UNA CAMA (Informe completo]

Con el soplo de Orión en su adormecedora planicie
la mitad de mi vida pasó allí. en su caverna.
-jardines ciegos y tan tibios-
apenas una escama del resplandor salino de la luna.
Extraño mueble
con las patas hundidas en la tierra.
vuela y se deforma. se hunde en la tormenta, susurra
pasan nubes de otro horizonte. zonas de países indecisos. Allí he dormido con risas y llantos
-sombras de un bosque sumergido-
las venas llenas de fantasmas,
gentes cuyos rostros humean, flotan en nieblas,
en desenfrenos, en irreversibles adioses.
Inmensas sábanas de las islas,
acurrucado en sus letanías, ileso entre los incendios
y las oraciones.
la mano hundida en tales cabelleras de gran estirpe en el fondo de un lago.
mi país se extendía hasta la orilla de los vivientes con
dioses y soles.
y no es que pretenda desoír el terror de la noche al ir tan
lejos
para yacer en medio de un mundo impalpable.
Y esas desconocidas salidas, de la lluvia secretas.
cuya empapada ropa forma estrías al pegarse a sus cuerpos como en mármoles jónicos.
transformados de pronto en algún ser amado y vengativo rememorando el tiempo perdido con la voz de los
muertos.

Allí soy lo que fui, lo que seré:
oleaje, un reverbero, una playa en la raíz del mundo,
en todas las formas instantáneas del deseo,
decadencia, crónicas pasionales,
amores extinguidos en fraudes, en cartas baldías.
con burlonas esfinges,
personajes estériles y resplandecientes.
de sentimientos confusos, como si nadie supiera
jamás junto a quién ha vivido.
qué labios se besan en la sombra, hasta el último extremo
de los cuerpos.
bellezas furtivas
preparando en la sombra su veneno.

Y así se asume el desamparo infinito de la noche
y de qué modo en cualquier cama se posa el amor y
su naufragio,
y sabemos que todo hombre y mujer que conocimos
hemos recibido una gracia.
un don de exterminio, un relámpago más para cerrar
el círculo de los años.
Y así sube de nuevo hasta mi alma el negro que desde
la borda me regaló un pescado.
y la mujer más alta que el cielo -como toda mujer-
con grandes aros de oro,
sagrada por sus magias, su fulgor, su omnipotencia carnal
y las ardientes desapariciones de cada lugar y cada caricia,
y todo ello circula, vacila, vibra en la médula
en ese espacio cuyo clima es vértigo,
vestigios que enumera una lengua de fuego.

Es una cama,
para invocar un imperio baldío de ojos de pesadilla
cubiertos de musgo.
encogidas piernas, remordimientos de almohada.
Y mañana
transitar nuevamente con una camisa de topo por
donde el tiempo pasa gota a gota.

el desayuno mutilado, la negra sal en la cocina.
pero es una cama:
de todos moda estas sábanas son una fiesta.
un conjuro.
Tantas mutaciones, tantas amenazas prometen algo.

 

Enrique Molina

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VICTORIA DE LA NOCHE

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Kim Byungkwan, X-report_oldstar#06 acrylic on canvas 90.9×72.7cm

He estado combatiéndole con mi rencor de rocas
y mi odio de montañas a su abismal dominio.
El tiene los espacios y cada vez que truena
sobre mí, palidece temeroso mi océano.
Yo les grito a las piedras: defended mis llanuras
ante el hondo galope de sus potros divinos.
Y a mis arduas violencias: deshacedle sus nubes.
Y ordené rebelión a montañas y mares.
En la sombra telúrica me oculté rencoroso
por huir del asalto de su luz posesiva.
Tronó sobre mis cumbres otra vez como nunca
y cayeron diluvios y huracanes y rayos.
Victorioso en mis nieblas solitarias estuve.
Descubrió, por vencerme, sus más limpios luceros
y sentí desquiciarse mi seguro basalto.
Ya voy a ser vencido. Lo sé. Contra la noche
saturada de estrellas nada puede mi cólera.

Germán Pardo García
Lucero sin orillas, 1952

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HABLAS DE CIVILIZACIÓN, Y DE QUE NO DEBE SER…

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Barbara Kroll, “Woman”, 100 x 70, cardboard, 2015

Hablas de civilización, y de que no debe ser,
o de que no debe ser así.
Dices que todos sufren, o la mayoría de todos,
con las cosas humanas por estar tal como están.
Dices que si fueran diferentes sufrirían menos.
Dices que si fueran como tú quieres sería mejor.
Te escucho sin oír.
¿Para qué habría de querer oír?
Por oírte a ti nada sabría.
Si las cosas fuesen diferentes, serían diferentes: eso es todo.
Si las cosas fuesen como tú quieres, serían sólo como tú quieres.
¡Ay de ti y de todos los que pasan la vida
queriendo inventar la máquina de hacer felicidad!

Fernando Pessoa
De Poemas inconjuntos (1913-1915)

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IMPOSIBLE

Mark Horst, a.e. & e.l., 22" x 30", charcoal on paper. 2009

Mark Horst, a.e. & e.l., 22″ x 30″, charcoal on paper. 2009

Imposible saber cuándo ese rincón de mi alma se ha dormido
Y cuándo volverá otra vez a tomar parte en mis fiestas íntimas
O si ese trozo se fue para siempre
O bien si fue robado y se encuentra íntegro en otro

Imposible saber si el árbol primitivo adentro de tu ser
siente todavía el viento milenario
Si tú recuerdas el canto de la madre cuaternaria
Y los grandes gritos de tu rapto
Y la voz sollozante del océano que acababa de abrir los ojos
Y agitaba las manos y lloraba en su cuna

Para vivir no necesitamos tantos horizontes
Las cabezas de amapola que hemos comido sufren por nosotros
Mi almendro habla por una parte de mí mismo
Yo estoy cerca y estoy lejos

Tengo centenares de épocas en mi breve tiempo
Tengo miles de lenguas en mi ser profundo
Cataclismos de la tierra accidentes de planetas
Y algunas estrellas de luto
¿Recuerdas cuando eras un sonido entre los árboles
Y cuando eras un pequeño rayo vertiginoso?

Ahora tenemos la memoria demasiado cargada
Las flores de nuestras orejas palidecen
A veces veo reflejos de plumas en mi pecho
No me mires con tantos fantasmas
Quiero dormir quiero oír otra vez las voces perdidas
Como los cometas que han pasado a otros sistemas

¿En dónde estábamos? ¿En qué luz en qué silencio?
¿En dónde estaremos?
Tantas cosas tantas cosas tantas cosas

Yo soplo para apagar tus ojos
¿Recuerdas cuando eras un suspiro entre dos ramas?

 

Vicente Huidobro

Publicado en Las 2001 Noches. Revista de Poesía, Aforismos y Frescores

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PARA CONTRIBUIR A LA CONFUSIÓN GENERAL

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Jose Luis Ceña

 

Una visión del arte, la poesía y el mundo contemporáneo

 

PREÁMBULO

 

Cuando alguien intenta aproximarse al campo de las ideas vigentes con espíritu esclarecedor, debe plantearse el problema de si su aporte no contribuirá en última instancia a hacer todavía más densa la confusión, como aquel que en desesperado esfuerzo por apagar el fuego, quisiera hacerlo soplando. Es tan impresionante el amontonamiento de las ideas más contradictorias no sólo en mentes distintas sino en una misma mente, que cuando se trata de tomar distancia para ser testigo de esa barahúnda con cierta objetividad surge la pregunta de si el destino del hombre no será crear una infernal telaraña para aprisionarse a sí mismo y propender a la propia destrucción, mediante la organización del desorden.

 

Pero hablar de contribuir a la confusión general equivale justamente a propiciar el desorden, dirán algunos. De todos modos, no se trata de un desorden contra el orden, sino más bien de un nuevo desorden contra un viejo desorden.

 

El desorden, al envejecer, se fija, se fosiliza y adquiere así la apariencia del orden, pero sólo porque está inmóvil, porque está muerto. Un desorden muerto se corrompe, hiede, contamina la vida con su podredumbre. Entonces es necesario crear un desorden totalmente nuevo que lo sustituya. Pero no cualquier desorden, sino uno que consuma lo viejo y purifique la vida: un desorden creador, por el cual circule la sangre siempre renovada de lo vital.

 

Aunque pretende marchar en alguna dirección, en el fondo el hombre no sabe hacia dónde va. Pero lo mismo marcha, y durante esa marcha se propone seriamente infinidad de objetivos, lo reglamenta todo, lo “ordena” todo, y mediante ese “orden” obtiene las combinaciones más absurdas, los resultados más insólitos, que de todos modos lo distraen de la proximidad del vacío.

 

Hace unos años hablaban de un “orden nuevo” los apóstoles de ciertos sistemas políticos. Ellos querían hacer pasar por nuevo el mismo vetusto desorden embalsamado y pintarrajeado. Y pretendían fijarlo para toda la eternidad. Quisieron emplear medios de convicción eficaces y lo hicieron a sangre y fuego, con lo que lograron eficazmente destruirse a sí mismos y a su viejo desorden momificado. Pero continuamente reaparecen señores que hablan de la necesidad de un nuevo orden. A ellos hay que decirles que no estamos por el orden sino por el desorden y que es inherente al hombre propender inevitablemente a un desorden siempre renovado. La vida no responde a leyes fijas; lo único realmente fijo es la inevitable transformación del hombre paralela a la inevitable transformación del mundo, y ningún pretendido orden puede detenerlas. Pero también es fija la inmensa estupidez humana. Esta estupidez es la verdadera enfermedad del medio social en que vivimos y a ella hay que atribuir la mayor parte de los males de este mundo. No debe confundirse con la inocencia, de la que dependen las más puras cualidades creadoras. La estupidez es tortuosa, maligna y enemiga despiadada de los valores humanos más altos. Buena parte de la intención de estos textos es denunciarla.

 

Aquel que trate de iluminar el panorama del mundo no hará más que poner en evidencia esa gran confusión en que vive el hombre de hoy. Pero entonces, ¿qué hacer? Sólo nos resta plantarnos frente a las ideas, a las pretendidas ideas, removerlas y actuar apasionadamente sobre ellas. Así, las ideas se agitarán en la liza como toros enfurecidos, y cuando, sembrados de banderillas, ofrezcan su cerviz a la estocada precisa, todo habrá concluido. En esa lucha dialéctica, las ideas más poderosas demuestran su debilidad y los esquemas caen postrados; esos esquemas a los que son tan afectos los hombres porque, aunque falsos, les dan la sensación de seguridad que su desamparo exige.

 

Al fin y al cabo los textos que siguen no constituyen más que una exposición de ciertas ideas de nuestra época que flotan en el aire, que a veces son expresadas tímidamente, apenas susurradas, pero que, cuando alguien las expone en toda su crudeza, resultan enormemente familiares, terriblemente convincentes, aunque la mayoría prefiera olvidarlas inmediatamente después. Quizá sólo tienen por objeto despertar algunas conciencias, no para llevarlas por nuevos derroteros, sino para que reflexionen libremente sobre su humana condición. Entonces les aparecerá el verdadero sentido de palabras como libertad, amor, arte o poesía; palabras tan manoseadas y desfiguradas por el mal uso que se han vuelto irreconocibles; quizás entonces comprendan que libertad significa simplemente un modo de realizarse con plenitud, que amor significa el más alto grado a que puede llegar la comunicación entre dos seres, y que las palabras arte y poesía no designan cosas inexplicables, sino una forma de comunión con el mundo y un modo de proyección del ser hacia los otros.

 

El tono persuasivo usado por el autor en algunos trabajos y el apersuasivo usado en otros se complementan, y constituyen la verdadera manera de provocar una comprensión viva, de arrancar al interlocutor de su cómoda poltrona de indiferencia.

 

Ese despertar de algunas conciencias es el resultado por demás satisfactorio a que aspiran los textos que se leerán. No es necesario que nadie se convenza de nada; basta con despertar y mirar a su alrededor con ojos libres. Es el único modo de comprobar que el mundo en que vivimos es siempre nuevo y la sordidez es solo una ilusión.

 

Aldo Pellegrini

 

 

 

Las 2001 Noches. Revista de Poesía, Aforismos, Frescores

http://www.las2001noches.com/n150/p14.htm

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ENCUENTRO CON MIS PADRES

Balthus, The Sleeping Girl. 1943

Balthus, The Sleeping Girl. 1943

 

ENCUENTRO CON MIS PADRES

30 de septiembre

Por no extraviarme en el reducto inmenso
até a su entrada misteriosa un hilo,
y empecé a penetrar con el sigilo
del que algo siente sobre sí suspenso.

Anduve largo y se volvía denso
cada vez más el cavernoso asilo.
Vi al Can horrible y lo esquivé tranquilo,
sin enfrentarme a su rencor intenso.

Y vi a mis padres y temblé de espanto.
¡Ay, cómo hedían y exudaban llanto!
¡Qué vómito y estiércol su recinto!

Y con la cuerda umbilical atada,
como Alighieri de la fosa helada
salí del asqueroso laberinto.

 

Germán Pardo García
Himnos de Orfeo

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DE PRONTO ENTRÓ LA LIBERTAD

I

De pronto entró la Libertad.

La Libertad no tiene nombre,
no tiene estatua ni parientes.
La Libertad es feroz.
La Libertad es delicada.

La Libertad es simplemente
la Libertad.

Ella se alimenta de muertos.
Los Héroes cayeron por Ella.
Sin angustia no hay Libertad,
sin alegría tampoco.
Entre ambas la Libertad
es el armonioso equilibrio.

Nosotros tenemos vergüenza,
la Libertad no la tiene,
la Libertad anda desnuda.
(Y el señor Jesucristo dijo
que el reino de Dios vendrá
cuando andemos de nuevo desnudos
y no tengamos vergüenza.)

Hermanos, nosotros sabemos,
pero la Libertad no sabe.

II

Hay que ser piedra o pura flor o agua,
conocer el secreto violeta de la pólvora,
haber visto morir delante del relámpago,
conocer la importancia del ajo y el espliego,
haber andado al sol, bajo la lluvia, al frío,
haber visto a un soldado con el fusil ardiente,
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

Viva el amor, la vida poderosa,
la muerte creadora de olores penetrantes
y eso porque uno muere y resucita,
la luz sobre los techos de la aurora,
sobre las torres del petróleo,
sobre las azoteas de las parvas,
sobre los mástiles del queso y el vino,
sobre las pirámides del cuero y el pan,
la gente retornando,
una ventana con la bandera en familiar bordado
y la exacta ambulancia, con heridos,
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

Hay que ser como el puente necesario,
natural como el lirio, como el toro,
saber llegar al fondo del silencio,
al subsuelo del brote y a la raíz del grito,
hay que haber conocido el miedo y el valor,
haber visto una mano que agita una linterna
de noche, hacia el distante nido de metralla,
hay que haber visto a un muerto cicatrizado y solo
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

III

De pronto entró la Libertad.

Estábamos todos dormidos,
algunos bajo los árboles,
otros sobre los ríos,
algunos más entre el cemento,
otros más bajo la tierra.

De pronto entró la Libertad
con una antorcha en la mano.

Estábamos todos despiertos,
algunos con picos y palas,
otros con una pantalla verde,
algunos más entre libros,
otros más arrastrándose, solos.

De pronto entró la Libertad
con una espada en la mano.

Estábamos todos dormidos,
estábamos todos despiertos
y andaban el amor y el odio
más allá de las calaveras.

De pronto entró la Libertad,
no traía nada en la mano.

La Libertad cerró el puño.
¡Ay! Entonces…

 

Raúl González Tuñón

Las 2001 Noches. Revista de Poesía Nº 100

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