silencio que nunca
se interrumpe. La flor más desértica y libre.
Se alimenta de brisas y silencios y músicas
inaudibles. A veces palidece y suspira.
Se sostiene en la danza. Se ilumina con los éxtasis.
Nace sobre una vara de silencio y olvido
y en olvido y silencio multiplícase y muere.
Otros días quisiera volar como un espíritu
y alejarse entre luces amarillas y lágrimas.

Abandonaré ciudades donde se cumple mi destierro
de todo cuanto es orgánica energía.
Allá dejé raíces como brazos que abren túneles
por donde pasan atropellándose en su arterial carrera,
los verdes glóbulos del fondo.
Dejé calor sacando a cada instante vidas trágicas
del territorio fétido que pudre.
Dejé vigor, crueldad en las batallas animales
y un odio de tinieblas contra hombres y criaturas.

Yo llamo a la noche americana: ¡madre!,
y ella me grita desde sus cóncavas regiones: ¡hijo!
No conocí a mi madre. Murió cuando mis ojos
ignoraban las transformaciones de la luz.
No conservo su memoria o si la guardo
es como río doloroso fluyendo entre lo oscuro.
La noche protegió mi formidable desamparo.
Crecí como algo suyo; como se desarrolla el trueno
en sus velocidades enemigas.
Hay un rencor en mí contra la claridad y la esperanza
y una insubordinación irredimible.
Llamadme por el nombre de una bestia nocturna
y acudiré,
porque mi confusión es parte de la noche
y mi angustia un zarpazo de su abismo.

Abandonaré metrópolis de cal donde se cumple mi destierro.
Allá me aguardan vegetaciones oscurísimas
y toros con tormentas en los cuernos;
obsidiana en los ojos y pezuñas,
y cuerpo de canela que se vuelve
misterioso en las cúspides sin astros.
Así América implacable en su hermosura;
vital bajo sus légamos caribes
y pobre entre sus ídolos de oro.

He de volver a sus desiertos a engrandecer mi espíritu.
Su sombra es luz de mis poderes veteranos.

Su pan el hambre de mi boca.
Su tempestad mi sosiego.
Su pudrición el más salvaje de mis gozos.
Yo soy el compañero de sus tribus que caminan
sobre savias vigorosas preguntando
por el instante mismo de la muerte.
Abandonaré ciudades, olvidaré metrópolis
y volveré a tenderme a la orilla de un río silencioso;
uno de esos turbios ríos de nombres musicales: Inírida, Vaupés,
a esperar como las serpientes el amparo de la noche de América.

Germán Pardo García en Las 2001 Noches Nº 5

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Convocatoria Facultad de Filosofía de la UCM

EL CHISTE Y SU RELACIÓN CON LO INCONSCIENTE

Miércoles 11 de febrero de 2009

La técnica del chiste
Magdalena Salamanca. Psicoanalista
11,30-13,30 h. – Sem. 217
Facultad de Filosofía de la UCM

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Oh minoría que nada podéis en mi patria

Edvard Munch, Evening on Karl Johan, 1892

Edvard Munch, Evening on Karl Johan, 1892


EL RESTO

¡Oh minoría que nada podéis en mi patria,
oh retal de esclavizados!

Artistas rotos contra ella,
errantes, perdidos por los pueblos,
de los que todos desconfían y hablan mal,

amantes de la belleza, muertos de hambre,
frustrados por sistemas,
impotentes contra el control;

vosotros que no podéis consumiros
perseverando en éxitos,
vosotros que podéis solo hablar,
que no os podéis anquilosar hasta la reiteración;
vosotros de más fino sentido,
rotos contra el falso conocimiento,
vosotros que podéis conocer de primera mano,
odiados, encerrados, mirados con desconfianza,

pensadlo:
yo he capeado el vendaval,
he domeñado mi exilio.

Ezra Pound

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¿A ustedes no les parece que todo el pueblo español debe entrar en psicoanálisis?

Lectura recomendada en Interpretación Cero. La prensa al diván

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