EL PODER DE LAS PALABRAS / E. A. Poe

Santiago Ydáñez. S.T. 2014. Acrílico tela. 200x200 cm.

Santiago Ydáñez. S.T. 2014. Acrílico tela. 200×200 cm.

Oinos.– Perdona, Agathos, la flaqueza de un espíritu al que acaban de brotarle las alas de la inmortalidad.

Agathos.– Nada has dicho, Oinos mío, que requiera ser perdonado. Ni siquiera aquí el conocimiento es cosa de intuición. En cuanto a la sabiduría, pide sin reserva a los ángeles que te sea concedida.

Oinos.– Pero yo imaginé que en esta existencia todo me sería dado a conocer al mismo tiempo, y que alcanzaría así la felicidad por conocerlo todo.

Agathos.– ¡Ah, la felicidad no está en el conocimiento, sino en su adquisición! La beatitud eterna consiste en saber más y más; pero saberlo todo sería la maldición de un demonio.

Oinos.– El Altísimo, ¿no lo sabe todo?

Agathos.– Eso (puesto que es el Muy Bienaventurado) debe ser aún la única cosa desconocida hasta para Él.

Oinos.– Sin embargo, puesto que nuestro saber aumenta de hora en hora, ¿no llegarán por fin a ser conocidas todas las cosas?

Agathos.– ¡Contempla las distancias abismales! Trata de hacer llegar tu mirada a la múltiple perspectiva de las estrellas, mientras erramos lentamente entre ellas… ¡Más allá, siempre más allá! Aun la visión espiritual, ¿no se ve detenida por las continuas paredes de oro del universo, las paredes constituidas por las miríadas de esos resplandecientes cuerpos que el mero número parece amalgamar en una unidad?

Oinos.– Claramente percibo que la infinitud de la materia no es un sueño.

Agathos.– No hay sueños en el Aidenn, pero se susurra aquí que la única finalidad de esta infinitud de materia es la de proporcionar infinitas fuentes donde el alma pueda calmar la sed de saber que jamás se agotará en ella, ya que agotarla sería extinguir el alma misma. Interrógame, pues, Oinos mío, libremente y sin temor. ¡Ven!, dejaremos a nuestra izquierda la intensa armonía de las Pléyades, lanzándonos más allá del trono a las estrelladas praderas allende Orión, donde, en lugar de violetas, pensamientos y trinitarias, hallaremos macizos de soles triples y tricolores.

Oinos.– Y ahora, Agathos, mientras avanzamos, instrúyeme. ¡Háblame con los acentos familiares de la tierra! No he comprendido lo que acabas de insinuar sobre los modos o los procedimientos de aquello que, mientras éramos mortales, estábamos habituados a llamar Creación. ¿Quieres decir que el Creador no es Dios?

Agathos.– Quiero decir que la Deidad no crea.

Oinos.– ¡Explícate!

Agathos.– Solamente creó en el comienzo. Las aparentes criaturas que en el universo surgen ahora perpetuamente a la existencia sólo pueden ser consideradas como el resultado mediato o indirecto, no como el resultado directo o inmediato del poder creador divino.

Oinos.– Entre los hombres, Agathos mío, esta idea sería considerada altamente herética.

Agathos.– Entre los ángeles, Oinos mío, se sabe que es sencillamente la verdad.

Oinos.– Alcanzo a comprenderte hasta este punto: que ciertas operaciones de lo que denominamos Naturaleza o leyes naturales darán lugar, bajo ciertas condiciones, a aquello que tiene todas las apariencias de creación. Muy poco antes de la destrucción final de la tierra recuerdo que se habían efectuado afortunados experimentos, que algunos filósofos denominaron torpemente creación de animálculos.

Agathos.– Los casos de que hablas fueron ejemplos de creación secundaria, de la única especie de creación que hubo jamás desde que la primera palabra dio existencia a la primera ley.

Oinos.– Los mundos estrellados que surgen hora a hora en los cielos, procedentes de los abismos del no ser, ¿no son, Agathos, la obra inmediata de la mano del Rey?

Agathos– Permíteme, Oinos, que trate de llevarte paso a paso a la concepción a que aludo. Bien sabes que, así como ningún pensamiento perece, todo acto determina infinitos resultados. Movíamos las manos, por ejemplo, cuando éramos moradores de la tierra, y al hacerlo hacíamos vibrar la atmósfera que las rodeaba. La vibración se extendía indefinidamente hasta impulsar cada partícula del aire de la tierra, que desde entonces y para siempre era animado por aquel único movimiento de la mano. Los matemáticos de nuestro globo conocían bien este hecho. Sometieron a cálculos exactos los efectos producidos por el fluido por impulsos especiales, hasta que les fue fácil determinar en qué preciso período un impulso de determinada extensión rodearía el globo, influyendo (para siempre) en cada átomo de la atmósfera circundante. Retrogradando, no tuvieron dificultad en determinar el valor del impulso original partiendo de un efecto dado bajo condiciones determinadas. Ahora bien, los matemáticos que vieron que los resultados de cualquier impulso dado eran interminables, y que una parte de dichos resultados podía medirse gracias al análisis algebraico, así como que la retrogradación no ofrecía dificultad, vieron al mismo tiempo que este análisis poseía en sí mismo la capacidad de un avance indefinido; que no existían límites concebibles a su avance y aplicabilidad, salvo en el intelecto de aquel que lo hacía avanzar o lo aplicaba. Pero en este punto nuestros matemáticos se detuvieron.

Oinos.– ¿Y por qué, Agathos, hubieran debido continuar?

Agathos.– Porque había, más allá, consideraciones del más profundo interés. De lo que sabían era posible deducir que un ser de una inteligencia infinita, para quien la perfección del análisis algebraico no guardara secretos, podría seguir sin dificultad cada impulso dado al aire, y al éter a través del aire, hasta sus remotas consecuencias en las épocas más infinitamente remotas. Puede, ciertamente, demostrarse que cada uno de estos impulsos dados al aire influyen sobre cada cosa individual existente en el universo, y ese ser de infinita inteligencia que hemos imaginado, podría seguir las remotas ondulaciones del impulso, seguirlo hacia arriba y adelante en sus influencias sobre todas las partículas de toda la materia, hacia arriba y adelante, para siempre en sus modificaciones de las formas antiguas; o, en otras palabras, en sus nuevas creaciones… hasta que lo encontrara, regresando como un reflejo, después de haber chocado –pero esta vez sin influir– en el trono de la Divinidad. Y no sólo podría hacer eso un ser semejante, sino que en cualquier época, dado un cierto resultado (supongamos que se ofreciera a su análisis uno de esos innumerables cometas), no tendría dificultad en determinar, por retrogradación analítica, a qué impulso original se debía. Este poder de retrogradación en su plenitud y perfección absolutas, esta facultad de relacionar en cualquier época, cualquier efecto a cualquier causa, es por supuesto prerrogativa única de la Divinidad; pero en sus restantes y múltiples grados, inferiores a la perfección absoluta, ese mismo poder es ejercido por todas las huestes de las inteligencias angélicas.

Oinos.– Pero tú hablas tan sólo de impulsos en el aire.

Agathos.– Al hablar del aire me refería meramente a la tierra, pero mi afirmación general se refiere a los impulsos en el éter, que, al penetrar, y ser el único que penetra todo el espacio, es así el gran medio de la creación.

Oinos.– Entonces, ¿todo movimiento, de cualquier naturaleza, crea?

Agathos.– Así debe ser; pero una filosofía verdadera ha enseñado hace mucho que la fuente de todo movimiento es el pensamiento, y que la fuente de todo pensamiento es…

Oinos. – Dios.

Agathos.– Te he hablado, Oinos, como a una criatura de la hermosa tierra que pereció hace poco, de impulsos sobre la atmósfera de esa tierra.

Oinos.– Sí.

Agathos.– Y mientras así hablaba, ¿no cruzó por tu mente algún pensamiento sobre el poder físico de las palabras? Cada palabra, ¿no es un impulso en el aire?

Oinos.– ¿Pero por qué lloras, Agathos… y por qué, por qué tus alas se pliegan mientras nos cernimos sobre esa hermosa estrella, la más verde y, sin embargo, la más terrible que hemos encontrado en nuestro vuelo? Sus brillantes flores parecen un sueño de hadas… pero sus fieros volcanes semejan las pasiones de un turbulento corazón.

Agathos.– ¡Y así es… así es! Esta estrella tan extraña… hace tres siglos que, juntas las manos y arrasados los ojos, a los pies de mi amada, la hice nacer con mis frases apasionadas. ¡Sus brillantes flores son mis más queridos sueños no realizados, y sus furiosos volcanes son las pasiones del más turbulento e impío corazón!

Edgar Allan Poe

(Traducción de Julio Cortázar)

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FRASES ESCRITAS APRISA / DARWIN

Tai-Shan Schierenberg

Tai-Shan Schierenberg. Self-portrait as Janus, 2008 Oil on canvas 183 x 214cm

Parece que hay una especie de fatalidad en mi mente, que me induce a empezar expresando de forma equivocada o torpe mis afirmaciones o proposiciones. En otro tiempo solía pensar antes de escribirlas, pero desde hace varios años he descubierto que ahorro tiempo garabateando páginas enteras con la mayor rapidez posible y con malísima letra, abreviando la mitad de las palabras, y corrigiéndolas luego pausadamente. A menudo las frases escritas aprisa de este modo son mejores de las que pudiera haber escrito tras larga meditación.

Charles Darwin
Autobiografía

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EL MURO /SAINT-JOHN PERSE

Xevi Sola Serra "the teacher"

Xevi Sola Serra, “The teacher”. Oil on board 20 x 20 cm

EL MURO

 

El lienzo de muro está enfrente, para conjurar el círculo de tu sueño.

Pero la imagen lanza su grito.

La cabeza contra una oreja del sillón grasiento, exploras tus dientes con tu lengua: el sabor de las grasas y las salsas infecta tus encías.

Y sueñas con las nubes puras sobre tu isla, cuando el alba verde crece lúcida en el seno de las aguas misteriosas.

Es el sudor de las savias en exilio, la suarda amarga de las plantas silicuosas, la insinuación acre de los manglares carnosos y la ácida delicia de una negra sustancia en las vainas.

Es la miel silvestre de las hormigas en las galerías del árbol muerto.

Es un sabor de fruto verde que acidula el alba que bebes: el aire lechoso enriquecido con la sal de los alisios…

¡Alegría!, ¡oh alegría desatada en las alturas del cielo!

Las telas puras resplandecen, los invisibles atrios están sembrados de hierbas y las verdes delicias del suelo se pintan al siglo de un largo día.

 

Saint-John Perse
Imágenes para Crusoe

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LAS CAMPANAS / SAINT-JOHN PERSE

"Narcissus", Gyula Benczúr

“Narcissus”, Gyula Benczúr

LAS CAMPANAS

Anciano de manos desnudas
repuesto entre los hombres, ¡Crusoe!
llorabas, imagino, cuando desde las torres de la Abadía, como un flujo, se derramaba el sollozo de las campanas sobre la Ciudad…
¡Oh Despojado!
Llorabas recordando los rompientes bajo La luna; los silbos de más distantes riberas; las músicas extrañas que nacían y se asordaban bajo el ala cerrada de la noche, semejantes a los encadenados círculos que son las ondas de una concha, a la amplificación de clamores bajo la mar.

Saint-John Perse
Imágenes para Crusoe

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El destino nos concede nuestros deseos, pero a su manera / Goethe

Lee Newman, Peonies

Lee Newman, Peonies

También en tierra firme hay naufragios; es hermoso y digno de alabanza recobrarse lo antes posible. ¡La vida sólo calcula sobre ganancias y pérdidas! ¡Quién no hace algún plan y se ve posteriormente contrariado en él! ¡Cuán a menudo emprendemos un camino y luego nos desvían de él! ¡Cuántas veces nos apartan de una meta en la que teníamos puestos los ojos, para alcanzar otra más elevada! Al viajero se le rompe una rueda en el camino para su gran disgusto, y a través de este contratiempo desagradable adquiere unos conocimientos y relaciones más gratas que han de influir en toda su vida. El destino nos concede nuestros deseos, pero a su manera, para poder darnos algo que esté por encima de ellos.

Johann Wolfgang von Goethe
Las afinidades electivas

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Presentación de “Interrupciones. Cuentos breves… según se lean”

ruy2019

El sábado 13 de abril, a las 19,00 horas, presentación del libro de Ruy Henríquez

“INTERRUPCIONES, Cuentos breves… según se lean”

Lugar de la presentación: Editorial Grupo Cero, c/Princesa 13, 1º Izda. Madrid

Información: Tel 91 758 19 40 – actividades@grupocero.info

Presenta Hernán Kozak

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DE UNA NUEVA LITERATURA / C. Pavese

Winston Chmielinski, "To pause", 36 x 36 in acrylic on canvas

Winston Chmielinski, “To pause”, 36 x 36 in acrylic on canvas

DE UNA NUEVA LITERATURA

Característico de tiempos como el nuestro es el derroche de energías. Se es siempre demasiado joven, lo que quiere decir, demasiado tontamente complicado e incómodo frente a la inverosímil posibilidad de realizar las cosas hasta ayer prohibidas. Es propio de los jóvenes acercarse a la vida, por ejemplo a una mujer, con un complejo bagaje de ideas preconcebidas y abstractas, de exigencias, de celosas susceptibilidades, que deterioran y destrozan los nervios. A demasiada gente, hoy –jóvenes y viejos–, le falta el arte de dejar hablar a las cosas, de aceptar el propio destino, de ponerse de acuerdo consigo mismo. Todos nos debatimos inútilmente; así como nadie, hoy, sabe elegir una ciudad, una casa, donde detenerse y trabajar. Tal vez sea el efecto, que aún perdura, de la vida y de la lucha clandestinas; tal vez sea algo peor.

La más grande de las cosas hasta ayer prohibidas era, sin duda, la capacidad de trabajar libremente y de hablar para los otros, para el prójimo, para el compañero hombre. Y hasta donde llega el análisis objetivo, la formulación y la consecuente puesta en práctica de un método político en una determinada situación, mucho se ha hecho y se hará entre nosotros, y las capacidades están y los compañeros lo saben. Aquí no se derrochan energías. La dura lucha y la gravedad de lo puesto en juego tienden a eliminar de por sí a quien ponga en su trabajo superestructuras y orgasmo. No es posible mentir por largo tiempo en este terreno. Sobre todo, no es posible mentirse así mismo. Nos movemos entre realidades sangrientas, y a quien tiene buena voluntad la conciencia sabe por lo menos sugerirle que acepte ciertas órdenes. Colaborar con los otros, con el prójimo, puede ser fatigoso, desesperado, nunca imposible. La presencia, la parte de los otros, nos enseña el camino.

Hay, en cambio, un campo de trabajo –donde se habla para los otros, o más bien se escribe– que parece llevar fatalmente consigo una separación, un aislamiento, y ciertamente, por lo menos en su fase conclusiva, excluye toda colaboración y contacto. Es el trabajo de la fantasía inteligente, dirigido a sondear y expresar la realidad: poesía, narración, ensayo y demás. Para atender este trabajo es necesario aislarse, no sólo materialmente: el esfuerzo de auscultación que ejercemos sobre nosotros mismos tiende a despedazar muchos puentes con el exterior y a hacernos perder el gusto del intercambio, de la convivencia, de la cordial humanidad. Tiende a contraponernos a las cosas, a hacernos descuidar, ignorar. Se había salido para comprender, para poseer más a fondo la realidad, y el resultado es que uno se encierra en un mundo ficticio que se opone a la realidad. Entonces, naturalmente, se sufre.

En este estado de desequilibrio, de inquieta conciencia, viene el derroche. Uno se mantiene o vuelve a ser adolescente. Se debate en esa adolescencia. Se inventan teorías, justificaciones, problemas. Se olvida –o nunca se lo supo bien– que el deber, el trabajo, es otro: precisamente, el de sondear y expresar la realidad a través de la fantasía inteligente. Interrogar a las cosas y escucharlas, interrogar a los otros y aceptar el destino, parece ahora demasiado simple, y se llega hasta a crearse deberes, complicados y erróneos como todas las veleidades. El mundo de ayer toleraba una equívoca figura de intelectual que, sin reconocer deberes, vivía sustancialmente de teorías, justificaciones y problemas. Cuando quería “crear”, se ponía delante de la “realidad” e intentaba expresarla, sucediendo a menudo que erraba de realidad y expresaba, cuando mucho, justificaciones y problemas. Y no se equivocaba: sólo admitía su realidad, y en ese mundo ficticio del yo sin deberes era, a su modo, honesto. Entre las tantas teorías había escogido la del necesario aislamiento y de la ascética renuncia a las durezas de la vida activa y de la realidad. Vivía mimetizado bajo el tejido del estilo y hacía consistir su dignidad en ser ese tejido, ese estilo, esa máscara. Era, en fin, fiel a principios, y les tributaba su persona.

Hoy va tomando difusión la teoría contraria, naturalmente justa, de que el intelectual, y especialmente el narrador, debe romper el aislamiento, tomar parte en la vida activa, tratar la realidad. Pero esto es, precisamente, una teoría. Es un deber que se nos impone “por necesidad histórica”. Y nadie ama por teoría o por deber. El narrador que, en otro tiempo, en lugar de narrar, daba vueltas por los meandros de su yo descontento, en perpetua rebelión contra los bajos deberes de este mundo del contenido, ahora se arruina los nervios y pierde el tiempo preguntándose si el contenido le interesa cuanto debería, si su estilo y su gusto son suficientemente proletarios, si el problema o los problemas de este tiempo lo agitan todo lo que es de desear. Y hasta aquí no hay nada que decir. Para nadie es una broma la empresa de vivir, y vivir significa ser jóvenes y luego hombres, y también debatirse, darse deberes, proponerse una conducta. Lo malo comienza cuando esta obsesión de la fuga del yo deviene ella misma argumento del relato, y el mensaje que el narrador debe comunicar a los otros, al prójimo, al compañero hombre, se reduce a esta pobre auscultación de las propias perplejidades y veleidades. Tocar el corazón de las cosas por teoría o por deber es imposible. Nos debatimos y nos consumimos, eso sí. Aceptarse a sí mismo es difícil.

Y sin embargo, el narrador, el poeta, el obrero de la fantasía inteligente, debe, ante todo, aceptar el destino, estar de acuerdo consigo mismo. Quien es incapaz de interrogar a las cosas y a los otros resígnese y admítalo. El mundo es grande y hay un sitio también para él. Lo que no anda es esforzarse para arrancar un rugido que luego semeja un maullido. La equívoca pasta del intelectual de ayer no cambia. En este mundo de individuos nada cambia, y las palabras no bastan. Quien está obsesionado por el dilema “¿Soy o no escritor social?”, y a quien toda la variedad infinita de las cosas, de los hechos, de las almas, le resulte, bajo su pluma, auscultación de sí mismo, como en los gloriosos tiempos del fragmentismo, sea heroico hasta el final: impóngase silencio. Aquí está el deber y la justificación. O, si estimula su buena fe hasta comprender que los nuevos deberes son, ante todo, de humildad, humíllese desinteresadamente ante los otros, ante los compañeros, ante las cosas: puede ser que esté al alcance de sus fuerzas llegar realmente a hablar para ellos, y que hasta ahora no lo haya logrado por defecto de crecimiento o por culpa de superestructuras. Porque el arte de aceptarse, de estar de acuerdo consigo mismo, tiene de bueno que ilumina hasta la mínima chispa de valor que se tiene en el cuerpo.

Todos estamos convencidos de que solamente el mundo y la vida contienen los apuntes, las condiciones de cualquier página verdadera que se haya escrito o escribirá. Es más, sabemos que hay tiempos, como el nuestro, en los que acontece una mutación, una afirmación de valores, en los que la materia humana y social fermenta como en un crisol, esperando ser decantada en nuevas formas. Pero no estamos convencidos de que estas formas nacerán de la presunción orgullosa de quien, despechado por no haberlas hallado aún, se hace a sí mismo argumento de sus escritos. Esto es romanticismo adolescente. Más que nunca vale aquí la expresión “A quien tiene le será dado” y la otra, “Sólo lo que no se busca se obtiene”. Quien busca la felicidad nunca será feliz; quien quiere hacer el arte de su tiempo “por necesidad histórica”, hará, cuando mucho, una poética, un manifiesto. Estas cosas, o bien se las tiene en el cuerpo, y nacerán, y no sirve discutirlas, o no son más que palabras. Escuchar y aceptarse a sí mismo, no quiere decir debatirse en charlas, sino atender a su propio oficio, sabiéndolo un oficio, humillándose en ello, produciendo valores. El zapatero hace zapatos y el albañil casas, y cuando menos hablan del modo de hacerlo mejor trabajan: ¿es posible que el narrador deba, en cambio, charlar impunemente sólo de sí mismo?

 

Cesare Pavese
“De una nueva literatura”, publicado en Rinascita, mayo-junio de 1946.
El oficio de poeta

Winston Chmielinski, "Rub Dry", 48 x 36 in oil on canvas

Winston Chmielinski, “Rub Dry”, 48 x 36 in oil on canvas

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