EL DESAFÍO DE LA CREACIÓN / Juan Rulfo

"Manos de titiritero" por Tina Modotti, 1929

“Manos de titiritero” por Tina Modotti, 1929

Desgraciadamente yo no tuve quién me contara cuentos; en nuestro pueblo la gente es cerrada, sí, completamente, uno es un extranjero ahí.

Están ellos platicando; se sientan en sus equipajes en las tardes a contarse historias y esas cosas; pero en cuanto uno llega, se quedan callados o empiezan a hablar del tiempo: “hoy parece que por ahí vienen las nubes…” En fin, yo no tuve esa fortuna de oír a los mayores contar historias: por ello me vi obligado a inventarlas y creo yo que, precisamente, uno de los principios de la creación literaria es la invención, la imaginación. Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación.

Considero que hay tres pasos: el primero de ellos es crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va a expresar. Esos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia: ahora, yo le tengo temor a la hoja en blanco, y sobre todo al lápiz, porque yo escribo a mano; pero quiero decir, más o menos, cuáles son mis procedimientos en una forma muy personal. Cuando yo empiezo a escribir no creo en la inspiración, jamás he creído en la inspiración, el asunto de escribir es un asunto de trabajo; ponerse a escribir a ver qué sale y llenar páginas y páginas, para que de pronto aparezca una palabra que nos dé la clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. A veces resulta que escribo cinco, seis o diez páginas y no aparece el personaje que yo quería que apareciera, aquél personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo. De pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno va tras él. En la medida en que el personaje adquiere vida, uno puede, por caminos que uno desconoce pero que, estando vivo, lo conducen a uno a una realidad, o a una irrealidad, si se quiere. Al mismo tiempo, se logra crear lo que se puede decir, lo que, al final, parece que sucedió, o pudo haber sucedido, o pudo suceder pero nunca ha sucedido. Entonces, creo yo que en esta cuestión de la creación es fundamental pensar qué sabe uno, qué mentiras va a decir; pensar que si uno entra en la verdad, en la realidad de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está haciendo historia, reportaje.

A mí me han criticado mucho mis paisanos que cuento mentiras, que no hago historia, o que todo lo que platico o escribo, dicen, nunca ha sucedido y es así. Para mí lo primero es la imaginación; dentro de esos tres puntos de apoyo de que hablábamos antes está la imaginación circulando; la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva a uno a pensar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura.

Concretando, se trabaja con: imaginación, intuición y una aparente verdad. Cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer: el trabajo es solitario, no se puede concebir el trabajo colectivo en la literatura, y esa soledad lo lleva a uno a convertirse en una especie de médium de cosas que uno mismo desconoce, pero sin saber que solamente el inconsciente o la intuición lo llevan a uno a crear y seguir creando.

Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar. Ahora, hay otro elemento, otra cosa muy importante también que es el querer contar algo sobre ciertos temas; sabemos perfectamente que no existen más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte. No hay más, no hay más temas, así es que para captar su desarrollo normal, hay que saber cómo tratarlos, qué forma darles; no repetir lo que han dicho otros. Entonces, el tratamiento que se le da a un cuento nos lleva, aunque el tema se haya tratado infinitamente, a decir las cosas de otro modo; estamos contando lo mismo que han contado desde Virgilio hasta no sé quienes más, los chinos o quien sea. Mas hay que buscar el fundamento, la forma de tratar el tema, y creo que dentro de la creación literaria, la forma -la llaman la forma literaria- es la que rige, la que provoca que una historia tenga interés y llame la atención a los demás.

Conforme se publica un cuento o un libro, ese libro está muerto; el autor no vuelve a pensar en él. Antes, en cambio, si no está completamente terminado, aquello le da vueltas en la cabeza constantemente: el tema sigue rondando hasta que uno se da cuenta, por experiencia propia, de que no está concluido, de que algo se ha quedado dentro; entonces hay que volver a iniciar la historia, hay que ver dónde está la falla, hay que ver cuál es el personaje que no se movió por sí mismo. En mi caso personal, tengo la característica de eliminarme de la historia, nunca cuento un cuento en que haya experiencias personales o que haya algo autobiográfico o que yo haya visto u oído, siempre tengo que imaginarlo o recrearlo, si acaso hay un punto de apoyo. Ése es el misterio, la creación literaria es misteriosa, y uno llega a la conclusión de que si el personaje no funciona, y el autor tiene que ayudarle a sobrevivir; entonces falla inmediatamente. Estoy hablando de cosas elementales, ustedes deben perdonarme, pero mis experiencias han sido éstas, nunca he relatado nada que haya sucedido; mis bases son la intuición y, dentro de eso, ha surgido lo que es ajeno al autor.

El problema, como les decía antes, es encontrar el tema, el personaje y qué va a decir y qué va a hacer ese personaje, cómo va a adquirir vida. En cuanto el personaje es forzado por el autor, inmediatamente se mete en un callejón sin salida. Una de las cosas más difíciles que me ha tocado hacer, precisamente, es la eliminación del autor, eliminarme a mí mismo. Yo dejo que aquellos personajes funcionen por sí y no con mi inclusión, porque entonces entro en la divagación del ensayo, en la elucubración; llega uno hasta a meter sus propias ideas, se siente filósofo, en fin, y uno trata de hacer creer hasta en la ideología que tiene uno, su manera de pensar sobre la vida, o sobre el mundo, sobre los seres humanos, cuál es el principio que movía las acciones del hombre. Cuando sucede eso, se vuelve uno ensayista. Conocemos muchas novelas-ensayo, mucha obra literaria que es novela-ensayo; pero, por regla general, el género que se presta menos a eso es el cuento. Para mí el cuento es un género realmente más importante que la novela porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar, hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta. El poeta tiene que ir frenando el caballo y no desbocarse; si se desboca y escribe por escribir, le salen las palabras una tras otra y, entonces, simplemente fracasa. Lo esencial es precisamente contenerse, no desbocarse, no vaciarse; el cuento tiene esa particularidad; yo precisamente prefiero el cuento, sobre todo, sobre la novela, porque la novela se presta mucho a esas divagaciones.

La novela, dicen, es un género que abarca todo, es un saco donde cabe todo, caben cuentos, teatro o acción, ensayos filosóficos o no filosóficos, una serie de temas con los cuales se va a llenar aquel saco; en cambio, en el cuento tiene uno que reducirse, sintetizarse y, en unas cuantas palabras, decir o contar una historia que otros cuentan en doscientas páginas; ésa es, más o menos, la idea que yo tengo sobre la creación, sobre el principio de la creación literaria; claro que no es una exposición brillante la que les estoy haciendo, sino que les estoy hablando de una forma muy elemental, porque yo les tengo mucho miedo a los intelectuales, por eso trato de evitarlos; cuando veo a un intelectual, le saco la vuelta, y considero que el escritor debe ser el menos intelectual de todos los pensadores, porque sus ideas y sus pensamientos son cosas muy personales que no tienen por qué influir en los demás ni hacer lo que él quiere que hagan los demás; cuando se llega a esa conclusión, cuando se llega a ese sitio, o llamémosle final, entonces siente uno que algo se ha logrado.

Como todos ustedes saben, no hay ningún escritor que escriba todo lo que piensa, es muy difícil trasladar el pensamiento a la escritura, creo que nadie lo hace, nadie lo ha hecho, sino que, simplemente, hay muchísimas cosas que al ser desarrolladas se pierden.

 

Juan Rulfo
Escuela de Diseño
Universidad Autónoma de México
1963

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EL PODER DE LAS PALABRAS / E. A. Poe

Santiago Ydáñez. S.T. 2014. Acrílico tela. 200x200 cm.

Santiago Ydáñez. S.T. 2014. Acrílico tela. 200×200 cm.

Oinos.– Perdona, Agathos, la flaqueza de un espíritu al que acaban de brotarle las alas de la inmortalidad.

Agathos.– Nada has dicho, Oinos mío, que requiera ser perdonado. Ni siquiera aquí el conocimiento es cosa de intuición. En cuanto a la sabiduría, pide sin reserva a los ángeles que te sea concedida.

Oinos.– Pero yo imaginé que en esta existencia todo me sería dado a conocer al mismo tiempo, y que alcanzaría así la felicidad por conocerlo todo.

Agathos.– ¡Ah, la felicidad no está en el conocimiento, sino en su adquisición! La beatitud eterna consiste en saber más y más; pero saberlo todo sería la maldición de un demonio.

Oinos.– El Altísimo, ¿no lo sabe todo?

Agathos.– Eso (puesto que es el Muy Bienaventurado) debe ser aún la única cosa desconocida hasta para Él.

Oinos.– Sin embargo, puesto que nuestro saber aumenta de hora en hora, ¿no llegarán por fin a ser conocidas todas las cosas?

Agathos.– ¡Contempla las distancias abismales! Trata de hacer llegar tu mirada a la múltiple perspectiva de las estrellas, mientras erramos lentamente entre ellas… ¡Más allá, siempre más allá! Aun la visión espiritual, ¿no se ve detenida por las continuas paredes de oro del universo, las paredes constituidas por las miríadas de esos resplandecientes cuerpos que el mero número parece amalgamar en una unidad?

Oinos.– Claramente percibo que la infinitud de la materia no es un sueño.

Agathos.– No hay sueños en el Aidenn, pero se susurra aquí que la única finalidad de esta infinitud de materia es la de proporcionar infinitas fuentes donde el alma pueda calmar la sed de saber que jamás se agotará en ella, ya que agotarla sería extinguir el alma misma. Interrógame, pues, Oinos mío, libremente y sin temor. ¡Ven!, dejaremos a nuestra izquierda la intensa armonía de las Pléyades, lanzándonos más allá del trono a las estrelladas praderas allende Orión, donde, en lugar de violetas, pensamientos y trinitarias, hallaremos macizos de soles triples y tricolores.

Oinos.– Y ahora, Agathos, mientras avanzamos, instrúyeme. ¡Háblame con los acentos familiares de la tierra! No he comprendido lo que acabas de insinuar sobre los modos o los procedimientos de aquello que, mientras éramos mortales, estábamos habituados a llamar Creación. ¿Quieres decir que el Creador no es Dios?

Agathos.– Quiero decir que la Deidad no crea.

Oinos.– ¡Explícate!

Agathos.– Solamente creó en el comienzo. Las aparentes criaturas que en el universo surgen ahora perpetuamente a la existencia sólo pueden ser consideradas como el resultado mediato o indirecto, no como el resultado directo o inmediato del poder creador divino.

Oinos.– Entre los hombres, Agathos mío, esta idea sería considerada altamente herética.

Agathos.– Entre los ángeles, Oinos mío, se sabe que es sencillamente la verdad.

Oinos.– Alcanzo a comprenderte hasta este punto: que ciertas operaciones de lo que denominamos Naturaleza o leyes naturales darán lugar, bajo ciertas condiciones, a aquello que tiene todas las apariencias de creación. Muy poco antes de la destrucción final de la tierra recuerdo que se habían efectuado afortunados experimentos, que algunos filósofos denominaron torpemente creación de animálculos.

Agathos.– Los casos de que hablas fueron ejemplos de creación secundaria, de la única especie de creación que hubo jamás desde que la primera palabra dio existencia a la primera ley.

Oinos.– Los mundos estrellados que surgen hora a hora en los cielos, procedentes de los abismos del no ser, ¿no son, Agathos, la obra inmediata de la mano del Rey?

Agathos– Permíteme, Oinos, que trate de llevarte paso a paso a la concepción a que aludo. Bien sabes que, así como ningún pensamiento perece, todo acto determina infinitos resultados. Movíamos las manos, por ejemplo, cuando éramos moradores de la tierra, y al hacerlo hacíamos vibrar la atmósfera que las rodeaba. La vibración se extendía indefinidamente hasta impulsar cada partícula del aire de la tierra, que desde entonces y para siempre era animado por aquel único movimiento de la mano. Los matemáticos de nuestro globo conocían bien este hecho. Sometieron a cálculos exactos los efectos producidos por el fluido por impulsos especiales, hasta que les fue fácil determinar en qué preciso período un impulso de determinada extensión rodearía el globo, influyendo (para siempre) en cada átomo de la atmósfera circundante. Retrogradando, no tuvieron dificultad en determinar el valor del impulso original partiendo de un efecto dado bajo condiciones determinadas. Ahora bien, los matemáticos que vieron que los resultados de cualquier impulso dado eran interminables, y que una parte de dichos resultados podía medirse gracias al análisis algebraico, así como que la retrogradación no ofrecía dificultad, vieron al mismo tiempo que este análisis poseía en sí mismo la capacidad de un avance indefinido; que no existían límites concebibles a su avance y aplicabilidad, salvo en el intelecto de aquel que lo hacía avanzar o lo aplicaba. Pero en este punto nuestros matemáticos se detuvieron.

Oinos.– ¿Y por qué, Agathos, hubieran debido continuar?

Agathos.– Porque había, más allá, consideraciones del más profundo interés. De lo que sabían era posible deducir que un ser de una inteligencia infinita, para quien la perfección del análisis algebraico no guardara secretos, podría seguir sin dificultad cada impulso dado al aire, y al éter a través del aire, hasta sus remotas consecuencias en las épocas más infinitamente remotas. Puede, ciertamente, demostrarse que cada uno de estos impulsos dados al aire influyen sobre cada cosa individual existente en el universo, y ese ser de infinita inteligencia que hemos imaginado, podría seguir las remotas ondulaciones del impulso, seguirlo hacia arriba y adelante en sus influencias sobre todas las partículas de toda la materia, hacia arriba y adelante, para siempre en sus modificaciones de las formas antiguas; o, en otras palabras, en sus nuevas creaciones… hasta que lo encontrara, regresando como un reflejo, después de haber chocado –pero esta vez sin influir– en el trono de la Divinidad. Y no sólo podría hacer eso un ser semejante, sino que en cualquier época, dado un cierto resultado (supongamos que se ofreciera a su análisis uno de esos innumerables cometas), no tendría dificultad en determinar, por retrogradación analítica, a qué impulso original se debía. Este poder de retrogradación en su plenitud y perfección absolutas, esta facultad de relacionar en cualquier época, cualquier efecto a cualquier causa, es por supuesto prerrogativa única de la Divinidad; pero en sus restantes y múltiples grados, inferiores a la perfección absoluta, ese mismo poder es ejercido por todas las huestes de las inteligencias angélicas.

Oinos.– Pero tú hablas tan sólo de impulsos en el aire.

Agathos.– Al hablar del aire me refería meramente a la tierra, pero mi afirmación general se refiere a los impulsos en el éter, que, al penetrar, y ser el único que penetra todo el espacio, es así el gran medio de la creación.

Oinos.– Entonces, ¿todo movimiento, de cualquier naturaleza, crea?

Agathos.– Así debe ser; pero una filosofía verdadera ha enseñado hace mucho que la fuente de todo movimiento es el pensamiento, y que la fuente de todo pensamiento es…

Oinos. – Dios.

Agathos.– Te he hablado, Oinos, como a una criatura de la hermosa tierra que pereció hace poco, de impulsos sobre la atmósfera de esa tierra.

Oinos.– Sí.

Agathos.– Y mientras así hablaba, ¿no cruzó por tu mente algún pensamiento sobre el poder físico de las palabras? Cada palabra, ¿no es un impulso en el aire?

Oinos.– ¿Pero por qué lloras, Agathos… y por qué, por qué tus alas se pliegan mientras nos cernimos sobre esa hermosa estrella, la más verde y, sin embargo, la más terrible que hemos encontrado en nuestro vuelo? Sus brillantes flores parecen un sueño de hadas… pero sus fieros volcanes semejan las pasiones de un turbulento corazón.

Agathos.– ¡Y así es… así es! Esta estrella tan extraña… hace tres siglos que, juntas las manos y arrasados los ojos, a los pies de mi amada, la hice nacer con mis frases apasionadas. ¡Sus brillantes flores son mis más queridos sueños no realizados, y sus furiosos volcanes son las pasiones del más turbulento e impío corazón!

Edgar Allan Poe

(Traducción de Julio Cortázar)

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Presentación de “Interrupciones. Cuentos breves… según se lean”

ruy2019

El sábado 13 de abril, a las 19,00 horas, presentación del libro de Ruy Henríquez

“INTERRUPCIONES, Cuentos breves… según se lean”

Lugar de la presentación: Editorial Grupo Cero, c/Princesa 13, 1º Izda. Madrid

Información: Tel 91 758 19 40 – actividades@grupocero.info

Presenta Hernán Kozak

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DE UNA NUEVA LITERATURA / C. Pavese

Winston Chmielinski, "To pause", 36 x 36 in acrylic on canvas

Winston Chmielinski, “To pause”, 36 x 36 in acrylic on canvas

DE UNA NUEVA LITERATURA

Característico de tiempos como el nuestro es el derroche de energías. Se es siempre demasiado joven, lo que quiere decir, demasiado tontamente complicado e incómodo frente a la inverosímil posibilidad de realizar las cosas hasta ayer prohibidas. Es propio de los jóvenes acercarse a la vida, por ejemplo a una mujer, con un complejo bagaje de ideas preconcebidas y abstractas, de exigencias, de celosas susceptibilidades, que deterioran y destrozan los nervios. A demasiada gente, hoy –jóvenes y viejos–, le falta el arte de dejar hablar a las cosas, de aceptar el propio destino, de ponerse de acuerdo consigo mismo. Todos nos debatimos inútilmente; así como nadie, hoy, sabe elegir una ciudad, una casa, donde detenerse y trabajar. Tal vez sea el efecto, que aún perdura, de la vida y de la lucha clandestinas; tal vez sea algo peor.

La más grande de las cosas hasta ayer prohibidas era, sin duda, la capacidad de trabajar libremente y de hablar para los otros, para el prójimo, para el compañero hombre. Y hasta donde llega el análisis objetivo, la formulación y la consecuente puesta en práctica de un método político en una determinada situación, mucho se ha hecho y se hará entre nosotros, y las capacidades están y los compañeros lo saben. Aquí no se derrochan energías. La dura lucha y la gravedad de lo puesto en juego tienden a eliminar de por sí a quien ponga en su trabajo superestructuras y orgasmo. No es posible mentir por largo tiempo en este terreno. Sobre todo, no es posible mentirse así mismo. Nos movemos entre realidades sangrientas, y a quien tiene buena voluntad la conciencia sabe por lo menos sugerirle que acepte ciertas órdenes. Colaborar con los otros, con el prójimo, puede ser fatigoso, desesperado, nunca imposible. La presencia, la parte de los otros, nos enseña el camino.

Hay, en cambio, un campo de trabajo –donde se habla para los otros, o más bien se escribe– que parece llevar fatalmente consigo una separación, un aislamiento, y ciertamente, por lo menos en su fase conclusiva, excluye toda colaboración y contacto. Es el trabajo de la fantasía inteligente, dirigido a sondear y expresar la realidad: poesía, narración, ensayo y demás. Para atender este trabajo es necesario aislarse, no sólo materialmente: el esfuerzo de auscultación que ejercemos sobre nosotros mismos tiende a despedazar muchos puentes con el exterior y a hacernos perder el gusto del intercambio, de la convivencia, de la cordial humanidad. Tiende a contraponernos a las cosas, a hacernos descuidar, ignorar. Se había salido para comprender, para poseer más a fondo la realidad, y el resultado es que uno se encierra en un mundo ficticio que se opone a la realidad. Entonces, naturalmente, se sufre.

En este estado de desequilibrio, de inquieta conciencia, viene el derroche. Uno se mantiene o vuelve a ser adolescente. Se debate en esa adolescencia. Se inventan teorías, justificaciones, problemas. Se olvida –o nunca se lo supo bien– que el deber, el trabajo, es otro: precisamente, el de sondear y expresar la realidad a través de la fantasía inteligente. Interrogar a las cosas y escucharlas, interrogar a los otros y aceptar el destino, parece ahora demasiado simple, y se llega hasta a crearse deberes, complicados y erróneos como todas las veleidades. El mundo de ayer toleraba una equívoca figura de intelectual que, sin reconocer deberes, vivía sustancialmente de teorías, justificaciones y problemas. Cuando quería “crear”, se ponía delante de la “realidad” e intentaba expresarla, sucediendo a menudo que erraba de realidad y expresaba, cuando mucho, justificaciones y problemas. Y no se equivocaba: sólo admitía su realidad, y en ese mundo ficticio del yo sin deberes era, a su modo, honesto. Entre las tantas teorías había escogido la del necesario aislamiento y de la ascética renuncia a las durezas de la vida activa y de la realidad. Vivía mimetizado bajo el tejido del estilo y hacía consistir su dignidad en ser ese tejido, ese estilo, esa máscara. Era, en fin, fiel a principios, y les tributaba su persona.

Hoy va tomando difusión la teoría contraria, naturalmente justa, de que el intelectual, y especialmente el narrador, debe romper el aislamiento, tomar parte en la vida activa, tratar la realidad. Pero esto es, precisamente, una teoría. Es un deber que se nos impone “por necesidad histórica”. Y nadie ama por teoría o por deber. El narrador que, en otro tiempo, en lugar de narrar, daba vueltas por los meandros de su yo descontento, en perpetua rebelión contra los bajos deberes de este mundo del contenido, ahora se arruina los nervios y pierde el tiempo preguntándose si el contenido le interesa cuanto debería, si su estilo y su gusto son suficientemente proletarios, si el problema o los problemas de este tiempo lo agitan todo lo que es de desear. Y hasta aquí no hay nada que decir. Para nadie es una broma la empresa de vivir, y vivir significa ser jóvenes y luego hombres, y también debatirse, darse deberes, proponerse una conducta. Lo malo comienza cuando esta obsesión de la fuga del yo deviene ella misma argumento del relato, y el mensaje que el narrador debe comunicar a los otros, al prójimo, al compañero hombre, se reduce a esta pobre auscultación de las propias perplejidades y veleidades. Tocar el corazón de las cosas por teoría o por deber es imposible. Nos debatimos y nos consumimos, eso sí. Aceptarse a sí mismo es difícil.

Y sin embargo, el narrador, el poeta, el obrero de la fantasía inteligente, debe, ante todo, aceptar el destino, estar de acuerdo consigo mismo. Quien es incapaz de interrogar a las cosas y a los otros resígnese y admítalo. El mundo es grande y hay un sitio también para él. Lo que no anda es esforzarse para arrancar un rugido que luego semeja un maullido. La equívoca pasta del intelectual de ayer no cambia. En este mundo de individuos nada cambia, y las palabras no bastan. Quien está obsesionado por el dilema “¿Soy o no escritor social?”, y a quien toda la variedad infinita de las cosas, de los hechos, de las almas, le resulte, bajo su pluma, auscultación de sí mismo, como en los gloriosos tiempos del fragmentismo, sea heroico hasta el final: impóngase silencio. Aquí está el deber y la justificación. O, si estimula su buena fe hasta comprender que los nuevos deberes son, ante todo, de humildad, humíllese desinteresadamente ante los otros, ante los compañeros, ante las cosas: puede ser que esté al alcance de sus fuerzas llegar realmente a hablar para ellos, y que hasta ahora no lo haya logrado por defecto de crecimiento o por culpa de superestructuras. Porque el arte de aceptarse, de estar de acuerdo consigo mismo, tiene de bueno que ilumina hasta la mínima chispa de valor que se tiene en el cuerpo.

Todos estamos convencidos de que solamente el mundo y la vida contienen los apuntes, las condiciones de cualquier página verdadera que se haya escrito o escribirá. Es más, sabemos que hay tiempos, como el nuestro, en los que acontece una mutación, una afirmación de valores, en los que la materia humana y social fermenta como en un crisol, esperando ser decantada en nuevas formas. Pero no estamos convencidos de que estas formas nacerán de la presunción orgullosa de quien, despechado por no haberlas hallado aún, se hace a sí mismo argumento de sus escritos. Esto es romanticismo adolescente. Más que nunca vale aquí la expresión “A quien tiene le será dado” y la otra, “Sólo lo que no se busca se obtiene”. Quien busca la felicidad nunca será feliz; quien quiere hacer el arte de su tiempo “por necesidad histórica”, hará, cuando mucho, una poética, un manifiesto. Estas cosas, o bien se las tiene en el cuerpo, y nacerán, y no sirve discutirlas, o no son más que palabras. Escuchar y aceptarse a sí mismo, no quiere decir debatirse en charlas, sino atender a su propio oficio, sabiéndolo un oficio, humillándose en ello, produciendo valores. El zapatero hace zapatos y el albañil casas, y cuando menos hablan del modo de hacerlo mejor trabajan: ¿es posible que el narrador deba, en cambio, charlar impunemente sólo de sí mismo?

 

Cesare Pavese
“De una nueva literatura”, publicado en Rinascita, mayo-junio de 1946.
El oficio de poeta

Winston Chmielinski, "Rub Dry", 48 x 36 in oil on canvas

Winston Chmielinski, “Rub Dry”, 48 x 36 in oil on canvas

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El PODER DE LA PALABRA

Honoré Daumier

Honoré Daumier

El fenómeno del lenguaje es una de las manifestaciones más curiosas creadas por el hombre. Esa emisión de sonidos articulados o inarticulados que establecen el puente levadizo de nuestra comunicabilidad, tiene un poder que escapa a toda vigilancia.

Sin duda, el uso de la palabra ha prestado al megalómano que es el hombre, incalculables servicios. Pero constituye un instrumento cuyo verdadero alcance nunca nadie ha podido averiguar. Para descubrir el significado de las palabras se recurre habitualmente a los diccionarios. En éstos las vemos figurar como en un museo entomológico, igual que mariposas muertas atravesadas por alfileres y rigurosamente clasificadas por géneros, especies. Se lee algo sobre su significado, pero como en el caso de las mariposas, el clasificador nada nos puede decir de la misteriosa vida que han llevado, recorriendo el mundo y la historia de boca en boca, naciendo de nuevo cada vez que eran pronunciadas. Porque cada hombre pone un poco de sí mismo en cada palabra que utiliza, de modo que en ellas circula la sangre de todos los hombres y en ellas queda el recuerdo del temblor de todos los labios que las pronunciaron, y la carga afectiva de miles de millones de seres que las emitieron cuando en sus cuerpos ardía el amor o el odio, el horror, el miedo, la desesperación, el coraje o la indiferencia. Ellas transportaron secretamente esa esencia inexpresable que impulsa a los hombres: la esperanza, y cada palabra contiene apagado el grito de la soledad de los más altos: el desprecio.

De toda esa carga afectiva, de todos esos infinitos significados, nada dice el diccionario. El tiene que ver con las palabras muertas y disecadas. En éstas ya no queda la huella de los dientes que las mordieron antes de pronunciarlas.

Hablar de la palabra al servicio del hombre es enunciar la más cruda paradoja. Lo habitual es que el hombre esté al servicio de la palabra. Y aquí adquiere su verdadero significado la expresión: «Primero fue el Verbo». Donde la palabra se muestra como señora absoluta, dueña total del hombre, es en el campo de las ideas. ¿De dónde vienen las ideas? Un extraño poder que se origina en el menos controlable de los mecanismos espirituales del hombre, la razón, logra en determinadas circunstancias, unir una serie de palabras en una estructura sólida. Desde ese momento, la palabra que entra a formar parte de una idea pierde toda autonomía y todo significado.

La idea adquiere en cambio una vida propia e indivisible. El hombre mismo que la crea pierde desde el instante en que la lanza al mundo, todo poder sobre ella. La idea para él tiene un sentido, pero ella conquista, al liberarse de su creador, una vida personal, un nuevo sentido imprevisible. Se lanza entonces en una aventura cuyas consecuencias son asombrosas: una idea de libertad se convierte así en mecanismo de opresión, una idea de amor, en mecanismo de odio y de destrucción.

Las palabras agrupadas en ideas circulan libremente; pasan de un hombre a otro como parásitos, y habitan en el interior de cada uno absorbiendo toda su vida espiritual para transformarla en nada, porque la idea sale de cada hombre menos personal que nunca, más informe, menos definida, pero dotada de un poder corrosivo cada vez mayor. Pasan así de un hombre a otro sin que ninguno de ellos participe en su vida invisible. Los carcome como el más venenoso de los microbios y entonces los abandona para saltar a otros. En ocasiones se difunde con la rapidez de una epidemia e invade en masa a los individuos. Estos, en lugar de sentirse enfermos, aparecen verdaderamente poseídos, embargados por una exaltación y entusiasmo sin límites. Hasta hablan de poseer ideas. En verdad, nunca los hombres poseen a las ideas, son las ideas las que poseen a los hombres. Ellas son los grandes verdugos invisibles. Solapados verdugos que se presentan para dar un sentido a la vida y en cambio la destruyen. Y el destruido vive con exaltación su propio martirio, y cuando por acaso es abandonado por la idea, se siente hueco, como muerto, pues ella ha devorado todo lo que de viviente había en su interior.

En el vacío que separa a los hombres unos de otros la palabra ejerce la doble acción de puente y de muralla. Cuando dos miradas se encuentran y parecen descubrir bruscamente el sentido de una afinidad humana, de una verdadera comunión, llega oportunamente la palabra para destruir toda ilusión, para afirmar el derecho a la soledad inalienable del hombre.

Donde aparece más clara la reclusión del hombre en su soledad merced al uso de la palabra, es en los distintos lenguajes convencionales. No trato de discutir la enorme utilidad práctica de las convenciones. Nos permiten ponernos de acuerdo para satisfacer una serie de necesidades básicas. Creo en la importancia de la subsistencia. Pero no me inclino a aceptar que subsistir y vivir son equivalentes.

Existen innumerables lenguajes convencionales y en cada uno de ellos la palabra más corriente se despoja de sentido para convertirse en un signo de determinada cosa, signo que permite el acuerdo entre dos o más personas. Así, sobre las bases de estos diversos lenguajes convencionales, se desarrolla la posibilidad de vivir en grupos activos, estabilizar y propagar el conocimiento, organizar la sociedad y la familia en sólidas estructuras, etc. La filosofía, la religión, las diversas ciencias, la política, el comercio, las relaciones internacionales, todas poseen su sistema particular de convenciones, sistema absolutamente incomprensible para el hombre común. Los distintos grupos humanos se entienden también mediante un lenguaje particular para cada caso; así hay un lenguaje de las reuniones de alta sociedad, otro para la pequeña burguesía, otro para los ladrones, otro para los relojeros. Los médicos utilizan un lenguaje distinto del de los abogados o del de los traficantes de blancas. Los pescadores emplean uno absolutamente incomprensible para los matemáticos y viceversa. Nadie puede discutir la enorme utilidad de todos estos lenguajes: ellos permiten subsistir a los médicos y a los pescadores, justifican la organización racional de la justicia sobre la base de la comprensión de los ladrones entre sí, y permiten la existencia del amor mercenario, base de la organización de la familia.

Pero en todos estos lenguajes convencionales nadie pone absolutamente nada personal: el lenguaje resulta exterior al hombre. Lo vital queda definitivamente excluido. Las palabras son como cáscaras sin contenido, con un signo dibujado en el exterior que las hace reconocibles por los iniciados.

Lo realmente vital del lenguaje se encuentra fundamentalmente en tres situaciones: en el lenguaje popular, en el lenguaje del amor y en la poesía. En el lenguaje popular, el hombre del pueblo, rechazado por todas las convenciones, vive en lo que dice directamente sus sufrimientos o sus alegrías; el lenguaje es para él un modo inmediato de volcarse íntegramente, pues no encuentra sentido sino en la gran comunión con los otros. Es el ente anónimo, el ser que participa con su insignificante aporte en el gran sufrimiento y la alegría universales. Y cuanto más bajo es el hombre del pueblo más intenso y vital resulta su lenguaje.

En cuanto al amor (me refiero a aquellos para quienes al amor se sacrifica todo, capaces del suicidio o el crimen, del renunciamiento a todos los bienes o de la conquista de todas las riquezas), es el mecanismo por el cual los seres enredados en la maraña de un lenguaje convencional pueden conquistar su lenguaje vital, salir de la cárcel de su soledad. Así pueden salvarse el político y el matemático, el juez y el ladrón.

Pero es a la poesía a la que corresponde el lugar de privilegio en un verdadero lenguaje de comunicación humana. La poesía incorpora la esencia vital del lenguaje popular y del lenguaje de los amantes, pero les agrega una exaltación de todos los contenidos posibles de la palabra.

El poeta descubre en la palabra la vibración imperceptible que han dejado todos aquellos que han volcado en ella su sufrimiento o su pasión desde que por primera vez fue lanzada hasta que atravesando la historia y las generaciones la encuentra en su interior. Y a esa infinita suma de destinos humanos el poeta le agrega su propio destino que los resume todos.

El poeta logra hacer revivir las palabras agotadas por el uso y en ellas descubre un reto de vida reanimándolo, haciéndolo resplandecer nuevamente. Recoge las frases hechas, los lugares comunes, fragmentos muertos del lenguaje, y mediante un proceso particular de fricción conocido sólo por el poeta, desarrolla en ellos una incandescencia sorprendente, les da una jerarquía insospechada.

Pero todas estas propiedades corresponden sólo a la verdadera poesía que nada tiene que ver con el conocido fabricante de versos a quien en el lenguaje convencional de la sociedad se designa habitualmente como poeta. Este curioso personaje vacío de sentido y de vida utiliza ciertas convenciones literarias para organizar una sustancia que a veces tiene cierto interés decorativo, y que como los bibelots y ornamentos de las mansiones acomodadas sirven de adorno en las aburridas veladas convencionales de las distintas capas sociales. Utiliza en esencia el lenguaje convencional.

Hay un signo evidente e inmediato que revela a la verdadera poesía. Ella provoca instantáneamente la irritación y el encono de los mediocres, mistificadores, vacíos e impotentes. En ese sentido la poesía se convierte en la gran moralizadora, posee una violenta actividad agresiva frente a lo falso y trivial por más disimuladamente que se presente. Estalla como una bomba incendiaria cuando se pone en contacto con el lenguaje convencional.

La poesía por su íntima vinculación con lo estrictamente humano se encuentra en el extremo opuesto de lo que se ha dado en llamar literatura, es decir, de todo juego verbal intrascendente y decorativo, de todo acto de simulación de estados de ánimo, de toda intención fríamente descriptiva. Con un discreto aparato retórico, el literato puede realizar una obra aceptable, que no deje de ser un juego y que no diga absolutamente nada. Utilizando las convenciones corrientes encontrará una inmediata aceptación –ya que no compromete ninguna actitud esencialmente humana– y permitirá a su aprovechado autor ocupar un lugar más o menos destacado en la historia literaria. Lo que jamás ocupará será un lugar en el espíritu del hombre.

Es del poeta la misión de llamar directamente al espíritu más allá de toda literatura. Su voz abre la puerta de la comunicabilidad, derribando la muralla de las convenciones. Y en el oscuro rincón a que ha quedado limitado lo realmente humano sólo la poesía se atreve a aportar su esperanza de salvación, su esperanza de integración final de lo humano en la vida.

Aldo Pellegrini

Para contribuir a la confusión general

Las 2001 Noches. Revista de Poesía Nº 11

 

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MUERTE POR AGUA / T. S. Eliot

"Lunch on the Grass" in 1863 by E. Manet (1832-1883)

“Lunch on the Grass” in 1863 by E. Manet (1832-1883)

Phlebas el Fenicio, muerto hace dos semanas,
olvidó el grito de las gaviotas y el hincharse del fondo del mar
y la ganancia y la pérdida.
Una corriente bajo el mar
recogió sus huesos con susurros. Mientras se levantaba y caía
cruzó las edades de su vejez y juventud entrando en el remolino.
Gentil o judío
Oh, tú, que das vuelta a la rueda y miras a todos lados
Considera a Phlebas, quien fue, en otro tiempo
tan guapo y alto como tú.

T. S. Eliot
La tierra baldía

 

Consulta de Psicoanálisis

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SE JUZGARÍA CON MÁS ACIERTO A UN HOMBRE POR LO QUE SUEÑA…

Schad, Christian

Retrato del Dr. Haustein – Schad, Christian | Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

“… si fuese dado a nuestros carnales ojos ver en la conciencia del otro, se juzgaría con más acierto a un hombre por lo que sueña en su imaginación que por lo que piensa, porque en el pensamiento hay voluntad, en el sueño no la hay. Este sueño o meditación, cuando es espontáneo, toma y conserva, aun en lo gigantesco e ideal, la figura de nuestro espíritu. Nada sale más directamente y más sinceramente del fondo mismo de nuestra alma que esas aspiraciones irreflexivas y desmesuradas hacia los esplendores del destino. En ellas, más que en las ideas compuestas razonadas y coordinadas, puede encontrarse el verdadero carácter de cada hombre. Las quimeras de nuestra imaginación son los objetos que más se nos parecen. Cada uno sueña lo desconocido y lo imposible, según su naturaleza.”

Victor Hugo
Los miserables

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