LO QUE ESPERAMOS / O. Girondo

Charley Toorop, “Comida con amigos” (1921)

LO QUE ESPERAMOS

Tardará, tardará.

Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de diamantes, de caviar,
de remedios.

Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la seña, no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad,
de bosta.

Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces…
¡Ah! ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía,
guardemos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que hace siglos
esperamos en vano.

OLIVERIO GIRONDO
“Persuasión de los días” 1942

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EL JOVEN A SUS JUICIOSOS CONSEJEROS

Edvard Munch, Man and Woman
Edvard Munch, Man and Woman I. 40 x 54 cm. Woodcut on board

EL JOVEN A SUS JUICIOSOS CONSEJEROS

¿Pretendéis que me apacigüe? ¿Qué domine
este amor ardiente y gozoso, este impulso
hacia la verdad suprema? ¿Qué cante
mi canto del cisne al borde del sepulcro
donde os complacéis en encerrarnos vivos?
¡Perdonadme!, mas no obstante
el poderoso impulso que lo arrastra
el oleaje surgente de la vida
hierve impaciente en su angosto lecho
hasta el día en que descansar! en su mar natal.

La viña desdeña los frescos valles,
los afortunados jardines de la Hesperia
sólo dan frutos de oro bajo el ardor del relámpago
que penetra como flecha el corazón de la tierra.
¿Por qué moderar el fuego de mi alma
que se abrasa bajo el yugo de esta edad de bronce?
¿Por qué, débiles corazones, querer sacarme
mi elemento de fuego, a mí que sólo puedo vivir en el combate?

La vida no está dedicada a la muerte,
ni al letargo el dios que nos inflama.
El sublime genio que nos llega del Éter
no nació para el yugo.
Baja hacia nosotros, se sumerge, se baña
en el torrente del siglo; y dichosa, la náyade
arrastra por un momento al nadador,
que muy pronto emerge, su cabeza ceñida de luces.

¡Renunciad al placer de rebajar lo grande!
¡No habléis de vuestra felicidad!
¡No plantéis el cedro en vuestros potes de arcilla!
¡No toméis al Espíritu por vuestro siervo!
¡No intentéis detener los corceles del sol
y dejad que las estrellas prosigan su trayecto!
¡Y a mí, no me aconsejéis que me someta,
no pretendáis que sirva a los esclavos!

Y si no podéis soportar la hermosura,
hacedle una guerra abierta, eficaz.
Antaño se clavaba en la cruz al inspirado,
hoy lo asesinan con juiciosos e insinuantes consejos.
¡Cuántos habéis logrado someter
al imperio de la necesidad! ¿Cuántas veces
retuvisteis al arriesgado juerguista en la playa
cuando iba a embarcarse lleno de esperanza
para las iluminadas orillas del Oriente!

Es inútil: esta época estéril no me detendrá.
Mi siglo es para mí un azote.
Yo aspiro a los campos verdes de la vida
y al cielo del entusiasmo.
Enterrad, oh muertos, a vuestros muertos,
celebrad la labor del hombre, e insultadme.
Pero en mí madura, tal como mi corazón lo quiere,
la bella, la viva Naturaleza.

Friedrich Hölderlin
Poemas de juventud, 1789-1794

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RESULTADOS, NO CAUSAS / J. Steinbeck

Jean-François Millet, Las espigadoras, 1857.

Jean-François Millet, Las espigadoras, 1857.

“La tierra del oeste, nerviosa ante el cambio que se avecina. Los estados del oeste, nerviosos igual que los caballos antes de la tormenta. Los grandes propietarios, nerviosos, sintiendo el cambio, pero sin saber nada acerca de su naturaleza. Los grandes propietarios, dirigiendo sus esfuerzos contra lo inmediato, el gobierno en expansión, la creciente unidad de los trabajadores; atacando los nuevos impuestos, los proyectos; sin darse cuenta de estas cosas son resultados y no causas. Resultados, no causas; resultados, no causas. Las causas yacen en lo más hondo y son sencillas: las causas son el hambre en un estómago, multiplicado por un millón; el hambre de una sola alma, hambre de felicidad y un poco de seguridad, multiplicada por un millón; músculos y mente pugnando por crecer, trabajar, crear, multiplicado por un millón. La función última del hombre, clara y definitiva: músculos que buscan trabajar, mentes que pugnan por crear algo más allá de la mera necesidad: esto es el hombre. Levantar un muro, construir una casa, una presa y dejar en el muro, en la casa y la presa algo de la esencia misma del hombre y tomar para esta esencia algo del muro, la casa, la presa; músculos endurecidos por el trabajo, mentes ensanchadas por la asimilación de líneas nítidas y formas que fueron parte de la concepción de la obra. Porque el hombre, a diferencia de cualquier ser orgánico o inorgánico del universo, crece más allá de su trabajo, sube los peldaños de sus conceptos, emerge por encima de sus logros.”

(…)

“Si tú, que posees las cosas que la gente debe tener, pudieras entenderlo, te podrías proteger. Si fueras capaz de separar causas de resultados, si pudieras entender que Paine, Marx, Jefferson, Lenin, fueron resultados, no causas, podrías sobrevivir. Pero no lo puedes saber. Porque el ser propietario te deja congelado para siempre en el «yo» y te separa para siempre del «nosotros».”

John Steinbeck, Las uvas de la ira

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EL LAUREL / Hölderlin

Anthony Cudahy, "rough curve", oil on canvas, 36″ x 48″, 2015

Anthony Cudahy, “rough curve”, oil on canvas, 36″ x 48″, 2015

EL LAUREL

¡No, no me resignaré! Avanzar siempre
como un niño, como un prisionero,
a pequeños pasos medidos por anticipado,
día tras día. ¡No, nunca me resignaré!

¿Tal es el destino del hombre? ¿Mi destino? ¡No!
Al laurel aspiro. No me tienta el reposo,
mas el peligro suscita las fuerzas del hombre
y el dolor hincha el pecho de los jóvenes.

¿Qué soy para ti, qué soy yo, patria mía?
Un débil, un enfermo a quien su madre
con una tonada triste, desesperada,
acuna entre sus pacientes brazos.

Nunca busqué consuelo en el fondo de brillantes copas
ni en la mirada de una sonriente coqueta.
¿Debe abatirme para siempre una pena
o matarme un furioso deseo?

¿De qué sirve el cordial apretón de manos
y la dulce acogida del alma en primavera?
¿Para qué la sombra de los robles,
la viña en flor, el aroma del tilo?

Juro, por la antigua Mana, no beber jamás
del cáliz del gozo, no obstante su seductor destello,
hasta el día en que haga una obra de hombre
y conquiste entonces mi primer laurel.

¡Grave promesa! que a mis ojos llena de lágrimas.
¡Feliz seré, de mantenerla! Pues así,
criaturas de alborozo, también a mí me oiréis gritar de gozo.
Y entonces, oh Naturaleza, de tu sonrisa haré mi júbilo.

Friedrich Hölderlin

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LA SOCIEDAD Y EL FENÓMENO DEL PÁNICO / S. Freud

it's over | Akuma Aizawa

it’s over | Akuma Aizawa

El fenómeno del pánico, observable en las masas militares con mayor claridad que en ninguna otra formación colectiva, nos demuestra también que la esencia de una multitud consiste en los lazos libidinosos existentes en ella. El pánico se produce cuando tal multitud comienza a disgregarse y se caracteriza por el hecho de que las órdenes de los jefes dejan de ser obedecidas, no cuidándose ya cada individuo sino de sí mismo, sin atender para nada a los demás. Rotos así los lazos recíprocos, surge un miedo inmenso e insensato. Naturalmente, se nos objetará aquí que invertimos el orden de los fenómenos y que es el miedo el que, al crecer desmesuradamente, se impone a toda clase de lazos y consideraciones. Mac Dougall ha llegado incluso a utilizar el caso del pánico (aunque no del militar) como ejemplo modelo de su teoría de la intensificación de los afectos por contagio (primary induction). Pero esta explicación racionalista es absolutamente insatisfactoria, pues lo que se trata de explicar es precisamente por qué el miedo ha llegado a tomar proporciones tan gigantescas.

Ello no puede atribuirse a la magnitud del peligro, pues el mismo Ejército, que en un momento dado sucumbe al pánico, puede haber arrostrado impávido, en otras ocasiones semejantes, peligros mucho mayores, y la esencia del pánico está precisamente en carecer de relación con el peligro que amenaza y desencadenarse, a veces, por causas insignificantes. Cuando el individuo integrado en una masa en la que ha surgido el pánico comienza a no pensar más que en sí mismo, demuestra con ello haberse dado cuenta del desgarramiento de los lazos afectivos que hasta entonces disminuían a sus ojos el peligro. Ahora que se encuentra ya aislado ante él, tiene que estimarlo mayor. Resulta, pues, que el miedo al pánico presupone el relajamiento de la estructura libidinosa de la masa y constituye una justificada reacción al mismo, siendo errónea la hipótesis contraria de que los lazos libidinosos de la masa quedan destruidos por el miedo ante el peligro.

Estas observaciones no contradicen la afirmación de que el miedo colectivo crece hasta adquirir inmensas proporciones bajo la influencia de la inducción (contagio). Esta teoría de Mac Dougall resulta exacta en aquellos casos en los que el peligro es realmente grande y no existen en la masa sólidos lazos afectivos, circunstancias que se dan, por ejemplo, cuando en un teatro o una sala de reuniones estalla un incendio. Pero el caso más instructivo y mejor adaptado a nuestros fines es el de un Cuerpo de Ejército invadido por el pánico ante un peligro que no supera la medida ordinaria y que ha sido afrontado otras veces con perfecta serenidad. Por cierto que la palabra «pánico» no posee una determinación precisa e inequívoca. A veces se emplea para designar el miedo colectivo, otras es aplicada al miedo individual, cuando el mismo supera toda medida, y otras, por último, parece reservada a aquellos casos en los que la explosión del miedo no se muestra justificada por las circunstancias. Dándole el sentido de «miedo colectivo», podremos establecer una amplia analogía. El miedo del individuo puede ser provocado por la magnitud del peligro o por la ruptura de lazos afectivos (localizaciones de la libido). Este último caso es el de la angustia neurótica. Del mismo modo se produce el pánico por la intensificación del peligro que a todos amenaza o por la ruptura que los lazos afectivos que garantizaban la cohesión de la masa, y en este último caso, la angustia colectiva presenta múltiples analogías con la angustia neurótica.

Viendo, como Mac Dougall, en el pánico una de las manifestaciones más características del group mind, se llega a la paradoja de que esta alma colectiva se disolvería por sí misma en una de sus exteriorizaciones más evidentes, pues es indudable que el pánico significa la disgregación de la multitud, teniendo, por consecuencia, la cesación de todas las consideraciones que antes se guardaban recíprocamente los miembros de la misma. La causa típica de la explosión de un pánico es muy análoga a la que nos ofrece Nestroy en su parodia del drama Judith y Holofernes, de Hebbel. En esta parodia grita un guerrero: «El jefe ha perdido la cabeza», y todos los asirios emprenden la fuga. Sin que el peligro aumente, basta la pérdida del jefe -en cualquier sentido- para que surja el pánico. Con el lazo que los ligaba al jefe desaparecen generalmente los que ligaban a los individuos entre sí, y la masa se pulveriza como un frasquito boloñés al que se le rompe la punta.

Sigmund Freud

Psicología de las masas y análisis del yo / 1920-1

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UNA APROXIMACIÓN DEMASIADO ÍNTIMA A LOS DEMÁS / S. Freud

Alex Beck, "Unit", 36 x 36 inches

Alex Beck, “Unit”, 36 x 36 inches

Intentaremos representarnos cómo se comportan los hombres mutuamente desde el punto de vista afectivo. Según la célebre parábola de los puercoespines ateridos (Schopenhauer: Parenga und Paralipomena, 2ª parte, XXXI, «Gleichnisse und Parabeln»), ningún hombre soporta una aproximación demasiado íntima a los demás. «En un crudo día invernal, los puercoespines de una manada se apretaron unos contra otros para prestarse mutuo calor. Pero al hacerlo así se hirieron recíprocamente con sus púas y hubieron de separarse. Obligados de nuevo a juntarse por el frío, volvieron a pincharse y a distanciarse. Estas alternativas de aproximación y alejamiento duraron hasta que les fue dado hallar una distancia media en la que ambos males resultaban mitigados.»

Sigmund Freud
Psicología de las masas y análisis del yo / 1920-1

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LOS AFECTOS Y LA CAPACIDAD DE RESISTENCIA FRENTE A LAS ENFERMEDADES INFECCIOSAS   / S. Freud

Antony Williams, "Portrait of Emma Leaning on her Hand", 44.5 x 35 cms

Antony Williams, “Portrait of Emma Leaning on her Hand”, 44.5 x 35 cms

En numerosos estados anímicos que se denominan afectos, la participación del cuerpo es tan notable y espectacular, que muchos psicólogos han llegado a aceptar que la esencia de los afectos residiría únicamente en estas sus manifestaciones corporales. Son de todos conocidas las extraordinarias alteraciones de la expresión facial, de la circulación sanguínea, de las secreciones, del estado excitativo de la musculatura voluntaria, que pueden producirse bajo la influencia del miedo, de la ira, del dolor anímico, del éxtasis sexual y de otras emociones. Menos conocidas, pero absolutamente indudables, son otras acciones somáticas de los afectos que ya no forman parte de la expresión directa de los mismos. Así, ciertos estados afectivos permanentes de naturaleza penosa o, como suele decirse, «depresiva», como la congoja, las preocupaciones y la aflicción, reducen en su totalidad la nutrición del organismo, llevan al encanecimiento precoz, a la desaparición del tejido adiposo y a alteraciones patológicas de los vasos sanguíneos. Recíprocamente, bajo la influencia de excitaciones gozosas, de la «felicidad», obsérvase cómo todo el organismo florece y la persona recupera algunas manifestaciones de la juventud. Los grandes afectos tienen, evidentemente, íntima relación con la capacidad de resistencia frente a las enfermedades infecciosas; buen ejemplo de ello es la observación, efectuada por médicos militares, de que la susceptibilidad a las enfermedades epidémicas y a la disentería es mucho mayor entre los contingentes de un ejército derrotado que entre los vencedores. Mas los afectos -casi exclusivamente los depresivos- a menudo son también por sí mismos causas directas de enfermedades tanto del sistema nervioso -con alteraciones anatómicamente demostrables- como también de otros órganos, debiendo aceptarse en tales casos la preexistencia de una propensión a dicha enfermedad, hasta ese momento inactiva.

A su vez, estados patológicos ya establecidos pueden ser profundamente influidos por afectos tumultuosos, por lo general en el sentido del empeoramiento; pero tampoco faltan ejemplos de que un gran susto, una repentina aflicción, por una curiosa revulsión de todo el organismo, hayan influido favorablemente sobre una enfermedad crónica o aun la hayan curado por completo. Por fin, no cabe duda de que la duración de la vida puede ser considerablemente abreviada por afectos depresivos y que un susto violento, una injuria u ofensa candentes son susceptibles de poner repentino fin a la existencia; por extraño que parezca, esta última repercusión obsérvase también en ocasiones a consecuencia de una grande e inesperada alegría.

Los afectos en sentido estricto se caracterizan por una muy particular vinculación con los procesos corporales; pero en realidad todos los estados anímicos, incluso aquellos que solemos considerar como «procesos intelectivos», también son en cierto modo afectivos, y a ninguno le falta la expresión somática y la capacidad de alterar procesos corporales. Hasta en el pensamiento más reposado, por medio de «representaciones», descárganse continuamente, de acuerdo con el contenido de dichas representaciones, estímulos hacia los músculos lisos y estriados, que se pueden revelar por medio de una adecuada intensificación y que permiten explicar numerosos fenómenos harto notables, pretendidamente «sobrenaturales». Así se explica, entre otros fenómenos, la denominada adivinación del pensamiento por los pequeños movimientos involuntarios que realiza el médium durante la experiencia, consistente, por ejemplo, en dejarse guiar por él hacia un objeto escondido. Todo este fenómeno merece más bien el calificativo de revelación del pensamiento.

Los procesos de la voluntad y de la atención son asimismo susceptibles de influir profundamente sobre los procesos corporales y de desempeñar un gran papel como estimulantes o inhibidores de enfermedades orgánicas. Un celebrado médico inglés ha dicho de sí mismo que consigue provocar las más diversas sensaciones y dolores en cualquier parte de su cuerpo a la cual dirija la atención, y la mayoría de los seres parecen tener parecida capacidad. Al considerar los dolores, que por lo común se incluyen entre las manifestaciones somáticas, siempre debe tenerse en cuenta su estrechísima dependencia de las condiciones anímicas. Los profanos, que tienden a englobar tales influencias psíquicas bajo el rótulo de «imaginación», suelen tener poco respeto a los dolores «imaginarios», en contraste con los provocados por heridas, enfermedad o inflamación. Mas ello es flagrantemente injusto: cualquiera que sea la causa del dolor, aunque se trate de la imaginación, los dolores mismos no por ello son menos reales y menos violentos.

Tal como los dolores pueden ser provocados o exacerbados dirigiendo la atención sobre ellos, también desaparecen al apartarse ésta. Dicha experiencia se aplica comúnmente para calmar a un niño dolorido; el guerrero adulto no siente el dolor de sus heridas en el febril ardor del combate; es muy probable que el mártir, en la exaltación de sus sentimientos religiosos, en la sumisión de todos sus pensamientos hacia la recompensa celestial que le espera, se torne totalmente insensible al dolor de su tormento. No es tan fácil abonar por medio de ejemplos la influencia de la voluntad sobre los procesos morbosos orgánicos pero es muy posible que el propósito de sanar o la voluntad de morir no carezcan de importancia para el desenlace de algunas enfermedades, aun graves y de dudoso carácter.

Un especialísimo interés reviste el estado anímico de la expectación, merced al cual toda una serie de las más activas fuerzas psíquicas pueden ponerse en juego para determinar la provocación y la curación de afecciones corporales. No cabe duda con respecto al papel de la expectación ansiosa, y sería importante establecer con certeza si tiene efectivamente la influencia que se le atribuye en relación con las enfermedades: si, por ejemplo, es cierto que durante el dominio de una epidemia, los más expuestos son precisamente los que más temen contraer la infección. El estado opuesto, la expectación confiada o esperanzada, es una fuerza curativa con la que en realidad tenemos que contar en todos nuestros esfuerzos terapéuticos o curativos. No de otro modo podríanse explicar los peculiares efectos que observamos con los medicamentos y con otras intervenciones terapéuticas.

Sigmund Freud

Psicoterapia – (Tratamiento por el espíritu) – 1905

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LA CIUDAD / Saint-John Perse

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La pizarra cubre sus techos, o bien la teja en que vegetan los musgos.
Su aliento se vierte por el tiro de las chimeneas.
¡Grasas!
¡Olor de los hombres urgidos, como de un soso matadero!
¡agrios cuerpos de las mujeres bajo las faldas!
¡Oh ciudad contra el cielo!
Grasas, aspirados alientos, y el vaho de un pueblo
contaminado – pues toda ciudad se ciñe de inmundicia.
Sobre la lumbrera del tenderete – sobre los cubos de basura del hospicio – sobre el olor de vino azul del barrio de los marineros – sobre la fuente que solloza en los patios de la policía – sobre las estatuas de piedra mohosa y sobre los perros vagabundos – sobre el chiquillo que silba, y el
mendigo cuyas mejillas tiemblan en la cavidad de las
mandíbulas, sobre la gata enferma que tiene tres pliegues en la frente, la noche desciende, entre el vaho de los hombres…
– La Ciudad por el río mana hacia el mar como un absceso…
¡Crusoe! Esta noche, cerca de tu Isla, el cielo que se
aproxima loará al mar, y el silencio multiplicará la
exclamación de los astros solitarios.
Corre las cortinas; no enciendas:
Es la noche sobre tu Isla y en su contorno, aquí y allá,
dondequiera se curva el impecable vaso del mar; es la noche color de párpados, sobre los caminos entretejidos del cielo y del mar.
Todo es salado, todo es viscoso y pesado como la vida de los plasmas.
El pájaro se arrulla en su pluma, bajo un sueño aceitoso; el fruto vano, sordo de insectos cae en el agua de las caletas, cavando su ruido.
La isla se adormece entre el circo de vastas aguas, lavada por cálidas corrientes y grasas lechadas, en la frecuentación de légamos suntuosos.
Bajo los manglares que lo fecundan, lentos peces entre el cieno han descargado burbujas de su cabeza chata; y otros que son lentos, manchados como reptiles, velan. – Los
légamos son fecundados. – Oye chasquear a las huecas
bestias en sus conchas. – Sobre un trozo del cielo verde hay un humo apresurado que es el enmarañado vuelo de los mosquitos. – Los grillos bajo las hojas se llaman
dulcemente. – Y otras bestias que son dulces, atentas a la noche, cantan un canto más puro que el anuncio de las
lluvias: es la deglutición de dos perlas hinchando su gollete amarillo…
¡Vagido de las aguas girantes y luminosas!
¡Corolas, bocas de moaré: el duelo que apunta y se
ensancha! Son grandes flores móviles en viaje, flores
vivientes para siempre, y que no cesarán de crecer por el mundo… ¡Oh el color de las brisas circulando sobre las aguas calmas, las palmas de las palmeras que se menean!
Y ni un lejano ladrido de perro que signifique la choza; que signifique la choza y el humo de la tarde y las tres piedras negras bajo el olor de pimiento.
Pero los murciélagos cortan la noche blanda con pequeños gritos.

¡Alegría! ¡oh alegría desatada en las alturas del cielo!

… ¡Crusoe! ¡estás ahí! y tu rostro se ofrece a los signos de la noche, como una invertida palma de la mano.

 

Saint-John Perse
Imágenes para Crusoe

 

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NOSOTROS, LOS QUE CONOCEMOS, NOS DESCONOCEMOS A NOSOTROS MISMOS / F. Nietzsche

ANTHONY CUDAHY, "Mirrored", oil on canvas, 2016

Anthony Cudahy, “Mirrored”, oil on canvas, 2016

Nosotros, los que conocemos, nos desconocemos a nosotros mismos: y por buenas razones. Nunca nos hemos buscado: ¿cómo podría suceder que un día nos encontrásemos? Con razón se ha dicho: “donde está vuestro tesoro, allí está también vuestro corazón”; nuestro tesoro está donde están las colmenas de nuestro conocimiento. Siempre estamos en camino hacia ellas, como insectos voladores natos y recolectores de miel del espíritu; preocupándonos tan solo de una cosa: “traer algo a casa”. Y en cuanto al resto de la vida, a las llamadas “vivencias”, ¿quién de nosotros tiene la seriedad suficiente para ellas? ¿O siquiera el tiempo suficiente? Me temo que en tales asuntos nunca estamos del todo “en lo que estamos”: nuestro corazón no está allí; ¡y ni siquiera nuestro oído! Como quien, distraído de un modo divino y sumido en sí mismo, vuelve en sí de pronto, cuando las doce campanadas del mediodía han retumbado estrepitosamente en su oídos, y se pregunta: ¿Qué es lo que ha sonado?”, así algunas veces nos frotamos nosotros los oídos cuando ya todo ha pasado y nos preguntamos, muy sorprendidos, muy consternados: “¿Qué es lo que hemos vivido, más aún: quiénes somos en realidad?”, y, como ha dicho, solo cuando ya han pasado contamos las doce campanadas de nuestra vivencia, de nuestra vida, de nuestro ser… ¡ay! y nos equivocamos en la cuenta… Seguimos siendo necesariamente extraños a nosotros mismos, no nos comprendemos, debemos equivocarnos, para nosotros rige por toda la eternidad el principio de que “cada cual es el más lejano para sí mismo”; para nosotros mismos no somos “cognoscentes”…

Friedrich Nietzsche
Prólogo a La genealogía de la moral (1886)

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TERROR. RELATO DE UN AMIGO / A. Chéjov

"Ombres portées", Emile Friant, 1891

“Ombres portées”, Emile Friant, 1891

Dmitri Petróvich Silin había terminado los estudios universitarios y había ingresado en la administración de San Petersburgo, pero a los treinta años renunció a su puesto y se dedicó a la agricultura. Su hacienda no iba mal, pero yo tenía la impresión de que no estaba en su lugar y que haría mejor regresando a Petersburgo. Cuando, con la piel atezada, gris de polvo y extenuado por el trabajo, me recibía cerca de la cancela o junto a la entrada y luego, después de la cena, luchaba con el sueño, mientras su mujer lo mandaba a la cama como si fuera un niño, o bien, venciendo sus ganas de dormir, me exponía sus grandes ideas con voz suave y cordial, como suplicante, yo no veía en él a un propietario o un agrónomo, sino a un hombre abrumado, y me parecía evidente que, más que ocuparse de la hacienda, lo que necesitaba era que el día terminara cuanto antes.

       Me agradaba visitarle y en ocasiones pasaba dos o tres días en su propiedad; me agradaba su casa, su parque, su gran huerto de árboles frutales, su río y su filosofía, algo desvaída y ampulosa, pero clara. Probablemente también me agradaba él, aunque no puedo afirmarlo con total seguridad, pues aún no he conseguido aclarar mis sentimientos de entonces. Era un hombre inteligente, bondadoso, afable y sincero, pero recuerdo muy bien que, cuando me confiaba sus secretos íntimos y calificaba de amistad nuestra relación, me causaba una impresión desagradable y me sentía incómodo. En la amistad que me profesaba había algo embarazoso y molesto, y yo hubiera preferido unas buenas relaciones sin más.

       La cuestión es que me gustaba muchísimo su mujer, María Serguéievna. No estaba enamorado de ella, pero me atraían su rostro, sus ojos, su voz, sus andares, y la echaba de menos cuando pasaba mucho tiempo sin verla; en esas ocasiones, no había persona que deleitara más mi imaginación que esa mujer joven, hermosa y elegante. No albergaba ninguna intención concreta con respecto a ella ni me hacía ilusiones, pero, por alguna razón, cada vez que nos quedábamos solos, recordaba que su marido me consideraba amigo suyo, y me sentía incómodo. Cuando tocaba al piano mis composiciones favoritas o me contaba algo interesante, la escuchaba con gusto y al mismo tiempo me venía a la cabeza que ella amaba a su marido, que él era mi amigo y que ella misma me consideraba amigo de su marido; esa circunstancia me ponía de mal humor y me volvía indolente, torpe y reservado.

       —Se aburre usted sin su amigo. Habrá que ir a buscarle al campo.

       Y cuando Dmitri Petróvich llegaba, ella decía:

       —Ya ha llegado su amigo. Alégrese.

       Así pasó un año y medio.

       Un domingo del mes de julio Dmitri Petróvich y yo, a falta de algo mejor que hacer, nos fuimos a la gran aldea de Klúshino con intención de comprar unos aperitivos para la cena. Mientras íbamos de tienda en tienda, el sol se puso y se hizo de noche, una noche que probablemente no olvidaré mientras viva. Tras comprar un queso que parecía jabón y un salchichón duro como una piedra y con olor a alquitrán, nos dirigimos a la taberna para preguntar si tenían cerveza. Nuestro cochero había ido a herrar los caballos y le habíamos dicho que le esperaríamos cerca de la iglesia. Caminábamos, charlábamos, nos reíamos de las compras; un hombre conocido en el distrito con el apodo bastante extraño de Cuarenta Mártires nos seguía en silencio, con su aspecto misterioso de soplón. Ese Cuarenta Mártires no era otro que Gavrila Séverov o simplemente Gabriushka, que durante un tiempo había estado a mi servicio y al que había despedido por su ebriedad. También había trabajado para Dmitri Petróvich, que lo había echado por el mismo pecado. Era un borracho recalcitrante; por lo demás, todo su destino había sido tan titubeante y desordenado como él. Su padre era sacerdote y su madre de familia noble, es decir, que por nacimiento pertenecía a la clase privilegiada, pero cada vez que examinaba su rostro demacrado, obsequioso y siempre sudoroso, su barba rojiza y entrecana, su deplorable chaqueta raída y su camisa roja que llevaba por fuera, no podía encontrar ninguna huella de lo que suele entenderse por distinción. Se consideraba instruido y contaba que había estudiado en el seminario, cuyos cursos no había concluido, pues lo habían expulsado por fumar; después había cantado en el coro del arzobispo y había pasado unos dos años en el monasterio, de donde también lo habían echado, esta vez no por fumar, sino por su “debilidad”. Había recorrido a pie dos provincias, había presentado no se sabe qué demandas ante el consistorio y diversas autoridades, había sido juzgado cuatro veces. Tras establecerse por último en nuestro distrito, había sido criado, guardabosques, perrero, guardián de iglesia, se había casado con una cocinera viuda de vida airada y se había empantanado definitivamente en esa existencia de lacayo, adaptándose tan bien a la suciedad y las disputas inherentes a esa condición que ya sólo hablaba de su nacimiento privilegiado con cierta incredulidad, como si se tratara de un mito. En el momento que nos ocupa, iba de un lado para otro, dándoselas de curandero y cazador; su mujer había desaparecido sin dejar rastro.

       Al salir de la taberna nos dirigimos a la iglesia y nos sentamos en el atrio en espera de nuestro cochero. Cuarenta Mártires se detuvo a cierta distancia y se llevó la mano a la boca para toser respetuosamente en ella cuanto fuera menester. Todo estaba ya oscuro. La tarde exhalaba un fuerte olor a humedad y la luna se aprestaba a salir. En el cielo puro, estrellado, sólo había dos nubes, justo encima de nosotros: una grande, otra algo más pequeña; solitarias, como una madre y su hijo, se perseguían por aquella región del horizonte donde se apagaba el ocaso.

       —Un día maravilloso —dijo Dmitri Petróvich.

    —Extraordinario… —convino Cuarenta Mártires y tosió respetuosamente en la mano—. ¿Cómo se le ha ocurrido a usted venir aquí, Dmitri Petróvich? —preguntó con voz insinuante; era evidente que trataba de entablar conversación.

       Dmitri Petróvich no le respondió. Cuarenta Mártires emitió un profundo suspiro y dijo en voz queda, sin mirarnos:

       —Todos mis sufrimientos se deben a una razón por la que tendré que responder ante Dios todopoderoso. Sin duda soy un hombre miserable e inútil, pero se lo digo en conciencia: no tengo un pedazo de pan que llevarme a la boca y vivo peor que un perro… ¡Perdóneme, Dmitri Petróvich!

       Silin no le escuchaba y, con los puños apoyados en el mentón, cavilaba. La iglesia se alzaba en un extremo de la calle, sobre la alta orilla, y a través de los hierros de la verja veíamos el río, los prados inundados de la otra ribera y la luz brillante y purpúrea de una hoguera a cuyo alrededor se movían negras siluetas de hombres y caballos. Más allá de la hoguera se veían otras lucecitas: era una aldehuela… En el lugar estaban cantando.

       En el río y en algún punto del prado se levantaba la niebla. Sus jirones altos y estrechos, densos y blancos como la leche, flotaban sobre el río, ocultando el brillo de las estrellas y pegándose a los sauces. Cambiaban de aspecto sin cesar y tan pronto se abrazaban, como se saludaban o levantaban al cielo los brazos con anchas mangas de pope, como si estuvieran rezando… Probablemente despertaron en Dmitri Petróvich pensamientos de aparecidos y difuntos, porque se volvió hacia mí y me preguntó, con triste sonrisa:

       —Dígame, querido amigo, ¿por qué cuando queremos contar alguna cosa terrible, misteriosa y fantástica no nos referimos al tema de la vida, sino que nos ocupamos inexorablemente del mundo de las apariciones y de las sombras del más allá?

       —Nos parece terrible lo que no comprendemos.

       —Y ¿acaso nuestra vida es comprensible? Dígame: ¿entiende usted mejor la vida que el mundo del más allá?

       Dmitri Petróvich estaba sentado tan cerca de mí que sentía en el cuello su respiración. En el crepúsculo su rostro pálido y delgado parecía aún más descolorido y su oscura barba más negra que el hollín. Tenía una mirada triste, sincera y algo asustadiza, como si se dispusiera a contarme algo espantoso. Me miró a los ojos y continuó con su voz de siempre, como suplicante.

       —Nuestra vida y el mundo del más allá son igualmente incompresibles y terribles. Quien se asusta de las apariciones, debe asustarse también de mí, de esas luces y del cielo, pues todo eso, si se para uno a pensar, no es menos ininteligible y fantástico que los espectros del otro mundo. El príncipe Hamlet no se mataba porque temía que las apariciones pudieran turbar su sueño en la tumba; su famoso monólogo me gusta, pero, para serle sincero, nunca me ha conmovido. Reconozco que a veces, en momentos de angustia, me he representado la hora de mi muerte; mi imaginación creaba por millares las más sombrías apariciones, llegaba a un extremo de exaltación torturadora, hasta la pesadilla, pero le aseguro que nada de eso me parecía más terrible que la realidad. Las apariciones son horribles, ni que decir tiene, pero la vida no lo es menos. Yo, querido amigo, no entiendo la vida y la temo. No sé, quizá sea un hombre enfermo, desequilibrado. Un hombre normal y sano se figura que entiende todo lo que ve y oye, pero yo he perdido esa “certidumbre” y cada día que pasa me dejo envenenar más por el miedo. Existe una enfermedad que consiste en el miedo al espacio; yo, en cambio, tengo miedo a la vida. Cuando me tumbo sobre la hierba y paso largo rato contemplando un insecto nacido la víspera y que no comprende nada, tengo la impresión de que su vida se compone de una sucesión ininterrumpida de terrores y me reconozco en él.

       —¿Qué es lo que teme en particular? —pregunté yo.

     —Todo. No soy una persona muy profunda y me intereso poco por cuestiones como el más allá, el destino de la humanidad y, en general, rara vez me elevo a las alturas celestes. Me asusta sobre todo la rutina de la vida, a la que ninguno de nosotros puede sustraerse. Soy incapaz de discernir lo que hay de verdadero y de falso en mis actos y éstos me atormentan; soy consciente de que las condiciones de la existencia y mi educación me han encerrado en un estrecho círculo de mentira, de que toda mi vida no es otra cosa que una preocupación cotidiana por engañarme a mí mismo y engañar a los otros sin darme cuenta y me asusta el pensamiento de que no me libraré de la mentira hasta la muerte. Hoy hago una cosa y al día siguiente ya no entiendo por qué la he hecho. Cuando trabajaba en Petersburgo, en la administración, fui presa del miedo; luego vine aquí para ocuparme de la agricultura y también soy presa del miedo… Me doy cuenta de que no sabemos casi nada y por eso cada día nos equivocamos, somos injustos, calumniamos, hacemos la vida imposible al prójimo, gastamos todas nuestras energías en bobadas que no necesitamos y nos impiden vivir, y eso me asusta, porque no comprendo su razón. No comprendo a la gente y la temo, amigo mío. Me asusta mirar a los campesinos, no entiendo en virtud de qué supremos fines sufren y para qué viven. Si la vida es regocijo, son superfluos e inútiles; si el fin y el sentido de la vida consisten en la pobreza y una ignorancia absoluta y desesperada, no comprendo para quién y para qué es necesario este tormento. No comprendo nada ni a nadie. Trate de entender, por ejemplo, a este sujeto —dijo, señalando a Cuarenta Mártires—. ¡Inténtelo!

       Al advertir que ambos le mirábamos, Cuarenta Mártires tosió respetuosamente en el puño y dijo:

       —En casa de los buenos amos siempre he sido un servidor fiel, pero la principal causa eran las bebidas espiritosas. Si hoy se apiadaran de este pobre desgraciado y me encontraran una colocación, besaría los iconos. ¡Doy mi palabra!

       El guardián de la iglesia pasó a nuestro lado, nos miró con sorpresa y se puso a tirar de la cuerda de la campana, cuyo sonido lento y prolongado quebró bruscamente el silencio de la noche, dando las diez.

       —¡Ya son las diez! —dijo Dmitri Petróvich—. Es hora de volver. Sí, amigo —suspiró—, no se imagina usted el miedo que siento por los pensamientos banales y cotidianos, que en teoría no deberían despertar ningún temor. Para no pensar me distraigo trabajando y trato de fatigarme para dormir de un tirón. Para los demás tener hijos y esposa es una cosa normal, pero a mí me angustia, amigo.

       Se acarició el rostro con las manos, tosió y se echó a reír.

       —¡Si pudiera explicarle qué papel más estúpido he desempeñado en la vida! —dijo—. Todo el mundo me dice: tiene usted una esposa gentil, unos hijos encantadores y usted mismo es un excelente padre de familia. Piensan que soy muy feliz y me envidian. Pero, ya que hablamos de ello, le confiaré a usted un secreto: mi feliz vida familiar no es más que un triste malentendido y una fuente de temor.

       Una sonrisa forzada afeó su pálido rostro. Me abrazó por la cintura y prosiguió con voz queda:

       —Es usted un buen amigo, tengo confianza en usted y le profeso un afecto sincero. El cielo nos envía la amistad para que podamos revelar los secretos que nos oprimen y librarnos de ellos. Permítame que me aproveche de su amistosa disposición hacia mí y que le cuente toda la verdad. Mi vida familiar, que le parece tan maravillosa, constituye mi principal desdicha y mi principal temor. Me casé de una forma extraña y absurda. Debo confesarle que antes de la boda estaba locamente enamorado de María y que le hice la corte durante dos años. Pedí su mano cinco veces y ella me rechazó porque le resultaba completamente indiferente. La sexta vez, cuando, abrasado de amor, me puse ante ella de rodillas y le pedí su mano como una limosna, aceptó… Me dijo lo siguiente: “No le amo, pero le seré fiel…”. Acepté esa condición con entusiasmo. En ese momento entendía lo que esa frase significaba, pero ahora, se lo juro por Dios, no lo entiendo. “No le amo, pero le seré fiel”. ¿Qué significa eso? Es bruma, tinieblas… Hoy la amo tanto como el día de nuestra boda y tengo la impresión de que ella siente la misma indiferencia de antes y probablemente se alegra cuando me marcho de casa. No estoy seguro de que me ame, lo ignoro, pero vivimos bajo el mismo techo, nos tuteamos, dormimos juntos, tenemos hijos, bienes comunes… ¿Qué significa eso? ¿Qué sentido tiene? ¿Comprende usted algo, amigo mío? ¡Qué terrible tortura! Como no entiendo nuestras relaciones, tan pronto siento odio por ella como por mí mismo o por los dos; todo se embrolla en mi cabeza, me atormento y me desanimo; además, como hecho a propósito, cada día está más hermosa y fascinante… En mi opinión, tiene unos cabellos maravillosos y sonríe como ninguna otra mujer. La amo y sé que mi amor es desesperado. ¡Un amor desesperado por una mujer con la que ya tengo dos hijos! ¿Cómo es posible entenderlo? ¿No es terrible? ¿Acaso no es algo más terrible que cualquier aparición?

       Dado el estado de ánimo en el que se encontraba, podría haber seguido hablando largo rato, pero por fortuna se oyó la voz del cochero. Llegaron nuestros caballos. Nos subimos al coche y Cuarenta Mártires, quitándose el sombrero, nos ayudó a instalarnos con el aire de alguien que hubiera esperado largo rato la ocasión de tocar nuestras preciadas personas.

       —Dmitri Petróvich, permítame ir a su casa —exclamó, haciendo forzados guiños con los ojos e inclinando la cabeza a un lado—. ¡Tenga piedad! ¡Me muero de hambre!

       —Está bien —dijo Silin—. Ven, pasa allí dos o tres días y luego ya veremos.

       —¡A sus órdenes! —dijo Cuarenta Mártires con alegría—. Iré hoy mismo.

       Hasta la casa había seis verstas. Dmitri Petróvich, satisfecho de haberse explayado por fin con un amigo, me cogió por la cintura durante todo el trayecto y me explicó, ya sin amargura y temor, sino con alegría, que si sus asuntos familiares se arreglaban, regresaría a San Petersburgo y se dedicaría a la ciencia. El impulso que había llevado al campo a tantos jóvenes de talento era lamentable. Había en Rusia mucho trigo y centeno, pero no así personas cultivadas. Era necesario que la juventud sana y dotada se dedicara a las ciencias, a las artes y a la política; actuar de otro modo sería desconsiderado. Encontraba placer en filosofar y expresaba su pesar por tener que separarse de mí al día siguiente, pues tenía que marcharse por la mañana temprano para participar en una venta de madera.

       Yo me sentía incómodo y triste, y tenía la impresión de estarle engañando. Pero al mismo tiempo esa situación me satisfacía. Miraba cómo salía la luna púrpura y enorme y me imaginaba a una mujer rubia, alta y esbelta, de tez blanca, siempre elegante, que exhalaba un perfume peculiar, semejante al almizcle, y, sin saber por qué, me alegraba pensar que no amaba a su marido.

       Al llegar a la casa, nos sentamos a cenar. Mientras María Serguéievna, sonriendo, nos servía nuestras compras, yo pensaba que verdaderamente tenía unos cabellos espléndidos y sonreía como ninguna otra mujer. La seguía con los ojos, deseando adivinar en cada uno de sus movimientos y miradas que no amaba a su marido, y eso era lo que creía ver.

       Dmitri Petróvich no tardó en batallar con el sueño. Después de la cena pasó con nosotros unos diez minutos y dijo:

       —Hagan lo que quieran, señores, pero yo tengo que levantarme mañana a las tres. Permítanme que me retire.

       Besó con ternura a su mujer, me apretó la mano con fuerza y afecto y me hizo prometerle que regresaría sin falta la semana siguiente. Para estar seguro de despertarse, decidió pasar la noche en el pabellón.

       María Serguéievna se iba tarde a la cama, como es costumbre en Petersburgo, y ese día, sin saber bien por qué, tal circunstancia me alegró.

       —Entonces —empecé yo, cuando nos quedamos solos—, ¿va a tener usted la bondad de tocarme algo?

     No tenía ganas de oír música, pero no sabía cómo iniciar la conversación. Se sentó al piano y tocó una pieza, no recuerdo cuál. Yo estaba sentado a su lado, miraba sus manos blancas y rollizas y trataba de leer sus pensamientos en su rostro frío e indiferente. De pronto sonrió y me miró.

       —Se aburre usted sin su amigo —dijo.

       Yo me eché a reír.

       —Para cumplir con los preceptos de la amistad bastaría con aparecer por aquí una vez al mes y yo vengo más de una vez por semana.

       Nada más pronunciar esas palabras, me levanté y me puse a pasear de un extremo a otro de la habitación, presa de una gran agitación. Ella también se puso de pie y se acercó a la chimenea.

       —¿Qué quiere decir con eso? —preguntó, levantando hacia mí sus grandes y límpidos ojos.

       No respondí nada.

       —No ha dicho usted la verdad —continuó, tras reflexionar durante unos minutos—. Usted sólo viene aquí por Dmitri Petróvich. Y me alegro mucho. En nuestros días resulta raro encontrar una amistad como la suya.

       “¡Vaya!”, pensé yo y, sin saber qué decir, pregunté:

       —¿Quiere que demos un paseo por el jardín?

       —No.

       Salí a la terraza. Sentía un hormigueo en la cabeza y la emoción me había dejado helado. Estaba convencido de que nuestra conversación sería de lo más insignificante y que no sabríamos decirnos nada especial, pero que esa noche, con la que ni siquiera me atrevía a soñar, se haría realidad. Sería esa noche o nunca.

       —¡Qué tiempo tan maravilloso! —dije en voz alta.

       —A mí eso me da absolutamente lo mismo —fue la respuesta.

       Entré en el salón. María Serguéievna seguía junto a la estufa, con las manos en la espalda, pensativa, y miraba hacia un lado.

       —¿Por qué dice que le da absolutamente igual? —pregunté.

       —Porque me aburro. Usted se aburre a veces sin su amigo, pero yo me aburro siempre. Por lo demás… es algo que a usted no le interesa.

       Me senté al piano y toqué algunos acordes, esperando a que dijera algo.

       —No se ande con ceremonias, por favor —dijo ella, mirándome con enfado, como si estuviera a punto de echarse a llorar de despecho—. Si quiere irse a dormir, hágalo. No piense que por ser amigo de Dmitri Petróvich está obligado a aburrirse con su mujer. No exijo ningún sacrificio. Váyase, por favor.

       Ni que decir tiene que no me fui. Ella salió a la terraza y yo me quede en el salón, hojeando partituras durante unos cinco minutos. Luego salí. Estábamos uno al lado del otro, en la sombra de las cortinas; por debajo de nosotros los peldaños estaban inundados por la luz de la luna. Los árboles extendían sus negras sombras por los parterres de flores y la amarilla arena de las alamedas.

       —Yo también tengo que marcharme mañana —dije.

       —Claro, si mi marido no está en casa, no puede usted quedarse aquí —exclamó con voz burlona—. ¡Me imagino lo desdichado que sería usted si se enamorara de mí! Espere un poco, uno de estos días me arrojaré a su cuello… Sólo para ver con qué horror se aparta usted de mí. Será interesante.

       Sus palabras y su pálido rostro mostraban enfado, pero sus ojos estaban llenos del amor más tierno y apasionado. Yo consideraba ya a esa bella criatura como una propiedad personal y por primera vez reparé en que tenía las cejas doradas, unas cejas maravillosas como nunca había visto antes. La idea de que en ese mismo instante podía atraerla hacia mí, acariciarla, pasar mi mano por sus espléndidos cabellos, me pareció de pronto tan extraordinaria que me eché a reír y cerré los ojos.

       —Bueno, es hora de retirarse…. Que duerma bien —dijo ella.

       —No deseo dormir bien… —comenté entre risas, y la seguí al salón—. Maldeciré está noche si sólo la ocupo en dormir.

       Mientras le apretaba la mano y la acompañaba hasta la puerta, vi en su rostro que me comprendía y que se alegraba de que yo también la comprendiera a ella.

       Fui a mi habitación. En la mesa, junto a mis libros, estaba la gorra de Dmitri Petróvich, y eso me recordó su amistad. Cogí mi bastón y salí al jardín. Estaba levantando la niebla y en torno a los árboles y arbustos, envolviéndolos, vagaban esos mismos espectros altos y delgados que había visto poco antes en el río. ¡Qué pena no poder hablar con ellos!

       En el aire, de una transparencia sin igual, se destacaba con total nitidez cada hoja, cada gota de rocío. Todo eso parecía sonreírme en silencio, como a través de un sueño; al pasar delante de los bancos verdes, recordé las palabras de una obra de Shakespeare: ¡Qué dulce es el sueño del claro de luna en este banco!

       En el jardín había una colina. Subí a ella y me senté. Me dominaba un sentimiento maravilloso. Tenía la certidumbre de que iba a abrazar y estrechar su espléndido cuerpo, besar sus cejas doradas, y trataba de no creerlo y de irritarme, lamentando que me hubiera atormentado tan poco y se hubiera rendido tan deprisa.

       De pronto, de manera inesperada, resonaron unos pasos trabajosos. Un hombre de talla mediana, en el que reconocí al momento a Cuarenta Mártires, apareció en la alameda. Se sentó en un banco y exhaló un profundo suspiro, luego se santiguó tres veces y se tumbó. Al cabo de un minuto se levantó y se tumbó del otro lado. Los mosquitos y la humedad de la noche le impedían dormir.

       —¡Qué vida! —exclamó—. ¡Qué vida tan desdichada y amarga!

       Al mirar su cuerpo delgado y encorvado y escuchar sus profundos y roncos suspiros, recordé otra vida desdichada y amarga de que la que ese día había tenido noticia, y mi estado de felicidad me llenó de miedo y de inquietud. Bajé de la colina y me dirigí a la casa.

       “En opinión de mi amigo, la vida es terrible —pensaba yo—, así que no la trates con ceremonias, doblégala y coge todo lo que puedas arrancarle, antes de que ella te aplaste.”

       María Serguéievna estaba en la terraza. La abracé en silencio y empecé a besar con avidez sus cejas, sus sienes, su cuello…

       En mi habitación me dijo que me amaba desde hacía tiempo, más de un año. Me juró su amor, lloró, me rogó que la llevara conmigo. Yo la conducía a cada momento a la ventana para contemplar su rostro a la luz de la luna, y en esos momentos ella me parecía un hermoso sueño, de modo que me apresuraba a abrazarla con fuerza para creer en su realidad. Hacía mucho que no me embargaban tales arrebatos… Pero de todos modos, en lo más profundo de mi alma, advertía cierto malestar y me sentía incómodo. En su amor por mí había algo turbador y desagradable, como en la amistad de Dmitri Petróvich. Era un gran amor, un amor serio, con lágrimas y juramentos, y yo no quería nada serio, ni lágrimas, ni juramentos, ni pláticas sobre el futuro. Bastaba que esa noche con luna pasara por nuestras vidas como un radiante meteoro.

     A las tres en punto se apartó de mí; mientras yo, apostado en la puerta, la seguía con la mirada, al fondo del pasillo apareció de pronto Dmitri Petróvich. Cuando se cruzó con su marido, ella se estremeció y le dejó pasar, con una expresión de desprecio en el rostro. Él esbozo una extraña sonrisa, tosió y entró en mi habitación.

       —Ayer olvidé aquí mi gorra… —dijo, sin mirarme.

       La encontró, se la puso con ambas manos, luego miró mi rostro turbado, mis zapatillas y dijo con voz alterada, ronca y algo extraña:

       —Por lo visto en mi destino está escrito que no entienda nunca nada. Si entiende usted algo, bueno… Le felicito. La vista se me nubla.

       Y salió tosiendo. Luego vi por la ventana cómo él mismo enganchaba los caballos cerca de la cuadra. Sus manos temblaban, se apresuraba y de vez en cuando contemplaba la casa por encima del hombro; seguramente estaba aterrado. Luego se sentó en el carruaje y con una expresión extraña, como si temiera que lo persiguieran, fustigó a los caballos.

       Al cabo de un rato me marché también yo. Ya había salido el sol y la niebla de la víspera se apretaba indecisa contra los arbustos y las colinas. En el pescante estaba sentado Cuarenta Mártires, que ya había tenido tiempo de beber algo y dejaba escapar razones de borracho.

       —¡Soy un hombre libre! —le gritaba a los caballos—. ¡Sí, preciosos! ¡Procedo de una familia noble, por si queréis saberlo!

      El terror de Dmitri Petróvich, que no se me iba de la cabeza, se apoderó también de mí. Pensaba en lo que había sucedido y no entendía nada. Miré los grajos y encontré extraño y terrible que volasen.

       —¿Por qué lo he hecho? —me preguntaba, desconcertado y desesperado—. ¿Por qué todo ha sucedido precisamente así y no de otra manera? ¿Qué necesidad había de que ella se enamorara de mí con toda su alma y él viniera a mi habitación a buscar su gorra? ¿Y qué hacía allí la gorra?

       Ese mismo día partí para San Petersburgo. Desde entonces, no he vuelto a ver a Dmitri Petróvich y a su esposa. Dicen que siguen viviendo juntos.

Antón Chéjov

“Страх. Рассказ моего приятеля”
Tiempo Nuevo, Núm. 6045 (25 de diciembre de 1892)
La sala número seis (1893)

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