Presentación de “Interrupciones. Cuentos breves… según se lean”

ruy2019

El sábado 13 de abril, a las 19,00 horas, presentación del libro de Ruy Henríquez

“INTERRUPCIONES, Cuentos breves… según se lean”

Lugar de la presentación: Editorial Grupo Cero, c/Princesa 13, 1º Izda. Madrid

Información: Tel 91 758 19 40 – actividades@grupocero.info

Presenta Hernán Kozak

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DE UNA NUEVA LITERATURA / C. Pavese

Winston Chmielinski, "To pause", 36 x 36 in acrylic on canvas

Winston Chmielinski, “To pause”, 36 x 36 in acrylic on canvas

DE UNA NUEVA LITERATURA

Característico de tiempos como el nuestro es el derroche de energías. Se es siempre demasiado joven, lo que quiere decir, demasiado tontamente complicado e incómodo frente a la inverosímil posibilidad de realizar las cosas hasta ayer prohibidas. Es propio de los jóvenes acercarse a la vida, por ejemplo a una mujer, con un complejo bagaje de ideas preconcebidas y abstractas, de exigencias, de celosas susceptibilidades, que deterioran y destrozan los nervios. A demasiada gente, hoy –jóvenes y viejos–, le falta el arte de dejar hablar a las cosas, de aceptar el propio destino, de ponerse de acuerdo consigo mismo. Todos nos debatimos inútilmente; así como nadie, hoy, sabe elegir una ciudad, una casa, donde detenerse y trabajar. Tal vez sea el efecto, que aún perdura, de la vida y de la lucha clandestinas; tal vez sea algo peor.

La más grande de las cosas hasta ayer prohibidas era, sin duda, la capacidad de trabajar libremente y de hablar para los otros, para el prójimo, para el compañero hombre. Y hasta donde llega el análisis objetivo, la formulación y la consecuente puesta en práctica de un método político en una determinada situación, mucho se ha hecho y se hará entre nosotros, y las capacidades están y los compañeros lo saben. Aquí no se derrochan energías. La dura lucha y la gravedad de lo puesto en juego tienden a eliminar de por sí a quien ponga en su trabajo superestructuras y orgasmo. No es posible mentir por largo tiempo en este terreno. Sobre todo, no es posible mentirse así mismo. Nos movemos entre realidades sangrientas, y a quien tiene buena voluntad la conciencia sabe por lo menos sugerirle que acepte ciertas órdenes. Colaborar con los otros, con el prójimo, puede ser fatigoso, desesperado, nunca imposible. La presencia, la parte de los otros, nos enseña el camino.

Hay, en cambio, un campo de trabajo –donde se habla para los otros, o más bien se escribe– que parece llevar fatalmente consigo una separación, un aislamiento, y ciertamente, por lo menos en su fase conclusiva, excluye toda colaboración y contacto. Es el trabajo de la fantasía inteligente, dirigido a sondear y expresar la realidad: poesía, narración, ensayo y demás. Para atender este trabajo es necesario aislarse, no sólo materialmente: el esfuerzo de auscultación que ejercemos sobre nosotros mismos tiende a despedazar muchos puentes con el exterior y a hacernos perder el gusto del intercambio, de la convivencia, de la cordial humanidad. Tiende a contraponernos a las cosas, a hacernos descuidar, ignorar. Se había salido para comprender, para poseer más a fondo la realidad, y el resultado es que uno se encierra en un mundo ficticio que se opone a la realidad. Entonces, naturalmente, se sufre.

En este estado de desequilibrio, de inquieta conciencia, viene el derroche. Uno se mantiene o vuelve a ser adolescente. Se debate en esa adolescencia. Se inventan teorías, justificaciones, problemas. Se olvida –o nunca se lo supo bien– que el deber, el trabajo, es otro: precisamente, el de sondear y expresar la realidad a través de la fantasía inteligente. Interrogar a las cosas y escucharlas, interrogar a los otros y aceptar el destino, parece ahora demasiado simple, y se llega hasta a crearse deberes, complicados y erróneos como todas las veleidades. El mundo de ayer toleraba una equívoca figura de intelectual que, sin reconocer deberes, vivía sustancialmente de teorías, justificaciones y problemas. Cuando quería “crear”, se ponía delante de la “realidad” e intentaba expresarla, sucediendo a menudo que erraba de realidad y expresaba, cuando mucho, justificaciones y problemas. Y no se equivocaba: sólo admitía su realidad, y en ese mundo ficticio del yo sin deberes era, a su modo, honesto. Entre las tantas teorías había escogido la del necesario aislamiento y de la ascética renuncia a las durezas de la vida activa y de la realidad. Vivía mimetizado bajo el tejido del estilo y hacía consistir su dignidad en ser ese tejido, ese estilo, esa máscara. Era, en fin, fiel a principios, y les tributaba su persona.

Hoy va tomando difusión la teoría contraria, naturalmente justa, de que el intelectual, y especialmente el narrador, debe romper el aislamiento, tomar parte en la vida activa, tratar la realidad. Pero esto es, precisamente, una teoría. Es un deber que se nos impone “por necesidad histórica”. Y nadie ama por teoría o por deber. El narrador que, en otro tiempo, en lugar de narrar, daba vueltas por los meandros de su yo descontento, en perpetua rebelión contra los bajos deberes de este mundo del contenido, ahora se arruina los nervios y pierde el tiempo preguntándose si el contenido le interesa cuanto debería, si su estilo y su gusto son suficientemente proletarios, si el problema o los problemas de este tiempo lo agitan todo lo que es de desear. Y hasta aquí no hay nada que decir. Para nadie es una broma la empresa de vivir, y vivir significa ser jóvenes y luego hombres, y también debatirse, darse deberes, proponerse una conducta. Lo malo comienza cuando esta obsesión de la fuga del yo deviene ella misma argumento del relato, y el mensaje que el narrador debe comunicar a los otros, al prójimo, al compañero hombre, se reduce a esta pobre auscultación de las propias perplejidades y veleidades. Tocar el corazón de las cosas por teoría o por deber es imposible. Nos debatimos y nos consumimos, eso sí. Aceptarse a sí mismo es difícil.

Y sin embargo, el narrador, el poeta, el obrero de la fantasía inteligente, debe, ante todo, aceptar el destino, estar de acuerdo consigo mismo. Quien es incapaz de interrogar a las cosas y a los otros resígnese y admítalo. El mundo es grande y hay un sitio también para él. Lo que no anda es esforzarse para arrancar un rugido que luego semeja un maullido. La equívoca pasta del intelectual de ayer no cambia. En este mundo de individuos nada cambia, y las palabras no bastan. Quien está obsesionado por el dilema “¿Soy o no escritor social?”, y a quien toda la variedad infinita de las cosas, de los hechos, de las almas, le resulte, bajo su pluma, auscultación de sí mismo, como en los gloriosos tiempos del fragmentismo, sea heroico hasta el final: impóngase silencio. Aquí está el deber y la justificación. O, si estimula su buena fe hasta comprender que los nuevos deberes son, ante todo, de humildad, humíllese desinteresadamente ante los otros, ante los compañeros, ante las cosas: puede ser que esté al alcance de sus fuerzas llegar realmente a hablar para ellos, y que hasta ahora no lo haya logrado por defecto de crecimiento o por culpa de superestructuras. Porque el arte de aceptarse, de estar de acuerdo consigo mismo, tiene de bueno que ilumina hasta la mínima chispa de valor que se tiene en el cuerpo.

Todos estamos convencidos de que solamente el mundo y la vida contienen los apuntes, las condiciones de cualquier página verdadera que se haya escrito o escribirá. Es más, sabemos que hay tiempos, como el nuestro, en los que acontece una mutación, una afirmación de valores, en los que la materia humana y social fermenta como en un crisol, esperando ser decantada en nuevas formas. Pero no estamos convencidos de que estas formas nacerán de la presunción orgullosa de quien, despechado por no haberlas hallado aún, se hace a sí mismo argumento de sus escritos. Esto es romanticismo adolescente. Más que nunca vale aquí la expresión “A quien tiene le será dado” y la otra, “Sólo lo que no se busca se obtiene”. Quien busca la felicidad nunca será feliz; quien quiere hacer el arte de su tiempo “por necesidad histórica”, hará, cuando mucho, una poética, un manifiesto. Estas cosas, o bien se las tiene en el cuerpo, y nacerán, y no sirve discutirlas, o no son más que palabras. Escuchar y aceptarse a sí mismo, no quiere decir debatirse en charlas, sino atender a su propio oficio, sabiéndolo un oficio, humillándose en ello, produciendo valores. El zapatero hace zapatos y el albañil casas, y cuando menos hablan del modo de hacerlo mejor trabajan: ¿es posible que el narrador deba, en cambio, charlar impunemente sólo de sí mismo?

 

Cesare Pavese
“De una nueva literatura”, publicado en Rinascita, mayo-junio de 1946.
El oficio de poeta

Winston Chmielinski, "Rub Dry", 48 x 36 in oil on canvas

Winston Chmielinski, “Rub Dry”, 48 x 36 in oil on canvas

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UN DOMINIO EXTRANJERO INTERIOR / S. Freud

Mario Sironi, La Carità

Mario Sironi, La Carità [Charity], 1940

Todos sabéis seguramente la importancia que para vuestras relaciones particulares, tanto con las personas como con las cosas, entraña el punto de partida. Así ha sido también en psicoanálisis. Para su desarrollo y para la acogida que hubo de serle dispensada no fue indiferente que iniciara su labor en el síntoma; esto es, en lo más ajeno al yo que al alma íntegra. El síntoma proviene de lo reprimido y es como un representante de lo reprimido cerca del yo; pero lo reprimido es para el yo dominio extranjero: un dominio extranjero interior, así como la realidad -si se me permite una expresión nada habitual- es un dominio extranjero exterior. Partiendo del síntoma, el camino analítico nos condujo a lo inconsciente, a la vida instintiva, a la sexualidad siendo ésta la época en que el Psicoanálisis comenzó a oír las ingeniosas objeciones de que el hombre no era exclusivamente una criatura sexual, y conocía también impulsos más nobles y elevados. Habría podido añadirse que, exaltado por la conciencia de tales impulsos elevados, se tomaba con demasiada frecuencia el derecho de pensar disparates y el de desatender los hechos.

 

Sigmund Freud
“Disección de la personalidad psíquica”
Lexión XXXI. Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis

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Nada es más peligroso que la interrupción del trabajo / Victor Hugo

Jean-Pierre Ruel

Jean-Pierre Ruel, oil on canvas

Para colmo de desgracia volvía a visitarle la miseria; sentía ya cerca de sí, por detrás, su soplo helado. Porque durante estos tormentos, y desde hacía algún tiempo, había abandonado su trabajo; y nada es más peligroso que la interrupción del trabajo: es una costumbre que se pierde. Costumbre fácil de perder y difícil de volver a adquirir.

Cierta cantidad de meditación fantástica es buena, como un narcótico en discreta dosis; adormece la fiebre, muy dolorosa alguna vez, de la inteligencia que trabaja, y da origen en el espíritu a un vapor suave y fresco que corrige los contornos demasiado ásperos del pensamiento puro, llena aquí y allá lagunas e intervalos, enlaza los conjuntos y sombrea como un difumino los ángulos de las ideas. Pero mucha cantidad de estos ensueños fantásticos sumerge y ahoga. ¡Desgraciado el obrero del espíritu que se deja caer completamente desde el pensamiento a este ensueño! Cree que volverá a subir fácilmente, y se dice que al fin y al cabo es lo mismo pensar que soñar. Error.

El pensamiento es el trabajo de la inteligencia, la meditación fantástica es la voluptuosidad; reemplazar aquél por ésta es confundir un veneno con un alimento.

Victor Hugo
Los miserables

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NOTA SOBRE LA PRESENTACIÓN DE “INTERRUPCIONES. CUENTOS BREVES… SEGÚN SE LEAN”

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El estilo breve de una narración no tiene por qué suponer una lectura ligera o superficial.

Como advertía el poeta y narrador italiano Cesare Pavese, “sucede con los libros como con las personas. Hay que tomarlos en serio”. De esta manera Pavese recalcaba la necesidad de ser cautos en nuestras lecturas. Leer no es una tarea fácil. Su recomendación tiene como destinatarios, sobre todo, a quienes están habituados a trabajar con libros y con escritos. Pues en ocasiones sus hábitos y sus conocimientos se convierten en un obstáculo. Muchas veces leemos de memoria y todo lo que se aleje o no se aproxime a las formas literarias conocidas o preferidas, nos repele, nos asusta o simplemente nos incomoda. Nuestros cánones, en tales momentos, son más fuertes que nuestro amor a las letras.

En la tarea de leer, dice Pavese, lleva ventaja quien en lugar de libros tiene que tratar con cosas o con personas. Al regresar a casa y tomar un libro, después de una dura jornada, se encuentra entonces con algo áspero y extraño, con una escritura que lo interpela, que lo desalienta. Leer es más una lucha, un diálogo, que un descanso. Sobre todo cuando se trata de un libro que interrumpe nuestra forma habitual de concebir las cosas; pues al incomodarnos nos exige que leamos atentamente.

Hace poco apareció la noticia de la publicación de la correspondencia de Franz Kafka entre 1900-1914 (Galaxia Gutenberg). En la nota se citaba el extracto de una carta en el que el joven escritor checo decía a un amigo que “solo deberíamos leer libros que nos muerden”. “Un libro – escribía – ha de ser un hacha para clavarla en el mar congelado que hay dentro de nosotros” (El País, 24/11/2018). La lectura de este clase de libros dificulta nuestra manera acostumbrada de leer, pues al incomodarnos nos exige que leamos sin ideas previas. Leer dejándose llevar por la propia lectura y no por nuestros gustos o preferencias.

Hay libros que tienen este carácter a pesar de su apariencia modesta. Leyéndolos se piensa en Merleau Ponty, cuando dice que hay personas muy modernas en sus costumbres, pero que piensan de manera corriente. En cambio, hay otras que a pesar de vivir como todo el mundo, sus “pensamientos sacan de raíz todas las cosas”. De esta clase de libros es Interrupciones. Cuentos breves… según se lean (Editorial Grupo Cero) de Ruy Henríquez.

El pasado día 4 de diciembre del 2018, tuvo lugar la presentación de este libro singular en la librería Tipos infames de Madrid (c/ San Joaquín 3). Durante el acto se desarrolló un interesante diálogo entre el autor y el presentador Rubén Romero Sánchez, poeta y novelista.

Se trata de un libro de relatos que no transita los circuitos narrativos habituales, aunque en algunos aspectos formales pueda ser bastante clásico. Con un delicado acento poético, la prosa que compone sus relatos está llena de sugerencias en las que el lector no puede dejar de verse atrapado. Casi sin darse cuenta, quien emprende la lectura de Interrupciones se convierte en un agente activo, interpelado por el carácter inconcluso de muchos de sus relatos.

Aunque sorprenda, se trata de un recurso poco frecuente en la literatura actual, en la que el lector apenas tiene más participación que la de ser un mero receptor. A lo largo de cientos de páginas, el autor todo lo dice y no deja otra tarea al lector que ir deslizándose sin sobresaltos. Con Interrupciones, en cambio, no es posible abandonarse a la inercia de las propias ideas.

Más conocido por su poesía y por sus trabajos académicos, Ruy Henríquez ha conseguido reunir en Interrupciones una serie de relatos en los que se hacen patentes sus grandes intereses personales, que son en cierto modo los de todos: el amor, la sexualidad, la muerte… Damos la bienvenida a este bien compuesto y, en cierto modo, extraño libro y le auguramos la mejor de las suertes en un mundo nada fácil. Aguardamos con interés sus próximos relatos.

Amparo Jiménez Segura
Periodista

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RETORNO AL HOMBRE / C. Pavese

The Taking of Christ, Michelangelo Merisi da Caravaggio

The Taking of Christ, Michelangelo Merisi da Caravaggio. National Gallery of Ireland, Dublin

Desde hace años estamos alertas a las palabras nuevas. Desde hace años percibimos los estremecimientos y balbuceos de nuevas criaturas, y sentimos en nosotros mismos y en las voces sofocadas de este país nuestro, como un tibio aliento de nacimientos. Pero pocos libros italianos logramos leer en las ruidosas jornadas de la era fascista, en aquella absurda vida desocupada y restringida que tuvimos que llevar entonces, y más que libros conocimos hombres, conocimos la carne y la sangre de las cuales nacen los libros. En nuestros esfuerzos por comprender y por vivir, nos sostuvieron voces extranjeras: cada uno de nosotros frecuentó y amó la literatura de un pueblo, de una sociedad lejana, y habló de ella, la tradujo, se hizo una patria ideal. Todo esto, en lenguaje fascista se llamaba xenofilia. Los más tibios nos acusaban de vanidad exhibicionista y de fatuo exotismo, y los más austeros decían que buscábamos en los gustos y modelos de más allá del océano y más allá de los Alpes, un desahogo a nuestra indisciplina sexual y social. Naturalmente, no podían admitir que buscáramos en América, en Rusia, en China, o quien sabe dónde, un calor humano que la Italia oficial no nos daba. Menos aún, que nos buscásemos simplemente a nosotros mismos.

Sin embargo, fue justamente así. Allá nos buscamos y encontramos a nosotros mismos. De las páginas duras y extrañas de esas novelas, de las imágenes de esos films, nos llegó la certeza de que el desorden, el estado de violencia, la inquietud de nuestra adolescencia y de toda la sociedad que nos rodeaba, podían resolverse y aplacarse en un estilo, en un orden nuevo, podían y tenían que transfigurarse en una nueva leyenda del hombre. Esta leyenda, esta “clasicidad”, la presentimos bajo la dura corteza de una costumbre y de un lenguaje no fáciles, no siempre accesibles, pero poco a poco aprendimos a buscarla, a suponerla, a adivinarla en cada uno de nuestros encuentros humanos.

Sabemos ahora en qué sentido nos toca trabajar. Las señales dispersas que en los años oscuros recogíamos de la voz de un amigo, de una lectura, de alguna alegría o de mucho dolor, ahora componen un razonamiento claro y una cierta promesa. Y el razonamiento es éste: nosotros no iremos hacia el pueblo. Porque ya somos pueblo, y todo el resto es inexistente. Iremos, cuando mucho, hacia el hombre. Porque el obstáculo, la corteza que hay que romper, es ésta: la soledad del hombre, la nuestra y la de los otros. En ello reside todo el nuevo estilo, la nueva leyenda. Y, con esto, nuestra felicidad.

Proponerse ir hacia el pueblo es, en definitiva, confesar una mala conciencia. Ahora bien, nosotros tenemos muchos remordimientos, pero no el de haber olvidado jamás de qué carne estamos hechos. Sabemos que en este estrato social que suele llamarse pueblo la risa es más pura, el sufrimiento más vivo, la palabra más sincera. Y todo eso lo tenemos en cuenta. Pero qué otra cosa significa esto, sino que en el pueblo la soledad ya está vencida, o en camino de serlo. Igualmente, en las novelas, en los poemas y en los films que nos revelaron a nosotros mismos en un pasado reciente, el hombre era más puro, más vivo y más sincero que en todo lo que se hacía en nuestro país. Mas no por eso nos confesamos inferiores o distintos de los hombres que hacen esas novelas o esos films. Como para ellos, para nosotros el fin es descubrir, celebrar al hombre más allá de su soledad, más allá de todas las soledades del orgullo y del sentido.

Estos años de angustia y de sangre nos han enseñado que la angustia y la sangre no son el final de todo. Una cosa se salva del horror, y es la disposición del hombre hacia el hombre. De esto estamos bien seguros, pues el hombre nunca estuvo menos solo que en estos tiempos de soledad terrible.

Hubo días en que bastó la mirada, el guiño de un desconocido, para conmovernos y detenernos en la caída. Sabíamos y sabemos que en todas partes, en los ojos más ignorantes o más torvos, anida una caridad, una inocencia que está en nosotros compartir. Muchas barreras, muchas estúpidas murallas cayeron en estos días. También para nosotros, que desde hace tiempo obedecíamos a la súplica de cada presencia humana, fue un estupor sentirnos investidos, sumergidos en tanta riqueza. Verdaderamente, el hombre, en lo que tiene de más vivo, se ha revelado, y ahora espera que nosotros sepamos comprender y hablar.

Hablar. Las palabras son nuestro oficio. Lo decimos sin sombra de timidez o de ironía. Las palabras son tiernas cosas, intratables y vivas, pero hechas para el hombre y no el hombre para ellas. Todos sentimos que vivimos en un tiempo en que se hace necesario volver a llevar las palabras a la sólida y desnuda limpieza de cuando el hombre las creaba para servirse de ellas. Y nos sucede que, precisamente por ello, porque sirven al hombre, las nuevas palabras nos conmueven y aferran como ninguna de las voces más pomposas del mundo que muere, nos conmueve como una plegaria o un boletín de guerra.

Nuestro fin es difícil, pero vivo. Es también el único que tiene un sentido y una esperanza. Son hombres los que esperan nuestras palabras, pobres hombres como nosotros cuando olvidamos que la vida es comunión. Nos escucharán con dureza y con fe, prontos a encarnar las palabras que diremos. Desilusionarnos sería traicionarlos, sería traicionar también nuestro pasado.

Cesare Pavese

Retorno al hombre, artículo publicado en L’Unità, Turín, el 20 de mayo de 1945

 

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El PODER DE LA PALABRA

Honoré Daumier

Honoré Daumier

El fenómeno del lenguaje es una de las manifestaciones más curiosas creadas por el hombre. Esa emisión de sonidos articulados o inarticulados que establecen el puente levadizo de nuestra comunicabilidad, tiene un poder que escapa a toda vigilancia.

Sin duda, el uso de la palabra ha prestado al megalómano que es el hombre, incalculables servicios. Pero constituye un instrumento cuyo verdadero alcance nunca nadie ha podido averiguar. Para descubrir el significado de las palabras se recurre habitualmente a los diccionarios. En éstos las vemos figurar como en un museo entomológico, igual que mariposas muertas atravesadas por alfileres y rigurosamente clasificadas por géneros, especies. Se lee algo sobre su significado, pero como en el caso de las mariposas, el clasificador nada nos puede decir de la misteriosa vida que han llevado, recorriendo el mundo y la historia de boca en boca, naciendo de nuevo cada vez que eran pronunciadas. Porque cada hombre pone un poco de sí mismo en cada palabra que utiliza, de modo que en ellas circula la sangre de todos los hombres y en ellas queda el recuerdo del temblor de todos los labios que las pronunciaron, y la carga afectiva de miles de millones de seres que las emitieron cuando en sus cuerpos ardía el amor o el odio, el horror, el miedo, la desesperación, el coraje o la indiferencia. Ellas transportaron secretamente esa esencia inexpresable que impulsa a los hombres: la esperanza, y cada palabra contiene apagado el grito de la soledad de los más altos: el desprecio.

De toda esa carga afectiva, de todos esos infinitos significados, nada dice el diccionario. El tiene que ver con las palabras muertas y disecadas. En éstas ya no queda la huella de los dientes que las mordieron antes de pronunciarlas.

Hablar de la palabra al servicio del hombre es enunciar la más cruda paradoja. Lo habitual es que el hombre esté al servicio de la palabra. Y aquí adquiere su verdadero significado la expresión: «Primero fue el Verbo». Donde la palabra se muestra como señora absoluta, dueña total del hombre, es en el campo de las ideas. ¿De dónde vienen las ideas? Un extraño poder que se origina en el menos controlable de los mecanismos espirituales del hombre, la razón, logra en determinadas circunstancias, unir una serie de palabras en una estructura sólida. Desde ese momento, la palabra que entra a formar parte de una idea pierde toda autonomía y todo significado.

La idea adquiere en cambio una vida propia e indivisible. El hombre mismo que la crea pierde desde el instante en que la lanza al mundo, todo poder sobre ella. La idea para él tiene un sentido, pero ella conquista, al liberarse de su creador, una vida personal, un nuevo sentido imprevisible. Se lanza entonces en una aventura cuyas consecuencias son asombrosas: una idea de libertad se convierte así en mecanismo de opresión, una idea de amor, en mecanismo de odio y de destrucción.

Las palabras agrupadas en ideas circulan libremente; pasan de un hombre a otro como parásitos, y habitan en el interior de cada uno absorbiendo toda su vida espiritual para transformarla en nada, porque la idea sale de cada hombre menos personal que nunca, más informe, menos definida, pero dotada de un poder corrosivo cada vez mayor. Pasan así de un hombre a otro sin que ninguno de ellos participe en su vida invisible. Los carcome como el más venenoso de los microbios y entonces los abandona para saltar a otros. En ocasiones se difunde con la rapidez de una epidemia e invade en masa a los individuos. Estos, en lugar de sentirse enfermos, aparecen verdaderamente poseídos, embargados por una exaltación y entusiasmo sin límites. Hasta hablan de poseer ideas. En verdad, nunca los hombres poseen a las ideas, son las ideas las que poseen a los hombres. Ellas son los grandes verdugos invisibles. Solapados verdugos que se presentan para dar un sentido a la vida y en cambio la destruyen. Y el destruido vive con exaltación su propio martirio, y cuando por acaso es abandonado por la idea, se siente hueco, como muerto, pues ella ha devorado todo lo que de viviente había en su interior.

En el vacío que separa a los hombres unos de otros la palabra ejerce la doble acción de puente y de muralla. Cuando dos miradas se encuentran y parecen descubrir bruscamente el sentido de una afinidad humana, de una verdadera comunión, llega oportunamente la palabra para destruir toda ilusión, para afirmar el derecho a la soledad inalienable del hombre.

Donde aparece más clara la reclusión del hombre en su soledad merced al uso de la palabra, es en los distintos lenguajes convencionales. No trato de discutir la enorme utilidad práctica de las convenciones. Nos permiten ponernos de acuerdo para satisfacer una serie de necesidades básicas. Creo en la importancia de la subsistencia. Pero no me inclino a aceptar que subsistir y vivir son equivalentes.

Existen innumerables lenguajes convencionales y en cada uno de ellos la palabra más corriente se despoja de sentido para convertirse en un signo de determinada cosa, signo que permite el acuerdo entre dos o más personas. Así, sobre las bases de estos diversos lenguajes convencionales, se desarrolla la posibilidad de vivir en grupos activos, estabilizar y propagar el conocimiento, organizar la sociedad y la familia en sólidas estructuras, etc. La filosofía, la religión, las diversas ciencias, la política, el comercio, las relaciones internacionales, todas poseen su sistema particular de convenciones, sistema absolutamente incomprensible para el hombre común. Los distintos grupos humanos se entienden también mediante un lenguaje particular para cada caso; así hay un lenguaje de las reuniones de alta sociedad, otro para la pequeña burguesía, otro para los ladrones, otro para los relojeros. Los médicos utilizan un lenguaje distinto del de los abogados o del de los traficantes de blancas. Los pescadores emplean uno absolutamente incomprensible para los matemáticos y viceversa. Nadie puede discutir la enorme utilidad de todos estos lenguajes: ellos permiten subsistir a los médicos y a los pescadores, justifican la organización racional de la justicia sobre la base de la comprensión de los ladrones entre sí, y permiten la existencia del amor mercenario, base de la organización de la familia.

Pero en todos estos lenguajes convencionales nadie pone absolutamente nada personal: el lenguaje resulta exterior al hombre. Lo vital queda definitivamente excluido. Las palabras son como cáscaras sin contenido, con un signo dibujado en el exterior que las hace reconocibles por los iniciados.

Lo realmente vital del lenguaje se encuentra fundamentalmente en tres situaciones: en el lenguaje popular, en el lenguaje del amor y en la poesía. En el lenguaje popular, el hombre del pueblo, rechazado por todas las convenciones, vive en lo que dice directamente sus sufrimientos o sus alegrías; el lenguaje es para él un modo inmediato de volcarse íntegramente, pues no encuentra sentido sino en la gran comunión con los otros. Es el ente anónimo, el ser que participa con su insignificante aporte en el gran sufrimiento y la alegría universales. Y cuanto más bajo es el hombre del pueblo más intenso y vital resulta su lenguaje.

En cuanto al amor (me refiero a aquellos para quienes al amor se sacrifica todo, capaces del suicidio o el crimen, del renunciamiento a todos los bienes o de la conquista de todas las riquezas), es el mecanismo por el cual los seres enredados en la maraña de un lenguaje convencional pueden conquistar su lenguaje vital, salir de la cárcel de su soledad. Así pueden salvarse el político y el matemático, el juez y el ladrón.

Pero es a la poesía a la que corresponde el lugar de privilegio en un verdadero lenguaje de comunicación humana. La poesía incorpora la esencia vital del lenguaje popular y del lenguaje de los amantes, pero les agrega una exaltación de todos los contenidos posibles de la palabra.

El poeta descubre en la palabra la vibración imperceptible que han dejado todos aquellos que han volcado en ella su sufrimiento o su pasión desde que por primera vez fue lanzada hasta que atravesando la historia y las generaciones la encuentra en su interior. Y a esa infinita suma de destinos humanos el poeta le agrega su propio destino que los resume todos.

El poeta logra hacer revivir las palabras agotadas por el uso y en ellas descubre un reto de vida reanimándolo, haciéndolo resplandecer nuevamente. Recoge las frases hechas, los lugares comunes, fragmentos muertos del lenguaje, y mediante un proceso particular de fricción conocido sólo por el poeta, desarrolla en ellos una incandescencia sorprendente, les da una jerarquía insospechada.

Pero todas estas propiedades corresponden sólo a la verdadera poesía que nada tiene que ver con el conocido fabricante de versos a quien en el lenguaje convencional de la sociedad se designa habitualmente como poeta. Este curioso personaje vacío de sentido y de vida utiliza ciertas convenciones literarias para organizar una sustancia que a veces tiene cierto interés decorativo, y que como los bibelots y ornamentos de las mansiones acomodadas sirven de adorno en las aburridas veladas convencionales de las distintas capas sociales. Utiliza en esencia el lenguaje convencional.

Hay un signo evidente e inmediato que revela a la verdadera poesía. Ella provoca instantáneamente la irritación y el encono de los mediocres, mistificadores, vacíos e impotentes. En ese sentido la poesía se convierte en la gran moralizadora, posee una violenta actividad agresiva frente a lo falso y trivial por más disimuladamente que se presente. Estalla como una bomba incendiaria cuando se pone en contacto con el lenguaje convencional.

La poesía por su íntima vinculación con lo estrictamente humano se encuentra en el extremo opuesto de lo que se ha dado en llamar literatura, es decir, de todo juego verbal intrascendente y decorativo, de todo acto de simulación de estados de ánimo, de toda intención fríamente descriptiva. Con un discreto aparato retórico, el literato puede realizar una obra aceptable, que no deje de ser un juego y que no diga absolutamente nada. Utilizando las convenciones corrientes encontrará una inmediata aceptación –ya que no compromete ninguna actitud esencialmente humana– y permitirá a su aprovechado autor ocupar un lugar más o menos destacado en la historia literaria. Lo que jamás ocupará será un lugar en el espíritu del hombre.

Es del poeta la misión de llamar directamente al espíritu más allá de toda literatura. Su voz abre la puerta de la comunicabilidad, derribando la muralla de las convenciones. Y en el oscuro rincón a que ha quedado limitado lo realmente humano sólo la poesía se atreve a aportar su esperanza de salvación, su esperanza de integración final de lo humano en la vida.

Aldo Pellegrini

Para contribuir a la confusión general

Las 2001 Noches. Revista de Poesía Nº 11

 

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