EL OSO POLAR Y LA BALLENA NO PUEDEN HACER LA GUERRA

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Daniel Pitin: The Birds, 2004

Se ha dicho que el oso polar y la ballena no pueden hacer la guerra porque, hallándose confinados cada uno en su elemento, les es imposible aproximarse. Pues bien: idénticamente imposible me es a mí discutir con aquellos psicólogos y neurólogos que no reconocen las premisas del psicoanálisis y consideran artificiosos sus resultados. En cambio, se ha desarrollado en los últimos años una oposición por parte de otros investigadores, que, por lo menos a su propio juicio, permanecen dentro del terreno del análisis y que no niegan su técnica ni sus resultados, pero se creen con derecho a deducir del mismo material conclusiones distintas y someterlo a distintas interpretaciones.

Ahora bien: la contradicción teórica es casi siempre infructuosa. En cuanto empezamos a alejarnos del material básico corremos peligro de emborracharnos con nuestras propias afirmaciones y acabar defendiendo opiniones que toda observación hubiera demostrado errónea. Me parece, pues, mucho más adecuado combatir las teorías divergentes contrastándolas con casos y problemas concretos.

Sigmun Freud
Historia de una neurosis infantil (Caso del “Hombre de los lobos”)
1914 [1918]

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BAJO LA MÁSCARA DE LA IDENTIDAD

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Xevi Sola Serra

Nadie me conoció bajo la máscara de la identidad ni supo nunca que era una máscara, porque nadie sabía que en este mundo hay enmascarados. Nadie supuso que junto a mí estuviera otro que, al fin, era yo. Siempre me juzgaron idéntico a mí.

Vivimos todos lejanos y anónimos; y disfrazados sufrimos, desconocidos. Para unos esta distancia entre un ser y ellos mismos jamás se revela; para otros resulta de cuando en cuando iluminada, con horror o dolor, por un relámpago sin límites; para algunos ésta es la penosa constancia y cotidianidad de la vida.

Saber bien que quienes somos no nos atañe, que lo que pensamos o sentimos es siempre una traducción […], saber todo eso a cada minuto, sentir todo eso en cada sentimiento, ¿no será ser extranjero en la propia alma, exiliado en las propias sensaciones?

Fernando Pessoa

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SOBRE LA FELICIDAD

"Figures", Vladimir Semenskiy

“Figures”, Vladimir Semenskiy

La felicidad es un ideal muy sobrevalorado. En general, la felicidad no es posible porque los motivos para serlo son muy escasos, en cambio los motivos para ser desdichados, para sufrir, son abrumadoramente infinitos. Pero no sólo es imposible la felicidad por sí misma, sino por nuestra desdichada manera de buscarla. Buscamos la felicidad por el camino de la consecución de bienes y esta es una infausta manera de pretender alcanzarla. En cuanto conseguimos lo que creíamos era el objeto de nuestra felicidad, apesadumbrados nos damos cuenta que la dicha de obtenerlo es breve y a veces contraproducente. Comprendemos con tristeza que no era eso lo que buscábamos y que si era lo que buscábamos no era más que un engaño. Pero nos engañamos no con el objeto, sino con el punto de partida. El problema no es que deseamos algo imposible, sino que nuestro deseo es en sí mismo imposible. La inmortalidad es imposible, la completud es imposible y es una fuente de sufrimiento colosal intentar satisfacer un deseo imposible. Si aceptas que lo que buscabas y que has alcanzado no es suficiente, ni lo es todo, desplazas tu deseo hacia nuevos horizontes, nuevos objetos, significa que la máquina funciona, pues el deseo humano se funda en la insatisfacción, en el no todo. Es una ley muy simple, pero muchos (quizá demasiados), no la aceptan.

La búsqueda exclusiva de la felicidad a través del amor al prójimo es con seguridad una de las fuentes más grandes de dolor a nuestra disposición, pues el prójimo no es para nosotros más que un fantasma que nunca terminará de ajustarse con la realidad. Jamás somos más vulnerables que cuando, enamorados, amamos a alguien. Nuestra finitud orgánica y nuestra insignificancia frente a las grandes calamidades naturales cumplen la cuota restante de sufrimiento.

Otra variante del padecimiento, algo paradójica para nuestra lógica racionalista, es la de aquellos que encuentran la desdicha precisamente alcanzando aquello que tanto habían deseado. Son aquellos sujetos que fracasan al triunfar: deportistas que se lesionan en la cumbre de sus carreras deportivas, escritores de una sola y maravillosa obra, artistas que desaparecen después de actuar en un gran película, es algo que vemos con mucha frecuencia.

Ello nos lleva a pensar que nuestra propia estructura psíquica no es competente para el trabajo que le hemos asignado. En realidad no estamos preparados para la felicidad. En cambio estamos más preparados para el sufrimiento. El sujeto humano no soporta largos periodos de felicidad. Nuestro paradigma de goce y felicidad, el orgasmo, apenas dura unos segundos. A veces, aunque no siempre, pero si muchas veces, no soportamos que nos vaya bien y atentamos contra nuestros mejores y más legítimos deseos. Sin darnos cuenta, minamos el camino que debemos recorrer con obstáculos que nos sorprendería ver en la manera de proceder de nuestros semejantes.

Por otro lado, despreciamos auténticas fuentes de satisfacción y de felicidad perdurables, como son el trabajo físico e intelectual. El privilegio que nuestra sociedad da a los bienes sobre la realización de una tarea es, en muchos casos, una extensión de nuestra disposición ideológica. La mayoría de nuestras formas de diversión parecen hechas para la perpetuación de nuestra condición de lactantes: recibimos siempre, pero muy pocas veces nos invitan a participar activamente. Es por eso que algunos grandes pensadores han preferido decir “No fui feliz, porque la felicidad es argucia del sistema” (M. O. Menassa).

Ruy Henríquez
Psicoanalista

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SOBRE LA DURACIÓN DEL TRATAMIENTO

Bildnis der Marthe Mellot, Felix Vallotton. 1898

Bildnis der Marthe Mellot, Felix Vallotton. 1898

La ignorancia de los enfermos y la insinceridad de los médicos se confabulan para exigir del psicoanálisis los más desmedidos rendimientos en un mínimo de tiempo. Véase, si no, el siguiente extracto de una carta que me ha dirigido hace pocos días una señora rusa. Tiene cincuenta y tres años; viene enferma hace veintitrés, y desde hace diez se halla incapacitada para toda labor algo continuada. Los “tratamientos seguidos en diversos sanatorios” no han conseguido devolverla a la “vida activa”. Espera obtener la curación por medio del psicoanálisis, sobre el cual le han llamado la atención sus lecturas. Pero su enfermedad ha costado ya tanto dinero a su familia, que no podría prolongar su estancia en Viena más allá de dos meses. Además, tendrá que hacer sus comunicaciones por escrito, pues está segura de que el solo hecho de rozar sus complejos provocará en ella una explosión o la “hará enmudecer por algún tiempo”. En general, no puede esperarse de nadie que levante con los dedos una pesada mesa como podría levantar un ligero cascabel, ni que construya una casa de siete pisos en el mismo tiempo que una choza; pero cuando se trata de las neurosis, hasta las personas más inteligentes olvidan la proporcionalidad necesaria entre el tiempo, el trabajo y el resultado. Todo ello no es sino una consecuencia perfectamente comprensible de la profunda ignorancia general en cuanto a la etiología de las neurosis. Como no se sabe de dónde han venido, se supone que un buen día desaparecerán como vinieron.

Sigmund Freud
La iniciación del tratamiento

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NOTA SOBRE LA CHARLA-COLOQUIO “LOS SUEÑOS SON UNA REALIZACIÓN DE DESEOS”

Peter Paul Rubens, Boreas Abducting Oreithyia (c. 1620), oil on panel, 140 x 146 cm.

Peter Paul Rubens, Boreas Abducting Oreithyia (c. 1620), oil on panel, 140 x 146 cm.

El sueño es la vía regia para acceder al concepto de inconsciente, que es el gran descubrimiento de Freud. Para hablar de este descubrimiento, Freud utiliza los sueños como medio expositivo, porque soñar soñamos todos. Si hubiera usado los síntomas (hablando de las fobias, obsesiones, parálisis histéricas, etc.) habrían rechazado su descubrimiento, alegando que se trataba de personas enfermas, de neuróticos. En cambio, los sueños son una producción del inconsciente que todos, sanos y enfermos, experimentamos cotidianamente.

Lo que Freud descubre es el mecanismo de funcionamiento del aparato psíquico. Afirma que los mecanismos que funcionan en la producción de los síntomas son los mismos mecanismos que funcionan en la producción de los sueños. Por eso no debemos creer que Freud está particularmente interesado en los sueños o en los síntomas. En lo que Freud está interesado es en el aparato psíquico: en la máquina de soñar, no en los sueños.

Cuando leemos el título de “La interpretación de los sueños”, normalmente hacemos hincapié en los sueños. Pero el acento para Freud está en “La interpretación”, no en los sueños. La interpretación es el método, el método de interpretación-construcción, que es el modo que tenemos de apropiarnos de la realidad psíquica inconsciente.

El método sólo es posible después de haberse producido el objeto de conocimiento, es decir, el concepto de inconsciente. Una vez establecido que el objeto de conocimiento del psicoanálisis es lo psíquico inconsciente, se pudo desarrollar un método capaz de apropiarse de él. Un método acorde con sus particularidades, con sus maneras de producirse.

Freud revoluciona la idea de enfermedad y de salud, porque demuestra que en ambas están en juego los mismos mecanismos, las mismas leyes de producción. Antes se creía que una persona que padecía neurosis obsesiva, o histeria o psicosis sufría una especie de degeneración psíquica, de deterioro de las facultades mentales. El psicoanálisis vino a demostrar que no hay degeneración del aparato, porque el mecanismo no deja de funcionar, no está roto ni estropeado durante la enfermedad. Lo que sucede en las afecciones neuróticas es que el mecanismo ha entrado en un bucle del que no puede salir, es una exageración, algo que se repite, una fijación en un punto, pero no un deterioro. Esto es lo que permite que cuando un paciente se cura, pueda haber recuperación ad integrum.

Con la interpretación de los sueños, sucede algo parecido a lo que sucede a la psicopatología de la vida cotidiana, en donde Freud habla de los actos fallidos, de los olvidos de los nombres propios y de los actos sintomáticos. Se trata de asuntos sin ninguna categoría científica relevante. Son fenómenos insignificantes que nadie antes había intentado explicar científicamente. Ocuparse de los sueños estaba muy mal visto en un hombre de ciencia, porque todo lo que tenga que ver con ellos sigue rodeado por un halo de superstición y de misticismo. A lo más que llegaban era a decir que se trataba de fenómenos psíquicos motivados por alteraciones físicas. Los sueños no serían un acto psíquico sino la expresión en la vida anímica de excitaciones somáticas. Una antigua comparación asimila los sueños a los sonidos que produce alguien profano en música recorriendo con sus dedos el teclado de un piano.

Pero en los sueños, como en los actos fallidos, se cumple la historia del rey que se disfraza de mendigo para visitar y hablar con su pueblo. No debemos despreciar ninguna de las manifestaciones psíquicas, por considerarlas insignificantes y despreciables: lo psíquico se expresa en cada uno de sus detalles, en cada una de sus manifestaciones. Esto que tenemos que esforzarnos en recordar como investigadores y científicos, jamás lo olvidamos en la vida cotidiana. Cuando alguien querido se olvida de nuestro cumpleaños o de una fecha especial para nosotros, sabemos darle a tal olvido un significado certero. Cuando nuestra pareja nos llama con el nombre de un antiguo amor, no lo disculpamos alegando un error accidental por cansancio o distracción.

Hay cosas de gran importancia que sólo pueden manifestarse por muy pequeños indicios. Pero con los sueños ocurre además que no hay ninguna garantía para saber con exactitud qué ha sido realmente lo que se ha soñado. No podemos meternos dentro de la cabeza del soñante y ver qué ha soñado. Y tampoco podemos fiarnos de su relato del sueño, porque el soñante duda, se contradice y frecuentemente agrega nuevos detalles a su relato. ¿Cómo construir entonces sobre este terreno incierto un conocimiento científico? Un objeto tan difícil de definir impide que sobre él se pueda afirmar algo con certeza.

Freud plantea un nuevo nivel de objetividad. Sostiene: no se trata del objeto soñado, sino del relato del sueño. No se trata de lo que ha vivido o dejado de vivir el paciente, sino de lo que dice acerca de lo que ha vivido o dejado de vivir. El psicoanálisis se ocupa del relato del sueño, haciendo abstracción de todo aquello que el soñante haya olvidado o deformado por el recuerdo.

En este sentido, el psicoanálisis nos lleva a distinguir entre realidad objetiva y realidad psíquica. Cuando decimos “el sueño es como una realización de deseos”, estamos diciendo que es algo parecido a una realización pero que en realidad no es una realización, porque no se trata de que se realice en la realidad objetiva o física, sino que se realiza en la realidad psíquica. En el “como” Freud propone la existencia de una realidad psíquica. Esta realidad psíquica es un escenario del que el sujeto no tiene noticia, porque es completamente inconsciente. Es por eso que decimos que se trata del campo de un saber no sabido por el sujeto. Sabe y no sabe de su existencia.

¿Cómo lleva a cabo el sueño la realización de un deseo? En primer lugar, alterando el tiempo de los verbos, transformando el subjuntivo “pienso dar una fiesta” por el presente indicativo “doy una fiesta”. El deseo siempre se realiza en presente. El presente es el tiempo en el que el deseo se presenta como realizado.

Mientras que para el pensamiento científico es un absurdo hablar del sentido de los sueños, el pensamiento popular conserva la antigua convicción de que los sueños tienen un sentido que tiene que ver con el soñante, con aquel que sueña. No se trata de revelaciones místicas o metafísicas acerca del porvenir, sino de un fenómeno que tiene que ver con el que sueña. Esto ya lo sabían incluso los griegos.

El lenguaje común parece haber sospechado siempre que el principal carácter de los sueños consiste en la realización de deseos.

Todos conocemos los proverbios: “El cerdo sueña con bellotas y el ganso con el maíz” o “¿Con qué sueña la gallina? Con los granos de trigo”. Son muchas las expresiones que implican ese sentido: “bello como un sueño”, “yo no hubiera soñado jamás cosa semejante”, o “es una cosa que ni siquiera en sueños se me hubiera ocurrido”.

Aunque hablamos de “malos sueños”, el sueño por antonomasia es el que produce la dulce satisfacción de un deseo. No hay proverbio alguno que diga que el puerco o el ganso sueñan con el matarife.

Existe un grupo de sueños no deformados que, al igual que los infantiles, se muestran como realizaciones de deseos. Son los sueños provocados por imperiosas necesidades orgánicas, tales como el hambre, la sed y la necesidad sexual, y que constituyen realizaciones de deseos correspondientes a excitaciones internas.

Quienes beben y cenan demasiado, sienten durante la noche una intensa sensación de sed y sueñan que beben copiosamente. Desde el punto de vista práctico el servicio del sueño es insignificante, pues al despertarnos tenemos que beber. Pero su misión es la de mantener el reposo contra las excitaciones que llevan al sujeto a despertar.

En realidad, todos los sueños son sueños infantiles, pues todos laboran con materiales infantiles y mecanismos del mismo género.

Los deseos de los sueños deformados son deseos prohibidos y reprimidos por la censura, deseos cuya existencia constituye la causa de la deformación onírica.

Pero no se puede buscar la realización de deseos en un sueño sin antes haberlo interpretado. Los sueños tienen sentido sólo después de ser interpretados.

Se dice: “Si el sueño es una realización de deseos, no debiera provocar sensaciones penosas.”

La explicación está en que las pesadillas muestran con frecuencia un contenido exento de toda deformación, esto es, un contenido que ha escapado a la censura. Muchas veces es una realización no encubierta de un deseo. Un deseo que, lejos de ser bien acogido por nosotros, es rechazado y reprimido. La angustia que acompaña la realización toma el lugar de la censura.

Del sueño infantil podemos decir que es la abierta realización de un deseo admitido, mientras que el sueño ordinario es la realización encubierta de un deseo reprimido.

La censura obliga a deformar la representación del deseo reprimido, pero cuando no lo consigue, como último recurso, pone fin al reposo mediante la angustia.

Ruy J. Henríquez Garrido

psicoanalista

618596582

ruyhenriquez@hotmail.com

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LA REVOLUCIÓN COPERNICANA DE FREUD

Francis Bacon: self-portrait, 1971

Francis Bacon: self-portrait, 1971

Para calificar el descubrimiento de Freud hemos usado el término revolución copernicana. Esto no implica que lo que no es copernicano sea absolutamente unívoco. Los hombres no siempre creyeron que la Tierra era una especie de planicie infinita, también le atribuyeron límites, formas diversas, a veces la de un sombrero de mujer. Pero, en fin, pensaban que había cosas que estaban debajo, digamos en el centro, y que el resto del mundo se edificaba encima. Pues bien, si no sabemos exactamente lo que un contemporáneo de Sócrates podía pensar acerca de su yo, así y todo había algo que tenía que estar en el centro, y no parece que Sócrates lo ponga en duda. Probablemente no se trataba de algo hecho como el yo, que comienza en una época que podemos situar hacia mediados del siglos dieciséis, comienzos del diecisiete. Pero estaba en el centro, en la base. En relación con esta concepción, el descubrimiento freudiano tiene exactamente el mismo sentido de descentramiento que aporta el descubrimiento de Copérnico. Lo expresa muy bien la fulgurante fórmula de Rimbaud –los poetas, que no saben lo que dicen, sin embargo siempre dicen, como es sabido, las cosas antes que los demás– : Je est un autre.

Jacques Lacan
El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica

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SOBRE LA SUPERSTICIÓN COMO SÍNTOMA

"Autumn landscape, orange sky". Maurice de Vlaminck (1876-1958)  Oil on canvas, 55 x 65 cm

“Autumn landscape, orange sky”. Maurice de Vlaminck (1876-1958) Oil on canvas, 55 x 65 cm

Dice Freud que en ocasiones una fe extinta sobrevive como superstición y como opinión popular una teoría abandonada por la ciencia. Precisamente es nuestra moderna concepción científica, nunca del todo bien establecida, la que nos hace considerar las expresiones supersticiosas como fuera de lugar. Olvidamos, sin embargo, que en tiempos pasados creencias y costumbres, que hoy pensamos supersticiosas, estuvieron plenamente justificadas y estaban cargadas de razón. Con ello el romano que postergaba una empresa después de tropezar al salir de su casa, se mostraba mejor psicólogo que nosotros, pues tenía en cuenta que en su espíritu había una contradicción, que entorpecería el desarrollo de sus propósitos.

Sucede que con el término “superstición” descartamos demasiado rápido lo que en realidad es una compleja articulación significante. Nos apresuramos a denominar como fruto de la ignorancia o de la superstición, expresiones y hábitos que requieren una mayor sutileza analítica para estimarlas en su justo valor. La idea de superstición es una construcción provisional, una pantalla entre los hechos y el conocimiento (como la angustia, el sueño o el demonio), que cae por tierra ante la investigación psicoanalítica.

La definición que ofrece el diccionario del término “superstición”, como creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón, sugiere que el supersticioso se encuentra en un estado previo, no sólo al pensamiento lógico, sino también al pensamiento religioso. Este estado primitivo, mágico-animista, se caracterizaría principalmente por una arraigada convicción en la omnipotencia del pensamiento.

Pero el supersticioso no siempre desconoce ni ignora las leyes que la religión o la ciencia establecen. En determinadas ocasiones, como sucede en la neurosis obsesiva, la superstición se impone al sujeto en contra de sus propias convicciones, sean estas religiosas o científicas.

La superstición se presenta, entonces, como resultado de la defensa ante una representación procedente del inconsciente, que el sujeto se ve compelido a reprimir por resultarle intolerable. Los rituales supersticiosos que lleva a cabo no tienen otro propósito que defenderse de la tentación que acompaña a tales representaciones.

Los actos supersticiosos son, en tales casos, el producto de una transacción entre lo reprimido y lo que reprime. Al igual que las fobias, la minuciosidad y los escrúpulos, la superstición es una medida preventiva que se transforma en obsesiva.

Como los antiguos titanes de la leyenda, cuando lo reprimido es rozado por algún suceso actual, las supersticiones se reaniman y vuelven a remover el suelo bajo los pies de quien las padece. Las antiguas convicciones, la fe que parecía extinta en la omnipotencia del pensamiento, todo aquello que denominamos carácter supersticioso, vuelve a surgir con todas sus fuerzas, amenazando al sujeto neurótico.

La superstición se muestra, de este modo, como una obsesión contra la que el propio sujeto es incapaz de luchar, rectificando con el razonamiento lógico, la incongruencia manifiesta con el resto de sus convicciones racionales.

Sólo el psicoanálisis puede llevar a cabo una interpretación y tratamiento de tales síntomas, como producto de procesos inconscientes.

Ruy Henríquez
psicoanalista

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