SI NO QUISIERAMOS EDUCAR TANTO, SERÍAMOS MEJORES MAESTROS

El concepto de trabajo pone en marcha la socialización de la escritura, de la cultura, del pensamiento. Si no se piensa como trabajo, la creación y la escritura quedan restringidas a la inspiración, a las élites intelectuales, al beneficio de unos pocos.

Si dar cultura al pueblo no consiste simplemente en sentarle en una silla y leerle poesía, sino que es implicarle en los procesos de producción de la cultura, educar al pueblo también será implicarle en la producción de su propia educación y no solamente darle una lección hasta que la aprenda de memoria.

El objeto técnico tiene una ventaja sobre la producción de conocimiento de unos 500 años. Cualquier capataz de empresa tiene, por tanto, una ventaja semejante sobre el maestro de escuela o el profesor universitario. El desarrollo exponencial de la tecnología sobre la producción del pensamiento, supone que este último no ha alcanzado ni la industrialización ni la socialización que el objeto tecnológico ha logrado. En materia del pensamiento, puede decirse que, la producción es más bien artesanal.

Ello se ve reflejado en la creencia de que la creación y la producción científica es una cualidad esencial de unos elegidos, beneficiados por la fortuna de haber nacido con ventajosas condiciones intelectuales. Una creencia que desprecia el carácter transformador del trabajo y la tarea hominizante de la cultura.

La erudición sin saber, la exaltación de la imagen académica y autoritaria del profesor como aquel que detenta un supuesto saber, el culto a la memorización y a las formas tradicionales del aprendizaje, dominan todavía nuestras formas de enseñanza, que en general sigue siendo victoriana.

Que la educación sea victoriana significa que es una educación “antipsicológica”, es decir, que no tiene en cuenta las verdaderas condiciones psíquicas ni del maestro ni del estudiante. Su principal característica es un excesivo racionalismo centrado en los polos dialécticos de la conciencia: inteligencia-estupidez, conocimiento-ignorancia, comprensión-incomprensión, premio-castigo, etc.

Como la política y el psicoanálisis, la educación es una tarea imposible. Uno no puede enseñar a otro, pero le puede dejar que aprenda. Por eso, la tarea más urgente del maestro es dejar crecer a los jóvenes, dejarlos que aprendan, no educarlos. Abandonar el “furor educandi” permite que el estudiante pueda por fin aprender. Si no quisiéramos educar tanto, seríamos mejores maestros.

Aprender viene de “apprehendere”, aprehender, capturar, adquirir. El hombre tiene que aprenderlo todo, para producir su humanidad. Este aprendizaje no es otra cosa que un dejarse prender en las redes del lenguaje.

La educación no es, entonces, una mera transmisión de conocimientos, sino una toma de posición en un saber.

Por eso es que cuando estudiamos de memoria algo, rápidamente lo olvidamos. La conciencia, como cualquier órgano de percepción es incapaz de conservar, de retener, es decir, de memorizar. La verdadera memoria es siempre inconsciente. Ella no reproduce, sino que es transferencial.

Si en el “aprender de memoria” no hay implicación del sujeto, si no está puesta en juego su libido, si en definitiva no se deja tocar por lo que lee, es decir, si no se transforma con la lectura, se puede decir que no ha habido lectura.

El psicoanálisis inaugura una nueva ideología que supone una revolución para la producción del pensamiento. La vida psíquica ya no mira desde donde comprende, sino que mira desde donde no sabe. El psicoanálisis abre un nuevo campo ideológico: un saber no sabido por el sujeto.

Este saber no sabido por el sujeto es el inconsciente. Un inconsciente que se constituye por recurrencia y que funciona en mí sin que yo sepa nada de él. Es decir, un saber que se produce fuera de las leyes de la conciencia.

Esto significa, que el saber no lo posee ni el maestro ni el alumno, y tampoco está en los libros. El saber hay que producirlo cada vez. Por eso es que tener cultura es producir cultura. Estudiar es producir la educación, educarse, implicarse en su producción.

Ruy Henríquez

Psicoanalista

Publicado en Revista Extensión Universitaria Nº 130

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VIAJE DE LOS MAGOS

The Adoration of Magi and Nativity

“Buen frío que pasamos con aquello,
exactamente el peor momento del año
para un viaje, y un viaje tan largo:
los caminos ahondados y el tiempo que mordía,
lo peor mismo del invierno.”
Y los camellos irritados, llagados en las patas, recalcitrantes,
tirándose en la nieve que se fundía.
Hubo veces que añorábamos
los palacios de verano en laderas, las terrazas,
y las muchachas sedeñas trayendo sorbetes.
Además, los camelleros maldiciendo y gruñendo
y escapándose, y queriendo sus tragos y mujeres.
Y las hogueras nocturnas apagándose, y la falta de cobijo,
y las ciudades hostiles y los pueblos poco amistosos
y las aldeas sucias y cobrando precios altos:
muy duro que lo pasamos.
Al final preferíamos viajar toda la noche,
durmiendo a trechos,
con las voces que cantaban en nuestros oídos,
diciendo que todo eso era locura.

Entonces, al amanecer bajamos a un valle templado,
húmedo, bajo la línea de las nieves, oliendo a vegetación,
con un arroyo que corría y una aceña golpeando la oscuridad,
y tres árboles en el cielo bajo.
Y un viejo caballo blanco salió al galope por el prado.
Entonces llegamos a una taberna con hojas de vid sobre el dintel,
seis manos en una puerta abierta jugándose a los dados
monedas de plata,
y pies dando patadas a cueros de vino vacíos.
Pero no hubo información, así que seguimos
y llegamos al anochecer, ni un momento antes de tiempo
para encontrar el sitio: fue (podría decirse) satisfactorio.

Todo eso pasó hace tiempo, lo recuerdo.
Y lo volvería a hacer, pero escribid esto,
escribid esto: ¿se nos llevó tan lejos a buscar Nacimiento o Muerte?
Había un Nacimiento, es cierto,
tuvimos pruebas sin duda.
He visto nacimiento y muerte,
pero había creído que eran muy diferentes;
este Nacimiento fue
dura y amarga angustia para nosotros,
como Muerte, nuestra muerte.
Volvimos a nuestros sitios, estos Reinos,
pero ya no más a gusto aquí, en el viejo estado de cosas,
con una gente extraña aferrándose a sus dioses.
Me alegraría de otra muerte.

T. S. Eliot
Poemas de Ariel

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