LA LABOR PSICOANALÍTICA

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Neo Rauch, Das Gut, 2008

La labor psicoanalítica se plantea siempre la tarea de mover al paciente a renunciar a un placer próximo e inmediato. No es que haya de renunciar en general al placer; ello es cosa de la que difícilmente puede creerse capaz a un hombre, y hasta la religión tiene que basar sus exigencias al renunciar al placer terrenal en la promesa de otorgar a cambio una medida infinitamente mayor de placer en el más allá. No; el enfermo ha de renunciar tan sólo a aquellas satisfacciones a las que sigue, indefectiblemente, un daño; no ha de hacer más que someterse a una privación temporal, aprender a trocar el placer inmediato por otro más seguro, aunque más lejano. O dicho de otro modo: debe llevar a cabo, bajo la dirección del médico, aquel avance desde el principio del placer al principio de la realidad, que diferencia al hombre maduro del niño. En esta obra educativa, el mejor conocimiento del médico apenas desempeña un papel decisivo; no puede decir, por lo general, el enfermo nada distinto de lo que al mismo puede dictarle su propio entendimiento. Pero no nos es igual saber algo por nosotros mismos que oírselo decir por otro; el médico desempeña el papel de este otro sujeto eficiente y se sirve de la influencia que un hombre ejerce sobre los demás. Recordaremos también que en el psicoanálisis es cosa habitual sustituir lo originario y radical a lo derivado y mitigado, y diremos, en consecuencia, que el médico se sirve en su obra educativa de un componente cualquiera del amor. No hace, probablemente, más que repetir en tal educación ulterior el proceso que hizo posible, en general, la primera educación. Junto a la necesidad, es el amor el gran educador, y el hombre en vías de formación es movido por el amor de los que le rodean a acatar los mandamientos de la necesidad, ahorrándose así los castigos que su infracción acarrea.

Sigmund Freud
Varios tipos de caracter descubiertos en la labor analítica, 1916

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EL OSO POLAR Y LA BALLENA NO PUEDEN HACER LA GUERRA

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Daniel Pitin: The Birds, 2004

Se ha dicho que el oso polar y la ballena no pueden hacer la guerra porque, hallándose confinados cada uno en su elemento, les es imposible aproximarse. Pues bien: idénticamente imposible me es a mí discutir con aquellos psicólogos y neurólogos que no reconocen las premisas del psicoanálisis y consideran artificiosos sus resultados. En cambio, se ha desarrollado en los últimos años una oposición por parte de otros investigadores, que, por lo menos a su propio juicio, permanecen dentro del terreno del análisis y que no niegan su técnica ni sus resultados, pero se creen con derecho a deducir del mismo material conclusiones distintas y someterlo a distintas interpretaciones.

Ahora bien: la contradicción teórica es casi siempre infructuosa. En cuanto empezamos a alejarnos del material básico corremos peligro de emborracharnos con nuestras propias afirmaciones y acabar defendiendo opiniones que toda observación hubiera demostrado errónea. Me parece, pues, mucho más adecuado combatir las teorías divergentes contrastándolas con casos y problemas concretos.

Sigmun Freud
Historia de una neurosis infantil (Caso del “Hombre de los lobos”)
1914 [1918]

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BAJO LA MÁSCARA DE LA IDENTIDAD

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Xevi Sola Serra

Nadie me conoció bajo la máscara de la identidad ni supo nunca que era una máscara, porque nadie sabía que en este mundo hay enmascarados. Nadie supuso que junto a mí estuviera otro que, al fin, era yo. Siempre me juzgaron idéntico a mí.

Vivimos todos lejanos y anónimos; y disfrazados sufrimos, desconocidos. Para unos esta distancia entre un ser y ellos mismos jamás se revela; para otros resulta de cuando en cuando iluminada, con horror o dolor, por un relámpago sin límites; para algunos ésta es la penosa constancia y cotidianidad de la vida.

Saber bien que quienes somos no nos atañe, que lo que pensamos o sentimos es siempre una traducción […], saber todo eso a cada minuto, sentir todo eso en cada sentimiento, ¿no será ser extranjero en la propia alma, exiliado en las propias sensaciones?

Fernando Pessoa

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NO ES SUFICIENTE CON NEGARSE A PENSAR

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Lars Elling, “Tjeneste” (2013), eggoiltempera on canvas

No es suficiente con negarse a pensar en aquello que nos afecta, nos repudia o nos molesta.

Primero porque renunciar a pensar en algo que nos sucede, una idea que se nos presenta obsesivamente, un problema que nos avergüenza o un acto que preferimos ocultarnos a nosotros mismos y a los demás, puede afectar gravemente nuestra inteligencia.

Cuando no deseamos pensar en algo que roza lo reprimido, cuando nada queremos saber de ello, lo que estamos haciendo es reprimir nuestra propia sexualidad. Aunque nos sorprenda mucho, aunque nos riamos con incredulidad, sexualidad e inteligencia están estrechamente unidas. Por ejemplo, para no pensar en un pequeño aspecto de nuestra vida, tenemos que dejar de pensar en todas las cosas que con él están relacionados o nos lo recuerdan: por similitud, por relación directa o por simple proximidad. Entonces, lo poco se transforma en mucho.

Recuérdelo, limitando nuestra sexualidad limitamos aspectos insospechados de nuestra vida.

Y finalmente, no es suficiente porque mirar para otro lado no sirve para nada en la resolución de ninguno de los problemas que nos afectan. Sería una grave ingenuidad creer que como no sabemos de dónde han venido nuestros problemas, algún día se irán del mismo modo.

Consulte a un especialista. Pensar sólo es posible con otro.

 

Ruy J. Henríquez Garrido
psicoanalista

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¿QUÉ ES EL COMPLEJO DE EDIPO?

Robert Doisneau, "Catching the rain"

Robert Doisneau, “Catching the rain”

La pregunta nos puede surgir después de haber escuchado tantas cosas sobre lo que es el complejo de Edipo, que ya no sabemos muy bien qué pensar acerca de lo que significa. Lo hemos oído mencionar en las películas de Woody Allen, en artículos en los que se intercala como broma, amigos que cuentan un “chiste freudiano”, frases cargadas de sagacidad que no alcanzamos a entender del todo, etc.

A veces parece referirse una especie de enamoramiento del niño hacia la madre, pero que puede perdurar aún de adulto. Otras veces parece un mal que hay que evitar, pero que ni las madres ni los padres saben muy bien cómo hacerlo. Y claro, si al niño le pasa eso, a la niña le pasara igual, pero con otro nombre. Porque todos sabemos muy bien quién era Edipo y quién era Sófocles, pero ¿y Freud? ¿qué tiene que ver en todo esto?

Además está la palabra “complejo” que en el argot popular quiere decir algo así como una debilidad o una afección, como por ejemplo el motivo de una timidez exacerbada o de una tara que le viene a uno de la infancia. Algo complejo es también algo complicado. En definitiva, un lío.

Pues bien, como todos los rumores, lo que se dice popularmente sobre el complejo de Edipo, tiene una pizca de verdad y un montón de mentiras que la sepultan. Con Freud pasa como lo que sucede en el juego del teléfono roto. La versión original no se parece en nada a la versión que escuchamos nosotros. Esto no sólo le ocurre a Freud. También le sucede a Marx, a Shakespeare, a Goethe, al propio Sófocles… la lista es interminable. En general no nos importa, porque la versión ideológica de los grandes pensamientos siempre es más cómoda y manejable: se parece a lo que ya conocemos, no es un incordio y se les puede citar en las redes sociales sin haber tocado uno solo de sus libros.

Pues bien, bromas aparte, hay dos rutas generales para aproximarse al concepto de complejo de Edipo. Una epistemológica y otra teórica.

Comencemos por la teórica. Hemos dicho que se trata de un “concepto”, lo que quiere decir que está articulado con otros conceptos que conforman la teoría psicoanalítica. En cierto modo quiere decir que para hablar de él tenemos que hablar de otros conceptos o, lo que es lo mismo, que como concepto no tiene una definición o, lo que a su vez es igual, que nos podríamos pasar horas hablando de él sin agotar todos sus sentidos.

Un concepto teórico-científico necesita articularse con otros conceptos para formar una teoría y dejar de ser una mera opinión. Así que no es una rueda suelta que puedo desengranar de la máquina entera, para ver cómo funciona. Ese, en todo caso, sería un mero recurso expositivo que, una vez más, no agotaría su sentido. Esto resulta interesante, porque quiere decir que estudiar un concepto también es una forma de ingresar en la ciencia. Y la ciencia como ya sabemos no tolera las definiciones.

En fin, que si decimos que el complejo de Edipo es un concepto es para decir que con su ayuda, es decir, con su conceptualización, conseguimos acotar un espacio de lo real y entender cómo funciona. Es una especie de lente de aumento que de repente nos permite ver mejor o de otra forma, lo que normalmente observamos.

Ahora bien, eso que nos permite ver el complejo de Edipo es el proceso de formación del sujeto humano, del sujeto psíquico. El proceso de humanización del sujeto, que puede ser descrito también como su ingreso en el lenguaje. El complejo de Edipo es llamado, por esta razón, “máquina humanizante”, en tanto que su acontecer, su funcionamiento tiene como resultado un sujeto humano.

De aquí se desprenden varias consecuencias. La primera de ellas es que no nacemos sino que nos hacen. No nacemos hechos sino que somos producidos. Es decir, no somos humanos de nacimiento, sino que tenemos que hacer ingreso en la humanidad, toda vez que nacemos y aceptamos la ley que regula el complejo de Edipo, esto es, la ley de interdicción del incesto, la ley que dice no con tu madre.

Otra consecuencia que se desprende de aquí, es que el complejo de Edipo no es el apasionado amor que el niño o la niña siente por la madre o el padre, sino los avatares por los que tiene que pasar todo cachorro de nuestra especie para ingresar en el orden humano, en el orden del lenguaje. Porque ser humano es, ante todo, ser sujeto del lenguaje.

Para que se entienda el alcance teórico de la producción del inconsciente, de su producción en la historia de la especie y en la de cada sujeto, podemos pensarlo como la aparición del número natural. Antes de que se produjera el número natural el hombre tenía una relación imaginaria con la realidad. Con la aparición de los números naturales el sujeto humano comienza a tener una relación simbólica con todo aquello que lo rodea. Es un paso gigantesco hacia la civilización, que permitirá la cuantificación de la realidad y el pensamiento científico.

Antes de la aparición del padre, de la ley paterna, del símbolo padre, la relación del cachorro humano con el mundo es la relación con la madre, la función materna es todo para el niño: él y la madre son una sola célula narcisística. No podía ser de otra forma, dadas las condiciones de indefensión casi absoluta en la que nace el niño. La madre es todo para el niño y él le atribuye un poder absoluto.
Pues bien, la aparición de la función paterna es la que permite transformar, interrumpir esa relación para que el niño pueda ingresar en el mundo, para que pueda acceder al lenguaje. Es el padre el que viene a prohibir esa relación idílica con la madre, con una ley que en adelante vendrá a regular las relaciones del pequeño con el mundo.

El niño renuncia a su deseo por la madre, pues su vida está en juego. Renuncia, por cuanto que hay una amenaza de castración que se desprende de la ley de interdicción del incesto. Hace como que renuncia, pero en realidad reprime su deseo por la madre, lo hace inconsciente, y acepta conscientemente la ley que le impone el padre para conformar ese aparato tan singular que es el psiquismo humano: un sujeto que estará dividido en dos instancias, consciente e inconsciente. Es un mito científico formulado por Freud, para que podamos capturar la dimensión de su producción del concepto del inconsciente. Es un mito científico que narra la forma en que se produce el sujeto humano.

Vemos que no se trata de una historia que leyó Freud en la famosa tragedia de Sófocles o que dedujo de su lectura. Por eso es que no hay un complejo de Edipo y otro de Electra, uno para el niño y otra para la niña. Sino que se trata de un instrumento teórico utilizado por Freud para exponer cómo se constituye el aparato psíquico humano, un recurso para exponer su gran descubrimiento. Y aquí viene la otra ruta de acceso que es la epistemológica.

La primera referencia que hace al complejo de Edipo, se produce en su libro La interpretación de los sueños, cuando está hablando de una especie particular de sueños típicos: “La muerte de los seres queridos”. Pero claro, en ese momento Freud ya había hecho sus investigaciones y lo que estaba haciendo eran exponer, como hemos dicho, su descubrimiento. El descubrimiento era el concepto de inconsciente y utiliza los sueños para explicar la forma en que funciona. Los sueños, como los síntomas, los actos fallidos, los lapsus y los recuerdos encubridores, son producciones del inconsciente. ¿Por qué utilizó los sueños para demostrar su descubrimiento? Porque el sueño es el más universal de las producciones del inconsciente: todos soñamos, todos sabemos lo que es un sueño.

Si el sueño es una realización de deseos, como sostiene la tesis principal de su libro, ¿Significa acaso que en los sueños de muerte de seres queridos, he deseado que muriera, por ejemplo, mi padre o mis hermanos? ¿Cómo puede alguien pensar semejante cosa, sin estar trastornado? Freud sostiene que su teoría no exige tanto, que le basta con deducir que alguna vez, en la infancia, lo hemos deseado. Y es que los deseos de los que habla el Freud, no son los deseos fruto de la insatisfacción o de nuestros anhelos cotidianos. Los deseos a los que se refiere el padre del psicoanálisis son los deseos sexuales, infantiles y reprimidos. Suena fuerte, pero son tres términos para referirse a lo mismo: los deseos inconscientes.

¿De dónde provienen estos deseos? ¿Cuál es su origen? ¡Exacto! Del complejo de Edipo. En aquella época mítica en que el padre, con su ley de interdicción del incesto vino a interrumpir la relación idílica del niño con la madre, habíamos dicho que el pequeño reprimía su deseo haciéndolo inconsciente. Pero olvidamos decir que ese no es el único deseo que incuba el infante. Como contrapartida al deseo interrumpido por la madre, el pequeño gesta el deseo de ver desaparecer al padre, de eliminar aquello que le impide la libre realización de su deseo amoroso. Pero, claro, dado que la autoridad de la ley de interdicción es muy poderosa, este deseo es igualmente reprimido, transformándose en un deseo inconsciente.

El complejo de Edipo no es, pues, una vivencia, un suceso histórico por el que todo sujeto humano pasa. No es algo que pasó, una experiencia que vivimos y nos dejó marcados como un buen o un mal recuerdo. El complejo de Edipo está activo y presente en todo momento de nuestra vida. No es algo que ocurrió en mi infancia y que desde allí late. Cada vez que tomo una decisión, cada vez que rechazo dar un paso, cada vez que en la realidad estoy implicado (en el amor, en el trabajo, en la sexualidad, en la salud o en la enfermedad), se pone en juego el modo en que me relaciono con la ley primordial, con la ley que instituye el complejo de Edipo. Se pone en evidencia si acepto o no la ley de interdicción del incesto.

Otra cosa que se hace palpable, es que el tiempo del inconsciente es distinto al tiempo cronológico de la conciencia. En tanto que es desde el futuro que estoy sobredeterminado, no desde el pasado. Porque es el próximo paso el que activará el paso anterior, es el significante segundo el que despierta al significante primero y entre medias me produce como sujeto. Por un tiempo futuro anterior, por un tiempo recursivo, el complejo de Edipo se pone en juego, cada vez, en mi vida.

A estas leyes activas desde el inconsciente, es a lo que Freud se refiere, cuando recordando las palabras de Groddeck, nos dice que en vez de vivir, somos “vividos” por poderes ignotos y desconocidos.

Ruy J. Henríquez Garrido
Psicoanalista

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SOBRE LA FELICIDAD

"Figures", Vladimir Semenskiy

“Figures”, Vladimir Semenskiy

La felicidad es un ideal muy sobrevalorado. En general, la felicidad no es posible porque los motivos para serlo son muy escasos, en cambio los motivos para ser desdichados, para sufrir, son abrumadoramente infinitos. Pero no sólo es imposible la felicidad por sí misma, sino por nuestra desdichada manera de buscarla. Buscamos la felicidad por el camino de la consecución de bienes y esta es una infausta manera de pretender alcanzarla. En cuanto conseguimos lo que creíamos era el objeto de nuestra felicidad, apesadumbrados nos damos cuenta que la dicha de obtenerlo es breve y a veces contraproducente. Comprendemos con tristeza que no era eso lo que buscábamos y que si era lo que buscábamos no era más que un engaño. Pero nos engañamos no con el objeto, sino con el punto de partida. El problema no es que deseamos algo imposible, sino que nuestro deseo es en sí mismo imposible. La inmortalidad es imposible, la completud es imposible y es una fuente de sufrimiento colosal intentar satisfacer un deseo imposible. Si aceptas que lo que buscabas y que has alcanzado no es suficiente, ni lo es todo, desplazas tu deseo hacia nuevos horizontes, nuevos objetos, significa que la máquina funciona, pues el deseo humano se funda en la insatisfacción, en el no todo. Es una ley muy simple, pero muchos (quizá demasiados), no la aceptan.

La búsqueda exclusiva de la felicidad a través del amor al prójimo es con seguridad una de las fuentes más grandes de dolor a nuestra disposición, pues el prójimo no es para nosotros más que un fantasma que nunca terminará de ajustarse con la realidad. Jamás somos más vulnerables que cuando, enamorados, amamos a alguien. Nuestra finitud orgánica y nuestra insignificancia frente a las grandes calamidades naturales cumplen la cuota restante de sufrimiento.

Otra variante del padecimiento, algo paradójica para nuestra lógica racionalista, es la de aquellos que encuentran la desdicha precisamente alcanzando aquello que tanto habían deseado. Son aquellos sujetos que fracasan al triunfar: deportistas que se lesionan en la cumbre de sus carreras deportivas, escritores de una sola y maravillosa obra, artistas que desaparecen después de actuar en un gran película, es algo que vemos con mucha frecuencia.

Ello nos lleva a pensar que nuestra propia estructura psíquica no es competente para el trabajo que le hemos asignado. En realidad no estamos preparados para la felicidad. En cambio estamos más preparados para el sufrimiento. El sujeto humano no soporta largos periodos de felicidad. Nuestro paradigma de goce y felicidad, el orgasmo, apenas dura unos segundos. A veces, aunque no siempre, pero si muchas veces, no soportamos que nos vaya bien y atentamos contra nuestros mejores y más legítimos deseos. Sin darnos cuenta, minamos el camino que debemos recorrer con obstáculos que nos sorprendería ver en la manera de proceder de nuestros semejantes.

Por otro lado, despreciamos auténticas fuentes de satisfacción y de felicidad perdurables, como son el trabajo físico e intelectual. El privilegio que nuestra sociedad da a los bienes sobre la realización de una tarea es, en muchos casos, una extensión de nuestra disposición ideológica. La mayoría de nuestras formas de diversión parecen hechas para la perpetuación de nuestra condición de lactantes: recibimos siempre, pero muy pocas veces nos invitan a participar activamente. Es por eso que algunos grandes pensadores han preferido decir “No fui feliz, porque la felicidad es argucia del sistema” (M. O. Menassa).

Ruy Henríquez
Psicoanalista

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UNA SOLA LIBIDO

Master of Frankfurt (South Netherlandish, 1460-ca. 1533): The Painter and his Wife

Master of Frankfurt (South Netherlandish, 1460-ca. 1533): The Painter and his Wife

Dado que no podemos descartar el concepto de que la excitación sexual obedece a la acción de determinadas sustancias químicas, parecería obvio esperar que la bioquímica nos revele algún día dos agentes distintos, cuya presencia produciría respectivamente la excitación sexual masculina y la femenina. Pero esta esperanza no es evidentemente menos ingenua que aquella otra, felizmente superada hoy, de que sería posible aislar bajo el microscopio los distintos factores causales de la histeria, la neurosis obsesiva, la melancolía, etc.

También en el quimismo de la sexualidad las cosas deben ser un tanto más complicadas. Para la psicología, sin embargo, es indiferente si en el cuerpo existe una sola sustancia estimulante sexual, o dos, o un sinnúmero de ellas. El psicoanálisis nos ha enseñado a manejarnos con una sola libido, aunque sus fines, o sea, sus modos de gratificación, puedan ser activos y pasivos. En esta antítesis, sobre todo en la existencia de impulsos libidinales con fines pasivos radica el resto de nuestro problema.

Sigmund Freud
Sobre la sexualidad femenina, 1931

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