LA MADUREZ NO ES LA MUERTE

Georgia O’Keeffe: Music Pink and Blue II

LA MADUREZ NO ES LA MUERTE

Patrón endurecido por el silencio y por la ausencia,

estrechas mis muñecas de presa y corres mas allá del mar

a depositar las máscaras de mi piel que cubrieron mis paso por las

extranjerías.

Mundos por los que navegué volcaron su aliento en mi garganta

y me dieron ese sabor de mujer feliz mezcla de arcilla y ola.

Como si fuesen sombras de una llama,

se bañan entre miel y vino púrpura las impaciencias

que veo circular frente a mi rostro ovalado,

apetecible como una fruta henchida por el brillo repetido del alba,

que urgido se pervierte mirando desde abajo

para escuchar en el ruido de las ruedas

como se revientan los globos de la ruta secreta de la muerte.

Ya te husmeé desde aquel día en que los embriones dejaban su

bolsa placentaria

y te derribé sin ofenderte en medio de mi placer de víctima

triunfante.

Por ahora aquí estoy, tengo una complicidad estrecha con mi

espíritu

viendo como se queman las naves del regreso,

más viva que el olor del agua en el reverso de la oleada

y el verde liquen que viste la desnudez de la roca submarina.

Pon la memoria en fuga, tranquilízate,

no vengas ahora apresuradamente a tomar el timón que tu trono

taciturno

ha quedado replegado entre la muchedumbre que soy

y mi cuerpo, manchado por mil lunas,

es una carne regia que oculta la cifra de mi nacimiento

entre números estelares que ascienden cada noche por oriente.

De nada sirve la luz de una lámpara en pleno mediodía.

Amarillo dulzor, la plena madurez, recorriendo las velas de mis alas

migratorias.

Surco tu negro mar, admiro tu potencia, pero escucha el ruido de la

horda, parece una colmena de futuro,

todos los extraviados en busca de la verdad divina,

una arrogancia intemporal me invade, escúchame decir: mi casta es

de vivientes.

NORMA MENASSA

Escuela de Poesía Grupo Cero

Taller Sábados 18h. Madrid

Coordinador: Miguel Oscar Menassa

Anuncios
Estándar

DESPUES DE LA MUERTE

Fishermen at the Sea 1796 by William Turner

Fishermen at the Sea 1796 by William Turner

DESPUÉS DE LA MUERTE

En el refugio de la noche
la vida se desplaza levemente

Tan soberbio
tan espectacular era el poema entre las sombras,
que no me alcanzará para escribirlo,
ni la mañana, ni la noche,
ni el resto de mi vida.

Navego como navegaron los grandes navegantes,
a ciegas,
con el pulso detenido por la emoción de cada instante,
oliendo tierra firme en todas direcciones
y así,
otra vez el mar y el profundo cielo permanentemente.
Vientos perfumados
y peces enloquecidos por el hambre, festejan,
la inminencia de un nuevo fracaso.

Nadie ha de morir en ese olvido,
surgen, fortalecidas,
por el odio de seguir buscando,
imprecaciones y blasfemias.
Capitán del hastío,
siempre buscando tierra firme,
siempre encontrando abiertos mares y perfumes,
cerrados océanos.

Con la soberbia de un hombre encadenado
y libre,
un día terminaré gritando entre tus brazos:
yo maté a Dios, quiero la recompensa
y, seguramente, alguien me dará 30 dineros
y mi locura seguirá avanzando sobre todo.

Viene del sur, dirán, es un desaforado.
Anguila escurridiza y voraz,
eléctrico perfume entre las piedras,
palabra desmedida, es el poeta.

Vengo para que conmigo muera lo último.
Más allá de la nada comienza mi camino.

Un hombre es a otro hombre, su poeta y el Otro.
Olímpico destino y, a la vez,
embalsamada furia detenida.
Contraste primordial entre mi ser y el mundo.

Un hombre es a otro hombre, su mirada y el cielo.
Paloma mensajera y, a la vez,
nostálgico asesino entre las sombras.
Entrecortado canto poblado de silencios.

Un hombre es a otro hombre, la muerte y su milagro.

Intento arrancar la venda de mis ojos,
doy duros golpes en el propio centro del timón,
para desviar el rumbo y no consigo nada.
Fumo cigarros y bebo alcoholes fuertes.
Dibujo entre los ojos de la mujer que amo,
la posibilidad de un nuevo recorrido,
y frente a esa mirada maravillada por mi terror
rompo el sextante y la pequeña brújula marina,
y en el corazón pleno de la niebla
-en el comienzo de este nuevo final-
arrojo como si fueran desperdicios
mis últimos recuerdos al mar
y beso tus labios.

Tierra firme
y nuestro barco se retuerce entre las olas,
movimientos desesperados a punto de naufragar,
son el movimiento de nuestros cuerpos.
Babas y leches
se confunden con el torrente de aguas marítimas
y algas
y brillantes moluscos como perlas,
sacrificados a un dios.

Mar abierto
y nuestro barco encalla
en los afiebrados latidos de tu corazón,
tambor entre los leves murmullos de la selva.
Indómito
-salvaje anidando en la maleza-,
arranco tu sexo de la tierra, violines de la música,
movimientos como puñales clavándose en el cielo.

Antes de comenzar mi nuevo camino,
trato de señalizar el punto de partida.
Arranco desde donde el hombre se debate,
en los brazos sangrantes de la nada.

Yo soy ese hombre,
mordido por la vida humana a traición,
enajenado en el entontecido ritmo del reloj,
enloquecido por el palpitante ruido de las máquinas,
ensombrecido por la lujuria de los dioses asesinos
-hombres solitarios y, también, hombres habitados-,
y, sin embargo, doy mi primer paso.
Pequeño paso,
no emprendo veloz carrera hacia las tinieblas,
porque soy un hombre atemorizado,
que ya no sabe si su próximo paso
será marca o nivel de otros pasos humanos
o el callejón sin salida de su muerte.

En los pasos siguientes me desorienta
ver mi nombre en el nombre de las calles,
indicando la dirección deseada.
Brutal encuentro conmigo mismo y sigo andando,
porque seguir andando hacia otro descubrimiento cada vez,
después de los primeros pasos se hace costumbre.
Y, sin embargo, uno también se dice: aquí me detendré.
Detrás de mí, sólo montañas,
y sembraré esa tierra,
y atraeré con mi canto el agua de la lluvia
para que todo florezca y se reproduzca
y lo femenino sea ley del amor,
manzana delirante sin pecado,
y en ese paraíso viviré, tranquilamente, un tiempo.
Después algún humano habitante de la nada de Dios
intentará colonizarme y tampoco habrá guerra.

Cuando se sequen las flores,
cuando se pudran definitivamente los frutos,
porque ya no hay amor en su cuidado,
daré otro paso más,
pequeño paso conmovido como aquel primer paso,
y así, seguramente, veré distintos horizontes,
y así, seguramente, un día, moriré caminando
y nada pasará,
porque los violentos perfumes de mi cuerpo,
cuando camino, son mis propias palabras
y así, veo mi nombre volando en ese olor alucinado,
más allá de mi muerte,
caminando.

Miguel Oscar Menassa
El amor existe y la libertad

Estándar

VIAJE DE LOS MAGOS

The Adoration of Magi and Nativity

“Buen frío que pasamos con aquello,
exactamente el peor momento del año
para un viaje, y un viaje tan largo:
los caminos ahondados y el tiempo que mordía,
lo peor mismo del invierno.”
Y los camellos irritados, llagados en las patas, recalcitrantes,
tirándose en la nieve que se fundía.
Hubo veces que añorábamos
los palacios de verano en laderas, las terrazas,
y las muchachas sedeñas trayendo sorbetes.
Además, los camelleros maldiciendo y gruñendo
y escapándose, y queriendo sus tragos y mujeres.
Y las hogueras nocturnas apagándose, y la falta de cobijo,
y las ciudades hostiles y los pueblos poco amistosos
y las aldeas sucias y cobrando precios altos:
muy duro que lo pasamos.
Al final preferíamos viajar toda la noche,
durmiendo a trechos,
con las voces que cantaban en nuestros oídos,
diciendo que todo eso era locura.

Entonces, al amanecer bajamos a un valle templado,
húmedo, bajo la línea de las nieves, oliendo a vegetación,
con un arroyo que corría y una aceña golpeando la oscuridad,
y tres árboles en el cielo bajo.
Y un viejo caballo blanco salió al galope por el prado.
Entonces llegamos a una taberna con hojas de vid sobre el dintel,
seis manos en una puerta abierta jugándose a los dados
monedas de plata,
y pies dando patadas a cueros de vino vacíos.
Pero no hubo información, así que seguimos
y llegamos al anochecer, ni un momento antes de tiempo
para encontrar el sitio: fue (podría decirse) satisfactorio.

Todo eso pasó hace tiempo, lo recuerdo.
Y lo volvería a hacer, pero escribid esto,
escribid esto: ¿se nos llevó tan lejos a buscar Nacimiento o Muerte?
Había un Nacimiento, es cierto,
tuvimos pruebas sin duda.
He visto nacimiento y muerte,
pero había creído que eran muy diferentes;
este Nacimiento fue
dura y amarga angustia para nosotros,
como Muerte, nuestra muerte.
Volvimos a nuestros sitios, estos Reinos,
pero ya no más a gusto aquí, en el viejo estado de cosas,
con una gente extraña aferrándose a sus dioses.
Me alegraría de otra muerte.

T. S. Eliot
Poemas de Ariel

Estándar

“Canto a la fuerza sindical” (VII – final) de Germán Pardo García

Franz Kline, Orange Outline. 1955

Franz Kline, Orange Outline. 1955


VII

COMPAÑEROS de lucha: este canto a vuestra fuerza sindical lo concluyo
convocando desde los más sombríos sótanos mineros a la muerte,
porque jamás seréis los constructores obreros de la vida
si ignoráis cómo trabajan los profundos mecanismos de la muerte.
En esas trincheras hondas con deformes figuras talladas en las rocas
por el desgaste persistente de los siglos
hasta esculpir cabezas que de pronto
suplican: “Dadnos rostros humanos, concluidos”.
En esas naves lóbregas donde las invocaciones así comienzan:
“En el nombre del Trabajo partimos estas rocas
y por él nuestra sangre y nuestro espíritu entregamos”,
allá quisiera humildemente prosternarme
con la veracidad de aquellos seres
que pasaron por la tierra desnudos o cubiertos con pieles de leones,
a ofrecer mis tributos integrales
a esta grandeza sindical que canto
no sólo en su evidencia entre los árboles,
los talleres, océanos y minas,
sino en mí porque mi cuerpo de trabajador nocturno
envuelto en una túnica de llamas
y signando con espinas de luceros el papel para escribirle
su sangre de cristal a la Hermosura,
ese cuerpo también está nutriéndose
de vetas, yacimientos y de minas;
de peces que emocionan con sus branquias
los morados silencios de que vivo;
de hormigas que me traen los acentos
sonámbulos caídos en la arena;
de cóndores idólatras que atizan
en mis sienes la claridad que necesito;
de caballos dementes que me dan el creador estrépito;
de confederaciones celulares, cual vosotros,
y alianzas con los óxidos de la sal, y servidumbres
de mi alma escorando hacia el olvido.

Germán Pardo García
Las 2001 Noches nº 46

Estándar

“Nuestra actitud ante la muerte” de Sigmund Freud (final)

Willard Metcalf, On the Suffolk Coast. 1885

Willard Metcalf, On the Suffolk Coast. 1885

En resumen: nuestro inconsciente es tan inaccesible a la idea de la muerte propia, tan sanguinario contra los extraños y tan ambivalente en cuanto a las personas queridas, como lo fue el hombre primordial. ¡Pero cuánto nos hemos alejado de este estado primitivo en nuestra actitud cultural y convencional ante la muerte! No es difícil determinar la actuación de la guerra sobre esta dicotomía. Nos despoja de las superposiciones posteriores de la civilización y deja de nuevo al descubierto al hombre primitivo que en nosotros alienta. Nos obliga de nuevo a ser héroes que no pueden creer en su propia muerte; presenta a los extraños como enemigos a los que debemos dar o desear la muerte, y nos aconseja sobreponernos a la muerte de las personas queridas. Pero acabar con la guerra es imposible; mientras las condiciones de existencia de los pueblos sean tan distintas, y tan violentas las repulsiones entre ellos, tendrá que haber guerras. Y entonces surge la interrogación. ¿No deberemos acaso ser nosotros los que cedamos y nos adaptemos a ella? ¿No habremos de confesar que con nuestra actitud civilizada ante la muerte nos hemos elevado una vez más muy por encima de nuestra condición y deberemos, por tanto, renunciar a la mentira y declarar la verdad? ¿No sería mejor dar a la muerte, en la realidad y en nuestros pensamientos, el lugar que le corresponde y dejar volver a la superficie nuestra actitud inconsciente ante la muerte, que hasta ahora hemos reprimido tan cuidadosamente?

Esto no parece constituir un progreso, sino más bien, en algunos aspectos, una regresión; pero ofrece la ventaja de tener más en cuenta la verdad y hacer de nuevo más soportable la vida. Soportar la vida es, y será siempre, el deber primero de todos los vivientes. La ilusión pierde todo valor cuando nos lo estorba. Recordamos la antigua sentencia si vis pacem, para bellum. Si quieres conservar la paz, prepárate para la guerra. Sería de actualidad modificarlo así: si vis vitam, para morten. Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.

Sigmund Freud

Estándar

“Nuestra actitud ante la muerte” de Sigmund Freud (VI)

Thomas Eakins, Home Scene. 1870

Thomas Eakins, Home Scene. 1870

Así, pues, también nosotros mismos juzgados por nuestros impulsos instintivos, somos, como los hombres primitivos, una horda de asesinos. Por fortuna tales deseos no poseen la fuerza que los hombres de los tiempos primitivos les atribuían aún, de otro modo la Humanidad, los hombres más excelsos y sabios y las mujeres más amorosas y bellas juntos al resto habría perecido hace ya mucho tiempo, víctima de las maldiciones recíprocas. Estas tesis que el psicoanálisis formula atrae sobre ella la incredulidad de los profanos, que la rechazan como una simple calumnia insostenible ante los asertos de la conciencia, y se las arreglan hábilmente para dejar pasar inadvertidos los pequeños indicios con los que también lo inconsciente suele delatarse a la conciencia. No estará, por tanto, fuera de lugar hacer constar que muchos pensadores, en cuyas opiniones no pudo haber influido el psicoanálisis, han denunciado claramente la disposición de nuestros pensamientos secretos a suprimir cuanto supone un obstáculo en nuestro camino, con un absoluto desprecio a la prohibición de matar. Un solo ejemplo, que se ha hecho famoso bastará: En Le pére Goriot alude Balzac a un pasaje de Juan Jacobo Rousseau, en el cual se pregunta al lector qué haría si, con sólo un acto de su voluntad, sin abandonar París ni, desde luego, ser descubierto, pudiera hacer morir en Pekín a un viejo mandarín, cuya muerte habría de aportarle grandes ventajas. Y deja adivinar que no considera nada segura la vida del anciano dignatario. La frase tuer son mandarin ha llegado a ser proverbial como designación de tal disposición secreta, latente aún en los hombres de hoy.

Hay también toda una serie de anécdotas e historietas cínicas que testimonian en igual sentido. Así, la del marido que dice a su mujer: «Cuando uno de nosotros muera, yo me iré a vivir a París.» Estos chistes cínicos no serían posibles si no tuvieran que comunicar una verdad negada y que no nos es lícito reconocer como tal cuando es expuesta en serio y sin velos. Sabido es que en broma se puede decir todo, hasta la verdad. Como al hombre primitivo, también a nuestro inconsciente se le presenta un caso en el que las dos actitudes opuestas ante la muerte, chocan y entran en conflicto, la que la reconoce como aniquilamiento de la vida y la que la niega como irreal. Y este caso es el mismo que en la época primitiva: la muerte o el peligro de muerte de una persona amada, el padre o la madre, el esposo o la esposa, un hermano, un hijo o un amigo querido. Estas personas son para nosotros, por un lado, un patrimonio íntimo, partes de nuestro propio yo; pero también son, por otro lado, parcialmente, extraños o incluso enemigos. Todos nuestros cariños, hasta los más íntimos y tiernos, entrañan, salvo en contadísimas situaciones, un adarme de hostilidad que puede estimular al deseo inconsciente de muerte.

Pero de esta ambivalencia no nacen ya, como en tiempos remotos, el animismo y la ética, sino la neurosis, la cual nos permite también adentrarnos muy hondamente en la vida psíquica normal. Los médicos que practicamos el tratamiento psicoanalítico nos hemos, así, enfrentado muy frecuentemente con el síntoma de una preocupación exacerbada por el bien de los familiares del sujeto, o con autorreproches totalmente infundados, consecutivos a la muerte de una persona amada. El estudio de estos casos no nos ha dejado lugar a dudas en cuanto a la difusión y la importancia de los deseos inconscientes de muerte. Al profano le horroriza la posibilidad de tales sentimientos, y da a esta repugnancia el valor de un motivo legítimo para acoger con incredulidad las afirmaciones del psicoanálisis. A mi juicio, sin fundamento alguno. Nuestra tesis no apunta a rebajar la vida afectiva ni tiene, en modo alguno, consecuencia tal. Tanto nuestra inteligencia como nuestro sentimiento se resisten, desde luego, a acoplar de esta suerte el amor y el odio; pero la Naturaleza, laborando con este par de elementos antitéticos, logra conservar siempre despierto y lozano el amor para asegurarlo contra el odio, al acecho siempre detrás de él. Puede decirse que las más bellas floraciones de nuestra vida amorosa las debemos a la reacción contra los impulsos hostiles que percibimos en nuestro fuero interno.

Sigmund Freud

Estándar

Curso de introducción a la lectura poética: “Poesía una manera de vivir”

Vincent van Gogh, Mulberry Tree. 1889

Vincent van Gogh, Mulberry Tree. 1889

LA VIDA Y LA MUERTE

¿De qué trata este tema? “La vida y la muerte en la poesía”: ¿Vamos a buscar y a leer poemas que hablen de la vida? ¿Poemas que hablen de la muerte? ¿Qué es la vida para la poesía? ¿Qué es la muerte para la poesía? Vida y muerte parece un tema inabarcable, porque todo aquello que no hable o se refiera a la muerte, es la vida; y todo aquello que no se refiera a la vida, es por fuerza la muerte. Ni más ni menos. Pero para la poesía, ante todo, ‘vida’ y ‘muerte’ son dos palabras: dos palabras que, como las demás, pueden combinarse infinitamente con otras palabras.

Ahora bien, ¿qué dice la poesía acerca de este tema? Tomemos los versos de un gran poeta, a ver qué nos dice:

ARTE POETICA

Poesía, lo sé, mientras te escribo,
dejo de vivir.

Entrego, mansamente, mis ilusiones,
mis pobres pecados proletarios,
mis vicios burgueses y, aún,
antes de penetrar tu cuerpo,
–tapiz enamorado–
abandono mi forma de vivir,
miserias,
locuras,
hondas pasiones negras,
mi manera de ser.

Vacío de mis cosas,
abanderado de la nada,
transparente de tanta soledad,
invisible y abierto,
permeable a los misterios de su voz,
intento,
rasgo sonoro sobre la piel del mundo
la piel de la muerte
la piel de todas las cosas.

Poesía, sobre tu piel, rasgos sonoros,
esquirlas apasionadas,
imborrables astillas de mi nombre.

Miguel Oscar Menassa

Parece que el poeta se refiere aquí a lo que, en la primera lección sobre la escritura, se nos dijo acerca de que para escribir, el poeta se distancia de sí mismo, se olvida de su vida y de lo que es, para ponerse, para situarse en la función de poeta, es decir, para escribir. Pero también dice algo más.

En realidad en este verso: “Poesía, lo sé, mientras te escribo, / dejo de vivir”, hay toda una teoría de la poesía y de la escritura.

El poeta dice que mientras escribe deja de vivir. Habíamos dicho que todo lo que no es la muerte, es la vida. ¿Podríamos decir, entonces, que cuando escribe el poeta, es decir, el hombre que es, muere? ¿Pero entonces qué es la muerte? Porque morir, no muere, sólo se hace a un lado, se aparta, ¿o es que muere en realidad? Vamos a intentar averiguarlo.

La escritura poética de algún modo viene a interrumpir, a pautar la vida del poeta. Hay como una suspensión de la vida que el sujeto viene viviendo. La muerte, entonces, sería ese lapso, ese tiempo en el que el sujeto que escribe deja de vivir para escribir, para que en su lugar viva otro: el poeta.

Algo en él debe morir, para que se produzca la escritura. Cuando escribe, el sujeto interrumpe sus ideas, sus sentimientos, todas las sobredeterminaciones que hacen que piense y sienta de una manera determinada y conocida.

Esta suspensión, esta interrupción de lo conocido y habitual en él, es lo que le permite alcanzar registros que no podría alcanzar de otra manera. Algo del sujeto muere en la tarea de escribir. Pero también se puede decir que el resultado de esa tarea, su producto, es la vida del poeta. El poeta mata al hombre que es, para poder vivir.

Vemos pues que, para la poesía, como para nosotros también, la muerte y la vida están firmemente entrelazadas, de modo que para entender una debemos necesariamente entender la otra, pues en su diálogo, en el diálogo que mantienen entre sí las palabras, se construye la vida de los hombres, nuestra propia vida:

CANTO A LA FUERZA SINDICAL

I

Compañeros de lucha: este canto a vuestra fuerza sindical lo principio
convocando desde lo más rojo intenso de mi sangre a la muerte,
porque jamás seréis los constructores obreros de la vida
si ignoráis cómo trabajan los profundos mecanismos de la muerte.

Así comienzo este canto a vuestra fuerza sindical: desde abajo,
cual si enterrase los oscuros cimientos de una casa,
para inducirla después con lentitud hacia la altura de hermosos cuerpos
cargados como todas las densas formas, de potencias eléctricas.

Otros hombres más universales dirían este canto
con el nombre del sol como insignia en sus bocas, del sol inagotable
que satura intensamente gusanos cosmogónicos
y enardece la rebelión de las panteras.

Mas yo, inmerso y brutal conocedor de sombras demoníacas,
afiánzome al hosco polvo con tenacidad de nervios
y lanzo este himno como ardiente flor de pólvora
que desde el piso asciende al vértigo de tempestades térmicas.

Germán Pardo García

La muerte está presente en la poesía sin necesidad siquiera de nombrarla, porque ella es todo lo que viene a puntuar, a suspender, a poner límites en la vida del hombre. No sólo en la vida del poeta, también en la vida del hombre.

Cuando aprendemos a interrumpir, cuando aprendemos a separarnos de lo que tanto amamos y nos da goce, cuando aprendemos a decir “ahora no, más tarde”, estamos aprendiendo sin saberlo, las claves de la muerte, las claves de aquello, que sin saber cómo, nos permitirá vivir.

Este saber está presente en todo momento en la poesía. Porque ella, la poesía, sabe que el hombre, por principio, no puede acceder a las cosas directamente, no puede acceder a su deseo sino es a través de un rodeo, de una postergación, de un trabajo.

Pero la poesía tiene una cualidad. Esta cualidad nos permite a todos gozar de aquello que cotidianamente, es decir, en nuestra vida corriente, no podemos gozar en libertad. Walt Whitman lo expresa claramente cuando dice: “Me celebro y me canto, / Y aquello de lo que yo me apropio habrás de apropiarte, / Porque todos los átomos que me pertenecen también te pertenecen.” (Canto de mí mismo)

El poeta alcanza cotas de libertad, en el ejercicio de la escritura, inalcanzables para el hombre corriente. Esta libertad que el poeta alcanza es una conquista para la humanidad, permitiendo gozar al hombre, en adelante, con aquello con lo que no podía gozar.

La poesía lleva a cabo esta conquista por su particular uso del lenguaje, por su manera precisa de crearlo. Ella combina las palabras de una manera no permitida para el hombre, en su vida cotidiana. Este ejercicio de libertad que la escritura le permite, rompe las cadenas a las que el sujeto se halla sometido.

¿Esto qué significa? Significa que hay cosas, situaciones, palabras o frases que no podemos decir o expresar, que no podemos alcanzar, por nosotros mismos, de manera inmediata o directa. El hombre tiene una dificultad esencial, una dificultad que, podríamos decir, lo hace hombre. Esa dificultad consiste en que no puede decir nunca realmente lo que piensa.

Lo veíamos también en la clase anterior, cuando hablábamos de la seducción y del erotismo. Se dijo que el erotismo transformaba la sexualidad del hombre, que lo desviaba del propósito unidireccional de la procreación, convirtiendo su destino animal en sexualidad humana. Vimos que no hay forma de que el sujeto tenga una relación armónica con su pareja. Pues bien, lo mismo sucede cuando intenta recordar algo o describir una situación vivida. Nada de lo que diga corresponderá exactamente con lo que realmente vivió. Así como no tiene una relación armónica con su pareja, tampoco tiene una relación exacta y armoniosa con la realidad.

En este mismo sentido, podríamos decir que cuando alguien dice crudamente lo que piensa o lo que fantasea, en relación con aquello que social o moralmente no le está permitido, o simplemente con respecto a lo que le pasa en su vida, normalmente despierta rechazo o desagrado, o bien es recibido con indiferencia y frialdad.

En cambio, cuando el poeta habla de sus más íntimos deseos, jamás habla de modo directo, sino que lo hace dando un rodeo. Un rodeo que podríamos llamar estético y que, gracias a su técnica artística, convierte en algo placentero aquello que dice, para quien lo escucha. El poeta en lugar de decir “mi mujer me abandonó y estoy triste porque me puso los cuernos”, dice: “El cielo llora sobre la ciudad.”

Cuando el poeta habla de esas cosas íntimas suyas, de su vida, jamás lo hace de modo directo, sino utilizando la poesía para expresarlo. Seduciéndonos con su arte, poco a poco nos acerca a aquello que, en otros contextos, nos podría resultar chocante o censurable. Por eso es que se dice que la poesía nos permite, en adelante, gozar con aquello con lo que normalmente no podemos gozar.

La poesía, ya lo habéis oído, no son versitos, lírica floral y superflua, bonitas palabras, sino un instrumento de conocimiento, sutil y complejo que, si nos entregamos a él, si aceptamos la libertad que nos ofrece, nos habrá de permitir otra manera de vivir. Recuerden que el título de este curso, de introducción a una lectura poética, es el de “Poesía: una manera de vivir”.

Por todos estos mismos motivos, se puede añadir también que la poesía des-realiza la realidad de los sujetos, es decir, le quita realidad a esas ideas, a esas fantasías que nosotros creemos, a veces, que es nuestra propia vida. La poesía des-realiza aquello que pensamos, rompiendo, fragmentando, haciendo grietas en nuestra realidad, creando nuevas formas de concebir la realidad.

La poesía transforma nuestras concepciones del amor, de la mujer, del trabajo, de la vida, esto es, cambia nuestra forma de pensar, incluso si no nos enteramos. Hay formas del amor y de la vida del hombre que ya han muerto en los libros, y que nosotros sin saberlo, a veces, seguimos cultivando.

Ahora bien, ¿Qué es la muerte sino la suma de todas las transformaciones de la vida de un hombre? Así lo expresa bellamente García Lorca:

MUERTE

¡Qué esfuerzo!
¡Qué esfuerzo del caballo por ser perro!
¡Qué esfuerzo del perro por ser golondrina!
¡Qué esfuerzo de la golondrina por ser abeja!
¡Qué esfuerzo de la abeja por ser caballo!
Y el caballo
¡qué flecha aguda exprime de la rosa!,
¡qué rosa gris levanta de su belfo!
Y la rosa,
¡qué rebaño de luces y alaridos
ata en el vivo azúcar de su tronco!
Y el azúcar
¡qué puñalitos sueña en su vigilia!
Y los puñales diminutos,
¡qué luna sin establos, qué desnudos,
piel eterna y rubor, andan buscando!
Y yo, por los aleros
¡qué serafín de llamas busco y soy!
Pero el arco de yeso,
¡qué grande, qué invisible, qué diminuto!
sin esfuerzo.

Federico García Lorca

Con todo, es imposible tener una representación de la muerte, porque es algo de lo que no tenemos experiencia. Nadie vuelve de ella, nadie regresa para contarlo. La labor estética, la sublimación, va unida a la imposibilidad de representarnos la muerte.

La muerte en sí misma no tiene representación o, más bien, tiene infinitas representaciones. La muerte en la poesía tiene mil rostros, como dice el poeta. Quizá, por esta razón, hay algo en ella que nos resulta familiar, y al mismo tiempo extraño. Siniestra como la novedad que trae siempre bajo el brazo, la poesía nos toca siempre con las alas de la muerte, mostrando en nuestro propio rostro un perfil desconocido.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos –
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra vana,
un brillo acallado, un silencio.
Así lo ves cada mañana
cuando te inclinas sola ante el espejo.
¡Oh querida esperanza,
también nosotros aquel día
sabremos que eres la vida y la nada!

La muerte tiene una mirada para todos.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como ver que emerge de nuevo
un rostro muerto en el espejo,
como escuchar un labio cerrado.
Descenderemos al remolino, mudos.

Cesare Pavese

Parece una experiencia tremenda la de la muerte, sin embargo, ella está sólidamente tramada con la belleza, con la estética, con todo aquello que consideramos hermoso. La vida y lo bello es más valioso cuando tenemos en cuenta su breve duración, el tiempo limitado en el que transcurre su belleza.

Esto nos lleva, sin embargo, a renunciar, en ocasiones, a disfrutar, a gozar con la belleza. Con tal de no sentir el displacer que supone su brevedad, su fugacidad, nos negamos a gozar con la poesía, porque ella nos recuerda siempre que algo hemos perdido o, también, que deberíamos renunciar a alguna ilusión.

ARTE POÉTICA

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Ítaca
verde y humilde. El arte es esa Ítaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

Jorge Luis Borges

Todo aprendizaje, todo cambio, nos devuelve necesariamente a la experiencia indescriptible de la muerte. Lo nuevo, lo desconocido nos deja temblando y desnudos, perplejos antes las combinaciones inesperadas del lenguaje. Esta experiencia que tan terrible parece, no es más que la experiencia que la vida nos ofrece a diario y que sólo la poesía consigue expresar.

Si la muerte es el punto final, el cierre de la escritura; la vida, el poema es el rodeo que damos antes de encontrarlo.

HALLAZGO DE LA VIDA

¡Señores! Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento, para saborear esta emoción, formidable, espontánea y reciente de la vida, que hoy, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas.
Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi exultación viene de que antes no sentí la presencia de la vida. No la he sentido nunca. Miente quien diga que la he sentido. Miente y su mentira me hiere a tal punto que me haría desgraciado. Mi gozo viene de mi fe en este hallazgo personal de la vida, y nadie puede ir contra esta fe. Al que fuera, se le caería la lengua, se le caerían los huesos y correría el peligro de recoger otros, ajenos, para mantenerse de pie ante mis ojos.
Nunca, sino ahora, ha habido vida. Nunca, sino ahora, han pasado gentes. Nunca, sino ahora, ha habido casas y avenidas, aire y horizonte. Si viniese ahora mi amigo Peyriet, le diría que yo no le conozco y que debemos empezar de nuevo. ¿Cuándo, en efecto, le he conocido a mi amigo Peyriet? Hoy sería la primera vez que nos conocemos. Le diría que se vaya y regrese y entre a verme, como si no me conociera, es decir, por la primera vez.
Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país extraño, en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de epifanía inmarcesible. No, señor. No hable usted a ese caballero. Usted no lo conoce y le sorprendería tan inopinada parla. No ponga usted el pie sobre esa piedrecilla; quién sabe no es piedra y vaya usted a dar en el vacío. Sea usted precavido, puesto que estamos en un mundo absolutamente inconocido.

¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan reciente, que no hay unidad de medida para contar mi edad. ¡Si acabo de nacer! ¡Si aún no he vivido todavía! Señores: soy tan pequeñito, que el día apenas cabe en mí.
Nunca, sino ahora, oí el estruendo de los carros, que cargan piedras para una gran construcción del boulevard Haussmann. Nunca, sino ahora, avancé paralelamente a la primavera, diciéndole: «Si la muerte hubiera sido otra…» Nunca, sino ahora, vi la luz áurea del sol sobre las cúpulas del Sacré-Coeur. Nunca, sino ahora, se me acercó un niño y me miró hondamente con su boca. Nunca, sino ahora, supe que existía una puerta, otra puerta y el canto cordial de las distancias.
¡Dejadme! La vida me ha dado ahora en toda mi muerte.

Cesar Vallejo

Ruy Henríquez
12 de mayo de 2009

Estándar