LA ABREVIACIÓN DE LA CURA ANALÍTICA

Miguel Oscar Menassa, "Recordando a Piazzola". Óleo sobre lienzo, 2012

Miguel Oscar Menassa, “Recordando a Piazzola”. Óleo sobre lienzo, 2012

La abreviación de la cura analítica continúa siendo una aspiración perfectamente justificada, a cuyo cumplimiento se tiende, según veremos, por diversos caminos. Desgraciadamente, se opone a ella un factor muy importante: la lentitud con que se cumplan las modificaciones anímicas algo profundas. Cuando situamos a los enfermos ante la dificultad que supone el largo tiempo necesario para el análisis, suele encontrar y proponernos una determinada solución. Dividen sus padecimientos en dos grupos, principal y secundario, incluyendo en el primero aquellos que les parecen más intolerables, y nos dicen: «Si logra usted librarme de tal o cual síntoma (por ejemplo, del dolor de cabeza o de una angustia determinada), ya veré yo de arreglármelas con los demás.» Pero al pensar así estiman muy por alto el poder electivo del análisis. El médico analista puede, desde luego, alcanzar resultados positivos muy importantes, pero lo que no puede es determinar precisamente cuáles. Inicia un proceso, la resolución de las represiones existentes, y puede vigilarlo, propulsarlo, desembarazar de obstáculos la trayectoria, o también, en el peor caso, perturbarlo. Pero en general el proceso sigue, una vez iniciado, su propio camino, sin dejarse marcar una dirección ni mucho menos la sucesión de los puntos que ha de ir atacando. De este modo, con el poder del analista sobre los fenómenos patológicos sucede aproximadamente lo mismo que con la potencia viril. El hombre más potente puede, desde luego, engendrar un ser completo, pero no hace surgir solamente en el organismo femenino una cabeza, un brazo o una pierna, ni siquiera determinar el sexo de la criatura. No hace tampoco más que iniciar un proceso extraordinariamente complicado y determinado por sucesos antiquísimos, proceso que termina con el parto. También la neurosis de un individuo posee los caracteres de un organismo, y sus fenómenos parciales no son independientes entre sí, sino que se condicionan y se apoyan unos a otros. No se padece nunca más que una sola neurosis y no varias que hayan venido a coincidir casualmente en el mismo individuo. Un enfermo al que, siguiendo sus deseos, hubiéramos libertado de un síntoma intolerable, podría experimentar a poco la dolorosa sorpresa de ver intensificarse, a su vez, hasta lo intolerable, otro síntoma distinto, benigno hasta entonces. Todo aquel que quiera hacer lo más independiente posible de sus condiciones sugestivas (esto es, de sus condiciones de transferencia) el éxito terapéutico, obrará cuerdamente renunciando también a los indicios de influencia electiva de que el médico dispone. Para el psicoanalista, los pacientes más gratos habrán de ser aquellos que acuden a él en busca de la más completa salud posible y ponen a su disposición todo el tiempo que le sea preciso para conseguir su restablecimiento. Naturalmente, sólo pocos casos nos ofrecen condiciones tan favorables.

Sigmund Freud
La iniciación del tratamiento, 1913

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VIVIR, NO ES, ESO QUE USTED TANTO DEFIENDE

"Los mares del sur" de Ruy Henríquez. Tablilla entelada, 41x27. Octubre de 2014

“Los mares del sur” de Ruy Henríquez. Tablilla entelada, 41×27. Octubre de 2014

Vivir,
no es,
eso que usted tanto defiende.
Eso,
que usted argumenta con tanta pasión,
que no se lo permiten,
eso,
eso es morir.
Vivir,
es siempre,
una pasión contra uno mismo.
Un levantarse todas las mañanas;
terco,
empecinado,
voluptuoso,
contra el día anterior.
Contra mi propia manera de ser,
contra mi famosa personalidad,
mis ritos.

Vivir,
os digo,
una flor que se abre,
cada mañana;
diferente.
Cada mañana
un movimiento nuevo para el amor,
cada mañana
una circulación diferente.

Miguel Oscar Menassa
“La vida”, Psicoanálisis del amor

 

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EXISTO PORQUE SOY HABLADO

“Existo porque soy hablado, pareciera indicar que el sujeto no puede, por su condición de ser humano, sostenerse a sí mismo. Porque lo que en él anida como verdad, es palabra de otro humano, por el simple hecho de que cuando me habla, otro habla en él del mismo drama.

Precoz para vivir, carente para ser humano, el pequeño niño debe entregar su vida para no morir y, en esa dependencia, crece cuando le dejan crecer y se hominiza en una marcha forzada en donde, si no pierde su vida definitivamente, queda, en el mejor de los casos, marcado para siempre, que por humano será siempre incompleto o, lo que es lo mismo, no será humano sin otro que, humanizado previamente, le hable.”

Miguel Oscar Menassa, “Poética del exilio”

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CONSULTA DE PSICOANÁLISIS. MADRID Y MAJADAHONDA

Ruy Henríquez, psicoanalista

 

Para pedir cita: 618596582 – 913945374 (mañanas)

Mail: ruyhenriquez@hotmail.com

http://www.ruyhenriquez.com

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EN UNA SOCIEDAD JUSTA EL TRABAJO ES UN DON

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Thomas Hart Benton

TRABAJAR ES UN PLACER

 

Yo viví siempre en el campo durante el buen tiempo, de junio a octubre, y venía a él como a una fiesta. Era un muchacho, y los campesinos me llevaban con ellos a la cosecha, a las tareas más ligeras, amontonar heno, coger mazorcas, vendimiar. No a segar trigo, por culpa del sol demasiado fuerte; y mirar la aradura de octubre me aburría porque, como todos los chicos, prefería, también en el juego y la fiesta, las cosas que rinden, las cosechas, las cestas llenas, y solamente un campesino ve en los surcos recién abiertos el trigo del año que viene. Los días que no había cosecha, me los pasaba deambulando por la casa o por las tierras, completamente solo, y buscaba fruta o jugaba con otros muchachos a pescar en el Belbo; se sacaba un provecho de ello y me parecía una gran cosa regresar a casa con aquella miseria, un pececito que luego se comía el gato. En todo lo que hacía me daba importancia, y pagaba así mi parte de trabajo al prójimo, a la casa, y a mí mismo.

Porque creía saber qué era el trabajo. Veía trabajar por todas partes, de aquel modo tranquilo e intermitente que me agradaba –algunos días, de la madrugada a la noche sin ir a comer siquiera, y sudados, descamisados, contentos–, otras veces, los mismos se iban de paseo al pueblo con el sombrero, o se sentaban en la viga a charlar, y comíamos, reíamos y bebíamos. Por las carreteras encontraba a un capataz que iba bajo el sol a una feria, a ver y hablar, y disfrutaba pensando que también eso era trabajo, que aquella vida era mucho mejor que la prisión ciudadana donde, cuando yo dormía aún, una sirena recogía a empleados y obreros, todos los días, todos, y no los soltaba hasta la noche.

En aquel tiempo estaba convencido de que era diferente salir de mañana antes de que fuera de día a un campo delante de las colinas pisando hierba mojada, y cruzar a la carrera aceras gastadas, sin siquiera tiempo para echarle un vistazo a la franja de cielo que asoma sobre las casas. Era un crío, y puede ser también que no entendiese la ciudad, donde cosechas y cestas llenas no se hacen; y, desde luego, si me hubieran preguntado, habría respondido que era mejor, y más útil, irse a pescar o a recoger moras que fundir el hierro en hornos o escribir a máquina cartas y cuentas.

Pero en casa oía a los míos hablar y enfurecerse, e insultar precisamente a aquellos obreros de la ciudad como trabajadores, como gente que con el pretexto de que trabajaba no acababa nunca de pedir y de incordiar y de causar desórdenes. Cuando un día se supo que en la ciudad también los empleados habían pedido algo e incordiado, hubo un gran alboroto. Nadie en casa entendía qué tenían que compartir o ganar los empleados –¡los empleados! – al juntarse con los trabajadores. “¿Es posible? ¿Contra quienes les dan de comer?” “¡Rebajarse así! “Están locos o vendidos.” “Ignorantes.”

El muchacho escuchaba y callaba. Trabajo para él quería decir el alba estival y el solazo, el canasto al cuello, el sudor que corre, la azada que rompe. Comprendía que en la ciudad se quejaran y no quisieran saber nada –había visto aquellas fábricas tremendas y aquellas oficinas sofocantes– de estar allí dentro de la mañana a la noche. No comprendía que eso fuese un trabajo. Trabajar es un placer, decía para sí.

–Trabajar es un placer– dije un día al capataz, que me llenaba el cesto de uvas para llevárselas a mamá.

–Ojalá fuese cierto –contestó–, pero hay quien no tiene ganas.

Aquel capataz era un tipo serio, que la mayoría del tiempo se estaba callado y sabía todos los trucos de la vida del campo. Mandaba también en mí a veces, pero en broma. Tenía tierras propias, una alquería pasado el Belbo, y tenía quinteros.

Esos quinteros venían el domingo a traer verdura o a echar una mano si el trabajo apretaba. Él estaba siempre en todas partes y trabajaba en nuestra casa, trabajaba en lo suyo, recorría las ferias. Cuando venían los quinteros y él no estaba, se quedaban charlando con nosotros. Eran dos, el viejo y el joven, y reían.

–Trabajar es un placer –le dije también a ellos, aquel año que los míos se enfurecían porque en la ciudad había desórdenes.

–¿Quién lo dice? –respondieron–. Quien no hace nada, como tú.

–Lo dice el capataz.

Entonces rieron más fuerte.

–Se comprende –me dijeron–, ¿has oído alguna vez al párroco decir que esté mal ir a la iglesia?

Comprendí que la conversación se volvía de las que se tenían en casa aquel año.

–Puede que no os guste trabajar –dije–, pero sí recoger los frutos.

El joven dejó de reír.

–Están los amos –dijo despacio–, que comparten los frutos sin haber trabajado.

Lo miré, con la cara roja.

–Haced una huelga –dije– si no estáis contentos. En Turín la hacen.

Entonces el joven miró a su padre, me guiñaron el ojo y volvieron a reír.

–Primero tenemos que vendimiar –contestó el viejo–, luego veremos.

Pero el joven negó con la cabeza y reía.

–Papá nunca hará nada –dijo bajito.

En efecto, no hicieron nada, y en mi casa se siguió armando follón sobre los desórdenes de empleados y obreros a quienes había estropeado la vida fácil de los años de guerra. Yo escuchaba y callaba, y pensaba en las huelgas como en una fiesta que permitía a los obreros ir de paseo. Pero una idea –al principio no fue sino una sospecha– se me había metido en la sangre: trabajar no era un placer ni siquiera en el campo y esta vez sabía que la necesidad de ver la cosecha y llevársela a casa era lo que impedía a los labriegos hacer algo.

Césare Pavese

1946

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LA MUJER, DE LA POSICIÓN DE OBJETO A LA POSICIÓN DE SUJETO

Knife and Tomato, Richard Diebenkorn

Knife and Tomato, Richard Diebenkorn
“Desde el psicoanálisis sabemos que es más fácil abandonar a los padres que abandonar los modelos ideológicos por ellos impartidos, y también sabemos que estamos más cerca de lo inanimado que de lo animal, que somos más mortales que ancestrales.”

SER VIEJO COMO SER RICO, LE DIJE

 

Ser viejo como ser rico, le dije,
es una propuesta de la mente.
Y ella contenta me preguntó:
¿Acaso no habremos de morir
si escribimos y hablamos?

También ha de morir el hombre
que al escribir rompe los bordes del abismo
y algo habrá de enfermar el hombre que, al hablar,
pretenda entregarse a las palabras, ser de la voz
pero enfermar y morir para ese hombre
serán, también, sólo palabras.

Después estaba todo el día con hombres y mujeres
pero no eran amantes, eran misterios,
dramas insondables dominados por el odio,
la envidia, el menosprecio o, bien, el desamor.
Están cerca de mí pero dar el próximo paso
los sume en el delirio del amor, los agota.

Y después están los hombres las mujeres
que no necesitan de mí ni el pan ni la caricia
están ahí sólo para entorpecer los caminos
del poema, del pensamiento, la distancia
y en esas cosas del amor prefieren no saber
que el polvo aquél no era un regalo a nadie,
el polvo al que se vio obligado era su deseo.

¿Y tú qué opinas? le dije por decir, y
ella me dijo toda la verdad:
Cuando estoy supuestamente enamorada,
él piensa enseguida que le pertenezco
y cuando estoy como cansada por la vida,
por el mundo absurdo que nos hacen vivir
él enseguida piensa que yo no le amo.
Y, después, es todavía más ridículo:
cuando yo le sonrío, olvidada del mundo,
él enseguida cree que me ha ganado en algo.

No es que sea fanfarrón, es un ignorante,
nada sabe de mí, ni del tiempo, ni de la mujer.
Cuando lo abandone llorará como un niño,
pedirá perdón, querrá lavar los platos
pero ya será tarde, el mundo no perdona.
Entonces, pobre hombre, será mujer y niño
al mismo tiempo que hombre y nadie lo amará.
Como hombre nadie lo amará
porque su hombre ha renunciado a serlo.
Y tal cual una mujer nadie la amará
por no diferenciar lo grande de lo bueno
y como niño, el pobre, hará cosas de niño
pero será un hombre que sufrirá por serlo.
Inadecuado el canto. Débil la voz.

Lo que amamos es sólo una oscuridad.
HÖLDERLIN

Anímate al dolor que significa ponerle a la carne unas palabras.
Palabras como aceros, palabras como brasas,
altos hornos comiéndose la vida.
Palabras verdaderas, para la carne, palabras como carne.
M.O.MENASSA

La vejez, la libertad, la felicidad, el futuro, no están esperándonos en ningún lugar, sino que hay que hacerlos; no son del orden del ser o del tener sino que son del orden de la producción, de producir su lugar, su función de escrito.

La libertad no se tiene o se deja de tener sino que sólo se es ser humano en libertad.

Nacemos esclavos, sin discurso, sin posición, y tendremos que pagar un rescate para poder vivir en libertad, nacemos deudores de una deuda impagable, de una deuda simbólica que nos constituye como humanos.

Tenemos que pagar por nuestra libertad y paradójicamente tenemos que arreglárnoslas con nuestra condición de deudores.

Somos y estamos estructurados como lenguaje y todo lo hacemos con la estructura del lenguaje, por eso que somos función de escrito y en función de la palabra.

En este poema como en cada uno de los 47 que articulan este libro se muestra la problemática humana pasada por los significantes del psicoanálisis.

Poema que termina en un verso que dice: “Inadecuado el canto. Débil la voz”, donde el canto es del lenguaje y la voz del sujeto, donde se muestra que la posición en el lenguaje marca al sujeto, se trate de la posición en el campo de las ciencias, de las artes, o bien en la historia del amor.

Su voz va a depender de cómo se hace sujeto del lenguaje, y así este poema comienza con una interpretación: “Ser viejo como ser rico, le dije/ es una propuesta de la mente”, va a depender de su posición psíquica. El lenguaje es la condición del inconsciente, por eso decimos que el inconsciente se produce, va a depender de las relaciones, de los compromisos, donde hasta la creación comienza en un compromiso.

Pero para ella, poesía o mujer, no es suficiente, ella quiere romper la insoportable belleza de lo humano, esa belleza que surge por su condición de perecedero, de futuro cadáver.

“Y ella contenta me preguntó:/¿Acaso no habremos de morir/ si escribimos y hablamos?”

Él, el psicoanálisis dice que somos tiempo y tenemos que ser equivalentes, es decir semejantes y diferentes y, ella, la poesía, la escritura, dice que el ser humano es tiempo y tiempo es una escritura y por ella somos hablantes.

Cuando él le habla de ser viejo y rico, ella habla de no morir y también dice de escribir y hablar, como si la escritura fuera lo viejo y el habla fuera la riqueza.

Podríamos decir que él y ella son como un hombre y una mujer, pues sabemos que somos hablantes porque somos habitantes del lenguaje y también sabemos que el lenguaje sólo se encuentra en soportes humanos, sólo en aquellos que cuando nacen en el lenguaje se transforman en seres pulsionales, en cuerpos gozantes, porque la pulsión es un saber que no comporta conocimiento.

Y escribir es romper los bordes del abismo, es ampliar el propio campo del lenguaje, puesto que aunque el lenguaje y el ser que habla son distinguibles, los seres que hablan son los trabajadores del campo del lenguaje, y como Lautreamont escribe “la poesía se hace entre todos”, podemos decir que la escritura se hace entre todos. Cuando el hablante escribiendo y con su pulsión hace nacer una nueva función significante, el lenguaje adquiere una nueva función haciendo que el ser que habla quede transformado en otro.

“También ha de morir el hombre/ que al escribir rompe los bordes del abismo/ y algo ha de enfermar el hombre, que al hablar,/ pretende entregarse a las palabras, ser de la voz,/”

Es entregándose a las palabras que se es de la voz.

La palabra es su riqueza y su enfermedad, y es también por medio de ella que enferma y cura sus enfermedades. Función de la palabra que es función del lenguaje y voz que es función de la pulsión del sujeto viviente.

“pero enfermar y morir para ese hombre/ serán, también, sólo palabras.”

Las cosas son consecuencia de las palabras y muerte y enfermedad tuvieron que ser palabras para poder alcanzar al hombre, pues como habitante del lenguaje sólo por el lenguaje le llega el mundo y llega al mundo.

En estos primeros versos del poema se plantea esta cuestión estructural, después se abre la dimensión del sujeto dividido por hablante y dividido por lo real imposible que causa su deseo, un ser doblemente dividido por la pulsión y por el deseo, condenado a no saber que sabe y a no saber que eso comanda su desear.

Por eso que el poema dice: “Después estaba todo el día con hombres y mujeres/ pero no eran amantes, eran misterios,/ dramas insondables dominados por el odio,/ la envidia , el menosprecio o, bien, el desamor.”

Los seres hablantes, los hombres y las mujeres, no son amantes, no son sólo narcisistas o tendentes a agruparse, son misterios, plenos de contradicciones y en constante paradoja, no se pueden encerrar entre opiniones, no soportan la inalterabilidad de las definiciones.

“Están cerca de mí pero dar el próximo paso / los sume en el delirio del amor, los agota”

Podríamos decir que se habla de la transmisión, de tener mayores, y su consecuencia: tener menores, de producir una anterioridad lógica y también de la manera de no llegar a tomar posición.

“Y después están los hombres y mujeres
que no necesitan de mí ni el pan ni la caricia
están ahí sólo para entorpecer los caminos
del poema, del pensamiento, la distancia
y en esas cosas del amor prefieren no saber
que el polvo aquél no era un regalo a nadie,
el polvo al que se vio obligado era su deseo.”

No es que la realidad sea un regalo sino que la relación con la realidad es un complejo proceso: todo lo que me da lo he puesto previamente y lo que no me da lo he rechazado previamente.

Desde el psicoanálisis sabemos que es más fácil abandonar a los padres que abandonar los modelos ideológicos por ellos impartidos, y también sabemos que estamos más cerca de lo inanimado que de lo animal, que somos más mortales que ancestrales.

Reconocer nuestro deseo como inconsciente es reconocernos como mortales.

Podríamos decir que en este texto se plantea la cuestión de la transmisión y la transmisión es del deseo, por eso que si sólo deseamos deseos es necesario que haya previamente alguien que desee.

Perder la inmortalidad que nunca tuvimos, los delirios del amor y la construcción de la deuda simbólica son lugares inevitables en la formación y también pueden ser lugares de detención.

LA MUJER Y YO, un texto que nos implica y nos hace unas veces testigo, otras cómplice y siempre protagonistas, porque nos habla a nosotros y de nosotros mismos. Podríamos decir que es la historia del psicoanálisis de la mujer y por eso también psicoanálisis del hombre, donde toda cuestión humana es pasada por la escritura y el psicoanálisis, un ser humano siempre impelido a transformarse después de la próxima palabra.

Una mujer compleja, donde masculinidad y feminidad son dos construcciones teóricas de contenido incierto, una complejidad humana donde cada problemática se pliega y se despliega con un sujeto en su centro. Puesto que nada hay sin lenguaje y no hay lenguaje sin sujeto.

Decir que ser viejo como ser rico, es una propuesta de la mente, quiere decir que es algo inevitable, que sólo lo puede evitar una problemática psíquica, una problemática de la complejidad del psiquismo humano.

Ella, que es la mujer, la madre, la muerte, la poesía, dice sobre esta cuestión:

“Cuando estoy supuestamente enamorada
él piensa enseguida que le pertenezco
y cuando estoy como cansada por la vida,
por el mundo absurdo que nos hacen vivir
él enseguida piensa que yo no le amo.
Y, después, es todavía más ridículo:
cuando yo le sonrío, olvidada del mundo,
él enseguida cree que me ha ganado en algo.”

Enunciados que denuncian una concepción de las relaciones, basada en una manera de amar que se produce en un momento de la historia del amor, cuando se produce la creación del objeto femenino, pasando dice Freud de la exaltación de la tendencia a la exaltación del objeto que produjo la sublimación del objeto femenino, la Dama. En la sublimación del objeto femenino, la teoría del amor cortés fue decisiva.

Los poetas inventaron el objeto femenino, un objeto modelado por el ser hablante.

Y con la sobrevalorización del objeto llegó su degradación y también la degradación de la vida amorosa, donde la impotencia psíquica impone una separación del amor y el deseo, y a quien se desea no se ama y a quien se ama no se desea.

Un objeto femenino que nace como objeto deseable, por eso que la mujer que Menassa produce en este libro es una mujer que además de objeto deseable también es sujeto deseante, pasando de objeto inhumano a sujeto evanescente y mortal.

La realidad de la constitución del sujeto sólo es transformable cuando se transforma alguno de los significantes primordiales que le constituyen como tal.

Y este libro es la materialidad de esa transformación y es porque hace que el significante mujer sea efecto del discurso analítico, algo que no se conforma con la leve transformación de la rutina del significado, sino que produce un nuevo lugar para la mujer, la de ser un habitante del lenguaje y siempre entre otros.

Acorralada por los significantes que nos humanizan y por eso libre, pues como Lacan escribe: “el ser del humano no sólo no puede comprenderse sin la locura, sino que no sería el ser del humano si no llevara en sí el límite de su libertad” .

Las relaciones de pareja, después de este libro serán otras, no será necesario hacer del amor, siempre contingente, algo del orden de lo necesario, porque la escritura es la base material para dar un paso en el pensamiento, siendo en la poesía donde podemos encontrar las transformaciones significantes, donde podemos encontrar la verdadera historia.

Nadie como un psicoanalista para hablar de los efectos del psicoanálisis sobre hombre y mujer: el amor. Entre el hombre y la mujer está el amor y esta vez el amor no será eterno, aunque permanezca, y no será meta sino que entre cada uno y el amor hay el mundo.

Más allá de la relación de objeto como idealización también está el sujeto dividido por el objeto que causa su deseo, donde ya no hay relación sexual sino encuentro de dos complejas maneras de gozar, de desear.

Ella además de posicionarse como objeto a, podrá posicionarse como sujeto deseante.

Una verdad tras otra verdad, algo que desencadena la cadena, una cadena rota antes de fortalecerse como cadena, palabra rota, nota fuera del alcance de la imagen, porque sólo si avanzamos en la concepción de la mujer, de la sexualidad después del complejo de castración, sólo ahí, en ese vacío de vacíos se abre una puerta, una nueva cadena significante.

El Psicoanálisis es la ciencia del lenguaje habitado por el sujeto, y el lenguaje sólo se transforma por medio de la escritura, luego sólo si se transforma en la escritura esa transformación será posible para los seres hablantes. Si es posible la escritura es posible transformar un modelo ideológico, y como dice Einstein es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Y prejuicio es todo juicio previo al acto, y del acto sólo sabremos después, sólo sabremos por sus consecuencias.

La revolución de la mujer quiere decir que sólo si cambiamos nuestra concepción de mujer habrá un cambio en la manera de concebir la humanidad. Sólo cuando hayamos cambiado nuestros enunciados habremos cambiado como sujetos de la enunciación.

Un libro que suma a ese objeto inhumano que es la Dama, un sujeto deseante, una mujer gozante, en tanto es porque gozamos que sabemos que somos mortales, situando a la mujer más cerca de lo inanimado, de lo mortal, que de lo animal.

La mujer y el poeta, la mujer y la escritura, como posibilidad de producir transformaciones en la realidad humana.

Psicoanálisis y escritura, como las herramientas necesarias para dar las coordenadas topológicas para comenzar a dar en el pensamiento, nuestros primeros pasos.

A partir de “La mujer y yo” se vislumbra una nueva forma de amor, donde escribir, amar y trabajar, son las condiciones para comenzar a construir una libertad.

Que sea en un poema donde pasa el pensamiento es un mandato social y este poema habla de una mujer y un hombre que nunca alcanzaremos y sin embargo permite que nazca una nueva función significante para el significante mujer que determinará una transformación en las relaciones entre los sujetos.

Ha pasado la interpretación y para Menassa interpretar no es un verso, ni siquiera un acto, es toda una concepción diferente de la humanidad.

Después del poema todo será diferente y eso quiere decir que ha habido función poética.

Saber encarnado, saber escrito y no conocimiento espúreo. El saber es siempre inolvidable, lo que se hizo carne en nosotros nos habita, somos por Ello habitantes del lenguaje.

Es por la poesía, por la función poética, que entramos al reino del lenguaje, por la más inocente de las tareas se entra al más peligroso de los bienes.

Poema que termina con una interpretación para cada uno:

“No es que sea un fanfarrón, es un ignorante, nada sabe de mí, ni del tiempo, ni de la mujer”

Podríamos decir que ella ha sido interpretada, que ella y la mujer no son lo mismo, que el significante mujer es uno de los significantes de la articulación significante constitutiva, y le dice a él que tendrá que pasar por los significantes del psicoanálisis o no habrá verdadera voz para él:

“Cuando lo abandone llorará como un niño,
pedirá perdón, querrá lavar los platos
pero ya será tarde, el mundo no perdona.
Entonces pobre hombre, será mujer y niño
al mismo tiempo que hombre y nadie lo amará.
Como hombre nadie lo amará
por no diferenciar lo grande de lo bueno
y como niño, el pobre, hará cosas de niño
pero será un hombre que sufrirá por serlo.
Inadecuado el canto. Débil la voz.”

Un libro que nos permite ser de la voz.

Un libro que trabaja con la escritura y el tiempo recursivo, con aprés-coup, con retroacción significante, una nueva manera, con la función poética, de pensar el concepto de historia.

Desde que Giambatista Vito siguiendo a Giordano Bruno produjo la teoría cíclica de la historia, la historia como un proceso cíclico que repite eternamente situaciones típicas, con analogía entre los ciclos, repetición de personajes con nombres diferentes, cada ciclo con su dios, dios que comete una vez más el mismo pecado original sobre el que descansa la creación, renaciendo de las cenizas como el ave Fénix, hasta la idea de ruptura como punto de no retorno, punto de transformación desde donde se lee la historia quedando transformada prospectiva y retrospectivamente, quedando transformado el pasado y el futuro porque después de la producción de una función significante nada queda como estaba, es decir que transformará toda la historia: otra será la historia.

Podemos decir que los libros hablan para todos aunque no todos los lean. Leer es poner a hablar al libro y este libro dice del psicoanálisis de la mujer que hay en cada ser humano, por eso que después de este libro seremos otros.

 

Amelia Díez Cuesta. Psicoanalista

Revista de Psicoanálisis Extensión Universitaria Nº 81

“La mujer y yo” de Miguel Oscar Menassa

Editorial Grupo Cero

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Alocución de Federico García Lorca al pueblo de Fuente Vaqueros (Granada) en septiembre de 1931

"Conjunción Astral" de Miguel Oscar Menassa. Óleo sobre lienzo
Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí.

“Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre”, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía.

Esta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos.

Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan.

Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento.

Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: “amor, amor”, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.

Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoievski, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia , alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: “¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!”.

Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón.

Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: “Cultura”.

Cultura porque sólo a través de ella, se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.

Federico García Lorca
Las 2001 Noches Nº 133

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