LA MADUREZ NO ES LA MUERTE

Georgia O’Keeffe: Music Pink and Blue II

LA MADUREZ NO ES LA MUERTE

Patrón endurecido por el silencio y por la ausencia,

estrechas mis muñecas de presa y corres mas allá del mar

a depositar las máscaras de mi piel que cubrieron mis paso por las

extranjerías.

Mundos por los que navegué volcaron su aliento en mi garganta

y me dieron ese sabor de mujer feliz mezcla de arcilla y ola.

Como si fuesen sombras de una llama,

se bañan entre miel y vino púrpura las impaciencias

que veo circular frente a mi rostro ovalado,

apetecible como una fruta henchida por el brillo repetido del alba,

que urgido se pervierte mirando desde abajo

para escuchar en el ruido de las ruedas

como se revientan los globos de la ruta secreta de la muerte.

Ya te husmeé desde aquel día en que los embriones dejaban su

bolsa placentaria

y te derribé sin ofenderte en medio de mi placer de víctima

triunfante.

Por ahora aquí estoy, tengo una complicidad estrecha con mi

espíritu

viendo como se queman las naves del regreso,

más viva que el olor del agua en el reverso de la oleada

y el verde liquen que viste la desnudez de la roca submarina.

Pon la memoria en fuga, tranquilízate,

no vengas ahora apresuradamente a tomar el timón que tu trono

taciturno

ha quedado replegado entre la muchedumbre que soy

y mi cuerpo, manchado por mil lunas,

es una carne regia que oculta la cifra de mi nacimiento

entre números estelares que ascienden cada noche por oriente.

De nada sirve la luz de una lámpara en pleno mediodía.

Amarillo dulzor, la plena madurez, recorriendo las velas de mis alas

migratorias.

Surco tu negro mar, admiro tu potencia, pero escucha el ruido de la

horda, parece una colmena de futuro,

todos los extraviados en busca de la verdad divina,

una arrogancia intemporal me invade, escúchame decir: mi casta es

de vivientes.

NORMA MENASSA

Escuela de Poesía Grupo Cero

Taller Sábados 18h. Madrid

Coordinador: Miguel Oscar Menassa

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ES INFINITA ESTA RIQUEZA ABANDONADA

Distorción de Andre Kertesz - 1933

Distorción de Andre Kertesz - 1933

Esta mano no es la mano ni la piel de tu alegría
al fondo de las calles encuentras siempre otro cielo
tras el cielo hay siempre otra hierba playas distintas
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
nunca supongas que la espuma del alba se ha extinguido
después del rostro hay otro rostro
tras la marcha de tu amante hay otra marcha
tras el canto un nuevo roce se prolonga
y las madrugadas esconden abecedarios inauditos islas
remotas
siempre será así
algunas veces tu sueño cree haberlo dicho todo
pero otro sueño se levanta y no es el mismo
entonces tú vuelves a las manos al corazón de todos
de cualquiera
no eres el mismo no son los mismos
otros saben la palabra tú la ignoras
otros saben olvidar los hechos innecesarios
y levantan su pulgar han olvidado
tú has de volver no importa tu fracaso
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada
y cada gesto cada forma de amor o de reproche
entre las últimas risas el dolor y los comienzos
encontrará el agrio viento y las estrellas vencidas
una máscara de abedul presagia la visión
has querido ver
en el fondo del día lo has conseguido algunas veces
el río llega a los dioses
sube murmullos lejanos a la claridad del sol
amenazas
resplandor en frío

no esperas nada
sino la ruta del sol y de la pena
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada.

Edgar Bayley

Las 2001 Noches Nº 131

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CUMPLIR 50 AÑOS

“Soy un hombre,
nací hace 50.000 años
y tengo derecho a la palabra.”
Miguel Oscar Menassa

Cumplir 50 años tampoco es mucho
si uno pretende vivir más de una vida.
Los inmortales que sufren la labor del tiempo
en los desconocidos aledaños de su cuerpo,
ven a cada paso caer los esqueletos blanqueados
de sus sueños,
sin poder reconocer que algo de su letra,
algo de su mano impone su rúbrica
a sus propios huesos.

50 es una bonita cifra para comenzar de cero,
como si una juventud inesperada te permitiera
gozar de aquello que tu antigua adolescencia te negaba.
De repente, sin saber muy bien cómo,
te ves dueño de una renovada fuerza,
no tanto para subir a un árbol,
como para hundirte en sus raíces y saborear
la sabia fresca que trepa por sus brazos.
Cantar en sus ramas cómo la lluvia
lava su robusto cuerpo,
cómo remueve a sus pies la tierra,
cómo se alza desafiante y ciego
sin saber que en él habita un hombre postrero.

Porque ¿qué sabe uno de sí mismo
si aún no ha dicho la próxima palabra?

Cumplir 50 años será entonces
como escribir en un cuaderno nuevo:
“Yo soy el que vendrá,
el que se está escribiendo entre temblores,
el que hará del horizonte su pasado.
Rasgadura final, haré de tu herida una boca,
unos labios atrapados en un verso.”

 

Ruy Henríquez

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Deseamos deseos, no objetos

Vincent van Gogh. Almond Blossom, 1890

Vincent van Gogh. Almond Blossom, 1890

Generalmente se cree que nuestro deseo, para satisfacerse, busca objetos, metas, propósitos. Sin embargo, siempre que alcanzamos algo, lo hacemos para descubrir que nuestro deseo no se satisface con nada. Siempre que conseguimos algo que deseábamos, una cuota de tristeza empaña nuestro logro, revelándonos que no era eso o que no lo era del todo; que hay que seguir buscando; que hay que seguir trabajando. El deseo parece desear algo más que objetos de satisfacción.

Desde el psicoanálisis se dice que sólo nos hacemos humanos si hay uno que, previamente humanizado, nos permite humanizarnos. La entrada del sujeto en el lenguaje, el paso que supone renunciar a esa relación privilegiada con la madre, implica que la madre desee algo más que al pequeño cachorro humano. Para que el niño a su vez se convierta en sujeto deseante, la madre tiene que desear a otro objeto diferente del niño, es decir, al padre, al mundo. Si no desea algo más que al niño que tiembla en sus brazos, el niño no se hará sujeto del lenguaje, esto es, no se hará deseante. La ley es la causa del deseo. La ley del lenguaje es la causa del deseo inconsciente.

Que el psicoanálisis se ocupa del paso que el cachorro animal debe dar hacia la humanidad, significa que se ocupa del sujeto deseante, del sujeto del lenguaje, en tanto que la humanización no es otra cosa que su ingreso en el lenguaje, en el orden simbólico, del Otro.

Por eso, podemos decir que sólo nos hacemos sujetos deseantes si hay uno que previamente desea y me permite desear. No deseamos objetos, porque nuestro ingreso en el orden simbólico implica que se desean deseos, en tanto que la manera en que se constituye mi deseo es a través del deseo de otro.

Así como no podemos confundir la palabra con la cosa que nombra, ni los productos del inconsciente con lo inconsciente, tampoco podemos confundir el deseo con sus objetos. El deseo no se reduce a sus objetos, sino que se articula en una historia de deseos: por su estructura de lenguaje, un significante representa a un sujeto para otro significante.

Un profesor, uno que enseña o que pretende enseñar, no transmite sólo conocimientos, sino que transmite principalmente deseo. Para transmitir algún conocimiento, primero debe transmitir deseo. Sin deseo, los conocimientos adquiridos se diluyen en el caudal incesante de lo que no llega a hacerse significante. Sólo aquello que se hace significante para el sujeto, perdura en él constituyéndolo. Una vez que el sujeto ingresa en el deseo, puede adquirir cualquier conocimiento.

En “La pregunta por la cosa” Heidegger dice que “el verdadero maestro se diferencia del alumno únicamente porque puede aprender mejor, y porque quiere aprender con más propiedad. En todo enseñar quien más aprende es el que enseña”, es decir, que el maestro es aquel que tiene puesto su deseo de antemano en la tarea que se propone.

Cuando el alumno simplemente adopta aquello que el profesor le ofrece como conocimiento, no aprende. Si el estudiante no pone en juego su deseo, si el educador no le ha transmitido el deseo de tomar por sí mismo lo que estudia, no puede aprender. Enseñar, añade Heidegger, “no es otra cosa que dejar aprender a los otros, es decir, inducirse mutuamente a aprender. Aprender es más difícil que enseñar; pues sólo quien verdaderamente puede aprender -y sólo mientras puede- es el que verdaderamente puede enseñar.”

Ruy Henríquez
Psicoanalista

Extensión Universitaria Nº 123 (Abril 2011)

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¿Dónde está el psicoanálisis?

Northern Lights, 1916 by Tom Thomson

Northern Lights, 1916 by Tom Thomson

La histeria nos enseña que una de las formas que el deseo humano toma es como deseo de otra cosa, como deseo de insatisfacción. El deseo del sujeto es el deseo del Otro, el deseo de la histérica es el deseo del Otro, pero en ella el deseo del Otro es deseo de deseo de otra cosa.

Este fantasma que soporta el deseo de la histérica, da la posición histérica: «Te pido que rechaces lo que te ofrezco, porque no deseo lo que te pido sino que deseo que rechaces lo que te pido». La seducción histérica tiene una sola meta: fracasar, quedar como desecho, en tanto ella siempre es el resto en la operación del deseo. Todo lo que su deseo toca va a ser el lugar de transformación de deseo de otra cosa. «Este verano hay algo que voy a perder y no sé qué es» quiere decir «Este verano voy a perder algo y todavía no he decidido qué va a ser». Su necesidad estructural, lo que su posición en el lenguaje impone es «sentirse perdida de algo», porque cuando ella abandona algo, es para sentirse abandonada. Por no poner palabras a lo que piensas te termina pasando lo que piensas. No hay en el ser humano nada que sea inexplicable, nada que pueda ser considerado absurdo o confuso, incluso delirante, si lo ponemos en relación al pensamiento en el que está viviendo el sujeto. Según a qué pensamiento estés sujeto, así vives. Que Freud nos haya enseñado los mecanismos de producción de sueños, cómo funciona la máquina de soñar, como paradigma del funcionamiento del aparato psíquico, nos lleva al pensamiento de que nunca dejamos de soñar, es decir que el aparato psíquico como máquina, funciona igual cuando estamos despiertos que cuando estamos dormidos, siempre es fantasmática, siempre es según la estructura del fantasma, según la posición en esa estructuración significante. No son lo mismo los mecanismos que los cálculos. El psicoanálisis ha transformado el «yo pienso» en «yo deseo», la diferencia está entre desear un goce teniendo en cuenta sólo el placer de alcanzarlo, o desear un goce mediante el rodeo que me impone el principio de realidad, es decir algo puramente narcisista, es decir inmerso en un estado de agresividad, o algo donde está incluido el pacto, la realidad significante, el goce de lo imposible. Podríamos decir que el pensamiento es un campo de trabajo, está fuera de mí, mientras que en el sujeto el pensar es un gozar. El obsesivo muestra que en el sujeto el pensamiento está erotizado, es un «yo gozo». El análisis de una histeria consiste en dejar que se despliegue su deseo como deseo insatisfecho. Pasar la histeria por la gramática del psicoanálisis dará otra cosa. El deseo de estudiar no quedará transformado en deseo de otra cosa, y la permanencia en el desear la permitirá otro tipo de goce, producirá un cambio en su manera de relacionarse con la realidad, y por tanto otra realidad. El deseo sexual no se apagará en el mismo momento que se enciende, siendo ese su deseo. Cortadora impenitente, su inconsciente está estructurado como deseo de apagar todo aquello que se encienda, todo aquello que destaque. Amante de la castración imaginaria, está anudada bajo la teoría sexual infantil de la castración, donde una niña es un niño castrado, donde toda presencia remite a la ausencia. Un mundo de atribuciones, de supuestos, en la dialéctica de la igualdad-desigualdad, donde la verdadera ausencia es el juicio de discernimiento, donde la diferencia introduce el juicio de existencia, en tanto la existencia se juega entre existe y no-existe, entre existo y no-existo. Otra cosa es la duda obsesiva sostenida en la interrogación ¿existo o no existo? Sólo se puede pensar con palabras, y pensar tampoco hay que confundirlo con concluir, el mundo del pensamiento es un mundo de producción de interrogantes, a trabajar, y no un mundo de respuestas, a recopilar. El efecto de la asociación libre sobre el sujeto es que transforma su posición en el lenguaje, es decir su manera de gozar de la palabra, y la palabra hace a la cosa, según las palabras que diga, según los pactos que haga con la palabra, así será mi realidad. Sin palabra no puedo gozar ni con los objetos útiles, mucho menos del objeto sexual y el que goza es el sujeto, es decir, no es que goce del objeto sexual sino que hay un goce que se alcanza en esa no-relación, en ese separar la palabra de la cosa, es decir el objeto sexual del partenaire. Hay una relación con el objeto sexual que determina la manera de encontrarse con el partenaire. Y no hay asociación libre sin dejar suelta la palabra, porque no se trata de un asociacionismo filosófico, es decir asociación de ideas, ni se trata de una asociación experimental, es decir con respuesta establecida y valorada, no se trata de reflexionar, opinar, intelectualizar, o cualquier otro tipo de previsión, sino que es algo que consiste en abandonar el sentido crítico, abandonar todo criterio, y todo afán de ser. Una manera de asociar libremente que sólo se produce en condiciones analíticas. Lo que ocurre cuando alguien comienza un análisis es algo que tampoco está previsto, y sólo se sabrá cuando se produzca. No hay posibilidad de que un otro me diga lo que va a ser el psicoanálisis para mí, y cuando me habla de un supuesto saber es un sujeto que habla desde lo que desearía que fuera su análisis.

La asociación libre que Freud propone, bajo transferencia y con destino: la interpretación —es una forma de memoria, y no una memoria para recordar historias de ayer, sea un ayer infantil o del día de ayer, sino para saber que hay significantes, y que ellos juegan antes que yo sea jugador, porque si no no hay juego.

El psicoanálisis produce un deslizamiento significante respecto a la manera de pensar anterior, en tanto piensa que el lenguaje es anterior a todas las dimensiones del sujeto, la dominancia del significante sobre el sujeto está en todas partes. Por eso que no se trata de saber qué significan las palabras sino de qué lugar ocupan en la articulación significante. No se trata de saber qué es el goce, sino dónde está el goce, cuáles sus condiciones, no qué es la angustia sino dónde está la angustia, en relación a qué significantes, no qué soy sino en qué articulación significante estoy, en qué pacto estoy, a qué juego estoy jugando.

Hay una determinación simbólica antes de cualquier comprobación del azar, es decir que una vez constituida la cadena simbólica, ya no puede salir cualquier cosa.

Me va bien o me va mal, es estoy a bien con mis pactos o estoy a mal con mis pactos. Si no ha habido traición no hay culpa, si no he cedido en las palabras no cedo en las cosas.

Si no cedo en el deseo que me fundamenta, no tengo necesidad de sentir que mi vida es un sacrificio, «si yo cedo todos mis deseos, ¿por qué se me exige más?».

A cada ser humano, definidos como hablantes, se le exige ser «lo que es»: un ser humano, un ser humano que no necesita de atributos para ser humano, sino que los atributos son consecuencia de serlo. Y eso no depende de las cosas en sí, sino de la cadena simbólica que nos pone en relación.

¿Cada uno juega a un juego que no sabe cuál es y hay que averiguarlo o se trata de aprender a jugar a nuevos juegos?

Cada uno goza, aún cuando sufre, pero cuando Freud nos dice que no somos instintivos sino pulsionales, abre nuevas dimensiones del goce, nuevas articulaciones significantes en las que jugarse. Jugar es jugarse y somos gozantes por hablantes.

Amelia Díez Cuesta

Psicoanalista del Grupo Cero

Extensión Universitaria Nº 35

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