SOBRE LA NATURALEZA PSÍQUICA DEL DESEAR

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Neo Rauch: Die Fuge, 2007

Es indudable que para llegar a su perfección actual ha tenido que pasar este aparato [psíquico] por una larga evolución. Podemos, pues, representárnoslo en un estado anterior de su capacidad funcional. Determinadas hipótesis nos dicen que el aparato aspiró primeramente a mantenerse libre de estímulos en lo posible y adoptó con este fin, en su primera estructura, el esquema del aparato de reflexión que le permita derivar en el acto por caminos motores las excitaciones sensibles que hasta él llegaban. Pero las ineludibles condiciones de la vida vinieron a perturbar esta sencilla función, dando simultáneamente al aparato el impulso que provocó su ulterior desarrollo. Los primeros estímulos que a él llegaron fueron los correspondientes a las grandes necesidades físicas. La excitación provocada por la necesidad interna buscará una derivación en la motilidad derivación que podremos calificar de «modificación interna» o de expresión de las emociones. El niño hambriento grita y patalea, pero esto no modifica en nada su situación, pues la excitación emanada de la necesidad no corresponde a una energía de efecto momentáneo, sino a una energía de efecto continuado. La situación continuará siendo la misma hasta que por un medio cualquiera -en el caso del niño, por un auxilio ajeno- se llega al conocimiento de la experiencia de satisfacción, que suprime la excitación interior. La aparición de cierta percepción (el alimento en este caso), cuya imagen mnémica queda asociada a partir de este momento con la huella mnémica de la excitación emanada de la necesidad, constituye un componente esencial de esta experiencia.

En cuanto la necesidad resurja, surgirá también, merced a la relación establecida, un impulso psíquico que cargará de nuevo la imagen mnémica de dicha percepción y provocará nuevamente esta última, esto es, que tenderá a reconstituir la situación de la primera satisfacción. Tal impulso es lo que calificamos de deseos. La reaparición de la percepción es la realización del deseo, y la carga psíquica completa de la percepción, por la excitación emanada de la necesidad, es el camino más corto para llegar a dicha realización. Nada hay que nos impida aceptar un estado primitivo del aparato psíquico en el que este camino quede recorrido de tal manera que el deseo termine en una alucinación. Esta primera actividad psíquica tiende, por tanto, a una identidad de percepción, o sea a la repetición de aquella percepción que se halla enlazada con la satisfacción de la necesidad. Una amarga experiencia de la vida ha debido de modificar esta actividad mental primitiva, convirtiéndola en una actividad mental secundaria más adecuada al fin. El establecimiento de la identidad de percepción, por el breve camino regresivo en el interior del aparato, no tiene en otro lugar la consecuencia que aparece enlazada desde el exterior con la carga de la misma percepción. La satisfacción no se verifica y la necesidad perdura. Para hacer equivalente la carga interior a la exterior tendría que ser conservada ésta constantemente, como sucede en las psicosis alucinatorias y en las fantasías de hambre, fenómenos que agotan su función psíquica en la conservación del objeto deseado.

Para alcanzar un aprovechamiento más adecuado de la energía psíquica será necesario detener la regresión, de manera que no vaya más allá de la huella mnémica y pueda buscar, partiendo de ella, otros caminos que la conduzcan al establecimiento de la identidad deseada en el mundo exterior. Esta coerción y la derivación consiguiente de la excitación constituyen la labor de un segundo sistema, que domina la motilidad voluntaria; esto es, un sistema en cuya función se agrega ahora el empleo de la motilidad para fines antes recordados. Pero toda la complicada actividad mental que se desarrolla desde la huella mnémica hasta la creación de la identidad de percepción por el mundo exterior no representa sino un rodeo que la experiencia ha demostrado necesario para llegar a la realización de deseos. El acto de pensar no es otra cosa que la sustitución del deseo alucinatorio. Resulta, pues, perfectamente lógico que el sueño sea una realización de deseos, dado que sólo un deseo puede incitar al trabajo a nuestro aparato anímico.

Realizando sus deseos por un breve camino regresivo, nos conserva el sueño una muestra del funcionamiento primario del aparato psíquico, funcionamiento abandonado luego por inadecuado fin. Aquello que dominaba en la vigilia, cuando la vida psíquica era aún muy joven y poco trabajadora, aparece ahora confinado en la vida nocturna, del mismo modo que las armas primitivas de la Humanidad, el arco y la flecha, han pasado a ser juguetes de los niños. El soñar es una parte de la vida anímica infantil superada. En las psicosis se imponen de nuevo estos funcionamientos del aparato psíquico, reprimidos durante la vigilia, y muestran su incapacidad para la satisfacción de nuestras necesidades relacionadas con el mundo exterior. Los impulsos optativos inconscientes tienden también a imponerse durante el día, y tanto la transferencia como las psicosis nos muestran que dichos impulsos quisieran llegar a la conciencia y al dominio de la motilidad siguiendo los caminos que atraviesan el sistema de lo preconsciente. En la censura entre Inc. y Prec., censura cuya existencia nos ha sido revelada por el estudio del sueño, tenemos que reconocer, por tanto, la instancia que vela por nuestra salud mental.

Sigmund Freud
“La realización de deseos”
La interpretación de los sueños

Consulta de Psicoanálisis

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SOBRE LA FELICIDAD

"Figures", Vladimir Semenskiy

“Figures”, Vladimir Semenskiy

La felicidad es un ideal muy sobrevalorado. En general, la felicidad no es posible porque los motivos para serlo son muy escasos, en cambio los motivos para ser desdichados, para sufrir, son abrumadoramente infinitos. Pero no sólo es imposible la felicidad por sí misma, sino por nuestra desdichada manera de buscarla. Buscamos la felicidad por el camino de la consecución de bienes y esta es una infausta manera de pretender alcanzarla. En cuanto conseguimos lo que creíamos era el objeto de nuestra felicidad, apesadumbrados nos damos cuenta que la dicha de obtenerlo es breve y a veces contraproducente. Comprendemos con tristeza que no era eso lo que buscábamos y que si era lo que buscábamos no era más que un engaño. Pero nos engañamos no con el objeto, sino con el punto de partida. El problema no es que deseamos algo imposible, sino que nuestro deseo es en sí mismo imposible. La inmortalidad es imposible, la completud es imposible y es una fuente de sufrimiento colosal intentar satisfacer un deseo imposible. Si aceptas que lo que buscabas y que has alcanzado no es suficiente, ni lo es todo, desplazas tu deseo hacia nuevos horizontes, nuevos objetos, significa que la máquina funciona, pues el deseo humano se funda en la insatisfacción, en el no todo. Es una ley muy simple, pero muchos (quizá demasiados), no la aceptan.

La búsqueda exclusiva de la felicidad a través del amor al prójimo es con seguridad una de las fuentes más grandes de dolor a nuestra disposición, pues el prójimo no es para nosotros más que un fantasma que nunca terminará de ajustarse con la realidad. Jamás somos más vulnerables que cuando, enamorados, amamos a alguien. Nuestra finitud orgánica y nuestra insignificancia frente a las grandes calamidades naturales cumplen la cuota restante de sufrimiento.

Otra variante del padecimiento, algo paradójica para nuestra lógica racionalista, es la de aquellos que encuentran la desdicha precisamente alcanzando aquello que tanto habían deseado. Son aquellos sujetos que fracasan al triunfar: deportistas que se lesionan en la cumbre de sus carreras deportivas, escritores de una sola y maravillosa obra, artistas que desaparecen después de actuar en un gran película, es algo que vemos con mucha frecuencia.

Ello nos lleva a pensar que nuestra propia estructura psíquica no es competente para el trabajo que le hemos asignado. En realidad no estamos preparados para la felicidad. En cambio estamos más preparados para el sufrimiento. El sujeto humano no soporta largos periodos de felicidad. Nuestro paradigma de goce y felicidad, el orgasmo, apenas dura unos segundos. A veces, aunque no siempre, pero si muchas veces, no soportamos que nos vaya bien y atentamos contra nuestros mejores y más legítimos deseos. Sin darnos cuenta, minamos el camino que debemos recorrer con obstáculos que nos sorprendería ver en la manera de proceder de nuestros semejantes.

Por otro lado, despreciamos auténticas fuentes de satisfacción y de felicidad perdurables, como son el trabajo físico e intelectual. El privilegio que nuestra sociedad da a los bienes sobre la realización de una tarea es, en muchos casos, una extensión de nuestra disposición ideológica. La mayoría de nuestras formas de diversión parecen hechas para la perpetuación de nuestra condición de lactantes: recibimos siempre, pero muy pocas veces nos invitan a participar activamente. Es por eso que algunos grandes pensadores han preferido decir “No fui feliz, porque la felicidad es argucia del sistema” (M. O. Menassa).

Ruy Henríquez
Psicoanalista

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EL DESEO DE ESTUDIAR SE CONSIGUE ESTUDIANDO

Dibujo original de Miguel Oscar Menassa

Dibujo original de Miguel Oscar Menassa

La palabra estudio y todas las que se derivan de ella (estudiante, estudiar, etc.), tienen como raíz etimológica la palabra latina studium que significa “interesante”.

Resulta sorprendente escuchar, sin embargo, que tanto los profesores como los estudiantes, consideren nuchas veces que hay asignaturas, o temas dentro de una asignatura, más o menos interesantes. Si partimos de la idea de que lo que estudiamos (o lo que enseñamos, pues enseñar es una modalidad del estudio) tiene que ser interesante, nos encontraremos con que algunos campos del saber y del conocimiento nos estarán vedados.

Cuando pensamos que algo es interesante por sí mismo, lo que realmente estamos pensando es que hay cosas que nos interesan y cosas que no nos interesan. El interés, en este sentido, no difiere de nuestros gustos. Entonces, lo que realmente estaremos diciendo será: “Esto me gusta, esto no me gusta”.

Pero si esta es nuestra manera de pensar el estudio, muy pocas cosas podremos estudiar. El gusto, como muchos otros de nuestros hábitos, es una construcción ideológica que la familia, la sociedad y el Estado llevan a cabo en cada uno de nosotros a través de la educación. Una ideología que nos acompaña y que determina en gran medida nuestra forma de vivir, pero que al tratarse de algo ideológico, sólo nos permite lo conocido y lo familiar. Esto significa que no podré conocer otras cosas que no sean ni conocidas ni familiares, por alejarse de mis gustos.

Ahora bien, pensando que hay cosas interesantes per se, atribuimos a las cosas una esencia o un espíritu capaz de capturar nuestro interés. Esta forma de pensar, es previa al pensamiento moderno, al que dio origen la Revolución Copernicana.

El psicoanálisis, la última y más importante de las revoluciones copernicanas producidas en el pensamiento humano, viene a decir que no hay nada interesante per se, que todo lo interesante lo es si previamente lo he rodeado con mi libido, es decir, con mi interés.

Esta formulación es de una gran importancia, si tenemos en cuenta que el sujeto psíquico lo hace todo con su libido. No sólo lo que estudiamos, sino todas nuestras relaciones con la realidad, con las personas y con el pensamiento, son expresión de lo que podemos hacer con nuestra libido.

El movimiento que hace la libido podría describirse como un movimiento envoltorio que parte del sujeto, enlaza al objeto y retorna al sujeto. Este movimiento es lo que hace que algo tenga o no tenga interés para mí. En este sentido, la libido no tiene objeto, sino que se desplaza constantemente sobre los objetos, construyéndolos como objetos de interés o, por el contrario, abandonándolos a la indiferencia.

Por ello, si estudiamos poco, amamos poco, trabajamos poco… significa que nuestra libido está detenida en algún lugar del circuito que habitualmente realizamos para relacionarnos con el mundo: o bien en un único objeto o bien en nosotros mismos. Si se trata de un objeto, la elección es con seguridad incestuosa. Si la libido está detenida en mí mismo, el narcisismo es su mejor descripción. El sujeto, en esta situación, no encuentra ningún tema más interesante que sus propios pensamientos.

Sea como sea, el sujeto sufre cuando se produce esta rigidez libidinal y muchas veces para salir de ella recurre a la enfermedad.

Desde esta perspectiva, el estudio no sería otra cosa que la tarea de aplicar nuestro interés, es decir, nuestra libido, a los distintos objetos de estudio. No habría, por tanto, asignaturas ni temas más interesantes que otros. Lo que habría sería el trabajo de enlazar aquello que debemos estudiar con nuestro interés libidinal.

Debido a que la libido enlaza mejor con aquellos caminos conocidos, es decir, con aquello que se hace significante, la repetición de una tarea, de un acto producirá la ligazón necesaria para llevar a cabo dicha tarea. Así por ejemplo, repitiendo el acto de leer, estudiar o investigar conseguiremos que leer, estudiar e investigar se hagan interesantes por sí mismos, independientemente del objeto al que se apliquen.

El deseo, como todo lo humano, es producto de un trabajo. Si mi deseo es estudiar, tengo que saber que dicho deseo no es previo a la tarea, sino que es un efecto de la tarea de estudiar. Es el ejercicio del estudio lo que hace que estudiar se haga interesante.

Ruy Henríquez
Psicoanalista

Publicado en Revista Extensión Universitaria Nº 128

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Deseamos deseos, no objetos

Vincent van Gogh. Almond Blossom, 1890

Vincent van Gogh. Almond Blossom, 1890

Generalmente se cree que nuestro deseo, para satisfacerse, busca objetos, metas, propósitos. Sin embargo, siempre que alcanzamos algo, lo hacemos para descubrir que nuestro deseo no se satisface con nada. Siempre que conseguimos algo que deseábamos, una cuota de tristeza empaña nuestro logro, revelándonos que no era eso o que no lo era del todo; que hay que seguir buscando; que hay que seguir trabajando. El deseo parece desear algo más que objetos de satisfacción.

Desde el psicoanálisis se dice que sólo nos hacemos humanos si hay uno que, previamente humanizado, nos permite humanizarnos. La entrada del sujeto en el lenguaje, el paso que supone renunciar a esa relación privilegiada con la madre, implica que la madre desee algo más que al pequeño cachorro humano. Para que el niño a su vez se convierta en sujeto deseante, la madre tiene que desear a otro objeto diferente del niño, es decir, al padre, al mundo. Si no desea algo más que al niño que tiembla en sus brazos, el niño no se hará sujeto del lenguaje, esto es, no se hará deseante. La ley es la causa del deseo. La ley del lenguaje es la causa del deseo inconsciente.

Que el psicoanálisis se ocupa del paso que el cachorro animal debe dar hacia la humanidad, significa que se ocupa del sujeto deseante, del sujeto del lenguaje, en tanto que la humanización no es otra cosa que su ingreso en el lenguaje, en el orden simbólico, del Otro.

Por eso, podemos decir que sólo nos hacemos sujetos deseantes si hay uno que previamente desea y me permite desear. No deseamos objetos, porque nuestro ingreso en el orden simbólico implica que se desean deseos, en tanto que la manera en que se constituye mi deseo es a través del deseo de otro.

Así como no podemos confundir la palabra con la cosa que nombra, ni los productos del inconsciente con lo inconsciente, tampoco podemos confundir el deseo con sus objetos. El deseo no se reduce a sus objetos, sino que se articula en una historia de deseos: por su estructura de lenguaje, un significante representa a un sujeto para otro significante.

Un profesor, uno que enseña o que pretende enseñar, no transmite sólo conocimientos, sino que transmite principalmente deseo. Para transmitir algún conocimiento, primero debe transmitir deseo. Sin deseo, los conocimientos adquiridos se diluyen en el caudal incesante de lo que no llega a hacerse significante. Sólo aquello que se hace significante para el sujeto, perdura en él constituyéndolo. Una vez que el sujeto ingresa en el deseo, puede adquirir cualquier conocimiento.

En “La pregunta por la cosa” Heidegger dice que “el verdadero maestro se diferencia del alumno únicamente porque puede aprender mejor, y porque quiere aprender con más propiedad. En todo enseñar quien más aprende es el que enseña”, es decir, que el maestro es aquel que tiene puesto su deseo de antemano en la tarea que se propone.

Cuando el alumno simplemente adopta aquello que el profesor le ofrece como conocimiento, no aprende. Si el estudiante no pone en juego su deseo, si el educador no le ha transmitido el deseo de tomar por sí mismo lo que estudia, no puede aprender. Enseñar, añade Heidegger, “no es otra cosa que dejar aprender a los otros, es decir, inducirse mutuamente a aprender. Aprender es más difícil que enseñar; pues sólo quien verdaderamente puede aprender -y sólo mientras puede- es el que verdaderamente puede enseñar.”

Ruy Henríquez
Psicoanalista

Extensión Universitaria Nº 123 (Abril 2011)

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¿Dónde está el psicoanálisis?

Northern Lights, 1916 by Tom Thomson

Northern Lights, 1916 by Tom Thomson

La histeria nos enseña que una de las formas que el deseo humano toma es como deseo de otra cosa, como deseo de insatisfacción. El deseo del sujeto es el deseo del Otro, el deseo de la histérica es el deseo del Otro, pero en ella el deseo del Otro es deseo de deseo de otra cosa.

Este fantasma que soporta el deseo de la histérica, da la posición histérica: «Te pido que rechaces lo que te ofrezco, porque no deseo lo que te pido sino que deseo que rechaces lo que te pido». La seducción histérica tiene una sola meta: fracasar, quedar como desecho, en tanto ella siempre es el resto en la operación del deseo. Todo lo que su deseo toca va a ser el lugar de transformación de deseo de otra cosa. «Este verano hay algo que voy a perder y no sé qué es» quiere decir «Este verano voy a perder algo y todavía no he decidido qué va a ser». Su necesidad estructural, lo que su posición en el lenguaje impone es «sentirse perdida de algo», porque cuando ella abandona algo, es para sentirse abandonada. Por no poner palabras a lo que piensas te termina pasando lo que piensas. No hay en el ser humano nada que sea inexplicable, nada que pueda ser considerado absurdo o confuso, incluso delirante, si lo ponemos en relación al pensamiento en el que está viviendo el sujeto. Según a qué pensamiento estés sujeto, así vives. Que Freud nos haya enseñado los mecanismos de producción de sueños, cómo funciona la máquina de soñar, como paradigma del funcionamiento del aparato psíquico, nos lleva al pensamiento de que nunca dejamos de soñar, es decir que el aparato psíquico como máquina, funciona igual cuando estamos despiertos que cuando estamos dormidos, siempre es fantasmática, siempre es según la estructura del fantasma, según la posición en esa estructuración significante. No son lo mismo los mecanismos que los cálculos. El psicoanálisis ha transformado el «yo pienso» en «yo deseo», la diferencia está entre desear un goce teniendo en cuenta sólo el placer de alcanzarlo, o desear un goce mediante el rodeo que me impone el principio de realidad, es decir algo puramente narcisista, es decir inmerso en un estado de agresividad, o algo donde está incluido el pacto, la realidad significante, el goce de lo imposible. Podríamos decir que el pensamiento es un campo de trabajo, está fuera de mí, mientras que en el sujeto el pensar es un gozar. El obsesivo muestra que en el sujeto el pensamiento está erotizado, es un «yo gozo». El análisis de una histeria consiste en dejar que se despliegue su deseo como deseo insatisfecho. Pasar la histeria por la gramática del psicoanálisis dará otra cosa. El deseo de estudiar no quedará transformado en deseo de otra cosa, y la permanencia en el desear la permitirá otro tipo de goce, producirá un cambio en su manera de relacionarse con la realidad, y por tanto otra realidad. El deseo sexual no se apagará en el mismo momento que se enciende, siendo ese su deseo. Cortadora impenitente, su inconsciente está estructurado como deseo de apagar todo aquello que se encienda, todo aquello que destaque. Amante de la castración imaginaria, está anudada bajo la teoría sexual infantil de la castración, donde una niña es un niño castrado, donde toda presencia remite a la ausencia. Un mundo de atribuciones, de supuestos, en la dialéctica de la igualdad-desigualdad, donde la verdadera ausencia es el juicio de discernimiento, donde la diferencia introduce el juicio de existencia, en tanto la existencia se juega entre existe y no-existe, entre existo y no-existo. Otra cosa es la duda obsesiva sostenida en la interrogación ¿existo o no existo? Sólo se puede pensar con palabras, y pensar tampoco hay que confundirlo con concluir, el mundo del pensamiento es un mundo de producción de interrogantes, a trabajar, y no un mundo de respuestas, a recopilar. El efecto de la asociación libre sobre el sujeto es que transforma su posición en el lenguaje, es decir su manera de gozar de la palabra, y la palabra hace a la cosa, según las palabras que diga, según los pactos que haga con la palabra, así será mi realidad. Sin palabra no puedo gozar ni con los objetos útiles, mucho menos del objeto sexual y el que goza es el sujeto, es decir, no es que goce del objeto sexual sino que hay un goce que se alcanza en esa no-relación, en ese separar la palabra de la cosa, es decir el objeto sexual del partenaire. Hay una relación con el objeto sexual que determina la manera de encontrarse con el partenaire. Y no hay asociación libre sin dejar suelta la palabra, porque no se trata de un asociacionismo filosófico, es decir asociación de ideas, ni se trata de una asociación experimental, es decir con respuesta establecida y valorada, no se trata de reflexionar, opinar, intelectualizar, o cualquier otro tipo de previsión, sino que es algo que consiste en abandonar el sentido crítico, abandonar todo criterio, y todo afán de ser. Una manera de asociar libremente que sólo se produce en condiciones analíticas. Lo que ocurre cuando alguien comienza un análisis es algo que tampoco está previsto, y sólo se sabrá cuando se produzca. No hay posibilidad de que un otro me diga lo que va a ser el psicoanálisis para mí, y cuando me habla de un supuesto saber es un sujeto que habla desde lo que desearía que fuera su análisis.

La asociación libre que Freud propone, bajo transferencia y con destino: la interpretación —es una forma de memoria, y no una memoria para recordar historias de ayer, sea un ayer infantil o del día de ayer, sino para saber que hay significantes, y que ellos juegan antes que yo sea jugador, porque si no no hay juego.

El psicoanálisis produce un deslizamiento significante respecto a la manera de pensar anterior, en tanto piensa que el lenguaje es anterior a todas las dimensiones del sujeto, la dominancia del significante sobre el sujeto está en todas partes. Por eso que no se trata de saber qué significan las palabras sino de qué lugar ocupan en la articulación significante. No se trata de saber qué es el goce, sino dónde está el goce, cuáles sus condiciones, no qué es la angustia sino dónde está la angustia, en relación a qué significantes, no qué soy sino en qué articulación significante estoy, en qué pacto estoy, a qué juego estoy jugando.

Hay una determinación simbólica antes de cualquier comprobación del azar, es decir que una vez constituida la cadena simbólica, ya no puede salir cualquier cosa.

Me va bien o me va mal, es estoy a bien con mis pactos o estoy a mal con mis pactos. Si no ha habido traición no hay culpa, si no he cedido en las palabras no cedo en las cosas.

Si no cedo en el deseo que me fundamenta, no tengo necesidad de sentir que mi vida es un sacrificio, «si yo cedo todos mis deseos, ¿por qué se me exige más?».

A cada ser humano, definidos como hablantes, se le exige ser «lo que es»: un ser humano, un ser humano que no necesita de atributos para ser humano, sino que los atributos son consecuencia de serlo. Y eso no depende de las cosas en sí, sino de la cadena simbólica que nos pone en relación.

¿Cada uno juega a un juego que no sabe cuál es y hay que averiguarlo o se trata de aprender a jugar a nuevos juegos?

Cada uno goza, aún cuando sufre, pero cuando Freud nos dice que no somos instintivos sino pulsionales, abre nuevas dimensiones del goce, nuevas articulaciones significantes en las que jugarse. Jugar es jugarse y somos gozantes por hablantes.

Amelia Díez Cuesta

Psicoanalista del Grupo Cero

Extensión Universitaria Nº 35

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El deseo de estudiar se consigue estudiando

La palabra estudio y todas las que se derivan de ella (estudiante, estudiar, etc.), tienen como raíz etimológica la palabra latina studium que significa “interesante”.

Resulta sorprendente escuchar, sin embargo, que tanto los profesores como los estudiantes, consideren nuchas veces que hay asignaturas, o temas dentro de una asignatura, más o menos interesantes. Si partimos de la idea de que lo que estudiamos (o lo que enseñamos, pues enseñar es una modalidad del estudio) tiene que ser interesante, nos encontraremos con que algunos campos del saber y del conocimiento nos estarán vedados.

Cuando pensamos que algo es interesante por sí mismo, lo que realmente estamos pensando es que hay cosas que nos interesan y cosas que no nos interesan. El interés, en este sentido, no difiere de nuestros gustos. Entonces, lo que realmente estaremos diciendo será: “Esto me gusta, esto no me gusta”.

Pero si esta es nuestra manera de pensar el estudio, muy pocas cosas podremos estudiar. El gusto, como muchos otros de nuestros hábitos, es una construcción ideológica que la familia, la sociedad y el Estado llevan a cabo en cada uno de nosotros a través de la educación. Una ideología que nos acompaña y que determina en gran medida nuestra forma de vivir, pero que al tratarse de algo ideológico, sólo nos permite lo conocido y lo familiar. Esto significa que no podré conocer otras cosas que no sean ni conocidas ni familiares, por alejarse de mis gustos.

Ahora bien, pensando que hay cosas interesantes per se, atribuimos a las cosas una esencia o un espíritu capaz de capturar nuestro interés. Esta forma de pensar, es previa al pensamiento moderno al que dio origen la Revolución Copernicana.

El psicoanálisis, la última y más importante de las revoluciones copernicanas producidas en el pensamiento humano, viene a decir que no hay nada interesante per se, que todo lo interesante lo es si previamente lo he rodeado con mi libido, es decir, con mi interés.

Esta formulación es de una gran importancia, si tenemos en cuenta que el sujeto psíquico lo hace todo con su libido. No sólo lo que estudiamos, sino todas nuestras relaciones con la realidad, con las personas y con el pensamiento, son expresión de lo que podemos hacer con nuestra libido.

El movimiento que hace la libido podría describirse como un movimiento envoltorio que parte del sujeto, enlaza al objeto y retorna al sujeto. Este movimiento es lo que hace que algo tenga o no tenga interés para mí. En este sentido, la libido no tiene objeto, sino que se desplaza constantemente sobre los objetos, construyéndolos como objetos de interés o, por el contrario, abandonándolos a la indiferencia.

Por ello, si estudiamos poco, amamos poco, trabajamos poco… significa que nuestra libido está detenida en algún lugar del circuito que habitualmente realizamos para relacionarnos con el mundo: o bien en un único objeto o bien en nosotros mismos. Si se trata de un objeto, la elección es con seguridad incestuosa. Si la libido está detenida en mí mismo, el narcisismo es su mejor descripción. El sujeto, en esta situación, no encuentra ningún tema más interesante que sus propios pensamientos.

Sea como sea, el sujeto sufre cuando se produce esta rigidez libidinal y muchas veces para salir de ella recurre a la enfermedad.

Desde esta perspectiva, el estudio no sería otra cosa que la tarea de aplicar nuestro interés, es decir, nuestra libido, a los distintos objetos de estudio. No habría, por tanto, asignaturas ni temas más interesantes que otros. Lo que habría sería el trabajo de enlazar aquello que debemos estudiar con nuestro interés libidinal.

Debido a que la libido enlaza mejor con aquellos caminos conocidos, es decir, con aquello que se hace significante, la repetición de una tarea, de un acto producirá la ligazón necesaria para llevar a cabo dicha tarea. Así por ejemplo, repitiendo el acto de leer, estudiar o investigar conseguiremos que leer, estudiar e investigar se hagan interesantes por sí mismos, independientemente del objeto al que se apliquen.

El deseo, como todo lo humano, es producto de un trabajo. Si mi deseo es estudiar, tengo que saber que dicho deseo no es previo a la tarea, sino que es un efecto de la tarea de estudiar. Es el ejercicio del estudio lo que hace que estudiar se haga interesante.

 

Ruy Henríquez

Psicoanalista

www.ruyhenriquez.com

 

 

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