LA SELVA

 

Franz Kline, Mahoning, 1956

Franz Kline, Mahoning, 1956. Oil and paper collage on canvas, 80 × 100 in. (203.2 × 254 cm).

Lo selvático que nos interesa no es la naturaleza, el mar, la selva, sino lo imprevisto en el corazón de nuestros compañeros hombres. Aquello que con un simple esfuerzo de atención puede devenir voluntad deliberada. La ciudad, la mujer, gastan con nosotros una ferocidad de la cual toda tierra salvaje es solamente un símbolo. Desastres e intemperies nos encuentran resignados, nos dan la muerte, no desencadenan en nosotros lo selvático, como hace la voluntad deliberada que a pasión contrapone pasión. Lo selvático inventa palabras, se trabaja a sí mismo para aclararse en palabras, que luego supuran por dentro y nos desgarran. Al principio es sólo naturaleza: la ciudad es un paisaje, son rocas, alturas, cielo, claros improvisados; la mujer es una fiera, una carne, un abrazo. Después se vuelve palabras; lo natural era sólo un símbolo, y al conocer lo selvático verdadero, hay que aullar.

¿Quién no ha aullado nunca delante de las cosas? La tiniebla de una fronda, los asaltos lastimeros del viento, la impotencia ante una fiebre, nos parecen ricos misterios, misterios de dolor y de peligro, a los que estamos tentados de dar la palabra, para conocerlos y poseerlos mejor. Y darles la palabra quiere decir reducirlos a un nivel humano y ciudadano, hacernos palabra de pronto, expresar y significar la turbia, atroz, pululante selva humana. No hay misterio en las cosas naturales, así como no hay pecado. Cuando más son símbolos.

Decíamos entonces que lo propio de la ciudad y de la mujer –de la vida en común–, cuando hay voluntad deliberada, es residir en símbolos, al choque con los cuales también se tiende nuestra voluntad y, frustrada, nos deja impotentes ante el misterio, el único misterio verdaderamente intolerable que es el contraste de las voluntades.

¿Por qué tendemos a hablar de una mujer por medio de símbolos, a transformarla en cosa absolutamente natural, diciéndonos, por ejemplo, que ella es fiebre, ráfaga, fronda? ¿Buscamos defendernos, con eso, como nos defendemos transformando en paisaje una plaza, una huida por los techos, o abandonándonos a una muchedumbre como si fuese un río? Pero las palabras tienen una extraña vida: pronto se encarnan, y verdaderamente aquella mujer será para nosotros fiebre y fronda, verdaderamente la muchedumbre será río, y la ciudad paisaje, es decir, impasible para nosotros. Entonces se aviva nuestra pasión; la voluntad se debate, aunque comprendiendo que bajo aquellos símbolos y aquellas palabras hay una voluntad adversa que resiste, que es ella misma un misterio perenne, en el cual nosotros no podemos agotarnos y que tampoco nunca podrá agotarse en nosotros. Aquí está lo selvático verdadero.

La soledad en un bosque, en un campo de trigo, puede ser temible, puede matar, pero no nos asusta ni nos mata como hombres, como voluntades apasionadas. Solamente los otros pueden hacernos eso –los otros, el prójimo, la mujer, los compañeros, nuestros hijos–. Frente a éstos, frente a la ciudad, sufrimos, siempre sufrimos a fondo. Nos cambiamos símbolos y palabras, cambiamos golpes, nos tendemos la mano, nos enjugamos a veces el sudor, pero al final del día, fatigados, nos damos cuenta de que con nosotros no hay nadie.

Y sin embargo sabemos que toda nuestra fatiga tenía el único fin de no dejarnos con las manos vacías. ¿Se puede aceptar esto?

Debemos aceptarlo. Basta pensar lo que sería el fin del día, y el mañana, y el porvenir, si desaparecieran los símbolos, si se desvaneciese el misterio, si de noche no estuviésemos solos. Estaríamos más muertos que los muertos.

Ignoraríamos el desear algo. Ignoraríamos que el prójimo –la ciudad, la mujer– siendo sólo misterio, espera de nosotros el golpe y la mano, espera ser desvelado y atormentado, enfrentando a su dolor y a su misterio. Si fuese posible destruir los símbolos, todos los símbolos, nos destruiríamos solamente a nosotros mismos. Podemos descubrirnos siempre más ricos, más sutiles, más verdaderos, podemos sustituirnos, no negar la voluntad que está debajo, la voluntad adversa. En ella tenemos la sangre, el aliento, el hambre. No se escapa a la selva. También ella es un símbolo.
Quien olvida esto y se abandona al dulce sueño –a la confianza de que la mujer y la ciudad no sean sangre, aliento, hambre– se encontrará igualmente solo, desvelado, más solo que nunca. Pero se habrá perdido también a sí mismo.

¿De qué sirve conquistar todo el mundo si uno se pierde a sí mismo? Le tocará, de bastarle las fuerzas, reencontrarse quién sabe dónde. En la saciedad, en la vergüenza, en la muerte. Pero no fuera de la selva.

Debemos aceptar los símbolos –el misterio de cada uno– con la tranquila convicción con que se aceptan las cosas naturales. La ciudad nos da símbolos como el campo nos da frutos. Pero ninguno conoce o posee la planta. Viene de otro mundo. Se deja sembrar o podar, se deja abatir y quemar, pero ¿quién puede decir que esa planta es cosa suya? ¿Quién puede decir que ha tocado el fondo de una voluntad ajena? A veces parece que destruir fuera el único modo. Y está bien. Pero destruir una sola voluntad, una sola planta, si bien es posible, es menos que nada: habrá que pasar a otra, a otra más, y así hasta el infinito. Estupideces. Se tendrá un mundo desierto, una estepa. Que es, después de todo, otro nombre de la selva. Tanto vale aceptar el misterio y poblar la ciudad de símbolos, y el campo de presencias. Y amar todo esto, con cautela desesperada.

Césare Pavese
La selva, 1945

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LAS YEGUAS

Medusa , Michelangelo Merisi da Caravaggio, 1598

Medusa , Michelangelo Merisi da Caravaggio, 1598

De Hermes, dios ambiguo entre la vida y la muerte, entre el sexo y el espíritu, entre los Titanes y los dioses del Olimpo, no viene a cuento hablar. Pero qué significa que el buen médico Asclepio salga de un mundo de divinas metamorfosis bestiales, vale en cambio la pena contarlo.

(Hablan Hermes ctonio y el centauro Quirón)

Hermes: El Dios te pide que críes a este hijo, Quirón. Sabes ya de la muerte de la bella Corónide. Lo ha arrebatado el Dios de las llamas y del regazo de ella con sus manos inmortales. Yo fui llamado junto al triste cuerpo humano que ya ardía –el pelo flameaba como paja de trigo. Mas la sombra no me esperó siquiera. Con un salto, de la pira desapareció en el Hades.

Quirón: ¿En el tránsito se tornó potranca?

Hermes: Eso creo. Mas las llamas y esas crines vuestras harto se parecen. No tuve tiempo de aclararme. Debí aferrar al niño para traerlo acá.

Quirón: Niñito, más valiera que te quedaras en el fuego. Nada tienes de tu madre, salvo la triste forma humana. Eres hijo de una luz deslumbrante aunque cruel, y deberás vivir en un mundo de sombras exangües y angustiosas, de carne corrompida, de suspiros y fiebres –todo te viene del Resplandeciente. La propia luz que te ha hecho sondeará el mundo, implacable, y por doquier te mostrará la tristeza, la llaga, la vileza de las cosas. Por ti velarán las serpientes.

Hermes: De cierto el mundo de ayer ha decaído, si las serpientes han pasado a la Luz. Mas, dime, ¿sabes por qué ha muerto?

Quirón: Enodio, nunca más la veremos brincar feliz del Pelión al Dídimo entre peñas y cañaverales. Bástenos eso. Las palabras son sangre.

Hermes: Quirón, puedes creerme cuando te digo que la lloro como vosotros la lloráis. Mas, te lo juro, no sé por qué el Dios la ha matado. Allá en mi Larisa se habla de encuentros bestiales en grutas y bosques…

Quirón: ¿Qué quiere decir eso? Bestiales lo somos. Y cabalmente tú, Enodio, que en Larisa eras cojón de toro, y al inicio de los tiempos te has unido en el fango del pantano con cuanto de sanguíneo y aún informe había en el mundo, ¿tú te asombras?

Hermes: Aquel tiempo está lejos, Quirón, y ahora vivo bajo tierra o en las encrucijadas. A veces os veo bajar de la montaña cual peñascos y saltar charcos y barrancos, perseguiros, llamaros, jugar. Entiendo los cascos, vuestra naturaleza, pero no siempre sois así. Tus brazos y tu pecho de hombre, por poner un ejemplo, y vuestra gran risa humana, y ella, la muerta, y los amores con el Dios, las compañeras que ahora la lloran –sois cosas diferentes. También tu madre, si no me equivoco, agradó a un dios.

Quirón: En verdad eran otros tiempos. El viejo dios para amarla se hizo semental. En la cumbre del monte.

Hermes: Dime, pues, ¿por qué la bella Corónide fue en cambio una mujer y paseaba por los viñedos y tanto jugó con el Resplandeciente que él la mató y quemó su cuerpo?

Quirón: Enodio, ¿cuántas veces has visto desde tu Larisa la montaña del Olimpo recortarse en el cielo tras una noche de viento?

Hermes: No sólo la veo, a veces subo a ella.

Quirón: Antaño, también nosotros galopábamos hasta allá arriba de ladera en ladera.

Hermes: Pues bien, deberíais volver.

Quirón: Amigo, Corónide ha vuelto.

Hermes: ¿Qué quieres decir con eso?

Quirón: Quiero decir que esa es la muerte. Allá están los amos. No ya amos como el viejo Cronos, o su antiguo padre, o nosotros en los días que pensábamos en ello y nuestra alegría no conocía confines y brincábamos entre las cosas como cosas que éramos. En aquel tiempo la bestia y el pantano eran tierra de encuentro de hombres y de dioses. La montaña, el caballo, la planta, la nube, el torrente –todos existíamos bajo el sol. ¿Quién podía morir en aquel tiempo? ¿Qué es lo que era bestial, si la bestia estaba en nosotros al igual que el dios?

Hermes: Tú tienes hijas, Quirón, y son mujeres o potrillas a voluntad. ¿Por qué te lamentas? Aquí tenéis el monte, tenéis el llano, y las estaciones. No os faltan siquiera, para complaceros, las humanas moradas, cabañas y aldeas, en las bocas de los valles, y las cuadras, los lares donde los infelices mortales narran fábulas sobre vosotros, siempre dispuestos a hospedaros. ¿No te parece que el mundo está mejor regido por los nuevo amos?

Quirón: Tú eres uno de ellos y los defiendes. Tú que un día fuiste cojón y furor, ahora conduces a las sombras exangües bajo tierra. ¿Qué son los mortales sino sombras antes de tiempo? Mas disfruto al pensar que la madre de este niñito ha saltado por sí sola: al menos se ha encontrado a sí misma al morir.

Hermes: Ahora sé por qué ha muerto, ella que marchó a las laderas del monte y fue mujer y amo tanto al Dios con su amor que tuvo este hijo. Dices que el Dios fue despiadado. Pero ¿puedes decir que ella, Corónide, dejó a sus espaldas en el pantano el deseo bestial, el informe furor sanguíneo que la había engendrado?

Quirón: Claro que no. ¿Y qué?

Hermes: Los dioses nuevos de Tesalia, que mucho sonríen, sólo de una cosa no pueden reírse: dame crédito a mí, que he visto el destino. Cada vez que el caos desborda a la luz, a su luz, deben herir, destruir y rehacer. Por eso ha muerto Corónide.

Quirón: Pero no podrán ya rehacerla. Con que tenía yo razón al decir que el Olimpo es la muerte.

Hermes: Y no obstante el Resplandeciente la amaba. La hubiera llorado de no haber sido un dios. Le arrebató el niñito. Te lo confía con gozo. Sabe que sólo tú podrías hacer de él un hombre de veras.

Quirón: Ya te he dicho la suerte que le espera en las casas mortales. Será Asclepio, el señor de los cuerpos, un hombre-dios. Vivirá entre la carne corrupta y los suspiros. A él mirarán los hombres para huir del destino, para retardar una noche, un instante, la agonía. Pasará, este niñito, entre la vida y la muerte, como tú que eras cojón de toro y ya no eres más que la guía de las sombras. Ésta es la suerte que los Olímpicos reservan a los vivos, sobre la tierra.

Hermes: ¿Y no será mejor, para los mortales, acabar así, que la antigua condenación de topar con la bestia o el árbol, y convertirse en buey que muge, serpiente que se arrastra, piedra eterna, fuente que llora?

Quirón: Mientras el Olimpo sea el cielo, claro. Pero estas cosas pasarán.

Cesare Pavese
Diálogos con Leucó

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LOS CIEGOS

Henri Lebasque A Nude in Repose

Henri Lebasque “A Nude in Repose”

LOS CIEGOS

 

No hay peripecia en Tebas en la que falte el ciego adivino Tiresias. Poco después de este coloquio comenzaron las desventuras de Edipo, es decir, se le abrieron los ojos, y él mismo se los reventó horrorizado.

 

(Hablan Edipo y Tiresias)

 

Edipo: Viejo Tiresias, ¿debo creer lo que se dice aquí, en Tebas, que los dioses te cegaron por envidia?

Tiresias: Si es cierto que todo viene de ellos, debes creerlo.

Edipo: ¿Y tú qué dices?

Tiresias: Que de los dioses se habla en exceso. Ser ciego no es desgracia distinta a estar vivo. Siempre he visto llegar las desventuras en su momento, cuando debían llegar.

Edipo: Mas entonces los dioses, ¿qué hacen?

Tiresias: El mundo es más viejo que ellos. Ya llenaba el espacio y sangraba, gozaba, era el único dios –cuando el tiempo aún no había nacido. Las propias cosas, reinaban entonces. Acaecían cosas– ahora, mediante los dioses, todo se ha vuelto palabras, ilusión, amenaza. Mas los dioses pueden causar fastidio, acercar o separar las cosas. No tocarlas, no mudarlas. Han venido demasiado tarde.

Edipo: ¿Cómo tú, sacerdote, dices esto?

Tiresias: Si no supiera al menos esto, no será sacerdote. Coge a un mozo que se baña en el Asopos. Es un día de verano. El mozo sale del agua, vuelve a ella feliz, se zambulle una y otra vez. Le da un mal y se ahoga. ¿Qué tienen que ver los dioses? ¿Deberá atribuir a los dioses su fin, o al placer disfrutado? Ni lo uno ni lo otro. Ha acaecido algo –que no es un bien ni un mal, algo sin nombre– el nombre se lo darán después los dioses.

Edipo: Y dar el nombre, explicar las cosas, ¿te parece poco, Tiresias?

Tiresias: Tú eres joven, Edipo, y al igual que los dioses, que son jóvenes, aclaras tú mismo las cosas y las llamas. Aún no sabes que bajo la tierra está la roca y que el cielo más azul es el más vacío. Para quien como yo no las ve, todas las cosas son un choque, sin más.

Edipo: Mas también has vivido tratando con los dioses. Estaciones, placeres, las humanas miserias te ocuparon largamente. Se relata de ti más de una fábula, como de un dios. Y alguna tan extraña, tan insólita, que algún sentido deberá tener -acaso el de las nubes en el cielo..

Tiresias: He vivido ya mucho. Tanto he vivido que cada historia que oigo me parece la mía. ¿Qué sentido dices de las nubes en el cielo?

Edipo: Una presencia dentro del vacío…

Tiresias: Mas ¿cuál es esa fábula a la que atribuyes un sentido?

Edipo: ¿Siempre has sido lo que eres, viejo Tiresias?

Tiresias: Ah, ya te sigo. La historia de las sierpes. Cuando fui mujer siete años. Pues bien, ¿qué hallas en esa historia?

Edipo: A ti te ocurrió y tú lo sabes. Pero esas cosas no ocurren sin un dios.

Tiresias: ¿Tú crees? Todo puede ocurrir sobre la Tierra. No hay nada insólito. En aquel tiempo sentía disgusto por las cosas del sexo –me parecía que el espíritu, la santidad, mi carácter, se envilecían con ellas. Cuando vi a las dos sierpes gozarse y morderse sobre el musgo, no pude contener mi despecho: las toqué con el báculo. Poco después, era mujer –y durante años mi orgullo se vio obligado a sufrir. Las cosas del mundo son roca, Edipo.

Edipo: ¿De veras es tan vil el sexo femenino?

Tiresias: Nada de eso. No existen cosas viles, salvo para los dioses. Hay fastidios, disgustos e ilusiones que, tocando la roca, se disipan. Aquí la roca fue la fuerza del sexo, su ubicuidad y omnipresencia bajo todas las formas y mudanzas. De hombre a mujer, y viceversa (siete años después volví a ver a las dos sierpes), lo que no quise consentir con el espíritu me fue hecho por violencia o por libídine, y yo, hombre desdeñoso o mujer envilecida, me desencadené como mujer y fui abyecto como hombre, y lo supe todo del sexo: llegué hasta el punto de buscar de hombre a los hombres y de mujer a las mujeres.

Edipo: Ya ves, pues, que un dios te ha enseñado algo.

Tiresias: No hay dioses sobre el sexo. Es la roca, te digo. Muchos dioses son fieras, pero la sierpe es el más antiguo de los dioses. Cuando se aplasta en la tierra, ahí tienes la imagen del sexo. En ella está la vida y la muerte. ¿Cuál dios puede encarnar y comprender tanto?

Edipo: Tú mismo. Así lo has dicho.

Tiresias: Tiresias es anciano y no es un dios. Cuando era joven, ignoraba. El sexo es ambiguo y siempre equívoco. Es una mitad que semeja un todo. El hombre llega a encarnárselo, a vivir dentro de él cual un buen nadador en el agua, pero mientras tanto ha envejecido, ha tocado la roca. Al final una idea, una ilusión le restan: que el otro sexo salga de ello saciado. Pues bien, no te lo creas: sé que para todos es un trabajo vano.

Edipo: No es fácil replicar a cuanto dices. No en vano tu historia se inicia con serpientes. Mas se inicia también con el disgusto, con el hastío del sexo. ¿Qué le dirías a un hombre vigoroso que te jurase que ignora el disgusto?

Tiresias: Que no es un hombre vigoroso –es aún un niño.

Edipo: También yo, Tiresias, tuve algún encuentro camino de Tebas. Y en uno de ellos se habló del hombre –de la infancia a la muerte– también nosotros tocamos la roca. A partir de ese día fui marido y padre, y rey de Tebas. Nada hay de ambiguo o de vano, para mí, en mis días.

Tiresias: No eres el único, Edipo, en creer eso. Pero la roca no se toca con palabras. Que los dioses te protejan. También yo te hablo y soy viejo. Solamente el ciego reconoce las tinieblas. Me parece vivir fuera del tiempo, haber vivido siempre, ya no creo en los días. También en mí hay algo que disfruta y sangra.

Edipo: Decías que ese algo era un dios. ¿Por qué, mi buen Tiresias, no tratas de rezarle?

Tiresias: Todos rezamos a algún dios, mas lo que ocurre carece de nombre. El mozo ahogado un día de verano, ¿qué sabe de los dioses? ¿Rezar le ayuda a algo? Hay una gran serpiente en cada día de la vida, y se aplasta y nos mira. ¿Te has preguntado alguna vez, Edipo, por qué al envejecer el infeliz se ciega?

Edipo: Ruego a los dioses que eso no me ocurra.

 

Cesare Pavese

Diálogos con Leucó

 

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LA MUJER DE TROYA

Sandro Botticelli, Allegorical Portrait of Simonetta Vespucci, c. 1480-5

Sandro Botticelli, Allegorical Portrait of Simonetta Vespucci, c. 1480-5

A la manera de C. Pavese

 

Que los griegos fueron los triunfadores de aquella guerra, es cosa cierta. Pero pocas veces se atrevieron a contar los pormenores. Para eso se inventaron la famosa historia del caballo.

 

(Hablan Odiseo y su hijo Telémaco)

Odiseo: Un caballo es un símbolo, Telémaco, como una mujer. La historia recuerda y altera la realidad a la medida de los hombres. Tendrás que aprender a leer el sentido entre las letras, no en las letras. Hay tantos poetas… mas sólo la poesía dice la verdad. Tienes que aprender a leerla.

Telémaco: ¿Pero por qué no hablar de la mujer que llegó a Troya? También ella fue admirable, aunque sólo por su belleza. Apenas se habla de otra cosa y del tesoro que llevó con ella.

Odiseo: Hablar de un caballo era más fácil de aceptar para la gente sencilla y para los soldados que regresaban a casa. La historia del caballo era preferible que admitir nuestra derrota. Pocos habrían reconocido a la mujer su inteligencia. Helena no sólo fue bella, también era una reina en sus palabras.

Telémaco: ¿Acaso no era también griega?

Odiseo: Los griegos sólo prestaban oídos a los hombres. Ni las mujeres ni los niños tuvieron esa libertad. Quien escribe, sin embargo, ha de ser siempre una mujer. Nosotros sólo creíamos en la virtud del caballo y de la espada. A eso se refiere la historia. Lo demás es un engaño.

Telémaco: ¿Pero acaso también tú mentiste, como la historia? ¿Cuál fue realmente tu astucia?

Odiseo: Eran tiempos difíciles y oscuros, hijo mío. Apolo lanzaba sus dardos desde las murallas de Ilión. Jamás habríamos vencido por la fuerza. Los largos años pasados fuera de nuestras tierras, minaron nuestros ejércitos y nublaron nuestra inteligencia. Al cabo del tiempo ignorábamos contra quién luchábamos y a veces volvimos la espada contra nosotros mismos. Aquiles, como todos los que hasta allí llegamos, ignoraba el poder del dios.

¿Quién lo podría saber? Todavía los titanes y los monstruos se paseaban entre nosotros. La sangre y le furia era la forma habitual de legislar a los hombres y a las bestias. Pero el dios tenía una nueva ley, una manera diferente de entender las cosas.

De nada sirvió el asedio y que matáramos a sus mejores hombres. Nosotros teníamos la fuerza de un gran ejército, con las espadas bañadas en sangre, pero no el poder de derribar aquellas murallas. La rabia ciega resultó inútil. Por primera vez, nuestra manera de luchar nos hizo pensar en que no éramos diferentes a un animal que se rompe las uñas y los dientes contra algo que permanece ajeno al furor de lo salvaje.

Pensar en titanes y en monstruos no es muy diferente a dejarse llevar por las pasiones. El pensamiento de un hombre corriente, su forma de amar y de conseguir satisfacción, no es muy diferente a lo que narran los antiguos mitos y leyendas. Oscuras fuerzas dominan a quien se deja aconsejar por su amor a la incontinencia y a la sangre.

Telémaco: No entiendo, padre. No logro ver a la mujer por la que luchabais, en lo que dices. Ella había decidido ¿A que luchar hasta la muerte?

Odiseo: Tampoco nosotros lo supimos fácilmente. Sólo lo comprendimos cuando supimos que ella era la mejor de nuestras armas. No hacía falta derribar las murallas cuando ya estábamos dentro y reinábamos en su casa.

Telémaco: Tus palabras son oscuras, padre. Todavía deliras por la fiebre y la sed, largamente soportada en tu viaje.

Odiseo: No es eso, Telémaco. Tú sigues pensando, como yo antes de partir, que la mujer es una fiera.

Telémaco: ¿Quieres decir que el dios cambió tu manera de ver las cosas?

Odiseo: El caballo está más cerca de nuestros antepasados, por eso lo elegimos. En cambio una mujer es algo más difícil de aceptar. Para el que la desea, la mujer también es furor y sangre, una fruta abierta por su costado más dulce. Pero una mujer como aquella, que siempre antepuso su deseo al oro y la familia, que dejó de escuchar la voz de sus ancestros para cabalgar sobre un mar desconocido, no era una mujer que hubiéramos conocido antes.

Telémaco: ¿Así que la abandonasteis allí, con vuestro honor?

Odiseo: Lo que tu crees una deshonra, realmente fue un triunfo de los griegos. Nosotros queríamos arrancarles el corazón, pero a cambio les entregamos el corazón de Grecia. Ella, por sí sola, lograría lo que miles de hombres, durante interminables años de fuego no habían podido alcanzar por la fuerza: derribar aquellas murallas inexpugnables. Cuando una mujer habla, las piedras tiemblan.

Telémaco: Padre ¿Cómo pudiste convencerlos?

Odiseo: No todo el mérito fue mío. Pandora me habló en un sueño.

Ruy Henríquez

02/09/14

 

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EN UNA SOCIEDAD JUSTA EL TRABAJO ES UN DON

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Thomas Hart Benton

TRABAJAR ES UN PLACER

 

Yo viví siempre en el campo durante el buen tiempo, de junio a octubre, y venía a él como a una fiesta. Era un muchacho, y los campesinos me llevaban con ellos a la cosecha, a las tareas más ligeras, amontonar heno, coger mazorcas, vendimiar. No a segar trigo, por culpa del sol demasiado fuerte; y mirar la aradura de octubre me aburría porque, como todos los chicos, prefería, también en el juego y la fiesta, las cosas que rinden, las cosechas, las cestas llenas, y solamente un campesino ve en los surcos recién abiertos el trigo del año que viene. Los días que no había cosecha, me los pasaba deambulando por la casa o por las tierras, completamente solo, y buscaba fruta o jugaba con otros muchachos a pescar en el Belbo; se sacaba un provecho de ello y me parecía una gran cosa regresar a casa con aquella miseria, un pececito que luego se comía el gato. En todo lo que hacía me daba importancia, y pagaba así mi parte de trabajo al prójimo, a la casa, y a mí mismo.

Porque creía saber qué era el trabajo. Veía trabajar por todas partes, de aquel modo tranquilo e intermitente que me agradaba –algunos días, de la madrugada a la noche sin ir a comer siquiera, y sudados, descamisados, contentos–, otras veces, los mismos se iban de paseo al pueblo con el sombrero, o se sentaban en la viga a charlar, y comíamos, reíamos y bebíamos. Por las carreteras encontraba a un capataz que iba bajo el sol a una feria, a ver y hablar, y disfrutaba pensando que también eso era trabajo, que aquella vida era mucho mejor que la prisión ciudadana donde, cuando yo dormía aún, una sirena recogía a empleados y obreros, todos los días, todos, y no los soltaba hasta la noche.

En aquel tiempo estaba convencido de que era diferente salir de mañana antes de que fuera de día a un campo delante de las colinas pisando hierba mojada, y cruzar a la carrera aceras gastadas, sin siquiera tiempo para echarle un vistazo a la franja de cielo que asoma sobre las casas. Era un crío, y puede ser también que no entendiese la ciudad, donde cosechas y cestas llenas no se hacen; y, desde luego, si me hubieran preguntado, habría respondido que era mejor, y más útil, irse a pescar o a recoger moras que fundir el hierro en hornos o escribir a máquina cartas y cuentas.

Pero en casa oía a los míos hablar y enfurecerse, e insultar precisamente a aquellos obreros de la ciudad como trabajadores, como gente que con el pretexto de que trabajaba no acababa nunca de pedir y de incordiar y de causar desórdenes. Cuando un día se supo que en la ciudad también los empleados habían pedido algo e incordiado, hubo un gran alboroto. Nadie en casa entendía qué tenían que compartir o ganar los empleados –¡los empleados! – al juntarse con los trabajadores. “¿Es posible? ¿Contra quienes les dan de comer?” “¡Rebajarse así! “Están locos o vendidos.” “Ignorantes.”

El muchacho escuchaba y callaba. Trabajo para él quería decir el alba estival y el solazo, el canasto al cuello, el sudor que corre, la azada que rompe. Comprendía que en la ciudad se quejaran y no quisieran saber nada –había visto aquellas fábricas tremendas y aquellas oficinas sofocantes– de estar allí dentro de la mañana a la noche. No comprendía que eso fuese un trabajo. Trabajar es un placer, decía para sí.

–Trabajar es un placer– dije un día al capataz, que me llenaba el cesto de uvas para llevárselas a mamá.

–Ojalá fuese cierto –contestó–, pero hay quien no tiene ganas.

Aquel capataz era un tipo serio, que la mayoría del tiempo se estaba callado y sabía todos los trucos de la vida del campo. Mandaba también en mí a veces, pero en broma. Tenía tierras propias, una alquería pasado el Belbo, y tenía quinteros.

Esos quinteros venían el domingo a traer verdura o a echar una mano si el trabajo apretaba. Él estaba siempre en todas partes y trabajaba en nuestra casa, trabajaba en lo suyo, recorría las ferias. Cuando venían los quinteros y él no estaba, se quedaban charlando con nosotros. Eran dos, el viejo y el joven, y reían.

–Trabajar es un placer –le dije también a ellos, aquel año que los míos se enfurecían porque en la ciudad había desórdenes.

–¿Quién lo dice? –respondieron–. Quien no hace nada, como tú.

–Lo dice el capataz.

Entonces rieron más fuerte.

–Se comprende –me dijeron–, ¿has oído alguna vez al párroco decir que esté mal ir a la iglesia?

Comprendí que la conversación se volvía de las que se tenían en casa aquel año.

–Puede que no os guste trabajar –dije–, pero sí recoger los frutos.

El joven dejó de reír.

–Están los amos –dijo despacio–, que comparten los frutos sin haber trabajado.

Lo miré, con la cara roja.

–Haced una huelga –dije– si no estáis contentos. En Turín la hacen.

Entonces el joven miró a su padre, me guiñaron el ojo y volvieron a reír.

–Primero tenemos que vendimiar –contestó el viejo–, luego veremos.

Pero el joven negó con la cabeza y reía.

–Papá nunca hará nada –dijo bajito.

En efecto, no hicieron nada, y en mi casa se siguió armando follón sobre los desórdenes de empleados y obreros a quienes había estropeado la vida fácil de los años de guerra. Yo escuchaba y callaba, y pensaba en las huelgas como en una fiesta que permitía a los obreros ir de paseo. Pero una idea –al principio no fue sino una sospecha– se me había metido en la sangre: trabajar no era un placer ni siquiera en el campo y esta vez sabía que la necesidad de ver la cosecha y llevársela a casa era lo que impedía a los labriegos hacer algo.

Césare Pavese

1946

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DE UNA NUEVA LITERATURA

Alice Neel: The Soyer Brothers, 1973

Alice Neel: The Soyer Brothers, 1973

Característico de tiempos como el nuestro es el derroche de energías. Se es siempre demasiado joven, lo que quiere decir, demasiado tontamente complicado e incómodo frente a la inverosímil posibilidad de realizar las cosas hasta ayer prohibidas. Es propio de los jóvenes acercarse a la vida, por ejemplo a una mujer, con un complejo bagaje de ideas preconcebidas y abstractas, de exigencias, de celosas susceptibilidades, que deterioran y destrozan los nervios. A demasiada gente, hoy -jóvenes y viejos- le falta el arte de dejar hablar a las cosas, de aceptar el propio destino, de ponerse de acuerdo consigo mismo. Todos nos debatimos inútilmente; así como nadie, hoy, sabe elegir una ciudad, una casa, donde detenerse y trabajar. Tal vez sea el efecto, que aún perdura, de la vida y de la lucha clandestinas; tal vez sea algo peor.

La más grande de las cosas hasta ayer prohibidas era, sin duda, la capacidad de trabajar libremente y de hablar para los otros, para el prójimo, para el compañero hombre. Y hasta donde llega el análisis objetivo, la formulación y la consecuente puesta en práctica de un método político en una determinada situación, mucho se ha hecho y se hará entre nosotros, y las capacidades están y los compañeros lo saben. Aquí no se derrochan energías. La dura lucha y la gravedad de lo puesto en juego tienden a eliminar de por sí a quien ponga en su trabajo superestructuras y orgasmo. No es posible mentir por largo tiempo en este terreno. Sobre todo, no es posible mentirse a sí mismo. Nos movemos entre realidades sangrientas, y a quien tiene buena voluntad la conciencia sabe por lo menos sugerirle que acepte ciertas órdenes. Colaborar con los otros, con el prójimo, puede ser fatigoso, desesperado, nunca imposible. La presencia, la parte de los otros, nos enseña el camino.

Hay, en cambio, un campo de trabajo -donde se habla para los otros, o más bien se escribe- que parece llevar fatalmente consigo una separación, un aislamiento, y ciertamente, por lo menos en su fase conclusiva, excluye toda colaboración y contacto. Es el trabajo de la fantasía inteligente, dirigido a sondear y expresar la realidad: poesía, narración, ensayo, y demás. Para atender a este trabajo es necesario aislarse, y no sólo materialmente: el esfuerzo de auscultación que ejercemos sobre nosotros mismos tiende a despedazar muchos puentes con el exterior y a hacernos perder el gusto del intercambio, de la convivencia, de la cordial humanidad. Tiende a contraponernos a las cosas, a hacernos descuidar, ignorar. Se había salido para comprender, para poseer más a fondo la realidad, y el resultado es que uno se encierra en un mundo ficticio que se opone a la realidad. Entonces, naturalmente, se sufre.

En este estado de desequilibrio, de inquieta conciencia, viene el derroche. Uno se mantiene o vuelve a ser adolescente. Se debate en esa adolescencia. Se inventan teorías, justificaciones, problemas. Se olvida -o nunca se lo supo bien- que el deber, el trabajo, es otro: precisamente, el de sondear y expresar la realidad a través de la fantasía inteligente. Interrogar a las cosas y escucharlas, interrogar a los otros y aceptar el destino, parece ahora demasiado simple, y se llega hasta a crearse deberes, complicados y erróneos como todas las veleidades. El mundo de ayer toleraba una equívoca figura de intelectual que, sin reconocer deberes, vivía sustancialmente de teorías, justificaciones y problemas. Cuando quería “crear”, se ponía delante de la “realidad” e intentaba expresarla, sucediendo a menudo que erraba de realidad y expresaba, cuando mucho, justificaciones y problemas. Y no se equivocaba: sólo admitía su realidad, y en ese mundo ficticio del yo sin deberes era, a su modo, honesto. Entre las tantas teorías había escogido la del necesario aislamiento y de la ascética renuncia a las durezas de la vida activa y de la realidad. Vivía mimetizado bajo el tejido del estilo y hacía consistir toda su dignidad en ser ese tejido, ese estilo, esa máscara. Era, en fin, fiel a principios, y les tributaba su persona.

Hoy va tomando difusión la teoría contraria, naturalmente justa, de que el intelectual, y especialmente el narrador, debe romper el aislamiento, tomar parte en la vida activa, tratar la realidad. Pero esto es, precisamente, una teoría. Es un deber que se nos impone “por necesidad histórica”. Y nadie ama por teoría o por deber. El narrador que, en otro tiempo, en lugar de narrar, daba vueltas por los meandros de su yo descontento, en perpetua rebelión contra los bajos deberes de este mundo del contenido, ahora se arruina los nervios y pierde el tiempo preguntándose si el contenido le interesa cuanto debería, si su estilo y su gusto son suficientemente proletarios, si el problema o los problemas de este tiempo lo agitan todo lo que es de desear. Y hasta aquí no hay nada que decir. Para nadie es una broma la empresa de vivir, y vivir significa ser jóvenes y luego hombres, y tambien debatirse, darse deberes, proponerse una conducta. Lo malo comienza cuando esta obsesión de la fuga del yo deviene ella misma argumento del relato, y el mensaje que el narrador debe comunicar a los otros, al prójimo, al compañero hombre, se reduce a esta pobre auscultación de las propias perplejidades y veleidades. Tocar el corazón de las cosas por teoría o por deber es imposible. Nos debatimos y nos consumimos, eso sí. Aceptarse a sí mismo es difícil.

Y sin embargo, el narrador, el poeta, el obrero de la fantasía inteligente, debe, ante todo, aceptar el destino, estar de acuerdo consigo mismo. Quien es incapaz de interrogar a las cosas y a los otros resígnese y admítalo. El mundo es grande y hay un sitio también para él. Lo que no anda es esforzarse para arrancar un rugido que luego semeja un maullido. La equívoca pasta del intelectual de ayer no cambia. En este mundo de individuos nada cambia, y las palabras no bastan. Quien está obsesionado por el dilema “¿Soy o no escritor social?”, y a quien toda la variedad infinita de las cosas, de los hechos, de las almas, le resulte, bajo su pluma, auscultación de sí mismo, como en los gloriosos tiempos del fragmentismo, sea heroico hasta el final: impóngase el silencio.

Aquí está el deber y la justificación. O, si estimula su buena fe hasta comprender que los nuevos deberes son, ante todo, de humildad, humíllese desinteresadamente ante los otros, ante los compañeros, ante las cosas: puede ser que esté al alcance de sus fuerzas llegar realmente a hablar para ellos, y que hasta ahora no lo haya logrado por defecto de crecimiento o por culpa de superestructuras. Porque el arte de aceptarse, de estar de acuerdo consigo mismo, tiene de bueno que ilumina hasta la mínima chispa de valor que se tiene en el cuerpo.

Todos estamos convencidos de que solamente el mundo y la vida contienen los apuntes, las condiciones de cualquier página verdadera que se haya escrito o escribirá. Es más, sabemos que hay tiempos, como el nuestro, en los que acontece una mutación, una afirmación de valores, en los que la materia humana y social fermenta como en un crisol, esperando ser decantada en nuevas formas. Pero no estamos convencidos de que estas formas nacerán de la presunción orgullosa de quien, despechado por no haberlas hallado aún, se hace a sí mismo argumento de sus escritos. Esto es romanticismo adolescente. Más que nunca vale aquí la expresión “A quien tiene le será dado” y la otra, “Sólo lo que no se busca se obtiene”. Quien busca la felicidad no será nunca feliz; quien quiera hacer el arte de su tiempo “por necesidad histórica”, hará, cuando mucho, una poética, un manifiesto. Estas cosas, o bien se las tiene en el cuerpo, y nacerán, y no sirve discutirlas, o no son más que palabras. Escuchar y aceptarse a sí mismo, no quiere decir debatirse en charlas, sino atender a su propio oficio, sabiéndolo un oficio, humillándose en ello, produciendo valores. El zapatero hace zapatos y el albañil casas, y cuanto menos hablan del modo de hacerlo mejor trabajan: ¿es posible que el narrador deba, en cambio, charlar impunemente sólo de sí mismo?

Cesare Pavese


De “Una nueva literatura”

* De una nueva literatura, publicado en “Rinascita”, mayo-junio de 1946. (El original lleva esta fecha: 26 de enero de 1946).

Publicado en Las 2001 Noches nº 134

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Sobre el saber no sabido y el tiempo del inconsciente

States of Mind II: The Farewells 1911 by Umberto Boccioni

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Los símbolos que cada uno de nosotros lleva en sí mismo, y reencuentra de improviso en el mundo y los reconoce y su corazón se sobresalta, son nuestos auténticos recuerdos. Son también verdaderos y legítimos descubrimientos. Es necesario saber que no alcanzamos nunca a ver las cosas la primera vez, sino sólo en la segunda. Entonces las descubrimos y las recordamos.

Cesare Pavese
“Estado de Gracia”

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