ALTOS NOCTURNOS

"Mi agonía buscaba su traje" ("Vengeful Sister" de David Heath), R. Henríquez, óleo sobre tablilla entelada, 22 x 16 cm

“Mi agonía buscaba su traje” (“Vengeful Sister” de David Heath), R. Henríquez, óleo sobre tablilla entelada, 22 x 16 cm

Hay algo en las penumbras, algo sin voz que intenta
salir de sus abismos sin corazón y hablar.
No es el hombre. En el cuerpo del hombre hay un sonido.
Su voz se escucha siempre desde el silencio hablar.
No es el viento. En los rostros del viento hay un sonido.
Su voz se escucha siempre desde el silencio hablar.
Es algo que no tiene como el hombre sonido.
Algo terrible intenta desde la sombra hablar.
Algo que está más solo que el hombre y no ha podido
desde sus soledades sin corazón hablar.
Se siente el sordo empuje de irresistible fuerza.
De algo que no ha podido desde la sombra hablar.

Germán Pardo García
Los sueños corpóreos, 1947

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LA SELVA

 

Franz Kline, Mahoning, 1956

Franz Kline, Mahoning, 1956. Oil and paper collage on canvas, 80 × 100 in. (203.2 × 254 cm).

Lo selvático que nos interesa no es la naturaleza, el mar, la selva, sino lo imprevisto en el corazón de nuestros compañeros hombres. Aquello que con un simple esfuerzo de atención puede devenir voluntad deliberada. La ciudad, la mujer, gastan con nosotros una ferocidad de la cual toda tierra salvaje es solamente un símbolo. Desastres e intemperies nos encuentran resignados, nos dan la muerte, no desencadenan en nosotros lo selvático, como hace la voluntad deliberada que a pasión contrapone pasión. Lo selvático inventa palabras, se trabaja a sí mismo para aclararse en palabras, que luego supuran por dentro y nos desgarran. Al principio es sólo naturaleza: la ciudad es un paisaje, son rocas, alturas, cielo, claros improvisados; la mujer es una fiera, una carne, un abrazo. Después se vuelve palabras; lo natural era sólo un símbolo, y al conocer lo selvático verdadero, hay que aullar.

¿Quién no ha aullado nunca delante de las cosas? La tiniebla de una fronda, los asaltos lastimeros del viento, la impotencia ante una fiebre, nos parecen ricos misterios, misterios de dolor y de peligro, a los que estamos tentados de dar la palabra, para conocerlos y poseerlos mejor. Y darles la palabra quiere decir reducirlos a un nivel humano y ciudadano, hacernos palabra de pronto, expresar y significar la turbia, atroz, pululante selva humana. No hay misterio en las cosas naturales, así como no hay pecado. Cuando más son símbolos.

Decíamos entonces que lo propio de la ciudad y de la mujer –de la vida en común–, cuando hay voluntad deliberada, es residir en símbolos, al choque con los cuales también se tiende nuestra voluntad y, frustrada, nos deja impotentes ante el misterio, el único misterio verdaderamente intolerable que es el contraste de las voluntades.

¿Por qué tendemos a hablar de una mujer por medio de símbolos, a transformarla en cosa absolutamente natural, diciéndonos, por ejemplo, que ella es fiebre, ráfaga, fronda? ¿Buscamos defendernos, con eso, como nos defendemos transformando en paisaje una plaza, una huida por los techos, o abandonándonos a una muchedumbre como si fuese un río? Pero las palabras tienen una extraña vida: pronto se encarnan, y verdaderamente aquella mujer será para nosotros fiebre y fronda, verdaderamente la muchedumbre será río, y la ciudad paisaje, es decir, impasible para nosotros. Entonces se aviva nuestra pasión; la voluntad se debate, aunque comprendiendo que bajo aquellos símbolos y aquellas palabras hay una voluntad adversa que resiste, que es ella misma un misterio perenne, en el cual nosotros no podemos agotarnos y que tampoco nunca podrá agotarse en nosotros. Aquí está lo selvático verdadero.

La soledad en un bosque, en un campo de trigo, puede ser temible, puede matar, pero no nos asusta ni nos mata como hombres, como voluntades apasionadas. Solamente los otros pueden hacernos eso –los otros, el prójimo, la mujer, los compañeros, nuestros hijos–. Frente a éstos, frente a la ciudad, sufrimos, siempre sufrimos a fondo. Nos cambiamos símbolos y palabras, cambiamos golpes, nos tendemos la mano, nos enjugamos a veces el sudor, pero al final del día, fatigados, nos damos cuenta de que con nosotros no hay nadie.

Y sin embargo sabemos que toda nuestra fatiga tenía el único fin de no dejarnos con las manos vacías. ¿Se puede aceptar esto?

Debemos aceptarlo. Basta pensar lo que sería el fin del día, y el mañana, y el porvenir, si desaparecieran los símbolos, si se desvaneciese el misterio, si de noche no estuviésemos solos. Estaríamos más muertos que los muertos.

Ignoraríamos el desear algo. Ignoraríamos que el prójimo –la ciudad, la mujer– siendo sólo misterio, espera de nosotros el golpe y la mano, espera ser desvelado y atormentado, enfrentando a su dolor y a su misterio. Si fuese posible destruir los símbolos, todos los símbolos, nos destruiríamos solamente a nosotros mismos. Podemos descubrirnos siempre más ricos, más sutiles, más verdaderos, podemos sustituirnos, no negar la voluntad que está debajo, la voluntad adversa. En ella tenemos la sangre, el aliento, el hambre. No se escapa a la selva. También ella es un símbolo.
Quien olvida esto y se abandona al dulce sueño –a la confianza de que la mujer y la ciudad no sean sangre, aliento, hambre– se encontrará igualmente solo, desvelado, más solo que nunca. Pero se habrá perdido también a sí mismo.

¿De qué sirve conquistar todo el mundo si uno se pierde a sí mismo? Le tocará, de bastarle las fuerzas, reencontrarse quién sabe dónde. En la saciedad, en la vergüenza, en la muerte. Pero no fuera de la selva.

Debemos aceptar los símbolos –el misterio de cada uno– con la tranquila convicción con que se aceptan las cosas naturales. La ciudad nos da símbolos como el campo nos da frutos. Pero ninguno conoce o posee la planta. Viene de otro mundo. Se deja sembrar o podar, se deja abatir y quemar, pero ¿quién puede decir que esa planta es cosa suya? ¿Quién puede decir que ha tocado el fondo de una voluntad ajena? A veces parece que destruir fuera el único modo. Y está bien. Pero destruir una sola voluntad, una sola planta, si bien es posible, es menos que nada: habrá que pasar a otra, a otra más, y así hasta el infinito. Estupideces. Se tendrá un mundo desierto, una estepa. Que es, después de todo, otro nombre de la selva. Tanto vale aceptar el misterio y poblar la ciudad de símbolos, y el campo de presencias. Y amar todo esto, con cautela desesperada.

Césare Pavese
La selva, 1945

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LA TERQUEDAD QUE MANIFIESTAN EN PERPETUARSE LAS INSTITUCIONES ENVEJECIDAS

 

Lars Elling, "Color eater" (2015), eggoiltempera on canvas

Lars Elling, “Color eater” (2015), eggoiltempera on canvas

La terquedad que manifiestan en perpetuarse las instituciones envejecidas se parece a la obstinación del perfume rancio que quisiera embalsamar nuestros cabellos, a la pretensión del pescado podrido que quisiera ocupar un buen lugar en la mesa; a la persecución de las mantillas del niño que quisieran vestir al hombre; a la ternura de los cadáveres que volvieran para abrazar a los vivos.

“¡Ingratos! –dicen las mantillas–. Os he protegido contra el mal tiempo. ¿Por qué no os servís de nosotras?” “Vengo del mar”, dice el pescado. “He sido una rosa”, dice el perfume. “Os he amado”, dice el cadáver. “Os he civilizado”, dice el convento.

A todo esto no hay más que una respuesta: “Sí; en otros tiempos.”

Pensar en la prolongación indefinida de las cosas que han muerto, y en el gobierno de los hombres por embalsamamiento; restaurar los principios antiguos en mal estado; dorar de nuevo las urnas; blanquear los claustros; volver a bendecir los relicarios; reamueblar las supersticiones; dar alimento al fanatismo; echar mango a los hisopos y a los sables; reconstruir el monaquismo y el militarismo; creer en la salvación de la sociedad por medio de la multiplicación de los parásitos; imponer lo pasado a lo presente, son cosas muy extrañas. Y hay, sin embargo, teóricos que sostienen estas teorías. Estos teóricos, hombres de talento por otro lado, tienen un sistema muy sencillo. Aplican a lo pasado un barniz que llaman orden social, derecho divino, moral, familia, respeto a los antepasados, antigua autoridad, santa tradición, legitimidad, religión, y van gritando: “¡Mirad, tomad esto, hombres honrados!” Esta lógica era ya conocida de los antiguos. Los arúspices la practicaban. Frotaban con greda blanca una ternera negra, y decían:“Es blanca.” Bos cretatus.

Supersticiones, hipocresía, devoción fingida, preocupaciones; estas larvas, por más larvas que sean, quieren vivir tenazmente; tienen uñas y dientes en su sombra y es preciso destruirlas cuerpo a cuerpo, y hacerles la guerra sin tregua, porque una de las fatalidades de la humanidad es vivir condenada a la lucha eterna con fantasmas. Es muy difícil coger a la sombra por el cuello y derribarla.

Víctor Hugo
“Bajo qué condiciones puede respetarse lo pasado”
Los miserables

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LO PSÍQUICO ES ALGO TAN SINGULARMENTE ÚNICO, QUE NINGUNA COMPARACIÓN PUEDE DEFINIR SU NATURALEZA

Alex Kanevsky - Night - 18x18 inches, oil on wood - Unstable Equilibrium - Dolby

Alex Kanevsky – Night – 18×18 inches, oil on wood – Unstable Equilibrium – Dolby

A la labor por medio de la cual hacemos llegar lo reprimido a la conciencia del enfermo le hemos dado el nombre de psicoanálisis. ¿Por qué análisis, término que significa descomposición y disociación y hace pensar en una semejanza con la labor que el químico realiza en su laboratorio con los cuerpos que la Naturaleza le ofrece? Porque en realidad existe una tal analogía en cuanto a un punto importantísimo. Los síntomas y las manifestaciones patológicas del enfermo son, como todas sus actividades anímicas, de naturaleza compuesta. Los elementos de esta composición son, en último término, motivos o impulsos instintivos. Pero el enfermo no sabe nada, o sólo muy poco, de estos motivos elementales. Somos nosotros los que le descubrimos la composición de estos complicadísimos productos psíquicos; referimos los síntomas a las tendencias instintivas que los motivan, y le revelamos en sus síntomas la existencia de tales motivos instintivos, que hasta entonces desconocía, como el químico que aísla el cuerpo simple, el elemento químico, de la sal, en la cual se había mezclado con otros elementos, haciéndose irreconocible. Igualmente, mostramos al enfermo, en sus manifestaciones anímicas no consideradas patológicas, que tampoco era perfecta su conciencia de la motivación de las mismas, en la cual han intervenido motivos instintivos que no ha llegado a conocer.

También hemos arrojado mucha luz sobre el instinto sexual, descomponiéndolo en sus elementos, y cuando interpretamos un sueño, prescindimos de considerarlo como un todo y enlazamos la asociación a cada uno de sus factores. De esta justificada comparación de la actividad médica psicoanalítica con una labor química podría surgir una nueva orientación de nuestra terapia. Hemos analizado al enfermo, esto es, hemos descompuesto su actividad anímica en sus componentes elementales, y hemos mostrado en él, aislados, estos elementos instintivos. Lo inmediato será pedirnos que le ayudemos también a conseguir una síntesis nueva y mejor de los mismos. Todos sabéis que, en efecto, nos ha sido ya dirigida tal demanda. Se nos ha dicho que al análisis de la vida anímica enferma debe seguir la síntesis de la misma, e incluso ha surgido la preocupación de que quizá podía llevarse a cabo demasiado análisis y demasiado poca síntesis y se ha mostrado una tendencia a desplazar el peso capital de la acción psicoterapéutica sobre esta síntesis.

Por mi parte, no puedo creer que se nos plantee en esta psicosíntesis una nueva labor. Si quisiera permitirme ser sincero y un tanto descortés, diría que no se trata más que de una palabra vacía. Pero me limitaré a observar que constituye únicamente una inútil extensión de una comparación o, si queréis, un abuso injustificado de una denominación. Un nombre no es más que una etiqueta que ponemos a una cosa para diferenciarla de otras análogas, no un programa ni una definición y una comparación no precisa tocar más que en un punto lo comparado, y puede alejarse mucho de ello en todo lo demás. Lo psíquico es algo tan singularmente único, que ninguna comparación puede definir su naturaleza. La labor psicoanalítica ofrece analogías con el análisis químico, pero también con la intervención del cirujano, el auxilio del ortopédico y la influencia del pedagogo. La comparación con el análisis químico queda limitada por el hecho de que en la vida psíquica hemos de operar con impulsos dominados por una tendencia a la unificación y a la síntesis. Cuando conseguimos descomponer un síntoma, separar un impulso instintivo de la totalidad en que se hallaba incluido, no permanece aislado, sino que se incluye en seguida en otra nueva totalidad .

Así, en realidad, el enfermo neurótico nos aporta una vida anímica desgarrada, disociada por las resistencias; pero mientras la analizamos y suprimimos las resistencias, esta vida anímica va soldándose, y la gran unidad en la que vemos el yo del sujeto va incorporándose a todas las tendencias instintivas que hasta entonces permanecían disociadas de ella y ligadas a otros elementos. La psicosíntesis se realiza, pues, en el enfermo, de un modo automático e inevitable, sin necesidad de nuestra intervención. Con la descomposición de los síntomas y la supresión de las resistencias hemos creado las condiciones de esta síntesis. No es cierto que el enfermo halla algo descompuesto en sus elementos que espere pacientemente a que nosotros lo unifiquemos.

Sigmund Freud
Los caminos de la terapia psicoanalítica, 1918-9

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LA VIDA SENCILLA

Richard Diebenkorn's "Woman on a Porch," 1958, oil on canvas. (The Richard Diebenkorn Foundation)

Richard Diebenkorn’s “Woman on a Porch,” 1958, oil on canvas. (The Richard Diebenkorn Foundation)

Llamar al pan el pan y que aparezca

sobre el mantel el pan de cada día;

darle al sudor lo suyo y darle al sueño

y al breve paraíso y al infierno

y al cuerpo y al minuto lo que piden;

reír como el mar ríe, el viento ríe,

sin que la risa suene a vidrios rotos;

beber y en la embriaguez asir la vida,

bailar el baile sin perder el paso,

tocar la mano de un desconocido

en un día de piedra y agonía

y que esa mano tenga la firmeza

que no tuvo la mano del amigo;

probar la soledad sin que el vinagre

haga torcer mi boca, ni repita

mis muecas el espejo, ni el silencio

se erice con los dientes que rechinan:

estas cuatro paredes -papel, yeso,

alfombra rala y foco amarillento-

no son aún el prometido infierno;

que no me duela más aquel deseo,

helado por el miedo, llaga fría,

quemadura de labios no besados:

el agua clara nunca se detiene

y hay frutas que se caen de maduras;

saber partir el pan y repartirlo,

el pan de una verdad común a todos,

verdad de pan que a todos nos sustenta,

por cuya levadura soy un hombre,

un semejante entre mis semejantes;

pelear por la vida de los vivos,

dar la vida a los vivos, a la vida,

y enterrar a los muertos y olvidarlos

como la tierra los olvida: en frutos…

Y que a la hora de mi muerte logre

morir como los hombres y me alcance

el perdón y la vida perdurable

del polvo, de los frutos y del polvo.

 

Octavio Paz
Puerta condenada
1938-1946

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LA TERNURA

Gerhard-Richter-Zwei-Liebespaare

Gerhard Richter, Zwei Liebespaare (Two Couples) 1966, 115 cm x 160 cm, Oil on canvas

Era algo tan encantador hablar de los pechos y el pubis de una mujer con el mismo tono con que se narran los cuentos infantiles; y es que Jaromil vivía en el país de la ternura y ése es el país de la niñez artificial. Decimos artificial porque la niñez real no es ningún paraíso ni está llena de ternura precisamente.

La ternura nace en el momento en que el hombre es escupido hacia el umbral de la madurez y se da cuenta, angustiado, de las ventajas de la infancia que, como niño, no comprendía.

La ternura es el miedo que nos inspira la edad adulta.

La ternura es un intento de crear un ámbito artificial en el que pueda tener validez el compromiso de comportarnos con nuestro prójimo como si fuera un niño.

La ternura es el miedo que nos inspira la edad adulta, el amor, es un intento de sustraer al amor del reino de la madurez (en donde es algo serio, lleno de responsabilidad y de cuerpo) y considerar a la mujer como una niña.

Milan Kundera
La vida está en otra parte

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UN EFECTO DE EXTRAÑEZA

"Portrait of a girl in a landscape" (1897), Paula Modersohn-Becker

“Portrait of a girl in a landscape” (1897), Paula Modersohn-Becker

Cuando un acontecimiento –por ejemplo, un texto– produce un efecto de extrañeza, la inteligencia, en su esfuerzo por anularlo, despliega todos los mecanismos de defensa a su alcance, desde la simple negación hasta la exclusión… sin olvidar la conversión en lo contrario.

Es cierto que el esfuerzo de la inteligencia puede seguir el trabajo de la reflexión: ésta sabe por lo general sopesar con ecuanimidad y distanciamiento los argumentos y trata de acercarse a los hechos –o los textos– con una mirada más “desinteresada”, abierta y comprensiva. Desafortunadamente, no siempre tan encomiable actitud es practicada: no ocurre así, por ejemplo, en los casos en que las implicaciones de aquello a lo que la reflexión se enfrenta parecen tales que, de aceptarlas, todo aquello en lo que creemos –una buena parte de lo que somos– se derrumbaría sin remedio. Tal es, desde luego, también el caso del escepticismo, una doctrina que pretende socavar los fundamentos de la misma razón.

Rafael Sartorio Maulini
Introducción a las Hipotiposis Pirrónicas de Sexto Empírico

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